Como el alma del Hombre primordial que, según el mito gnóstico, declina progresivamente, por el camino e de las siete esferas cósmicas, y se hunde en el lodo terrestre para cubrirse de la densa materia que la oculta, así también la música divina, infinitamente bella, ha debido atravesar las esferas para radicarse en el tenebroso mundo sublunar.  Ambas, con todo, el alma y la música, tienen una oportunidad para redimirse. Después de la muerte, el alma afronta el inmenso desafío consistente en ser capaz de regresar, por el mismo camino, a su hogar y a su ser original. Algo similar ha de ocurrir con la música humana, que en algún momento habrá de volver a sonar como la música que se escucha por encima de todas las esferas. Pero antes de esa final aventura, el alma es con todo capaz, como afirman los grandes místicos, de experimentar en vida anticipos de la suprema experiencia. En manos del artesano adecuado, también la música es capaz, de empinarse hasta la relativa cercanía de la música suprema.


universo ptolemaico

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Toda esta magnífica intuición se desarrolla, desde la Antigüedad hasta el Renacimiento, a partir de la cosmología de las ocho esferas cósmicas del mundo geocéntrico precopernicano, que es relacionada con los peldaños de la octava musical, que en esas mismas esferas se hace audible y que sirve de fundamento, en medida relativa y variable, a la música humana.

El hombre anda a la caza de coincidencias similares a través de los siglos, pues reflexionando acerca de ellas busca probar la verdad del axioma hermético conforme al cual “lo de arriba es como lo de abajo”, que resume la doctrina de las correspondencias del macrocosmos con el microcosmos.   Si se trata de fortalecer este esquema del mundo como un conjunto armónico y encantado, la memoria y la imaginación se esfuerzan por hallar adicionales equivalencias.

 

Leonardo da Vinci - El hombre de Vitrubio

Leonardo da Vinci – El hombre de Vitrubio

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El esquema debe ser sutilmente ajustado cuando son, por ejemplo, convocadas las nueve musas del Olimpo. Pero se las puede hacer coincidir con las esferas, si no se olvida que, por encima de las ocho, hay todavía un enorme vació que llenar.  O cuando se quiere incorporar, para reforzar el concepto, a las nueve las jerarquías angélicales del Pseudo Dionisio Areopagita, la más alta de las cuales -los serafines- se ubica en la inmediata cercanía de Dios, mientras la de los ángeles propiamente tales es la más cercana a la tierra. Los coros angélicales tienen especial importancia para las gentes del Medioevo, pues sirven para compensar a presencia pagana de las Musas con la de unos ángeles ya considerados hace mucho como patrimonio del cristianismo.

Francesco Giorgi en su Harmonia Mundi (1525) puede incluir en el esquema a nueve de las diez sephirot del árbol de la vida cabalístico y a los nueve nombres hebreos de Dios.

 

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Petrus Apianus, Cosmographia (1545)


El esquema se puede complicar. Por ejemplo, por encima de la esfera aquella en que se ubican las estrellas fijas -que corresponde también a los signos del zodíaco- se halla un espacio susceptible de ser dividido, como en la figura de arriba, en tres regiones cósmicas adicionales: primero, la del cielo cristalino, luego la primum mobile, el primer motor del universo, y por encima de éste, el Empíreo, la misma morada Dios y el destino de sus elegidos. 

Lo importante es que no se pierda el sentido original: el de describir gráfica e inteligiblemente los diversos estratos del cosmos como unidad, como conjunto regido por una sublime armonía.

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Armonía que nos vuelve a recordar, una y otra vez, la que impera en el mundo del sonido, tentativamente en la música humana, aproximativamente en la música de las esferas, plenamente en la música divina.

© 2014
Lino Althaner