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Aunque el sol se ha ocultado tras la montaña y empieza a hacerse difuso el contorno de las cosas, la figura de la anciana avanzando lentamente por el camino de tierra, ya de lejos me resulta familiar, la forma en que camina apoyada en su bastón, toda vestida de negro, la extrema delgadez de sus tobillos, el fulgor que enmarca sus blancos cabellos como una aureola e ilumina su rostro, y para hacer indudable la reminiscencia, cuando ya se aproxima, su sonrisa, el encanto cristalino de su risa que me lleva a su mirada, tan brillante como entonces de alegría, aunque ahora indicadora de mayor conocimiento. Me encadenan sus ojos, que son el portal de acceso a otro camino, al que soy transportado, cogido en una suerte de desmayo, como enceguecido por la luz. Es de noche, sin embargo, y la luna se ha escondido. Pero se acentúa el resplandor en el rostro de la abuela, que me toma de la mano. Yo me veo como un niño, protegido por su hechizo para siempre.

 

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Lino Althaner