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Díjose entonces Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza, para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todas las bestias de la tierra y sobre cuantos animales se mueven sobre ella. Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra;…” (Gen 1, 26-27).

Maimónides en Córdoba

Maimónides en Córdoba

“Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza”, declara el Creador en el libro del Génesis, capítulo 1, versículo 26.

Pues bien, a Maimóndes le preocupa que, mediante una interpretación superficial, pudiera deducirse que a la imagen y semejanza divina que al hombre aquí se atribuye, debería corresponder lógicamente una semejanza de Dios con el ser humano. Particularmente le inquieta que esta semejanza pudiera incluso predicarse de la forma y aspecto de la divinidad, de su corporeidad. Ello se podría inferir de la palabra hebrea correspondiente a imagen (צֶלֶם, tzelem), si a esta le fuera atribuido el significado de forma o aspecto de una cosa. Y afirma al respecto el sabio cordobés, que no han faltado quienes, convencidos de tal creencia, concluyeran que si se apartaban de ella y negaban que Dios tuviera un cuerpo con cara y manos como ellos, salvo que más grande y resplandeciente, estarían desmintiendo el texto bíblico y hasta negando la existencia de Dios.

Una parte importante de la Guía de Perplejos está dedicada a delucidar las cuestiones relacionadas con lo que es posible al hombre afirmar acerca de la naturaleza divina, de sus atributos y de su esencia, y a descartar primeramente de la idea Dios todo antropomorfismo material y toda imagen de corporeidad, reafirmando a propósito la necesidad de interpretar los textos sin sucumbir a las trampas de la apariencia literal y recurriendo al contexto y al espíritu de los textos -y también a la razón, que no puede despreciar como filósofo de formación aristotélica- con el objeto de desentrañar su verdadero sentido.

Por ahora, veamos lo que dice el capítulo primero de la primera parte acerca de cómo hay que entender los vocablos imagen (צֶלֶם, tzelem)  y semejanza (דְּמוּת, demut) para interpretar debidamente los versículos transcritos. Nos dice al respecto que para expresar una apariencia física -la bella forma de un rostro, por ejemplo- o una estructura artificial, existe en hebreo el sustantivo toar (תֹּאַר). Es una denominación -dice- que jamás se aplica a Dios (¡exaltado sea!) -¡lejos de nosotros!-; ello por la simple razón de que no es atribuible a la divinidad una apariencia física, un rostro en sentido material o una hechura artificial.

Primera página de la Guía de Perplejos (s. XV)

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En cambio, la palabra tzelem, empleada por el aludido texto bíblico, sirve más bien para referirse a la esencia constitutiva de una cosa, a lo que ella es en sí y compone su realidad en cuanto ente determinado y no a su apariencia física, según deduce de otros tantos versículos del Antiguo Testamento que cita (Gen 39,6; 1Sm 28,14; Jue 8,18, entre otros). En el hombre, esa esencia es la razón, vinculada por cierto a la capacidad intelectiva que lo diferencia de los demás seres vivos que pueblan la tierra. Por lo cual cuando el Génesis usa este vocablo para afirmar la imagen divina que se refleja en el hombre, no lo hace, para hacer referencia a su rostro o a su conformación física sino para referirse a su razón y a su intelecto. Y es en consideración a estos atributos que podría afirmarse del hombre que fue hecho a imagen de Dios. Yo agregaría también que en razón del espíritu divino que mora en el interior del ser humano. Pero en esto creo que el aristotélico Maimónides no estaría de acuerdo.

Para confirmar esta su primera impresión acerca de la forma en que deben ser interpretadas la palabras del Génesis referidas a la creación del hombre, Maimónides se ocupa del otro vocablo principal empleado en el versículo 26 del capítulo primero. Se trata del término demut (דְּמוּת), equivalente en español a semejanza, Y afirma al respecto que se trata de un derivado de damah (דָּמָה, asemejarse) e indica similitud respecto de una idea. Cuando  se dice: “Me asemejo (דָּמִיתִי) al pelícano del desierto” (Sal 102, 6-7), no es en cuanto a alas y plumaje, sino a la tristeza de uno y otro”. Y lo mismo en: “Ningún árbol del jardín de Dios le igualaba (דָּמָה) en hermosura” (Ez 31, 8), donde se trata de una semejanza en orden a la idea de belleza… y no de figura ni de aspecto. Igualmente, “la semejanza (דְּמוּת) del trono” (Ez 1, 26) indica una similitud en orden a elevación y majestad, no a la cuadratura, grosor y longitud de los pies, como imaginan los espíritus menguados

Lo cual le sirve para descartar adicionalmente del pasaje bíblico toda idea de semejanza física y para concluir:

En consecuencia, dado que el hombre se distingue por algo muy singular que hay en él, inexistente en ninguno de los seres que pueblan la esfera lunar, a saber, su capacidad intelectual, para la que no se emplea ni el sentido ni parte alguna corporal, ni extremidades, se la ha comparado con la comprensión divina, independiente de medio alguno, aunque no se da semejanza propiamente dicha, sino sólo a primera vista. Por tal motivo, quiero decir, a causa del intelecto…, se ha dicho a imagen Dios y su semejanza, no que Dios (¡bendito sea!) sea un cuerpo dotado de figura.

Portada de la Guía de Perplejos

Portada de la Guía de Perplejos

Más adelante en su libro, Maimónides refuerza la crítica a la figura y al aspecto del hombre como imagen y semejanza divina, y la completa con múltiples disquisiciones acerca de la inconmensurable lejanía de la divinidad con respecto a las capacidades sensitivas, intelectivas e imaginativas del ser humano. Dios es el inalcanzable, el invisible, el inefable, el impensable, el incognoscible. Así, de él solo se puede decir por medio de adjetivaciones negativas como las precedentes. De él no se puede predicar atributo positivo alguno. Maimónides profundizará en este pensamiento, según veremos, en su doctrina de los atributos divinos, en la cual se acerca a la teología negativa (o apofática) de Dionisio el pseudo Areopagita, y a quienes afirman que Dios es tan distinto a todo lo que es y está de tal manera más allá de todo ser, que más que un ente es un no-ente, un no-ser, una nada sin fin, como el Ayn Sof (אין סוף) de los cabalistas.

Por ahora, solo un ejemplo más del pensamiento del sabio sefardita en esta materia capital:

… así como es conveniente enseñar a los niños y divulgar en las masas que Dios (¡glorificado y honrado sea!) es uno y no hay que adoptar a ninguno otro fuera de él, de igual manera es menester que aprendan, por la autoridad tradicional, que Dios no es un cuerpo y no existe absolutamente ninguna similitud bajo cualquier aspecto entre él y sus criaturas, que la existencia de éstas no guarda semejanza con la de él, ni su vida con la de los seres vivientes, como tampoco su ciencia con la de quienes son cognoscitivos, y aceptar el dogma de que la diferencia entre él y ellos no se reduce a un más o menos, sino a la naturaleza de la existencia.

De lo que podría inferirse que la desemejanza de Dios con sus criaturas humanas no es tan solo en la forma y aspecto, sino en todo lo demás. Aparentemente, la idea de imagen y semejanza divina que proclama el Génesis se reduce a nada. ¿O a casi nada?

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© 2014
Lino Althaner