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Me acosaban los depredadores. Se cebaban en mis hijos, en mis mujeres, en mis hermanos. Pero yo carecía de garras y de grandes colmillos, y no destilaba veneno. Tendría que aprender de las bestias.  Pasaron más de cien mil años  Y aprendí.  De pronto me vi armado, de un mazo, un cuchillo, una lanza. Un arco y una flecha. Las bestias empezaron a temerme. Algunas inclinaron la cabeza. Ofrecí sus cuerpos a los dioses. Subió a los cielos el humo de los sacrificios. Me sirvieron de alimento. La tierra, entonces, dio un alarido. Un relámpago de mi conciencia le dio la razón. Pero no dije que no cuando aún era tiempo. Es que había nacido en mí la sed de sangre. Me hice adicto.  Inventé instrumentos de matanza cada vez más exquisitos. Y la sangre corrió, como un río cada vez más caudaloso. Algún tiempo después de que un hombre matara a su hermano por primera vez, ya se mataban entre sí pueblos enteros, arengados por sus dioses. La tierra dio entonces otro aullido, que pasó para mí inadvertido. Para entonces yo pisaba ya de lleno la historia. Y después de todos estos siglos, no hay quien discuta mis méritos. Ostento con orgullo mi bien ganada fama de gran depredador.

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Lino Althaner