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Vuelvo a la “Guía de Perplejos”, la admirable obra de Maimónides, el filósofo, teólogo y médico judío del siglo XII, nacido en la ciudad de Córdoba, entonces gobernada por el Islam.

Mi último comentario sobre e particular concernía al pensamiento de Moshe ben Maimón en torno al origen del mal (Guía de Perplejos 3b) y a las diversas clases de males que afligen a la humanidad ( Guía de Perplejos 3c). Materias que por cierto se relacionan con el tema que ahora repasaré sucintamente, el de la divina Providencia.
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Enfrentado a la perplejidad de sus lectores, desorientados por la profundidad y complejidad de estas cuestiones, Maimónides quiere satisfacerlos con respuestas que sean capaces de conjugar la enseñanza de las Escrituras y de los maestros de la Torah con las exigencias de la razón humana y con la realidad de la vida.

Quiere responder a preguntas como las que siguen: ¿Depende de la providencia toda ocurrencia en el cosmos o todo cuanto ocurre bajo el sol? ¿Está todo acontecimiento determinado de antemano? ¿Cuán amplio es el espacio entregado al ser humano, a su libertad, para guiar el curso de su vida y el de la historia? ¿En qué consiste el libre albedrío, la capacidad del hombre para elegir entre el bien y el mal? ¿No es la historia sino la escenificación de un libreto escrito por la mano de Dios? ¿No es todo lo que ocurre sino producto del azar?

Preguntas que pesan sobre el hombre, admirado y a la vez angustiado ante la insondabilidad del cosmos y de la vida. Demasiadas preguntas, que continuan abrumando al ser humano, incapaz de conciliar la grandeza del mundo que lo rodea con su aparente pequeñez.
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Maimónides opina que son cinco las tendencias fundamentales que orientan la opinión de los hombres en lo que concierne a la Providencia divina.

El azar como absoluto. Y lo primero que le parece necesario descartar es que las cosas sucedan al azar. Atribuye a Heráclito la idea de que la vida tiene lugar merced a las interacciones azarosas de los átomos entre sí y se resiste a pensar, por su parte, que no exista un agente superior que conduzca de alguna manera al universo como conjunto ordenado por las leyes de una inteligencia cósmica. Esta visión no es ajena a nuestros tiempos. La teoría del ‘big bang’ suele ser esgrimida -aunque tal vez erróneamente- como la máxima prueba del azar como supremo determinante del mundo y de la vida.

La relatividad del azar. Tampoco le complace la opinión según la cual solo algunas cosas están bajo el gobierno de un Ser que las rige y coordina, en tanto que otras dependen únicamente del azar. Atribuye semejante opinión a Aristóteles y afirma al respecto: “Todo cuanto él veía proseguirse sin interrupción ni alteración en su proceso, tales como las condiciones de las esferas celestes o lo sujeto a una regla indefectible sin excepción, como acontecimiento en las cosas físicas, lo atribuía a una dirección, es decir, a la Providencia a ello inherente; pero en lo que él contemplaba desligado de reglas y exento de un cierto orden, como, por ejemplo, las circunstancias individuales de cada especie, sea vegetal, animal o humana, afirmaba que era efecto del azar y no de una ordenación, es decir, en ellas la Providencia no intervenía”. Según esta opinión, que Maimónides rechaza, la vida humana estaría exenta de la intervención providencial. Las leyes del cosmos serían debidas a la Providencia. Las circunstancias de la vida al azar.

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El determinismo total
. Otro punto de vista, según Maimónides, es el de quienes afirman que no hay nada, ni en lo universal ni en lo particular, que sea debido en modo alguno a la casualidad; que todo obedece a una voluntad, una intención y un régimen. Da como ejemplo el de algunos musulmanes -de la secta de los asaríes- según los cuales el viento que hace que la hoja de un árbol se desprenda no es fortuito: es Dios el que pone al viento en movimiento y este debe operar en un lugar y en un momento determinado según un decreto divino. Lo mismo ocurre con la vida humana, desde el nacimiento hasta la muerte. Si algo ocurre, bueno o malo, el único comentario que cabe sería: Dios lo ha querido así.

Poca es la capacidad del hombre para intervenir en un mundo así de determinista. En este escenario, parece no haber cabida para el libre albedrío, esto es, la capacidad volitiva y operativa del hombre para optar por un curso de conducta o de acción. Por supuesto, Maimónides también rechaza esta opinión, indigna según él de una persona de religión. ¿Pues, de qué servirían los preceptos éticos o religiosos si las opciones del hombre carecieran de sentido, si sus impulsos hacia el bien o hacia el mal carecieran de toda efectividad? En un mundo determinista el hombre debería ser declarado irresponsable e inocente de sus actos. Ellos le están irrevocablemente asignados. Solo le cabe aceptarlos como parte de su destino.

Libre albedrío con limitaciones. Sabiduría divina insondable. Alude luego a la opinión de quienes piensan que el hombre posee, en principio, la facultad de obrar según su albedrío, esto es, de optar entre las alternativas que se le ofrecen en el curso de su existencia, por lo cual sí que tendrían sentido los mandamientos y prohibiciones establecidos por ley religiosa. Sin embargo, la libertad humana estaría a sujeta a severas limitaciones, pues la vida está llena de condiciones o acontecimientos predeterminados por la sabiduría divina, cuya justicia es infalible, aunque no siempre resulta accesible a la comprensión humana.  Así, afirma, algunos llegan a afirmar que si un individuo está afectado de una enfermedad congénita, es decir, sin haber cometido pecado alguno, es porque así lo ha querido la Providencia para bien del afectado. Y, para el caso del hombre virtuoso que perece en la flor de su edad, explican simplemente que ello sucede para que su recompensa sea mayor en el otro mundo. Porque Dios lo ha querido así para su bien. En esta parte coincide esta opinión con la anterior.
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¿Cual es la opinión de Maimónides? La examinaremos en el próximo artículo de esta serie. En tal oportunidad les contaré además un cuento, el de la burra de Balaam, que es una parábola bíblica acerca de la divina Providencia? También les diré algo de mi propia opinión sobre esta materia.

Todo indica, sin embargo, que el tipo de preguntas a que se enfrentó Maimónides, tal vez el mismo perplejo en algún momento ante la dificultad de darles respuesta, seguirán inquietando al ser humano, día a día, mientras siga habitando la faz de la tierra.

Porque casi podría aseverar que, en su fuero interno, él tampoco estaba seguro de que su punto de vista fuera el acertado.

© 2014
Lino Althaner

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Imágenes:Gustave Doré (Satán y Abdiel), William Blake (El Anciano de los días e il. de Job) y Pietro da Cortona (Alegoría de la Divina Providencia), todas de http://wikiart.org.