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Gracias a la belleza sensible, el alma se eleva a la verdadera belleza

y de la tierra en que yacía sumergida,
resucita al cielo gracias a la claridad
de estos esplendores.


Suger, abate de Saint Denis

Un libro excelente, La época de las catedrales (Arte y sociedad, 980-1420), escrito por el historiador francés Georges  Duby, renombrado especialista en el Medioevo. Avanzo sin premura en su lectura, subrayo y apunto, para tratar de asimilar la esencia de esta lúcida visión de la Baja Edad Media, particularmente apasionante en la parte que dedica al período de plenitud comprendido entre los siglos XI y XIII, en que la cultura occidental, aprovechando los frutos del periodo carolingio, revela signos evidentes de haber superado los efectos desastrosos de la caída del imperio romano y de las invasiones de los pueblos del este.

Brillante me ha parecido la forma en que el autor recrea el sentido del devenir histórico a la luz de un análisis realista de las cambiantes estructuras sociales, por cierto que siempre imperfectas y reveladoras de inequidad, y nos deleita en la interpretación del quehacer cultural y artístico de la época, tan significativo para el desarrollo ulterior de la civilización europea.


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En estos momentos, me deleito en las páginas que dedica al nacimiento del arte gótico, en que nos presenta al abate Suger de San Dionisio (Saint-Denis), como el creador de dicho estilo, y nos explica la forma en que esta nueva forma queda plasmada precisamente en las obras de renovación de su iglesia abacial. Fue entre los años 1135 y 1144, que Suger, amigo de infancia del rey y consejero suyo, se dio a la tarea de iniciar la reconstrucción de la antigua iglesia carolingia, convencido siempre de trabajar “por el honor de Dios, por el de San Dionisio, pero también por el honor de los reyes de Francia, de los que estaban muertos y eran sus huéspedes -pues en la iglesia hallaban sepultura los monarcas fallecidos- y del que vivía, su amigo y bienhechor.”

Explica Georges Duby que en el lugar se encontraba el sepulcro del mártir cristiano Dionysius, identificado  por la tradición con Dionisio el Areopagita, discípulo ateniense de Pablo según el libro de los Hechos de los Apóstoles, que viajara a Francia huyendo de la persecución de que era objeto en Atenas, y a quien se adjudicaba erróneamente la autoría del famoso cuerpo de escritos teológicos de raigambre neoplatónica -el Corpus Areopagiticum– que tan importante influencia tendría en el desarrollo del pensamiento eclesiástico y en la mística cristiana.  A las obras de este Pseudo Dionisio, que viviera supuestamente en el siglo V en Siria o en Egipto, me he referido en otros artículos. Sin embargo, ya desde el siglo VIII se atesoraba en el lugar un manuscrito del Corpus Areopagiticum, que el mismo papa había regalado al rey de los francos Pipino el Breve, en el convencimiento de que el Dionisio cuyos restos allí reposaban eran los del personaje bíblico y que este era el autor de los afamados libros.

Rosetón de la fachada (www.viajeuniversal.com)

Rosetón de la fachada (www.viajeuniversal.com)


El hecho es que el pensamiento del Pseudo Dionisio Areopagita convenció e inspiró de tal manera a Suger que se decidió a convertir la imagen jerárquica (recuérdense los escritos de aquél sobre las jerarquías angélicas y la jerarquía eclesiástica), pero unitaria del mundo visible y del invisible propia del autor, en doctrina estética aplicable a la arquitectura y al arte eclesiástico en general.  Unos párrafos admirables dedica Duby a sintetizar ese fundamento doctrinario:

Dios es luz. De esa luz inicial, increada y creadora, participan todas las criaturas. Cada una de ellas recibe y transmite la iluminación divina según su capacidad, es decir, según el rango que cada uno ocupa en la escala de los seres, según el nivel en que ha sido situado jerárquicamente por el pensamiento de Dios. Originado en una irradiación, el universo es una corriente luminosa que desciende en cascadas, y la luz que emana del Ser supremo coloca a cada uno de los seres creados en un sitio inmutable. Pero la luz todo lo une. Vínculo de amor, irriga el mundo entero, lo instala en el orden y en la cohesión, y puesto que todos los objetos reflejan más o menos la luz, esta irradiación, gracias a una cadena continua de reflejos, suscita, desde las profundidades de las tinieblas, un movimiento inverso, movimiento de reflexión hacia un foco de irradiación.

De este modo, el acto luminoso de la creación instituye por sí mismo un acceso progresivo de grado en grado hacia el Ser invisible e inefable del que todo procede. Todo se reencuentra en él gracias a las cosas visibles que a medida que ascienden en la jerarquía reflejan cada vez mejor su luz. Es así como lo creado conduce a lo increado por una escala de analogías y de concordias. Elucidarlas una tras otra significa avanzar en el conocimiento de Dios.  Luz absoluta, Dios está más o menos oculto en cada criatura, según esta sea más o menos refractaria a su iluminación; pero cada criatura lo descubre a su manera puesto que libera, ante quien la observe con amor, la parte de luz que contiene en sí.

Tal es la concepción filosófica y teológica en que se afirma el nuevo arte, el gótico que nace en Saint-Denis, la abadía de Suger. Arte de claridad y de irradiación progresivas, dice Duby. Arte de luz.

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Tímpano y dintel del pórtico central


Para confirmar esta concepción he aquí la dedicatoria que compuso Suger para el pórtico de Saint-Denis. De ella nos da Georges Duby una versión comentada:

Lo que irradia aquí en el interior -comprendamos bien; en el interior del edificio, en el corazón del hombre, en el corazón de Dios- la puerta dorada os lo presagia -el arte, hay que repetirlo siempre, anticipa las realidades esenciales que se revelarán al espíritu humano cuando se franquee aquel pasaje que es la muerte, que son la resurrección y la apertura del cielo en el último día-: gracias a la belleza sensible el alma se eleva a la verdadera belleza y de la tierra en que yacía sumergida, resucita al cielo gracias a la claridad de estos esplendores. Se puede afirmar con certeza: el arte del siglo XI contribuye a revelar el rostro de Dios. Ilumina. Pretende ofrecer al hombre un medio seguro para resucitar a la verdadera luz.

Se iniciaron los trabajos por la parte occidental y reemplazando la fachada carolingia con su único pórtico por tres grandes portales separados por sólidos contrafuertes y agregando un gran rosetón en lo alto. De la obra escultórica anexa a las entradas mucho se ha perdido.

Y es cierto que esta primera vista no ostenta el brillo de las posteriores catedrales góticas, como la de Chartres o la de Notre Dame de Paris. Veamos lo que al respecto comenta Georges Duby:

Constituye esta fachada el primer grado, la etapa inicial del camino hacia la luz. Además, pretende ofrecer, a la entrada del monasterio real, una imagen de autoridad, de soberanía, es decir, una silueta militar, ya que todo poder se apoyaba entonces en las armas y el rey, por esencia, era ante todo un jefe guerrero… . La luz del ocaso penetra en el interior del edificio por el hueco de los tres portales. Por encima de ellos irradia un rosetón, el primero que se abrió en el lado occidental de una iglesia y que iluminaba las tres capillas altas, consagradas a las jerarquías celestes, a la Virgen, a san Miguel… Todos los elementos que constituirán las fachadas de las catedrales futuras nacen también de la teología de Suger.

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Cabecera del templo – Coro

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Finalizados los trabajos de este sector, Suger se propuso  la remodelación del otro extremo de la iglesia, el oriental. Allí diseñó un coro que debería ser invadido por la luz. Suprimió los muros carolingios e impulsó a los maestros de obras a explotar todos los recursos arquitectónicos con el objeto de potenciar los efectos luminosos, justo en el sector del templo en el que debían producirse “los más deslumbrantes contactos con Dios.” Allí se edificó también “una secuencia de capillas dispuestas en semicírculo, en virtud de la cual toda la iglesia resplandecía gracias a la maravillosa luz ininterrumpida, que se extendía desde las más luminosas ventanas”.  Modificó también la estructura de las bóvedas, abrió huecos, sustituyó por pilares los muros de separación y dio de este modo forma a un sueño: unificar la ceremonia religiosa por medio de la cohesión ofrecida por la luz.

La nueva estructura fue concluida y consagrada el 11 de junio de 1144, en presencia del rey Luis VII. El día de la solemne consagración del coro, “la misa fue realizada en un clima de fiesta tal, de manera tan cercana y tan alegre, que los deliciosos cantos, por su concordancia y por su armoniosa unidad, componían una especie de sinfonía más angelical que humana”.
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Nave central de Saint-Denis


Si bien la remodelación del sector intermedio de la iglesia no llegó a ser concluida, pues Suger “no tuvo tiempo de edificar entre el pórtico y el coro la nave que los hubiera unido”, el laborioso abad dejó asentada, a juicio de Duby, la futura estructura, pues las modificaciones que introdujo partían del supuesto de un espacio sin discontinuidad dotado de unidad interna. Así, pues, la concepción global de Suger serviría de prototipo importantísimo a la arquitectura gótica posterior. Por algo se menciona a esta iglesia como el primer edificio construido de acuerdo con el nuevo estilo, sin duda opuesto a la austeridad del románico entonces prevaleciente, pues pretende ser a la vez que una esplendorosa ofrenda de alabanza a la divinidad, un recurso también para fortalecer la fe de los fieles mediante el lujo arquitectónico, la rica ornamentación y el acceso de la luz que invade al conjunto por sus generosos rosetones y vidrieras.  Esa luz que, según la concepción del abate, aparte de figurar el descenso de Dios hasta los hombres, permite a estos acceder a una especie de anticipo del reino de los cielos.

Habría que esperar hasta el siglo siguiente, durante el reinado de Luis IX, san Luis de Francia, para ver construida la parte intermedia, entre los pies de la iglesia y su cabecera. Es la época del gótico radiante, promovido por este gobernante. Se acentúa con estos cambios la impresionante verticalidad interior del edificio y la transparencia de los muros que parecen estar sostenidos por arte de magia. Es aquella la época en que aparecen los arbotantes como medio exterior de sustentación.

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Y hasta aquí esta sucinta reseña.

Como conclusión dos recomendaciones. Primera, encarezco la lectura de este libro, que procura un gran deleite con su amenísima visión de una época de la que se predican tinieblas. No sé si más o menos que las de cualquiera otra edad, por ejemplo, la nuestra, que suele serlo bastante, por más que se acicale y se esfuerce por ocultar sus espantos. Lo que sí es cierto es que la Edad Media ha sido con frecuencia oscuramente comprendida.  Segunda, para quien quiera más detalle en relación con el arte arquitectónico de Saint-Denis, he aquí un sitio al cual dirigirse: luismatemoreno.blogspot.com

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Tendría que pensar también en un artículo sobre la importancia de la música en esos tiempos. Duby escribe sobre la materia unas páginas tan inspiradas como las que dedica al nacimiento del arte gótico en el siglo XII.

© 2014
Lino Althaner