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El torrente de oro cae sobre la pobreza de espíritu.

Tal vez aquí esté el gran misterio de la iluminación mística y de la visión profética. Mujeres como Hildegarda o Matilde de Magdeburgo y tantas otras grandes místicas cristianas, hicieron de su existencia un anonadamiento de la propia personalidad, una vivencia de total entrega enamorada y de fe incondicional. De allí que nos cueste entenderlas y creer en sus experiencias de sublime plenitud. Eran tan distintas a nosotros y les tocó vivir en una época tan distinta a la nuestra, tan materialista esta, tan desencantada. ¡Y cómo no iba a serlo, si a Dios lo hemos exiliado de nuestra existencia! 

Johannes Tauler (c.1300-1361), místico alemán posterior a Hildegarda, describe la ilustración de más arriba, una de las primeras del  libro “Scivias”:

“La figura en hábitos blancos y con las manos alzadas no tiene cabeza [por encima de ella se encuentra la divinidad, inundada de oro puro] y esa cabeza no tiene rostro reconocible; en su lugar no se ve sino oro, que quiere decir la indefinible divinidad, y sobre ella fluye una claridad que oculta la cabeza,y todo el cuadro quiere decir que

la cabeza del pobre de espíritu es propia de Dios.”

En la cabeza del pobre de espíritu, Dios se hace presente. La cabeza del pobre de espíritu, hasta la que ha llegado el torrente dorado de la iluminación, es ahora su cabeza.

Ya lo dije en la entrada anterior, siguiendo a H. E. Keller: en la figura destinataria del flujo de la luz divina “no se puede reconocer ningún rostro; de hecho, toda la cabeza queda difuminada en un torrente de oro que fluye hacia abajo procedente del seno de la figura entronizada en el segmento superior de la ilustración. El gesto de bendecir, la actitud mayestática de toda ella y el libro que sostiene en la mano izquierda revelan que la figura irradiante es Cristo, evocando la composición toda el contexto del Apocalipsis… El torrente de oro, que cae vertical y que inunda la figura, corresponde a aquella “corriente de aguas vivas, claras como el cristal”, que Juan ve manar del trono de Dios y del Cordero (Apocalipsis 22, 1-5).”
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Ilustración para el Liber Scivias - Ángeles

                                 


Un torrente del oro más precioso solo puede recibirlo quien se anonada en aras de su Amor. De su Amado divino. Una de las más grandes paradojas del cristianismo. La más bella realidad del Evangelio de Cristo. Quien la ha hecho realidad en su vida conversa con Dios, tiene visiones del Altísimo, recibe y transmite sus mensajes, profetiza. 

© 2014
Lino Althaner