Lo que hace que las ciencias humanas -llamadas también ciencias del espíritu o simplemente humanidades- sean tales, no se comprende, a juicio de Hans-Georg Gadamer, si se trata de sujetarlas a la estrechez gnoseológica de las ciencias exactas.  Así, es preciso que la tendencia universalista de éstas retroceda frente al carácter de unas disciplinas que persiguen una verdad distinta, no susceptible de alcanzarse por la vía metódica, y que supone otras formas de pensamiento, de expresión y de comprensión.

Ahora bien, en busca de un modelo que refleje en forma fiel lo que es propio del conocimiento de tales disciplinas y se acerque a unos parámetros que sirvan para expresar la idoneidad que requiere la experiencia en ese ámbito, recurre el filósofo alemán al medio cultural humanista, en el cual halla valores que lo orientan en ambas direcciones. Por una parte, en la de entender y explicar la forma en que se despliega el saber y el comprender necesarios para acceder a la verdad en ámbitos específicos de las ciencias humanas, que es por lo demás el objetivo primario de Verdad y Método, pero también, además, en la de pensar en las características ideales del ser humano que pretenda competencia idónea  en disciplinas tales como la historia, la lingüística y  la filología, el arte, la psicología, la filosofía, la teología o el derecho.

Específicamente los encuentra Gadamer preferentemente en la herencia humanista del clasicismo alemán y, en su ideal de formación humana, entendido por J. G. Herder (1744-1803) como el proceso por el cual el hombre asciende a su plena humanidad. Un proceso que, a juicio de W. von Humboldt (1767-1835), culmina en algo superior e íntimo, que es el modo de percibir que procede del conocimiento de toda la vida espiritual y ética y se derrama armoniosamente sobre la sensibilidad y el carácter. No se trata solamente de educación. Se trata también del cuidado de las capacidades y talentos que hacen del hombre un ser integral, dotado de sabiduría práctica, capacidad de juicio, tacto y gusto, no sólo en sentido estético sino también en el moral.

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Un concepto, el de formación, que ciertamente tiene precedentes. Se hace en él presente la antigua tradición mística -no exclusiva del cristianismo- conforme a la cual el hombre lleva en su alma la imagen conforme a la cual fue creado, la cual debe reconstruir en sí. Pero también hay que relacionarlo, ciertamente, con el modelo de hombre del renacimiento y con uno todavía anterior, el de la cultura griega clásica, tan magistralmente caracterizado por Werner Jaeger en su Paideia.

La formación es, a juicio de H.-G. Gadamer, un proceso -un devenir del deber ser al ser- en el curso del cual el ser humano se apropia por entero de aquello valioso en lo cual se forma, integrándolo en su personalidad. En el proceso de formación nada de lo valioso que tiene la experiencia humana, nada de lo eminente que se hace presente en la historia y que se plasma en la tradición, nada debería perderse para la persona, todo se guardaría para ser conservado cuidadosamente y para relucir naturalmente en el momento requerido. Para manifestarse, por ejemplo, cuando se trata de comprender y de explicar un texto, de encontrarle sentido a un acontecimiento histórico, de optar por una alternativa vital significativa o de resolver un conflicto con prudencia y ecuanimidad.

Se trata, según Gadamer, de la tendencia del espíritu que permite al hombre ocuparse interesadamente tanto de lo inmediato como de lo extraño que intenta volver familiar, como también de aquello que pertenece al recuerdo, a la memoria, al pensamiento, e ir siempre más allá de lo que sabe y experimenta para aprender otras cosas y entender otros puntos de vista, sin buscar el interés material y actuando con entera libertad en su esfuerzo por crecer humanamente.

En ese esfuerzo, el hombre va conociéndose a sí mismo, convirtiéndose paso a paso en otro más completo y equilibrado a medida que crece en la experiencia de la cultura y en el ejercicio del humanismo como solidaridad.

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Hans-Georg Gadamer

Esta es la sabiduría que interesa para los efectos del ejercicio de la comprensión en el ámbito de las ciencias humanas. La que es capaz de elevar al hombre a lo general, por encima de la frecuente pequeñez de las contingencias, de los deseos, arrebatos y egoísmos, esto es, de las circunstancias que pudieran intentar determinarlo negativamente en lo concreto. La que lo pone en una situación desde la cual le es más fácil resolver en lo particular consideradamente y con la debida mesura. Tal es la virtud del ser humano que sabe, además, integrar el trabajo en el proceso de su formación, volviéndolo algo propio y siendo capaz, por lo tanto, de desempeñarlo idóneamente, aunque sin renunciar a los intereses culturales y a las tendencias espirituales que reclaman también atención.

Estamos en presencia de un proceso que no termina nunca y que importa también un afinamiento del tacto, esa sensibilidad indefinible que permite percebir casi automáticamente las características de una situación para comportarse en ella libremente, sin la atadura de prejuicios cercenadores del pensamiento, sabiendo valorar con seguridad pero dejando de expresar lo que puede evitarse, manteniendo la distancia y evitando lo chocante, sobre todo en lo que puede afectar a la esfera íntima de las personas.

Se trata de una forma de sabiduría que supone, además, ejercitar tanto la memoria como el olvido. La memoria tiene que ser formada: pues memoria no es memoria en general y para todo. Pero, a la capacidad de retener y de acordarse, debe agregarse, a juicio de H.-G. Gadamer, la de olvidar, que lo hace pensar en Nietzsche, para quien el olvido no es únicamente un defecto sino también una condición necesaria de la vida espiritual: sólo por el olvido obtiene el espíritu la posibilidad de su total renovación, la capacidad de verlo todo con ojos nuevos, tan importante para transformar en primaveras los otoños e inviernos de la existencia.  

Todo esto parece bastante obvio. Sin embargo, suena de alguna manera raro en estos tiempos. Y la verdad es que valores como éstos, que son los que acercan existencialmente al hombre a la comprensión de la verdad que se manifiesta en el arte y en las ciencias o disciplinas del espíritu en general, suelen estar crecientemente alejados de los conceptos educativos y formativos predominantes actualmente.

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Porque algo hay en el espíritu del tiempo presente que mira con antipatía las riquezas del humanismo, tan poco útiles, tan escasamente eficaces y rentables si son observadas con la estrechez de visión que suele caracterizar a aquellos en quienes se encarnan los fríos poderes e intereses dirigentes. Nadie parece entender que hay también en las virtudes humanistas una fuerza capaz de hacer mejores políticos, mejores empresarios, mejores ciudadanos, hábiles también a la hora de promover la armonía y la paz, de poner los fundamentos de una bien entendida y creciente libertad y de una mayor creatividad. Y que su actualización podría también servir para vitalizar el menguado ámbito del magisterio, y potenciarlo en su importancia como formador de la infancia y de la juventud. 

No sería la primera vez que los ideales humanistas son repensados con el objeto de ser luego objeto de inserción en un cuerpo social necesitado. Y nuestras sociedades, sí que lo están, en demasía.

 

© Lino Althaner
2015