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Las impresiones de Henri Michaux no son de las convencionales que suelen expresar los viajeros frente a los grandes paisajes. Así, por ejemplo, una tarde del mes de julio de 1928, en las inmediaciones de Otavalo, rodeado de las montañas andinas, reflexionando sobre las nubes:

‘Como la nube ecuatoriana no hay otra. ¡Qué hermosa es! Sorbe casi por entero el horizonte y no retrocede ante ninguna forma. Y por lo que al color se refiere, por pequeña que sea (a veces se ve alguna más pequeña que una goma de borrar en un pedazo de cielo, que permanece aferrada, espejeante y camaleónica hasta el infinito, indiferente a todos los vientos como ancla, cuando todas las demás han sido hostigadas y volteadas a lo lejos) y, por lo que hace al color, decía, posee todos los tintes y jugos, desafía a todas las nubes de esta tierra, sin que sea una excepción la nube marítima, excepcional como ninguna otra’.
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Nubes de la tarde ecuatoriana (flickr.hivemind.net).

‘De pronto, no se sabe cómo alrededor de las seis de la tarde, se acaba lo de las nubes. No se ve ni una. Aparece casi seguido un cielo estrellado, muy puro, muy tupido, tachonado de estrellas, y yo diría más inmenso que la tierra misma.

‘La estrella no ilumina pero, al ojo que a ella dirige su mirada, ella le envía su rayo de luz’.

Sobre los ríos de Ecuador:

‘Atraviesan el Ecuador ríos de color achocolatado. Orillé uno durante todo el día. Estos ríos, durante su paso, consumen muchas tierras. Más de una vez, las aguas se precipitan desde lo alto.
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Cascada del río Pastaza (123rf.com)

Cascada del río Pastaza (123rf.com)

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‘Al precipitarse, el agua parece polvo, abajo humo, humareda asfixiante, en lo alto cacao hiriviente. Este río es el Pastaza. Su cascada, la Chorrera del Aguayán, es considerada como una de las más altas (70 metros).

‘Descendemos en dirección al oriente, las hojas empiezan a adquirir dimensión’ (en la medida que el viajero se acerca a la selva tropical).

Algunas de estas descripciones no corresponden a la travesía misma por el Napo y el Amazonas, sino a recorridos por las inmediaciones no tan alejados de Quito. La salida de esta ciudad con rumbo al Océano Atlántico recién se produce en octubre de 1928.

Es entonces cuando Henri Michaux conoce el desierto:

‘Este desierto es una selva.
Cuatro días de raíces y de lodos.
Ni pájaros, ni sierpes, ni mosquitos. (Por ahora).
Y la tierra es fría y la ciénaga soberana.
Y sin embargo es la selva tropical.
Basta ver su fausto, su jolgorio, su aspecto de mucosa.
Pero ésta se parece ante todo a una secreción.
No hay camino y vamos a pie.
¡Burlado el pie! ¡Burlado! ¡Escarnecido!
El suelo blando se burla, no dice ni sí ni no.
Gorgotea espesamente,
Os recibe hasta la cintura …
Las raíces os despellejan,
Os muelen a golpes y os cascan el dedo del pie,
Pegajosas, os hacen resbalar, os hacen dar un traspié.
Os hacen dar la voltereta, os eliminan.
Y os pierden en uno de estos infinitos hoyos infectos,
Que forman el suelo de la selva.’
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(image:newsroom.cisco.com

(image:newsroom.cisco.com

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Luego viene la experiencia del sufrimiento, en un ambiente en que el paludismo y la lepra hacen su hogar. Lo ataca la fiebre, se siente amenazado.

‘La desesperación es dulzona
dulzona hasta el vómito.
Y tengo miedo, miedo.
Cuando los mismos tuétanos se ponen a temblar,
¡Oh! tengo miedo, tengo miedo.
No vivo ya, casi no vivo ya’.

Aún lejos está Iquitos, en la confluencia del Napo con el Amazonas, que promete el comienzo de una navegación más fluida y rápida.
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Iquitos (wikitravel)

Iquitos (wikitravel)

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Para la ruta Iquitos – Manaos – costa atlántica, el diario incluye bien pocas anotaciones, a pesar de ser, con mucho, la parte más extensa del recorrido: más de seis mil kilómetros. Michaux se los pasa como volando (aunque no en avión). Parte de la explicación puede hallarse en una nota al pie, correspondiente al 15 de diciembre:

‘Permanecí tres semanas en Pará (la región más cercana al mar), pero éstas debieron perderse en alguna rincón de mi existencia.’

¿Agotamiento extremo? ¿Efecto del láudano o de otra hierbas amazónicas? A estas alturas, el viajero se encuentra un tanto confuso:

‘Angostos y numerosos pasajes de uno a dos kilómetros de anchura, he aquí todo lo que se ve.

‘El Amazonas tiene a menudo 30 kms. de anchura, pero las islas estorban la vista.

‘¿Pero dónde está entonces el Amazonas?, cabe preguntarse, y nunca se ve más de él.
Hay que subir. Hay que verlo desde un avión. Así, pues, jamás he visto el Amazonas. De modo que no hablaré de él.’

Es que, además, el audaz expedicionario no ha perdido el sentido del humor.
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(image: liveinternet.ru

(image: liveinternet.ru

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Todavía tengo reservada una tercera entrega concerniente a este librito encantador, Ecuador (Diario de Viaje), de Henri Michaux.

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© 2012 Lino Althaner