Y oísteis bien sus palabras, pero no visteis figura alguna, solo se manifestó su voz
Dt 4, 12.

A Dios nadie le vio jamás
Jn 1, 18

Que el Señor hablaba a Moisés cara a cara, como habla un hombre a su amigo, se nos dice en el capítulo 33, 11 del Éxodo. Pero la expresión cara a cara, le parece a Maimónides no puede ser entendida de manera literal. Es por ello que recomienda proseguir en la lectura del texto y avanzar hasta el versículo 18, en el cual Moisés se atreve a pedirle a su Señor: “Muéstrame tu gloria”. La respuesta de יהוה proporciona una clave ciertamente esclarecedora: “Yo haré pasar ante ti mi bondad y pronunciaré ante ti mi nombre …; pero mi faz no podrás verla, porque no puede verla el hombre y vivir”, afirma el versículo 19.

Pero no es tan solo el rostro físico de Dios -que Dios no lo tiene, recordemos lo que dice el sabio cordobés sobre su incorporeidad- el inaccesible a la visión humana; lo es también la resplandeciente gloria de su entera manifestación espiritual, Y tendríamos que entender que es a esta revelación a la que se refiere Moisés cuando le pide a su amigo, el Señor, que le muestre su rostro, esto es, que le enseñe su esencia misma. Y en su respuesta, es como si el Señor dijera al patriarca: “Reconoce como ser humano los límites infranqueables de tu entendimiento y de tus sentidos. Por cercano a mí que te sientas, arrodíllate ante el misterio de lo alto y profundo que es inaccesible a tu capacidad”. Reconocimiento que, como sabemos, lo han hecho muchos místicos, expertos en aproximarse a la divinidad.

Con todo, prosigue Adonai, “yo haré pasar ante ti mi bondad y pronunciaré ante ti mi nombre…, agregando luego enigmáticamente:  Hay aquí un lugar cerca de mí; tú te pondrás sobre la roca. Cuando pase mi gloria, yo te pondré en la hendidura de la roca, y te cubriré con mi mano mientras paso; luego retiraré mi mano, y me verás las espaldas, pero mi faz no la verás“. Es decir: “Olvídate de la posibilidad de ver mi rostro, de contemplar la plenitud de mi gloria, la esencia de mi Ser. No sobrevivirías a la experiencia. Sin embargo, mi gloria pasará ante ti, mi bondad, y te protegeré con mi manos para que no perezcas ante su presencia. Luego me retiraré y, entonces solamente, podrás ver algo de mí”.

Sumo sacerdote samaritano con los rollos de la Torah

Sumo sacerdote samaritano con los rollos de la Torah

¡Las espaldas de Dios! Muchas interpretaciones se han ensayado acerca de esta expresión. Maimónides comienza por explicar que la palabra hebrea correspondiente a faz o rostro (פנים, panim) es también un adverbio de lugar que significa delante. Y alude a propósito a la opinión del famoso Onkelos (35-120), autor de una versión aramea de la Biblia hebraica (Targum), conforme a la cual las palabras “mi faz no la verás” se referirían a todas las cosas espirituales y abstractas que están, en el ámbito celeste sobrenatural, ‘delante’ de Dios, directamente en su presencia; que no son por cierto humanamente aprehensibles. Sí lo serían en cambio, a juicio de Onkelos, las cosas dotadas de materia y forma, que están, en la jerarquía del Ser, por debajo de aquéllas. Tales serían las que el hombre puede ver como las espaldas de Dios, es decir, en su condición de efectos de la acción divina sobre la Creación y que el Señor deja tras de sí en su acción conservadora del universo, que son como las huellas de su paso.

Así, entonces, tendríamos que entender, por una parte, que no solo sería del todo imposible para el hombre  acceder sensitiva o intelectualmente a la visión del rostro de Dios -de su gloria, de su esencia, de su faz-  sino que también a todo lo que se sitúa, por decirlo así, abstracta y espiritualmente ante él, en su presencia misma, en el ámbito indecible que le es propio. Por lo tanto, está el ser humano circunscrito a ver e interpretar lo que queda una vez que Dios ha pasado, lo que resulta de su voluntad en la Creación, sin ser parte de su esencia misma, abstracta y espiritual. También podría el ser humano contemplar los atributos divinos -tales como la clemencia, la bondad, la belleza, pero también el rigor y la ira, tan frecuentes en el Señor de la Biblia hebraica- en acción, traduciéndose en efectos providenciales, reveladores y redentores.

Página del Targum Onkelos

Página del Targum Onkelos

Para dar a entender esta idea de lo que Dios deja a su paso en términos, por ejemplo, de belleza, a mi me parece apropiado recordar unos versos del Cántico Espiritual de San Juan de la †. En el primero de ellos, pregunta el alma enamorada a las criaturas si han visto al Amado en las cercanías:

¡Oh bosques y espesuras
plantadas por la mano del Amado;
oh prado de verduras
de flores esmaltado,
decid si por vosotros ha pasado!

A lo que responden las criaturas, declarando la belleza que ha dejado a su paso la gloria del Amado:

Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con tresura,
e yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejo de hermosura.

Sabemos, sin embargo, que la Creación no es solamente bondad y belleza.

El Papa Francisco con un rabino judío y un imán musulmán

El Papa Francisco con un rabino judío y un imán musulmán, en Tierra Santa: ¿acaso una manifestación de la Providencia divina?

¿Es que la providencia divina se expresa también en lo que la vida tiene de imperfecto, de cruel, de repulsivo? ¿Es Dios el que deja todo ello también a su paso?

Por otra parte, ¿que nos dice la figura de Jesús de Nazaret como rostro divino?

Preguntas a las que con toda humildad, trataremos también de responder.

© 2014
Lino Althaner