Los filósofos de la Antigüedad consideraban que el mundo
estaba constituido por una armonía perfecta, es decir, que
desde la tierra a los cielos había una escala perfecta.
Athanasius Kircher 


Nueve órbitas rodean a la tierra en la concepción geocéntrica tradicional: la luna, Mercurio, Venus, el sol, Marte, Júpiter y Saturno. Luego se ubica la órbita de las estrellas fijas. Y sobre ella el ‘primum mobile’, que ordena a todas las restantes esferas, esto es, la mano del mismo Dios. La tierra, ubicada bajo la esfera lunar, está inmóvil, siempre suspendida en un mismo lugar, ocupando el centro del universo.

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Es una antiquísima tradición la que afirma que el formidable movimiento de los cuerpos celestes no se hace en silencio sino que suscita una música muy potente y dulcísima, hecha de bellas armonías que alternan los sonidos altos de las esferas superiores con los más bajos de las intermedias y los bajísimos del mundo lunar y sublunar. En el famoso ‘sueño de Escipión’ sostiene Cicerón que el sonido de las ocho esferas ubicadas por encima de la tierra produce siete tonos con intervalos diferentes (De republica, s. I a.C.). Se trata de un pensamiento cuyo origen se suele radicar en Pitágoras, el filósofo presocrático, pero que sin duda viene de antes.

“La música de la naturaleza comprende la naturaleza de todas las cosas… Está, pues, la gran música del mundo, la maravillosa correspondencia de los cielos; de los elementos y de todas las criaturas; y está en especial la música humana, que consiste en la armonía del cuerpo humano o de sus sentidos internos y externos”  (Atanasius Kircher, Mysurgia universales, 1662). Así como la música instrumental es una aproximación, más o menos lejana, de la música de las esferas, esta imita la música del reino de Dios.

“El brillo de los astros hace la melodía, la naturaleza sublunar danza al son de las leyes de dicha melodía”. (Johannes Kepler, Harmonices Mundi, 1619).

Athanasius Kircher - Mysurgia universalis, Roma, 1650

Athanasius Kircher – Musurgia universalis, Roma, 1650


En su libro “Musurgia universalis”, una especie de enciclopedia barroca de la teoría musical, el famoso jesuita Athanasius Kircher se figura a Dios como un eximio organista cuyo arte es capaz de separar a los elementos del caos primigenio, haciéndolos concordar entre sí.  La música, pues, es un arte sagrado en el que los siete puntos o progresiones de la octava engloban el mundo y en que el número siete reúne a la Santísima Trinidad y a los cuatro elementos.

Athanasius Kircher - Musurgia Universalis

Athanasius Kircher – Musurgia Universalis

Y dice a propósito Georges Gurdjieff (1866-1949), el pensador esotérico caucasiano: “Este principio del número siete lo encontramos por doquier -en la química, en la física, etc.: en todo rige el mismo principio. El mejor ejemplo es la composición de la escala. Tomemos una octava para demostrarlo”.

Bello símil, el que compara a Dios con un organista y, por lo tanto, a la Creación con una composición musical, la más sublime, la más grande, la obra magistral del Maestro supremo.


El hombre de genio imita humildemente a su Creador. Está lejos, él lo sabe, de su modelo. Pero suele dar en la tonalidad de lo sublimemente bello. Para comprobarlo, el organista Hans-Andre Stamm interpreta la Passacaglia y Fuga en Do menor, BWV 582, una cumbre de la obra de Juan Sebastián Bach. Música como esta es solamente para intérpretes excepcionales.

 
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Lino Althaner