Heard melodies are sweet, but those unheard are sweeter
John Keats

 

Son dulces las melodías que nos gusta escuchar. Pero aún más dulces son aquéllas que nuestro oído es incapaz de percibir.

Este es un axioma de la música especulativa, esto es, del conocimiento iluminado que es capaz de ver reflejadas en la armonía de los pentagramas y de los instrumentos, tanto los órdenes magníficos de la naturaleza como los del cosmos y de los coros angélicos. Se trata de un mandato para frenar cualquier arrebato de soberbia por parte del compositor, por excelente que nos parezca. Afirmaba, en efecto, Louis-Claude de Saint-Martin (1743-1803), teórico del esoterismo musical, que por muy perfectas que puedan ser las composiciones musicales (del ser humano), existen otras de un orden del todo diferente, indeciblemente más bellas. Y que solamente la mayor o menor conformidad de aquéllas -las humanas- con éstas -las angélicas- hace que la música artificial nos conmueva y nos provoque una emoción mayor o menor.

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Decía Baudelaire (1821-1867) que a menudo la música lo arrebataba como un océano: La musique souvent me prende comme une mer. Tratándose de una persona de tan exquisito y profundo temperamento como el autor de Las flores del mal, esa música arrebatadora no habrá sido por cierto una música cualquiera, ni menos una de esas musiquitas enfermantes a que la humanidad contemporánea suele ser adicta, en estos tiempos en que, al decir de John Hollander, hasta el mismo cielo parece haberse desafinado.

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Otra proposición que debería constituirse en axioma del pensamiento musical especulativo es el que tiende a considerar a la música -no, de nuevo, cualquier música o musiquilla de esas que siempre estan sonando por ahí- como un medio de afinamiento del intelecto y del espíritu, de pulimiento de la personalidad, de alimento indispensable para el alma, en suma, como método de superación humana. El tema debería ser explorado, sumando los esfuerzos de los especulativos con los de teóricos, compositores e intérpretes, sin dejar de considerar por cierto la opinión de esa especie tan noble que es la de quienes hacen de la audición musical una experiencia que, si no es capaz de ponerlos en directa sintonía con la armonía de los coros de ángeles, a lo menos sí es capaz de ubicarlo en un mundo intermedio, distinto de este mundo.

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Otro ilustre especulativo, Friedrich von Dalberg (1760-1812), viene ahora en mi ayuda:

Así como al afinar los tonos uno por uno se alcanzan los acordes puros, y la pureza de los acordes produce la perfección de toda la familia tonal, así también la purificación tiene lugar gracias al progreso gradual individual y a través del progreso de especies, géneros y familias de espíritus, hasta que todos se encuentran suficientemente maduros para una pureza superior, de modo que pueden escapar de las vestiduras terrestres, regresando al Mundo Intelectual, y allí se convierten en cuerdas de una lira celestial que solo Dios toca.

Para que ese tipo de maduración sea posible, ¿qué auxilio mejor que el de la música de verdad?

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Los dos movimientos musicales pertenecen al exquisito Requiem de Gabriel Fauré (1845-1924). In paradisum es interpretado por la Oxford Schola Cantorum y la Oxford Camerata. Pie Jesu por la soprano francesa Agnes Mellon.

© 2014
Lino Althaner