Se pregunta el Gran Depredador…

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… si de verdad es merecedor del nombre de homo sapiens que le ha atribuido cierta ciencia. Y el mismo tiene el valor de responderse, hay que reconocer que con cierta ecuanimidad:

La armonía de cierta passacaglia,
los iluminados muros
de una capilla paduana,
los tercetos no menos luminosos
cantados a la dama incomparable
en la cual se sustenta toda espera,
dirían por cierto que sí,
pues dirían de imagen verdadera
y de real semejanza.

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Wu Hufan – ‘Celebremos la explosión de nuestra gloriosa bomba atómica’

Sin embargo mis pasos mañosos
en la rutina implacable,
en medio de la urgencia y el estruendo;
más que mis dichos, mis hechos,
y los juegos de niños
jugados con armas verdaderas,
claman con fuerza que no.
Que soy no más que un proyecto.
Y me veo de pronto tan pequeño
como un niño en el trance de nacer.

♣♣♣

Acerca de la pintura, su autor es el artista chino Wu Hufan (1894-1968). La temática del cuadro, cuyo carácter panegírico parece determinado -podría ser que con cierta ironía- por su título –Celebremos la explosión de nuestra gloriosa bomba atómica– llama la atención en un autor conocido por la delicadeza de sus motivos, asociados casi siempre a la naturaleza y al paisajismo en el estilo tradicional de la gran pintura china.

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Según he podido investigar someramente, el gobierno de Mao Zedong habría presionado reiteradamente a Wu Hufan para que se volcara a un estilo y una temática más compatibles con el servicio del estado y de la revolución. Nada mejor, entonces, que la ‘gloriosa celebración’ de la primera bomba china en 1964, que se concreta pictóricamente un año después y se produce en un ambiente de creciente hostilidad entre los dos gigantes comunistas. La propaganda del gran triunfo tecnológico chino es necesaria: la posesión del siniestro poder atómico es un motivo más para que la república popular no se sienta menos que su rival soviético. Quizás sería preciso considerar asimismo, para entender el vuelco en el delicado de arte de Wu Hufan, que China vivía entonces en vísperas de la no menos siniestra Revolución Cultural (1967-1976), que tan sangrientas consecuencias tendría, precisamente, para la cultura china, para los intelectuales, los artistas y el pueblo en general, y que por cierto constituye un hito de gran relevancia en la memoria del Gran Depredador.

Desde el punto de vista puramente artístico, la pintura no merece reproches, al parecer. En su importante estudio sobre la relación entre la pintura y la política en China, Julia F. Andrews recalca que la ‘pintura del hongo nuclear es una de las muestras pictóricas más hermosas que se pueden encontrar de ese período’. Destaca especialmente sus ‘pinceladas despreocupadas y vivas, y los tonos sutilmente variados de la tinta’.

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© 
Lino Althaner
2017

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Arya (1)

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Después de cruzar los más áridos desiertos, llegamos desde más allá de las montañas, las más altas. Encontramos el gran río y más allá la espesura, que parecía no tener fin. Nuestra primera tarea: hacer claros en la selva, espacio para los altares, pasto para los rebaños. El fuego nos abrió camino. Eramos devotos del fuego.

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No eran duraderas nuestras moradas. No hicimos palacios ni templos. Nuestro templo estaba en todas partes, dondequiera fuera posible erigir un altar y celebrar una liturgia que como pájaros nos impulsara, como ángeles hacia el cielo, en un viaje certero. No construimos murallas defensivas. Solía hacernos escolta una tropa de guerreros escogidos, amedrentadores en sus armaduras y en sus espadas, en sus aladas cabalgaduras, en sus carros de fuego. Pero eramos en esencia pacíficos pastores; además, vagabundos incansables, cazadores de horizontes, de océanos, de soles, buscadores inquietos, no tanto de cetros ni de coronas, sino más bien de regiones interiores, aquellas que alentaban en la mente de los hombres según nuestros videntes. Soñábamos en construir un imperio sobre ellas.

Es verdad que no dejamos vestigios materiales. Aunque sí la memoria de unos ritos, unos himnos, unas sabias aproximaciones, unas bellas historias: un todo hecho de sueños, de visiones, de reflejos. Y también la memoria de una lengua, con la cual nos hacíamos naves capaces de alcanzar el cielo por el torrente del canto y de la melodía.

Prescindimos de iconos, de piedra, de metal o de madera. Veíamos en nuestro pensamiento la imagen de todos los dioses. Pero solo percibíamos como un reflejo, luminoso pero incierto, la presencia del desconocido, el ser inmanifiesto a que todo está sujeto, cuyos ojos nos miran, que es la trama sobre la cual están tejidos el espacio y el tiempo. Adivinábamos su aliento en las piedras, en los bosques de mangos, pipales y tamarindos, en los animales, antílopes, caballos, elefantes, hormigas. ¿Pero ver a los dioses cara a cara, percibir a lo menos su aliento, escuchar el eco de sus voces o posar nuestros pies sobre sus huellas? ¿Contemplar las espaldas del desconocido? Tampoco era entonces cosa fácil. Para ello debíamos dejar de ser lo que somos los hombres de ordinario: espectros soñolientos, sumidos en la pequeña rutina como aturdidos, rodeados de las cosas y los casos ilusorios e inciertos de la existencia, miedosos y confundidos.

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Este texto es la primera parte de un artículo en el que he pretendido registrar libremente la impresión derivada de la lectura de dos libros de Roberto Calasso –Ka (Anagrama, 1999) y El ardor (Anagrama, 2016)- que incursionan de manera fascinante en los mitos y creencias de los Arya (nobles), esto es, el pueblo de los indoarios, en el seno de cuya cultura se producen los Vedas, los Brahmanas y los Upanishads, libros sagrados de las religiones de la India, hinduísmo y budismo.

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De Buda se dice que pronunció las siguientes palabras:

“Oh Rey, hay un país en las pendientes nevadas del Himalaya cuyo pueblo está dotado de riqueza y valor, y se ha asentado en la frontera de Kosala. Por clan son arios de la raza solar, shakyas por nacimiento. De esa familia procedo, y no deseo cosas mundanas …”

 

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© Lino Althaner

 

 

Grossmutter

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Aunque el sol se ha ocultado tras la montaña y empieza a hacerse difuso el contorno de las cosas, la figura de la anciana avanzando lentamente por el camino de tierra, ya de lejos me resulta familiar, la forma en que camina apoyada en su bastón, toda vestida de negro, la extrema delgadez de sus tobillos, el fulgor que enmarca sus blancos cabellos como una aureola e ilumina su rostro, y para hacer indudable la reminiscencia, cuando ya se aproxima, su sonrisa, el encanto cristalino de su risa que me lleva a su mirada, tan brillante como entonces de alegría, aunque ahora indicadora de mayor conocimiento. Me encadenan sus ojos, que son el portal de acceso a otro camino, al que soy transportado, cogido en una suerte de desmayo, como enceguecido por la luz. Es de noche, sin embargo, y la luna se ha escondido. Pero se acentúa el resplandor en el rostro de la abuela, que me toma de la mano. Yo me veo como un niño, protegido por su hechizo para siempre.

 

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Lino Althaner

El gran depredador

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Me acosaban los depredadores. Se cebaban en mis hijos, en mis mujeres, en mis hermanos. Pero yo carecía de garras y de grandes colmillos, y no destilaba veneno. Tendría que aprender de las bestias.  Pasaron más de cien mil años  Y aprendí.  De pronto me vi armado, de un mazo, un cuchillo, una lanza. Un arco y una flecha. Las bestias empezaron a temerme. Algunas inclinaron la cabeza. Ofrecí sus cuerpos a los dioses. Subió a los cielos el humo de los sacrificios. Me sirvieron de alimento. La tierra, entonces, dio un alarido. Un relámpago de mi conciencia le dio la razón. Pero no dije que no cuando aún era tiempo. Es que había nacido en mí la sed de sangre. Me hice adicto.  Inventé instrumentos de matanza cada vez más exquisitos. Y la sangre corrió, como un río cada vez más caudaloso. Algún tiempo después de que un hombre matara a su hermano por primera vez, ya se mataban entre sí pueblos enteros, arengados por sus dioses. La tierra dio entonces otro aullido, que pasó para mí inadvertido. Para entonces yo pisaba ya de lleno la historia. Y después de todos estos siglos, no hay quien discuta mis méritos. Ostento con orgullo mi bien ganada fama de gran depredador.

©

Lino Althaner

Desideratum

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Throne or chariot of God - Kether

Aspirar a más que a la mentira.

No quedarnos en las verdades aprendidas de memoria, saltar por encima de las mil opiniones con sus miles de motivos y razones, más allá del agraz y del almíbar, de la adulación y el anatema, de los falsos villanos y los mentirosos heroísmos. Cerrarse a las puras apariencias.

Y con todo aprender a entrever el milagro difuso que se lee entre líneas, no en los extramuros sino hacia la hondura de los hombres, de las circunstancias, de las cosas. Con la máxima modestia, conscientes de nuestra indigencia. Entonces abrir, como en un sueño, la puerta que importa, más cerca quizás del misterio, y también como en sueños salir del laberinto y subir una a una las gradas que conducen al templo. Anhelar la locura que se esconde allí adentro.

Tal vez solamente imaginarse como calzan las piezas del rompecabezas infinito. Esforzarnos más allá del ayer, del hoy y del mañana. Desatarnos, aprendiendo en el amor, que es la sola verdad a nuestro alcance.

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©

Lino Althaner

El mar de Venecia

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Continúo esta serie de notas y comentarios acerca de la obra de Fernand Braudel El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II. Hemos avanzado hasta el capítulo dedicado a los mares y litorales y con tal motivo dedicaré esta entrada al Adriático, que según el historiador francés es, atendidos los factores geográficos, políticos, económicos, culturales y religiosos implicados, el sector más homogéneos de este mundo marítimo.

Es el mar Adriático una suerte de gran canal de alrededor de no más de ochocientos kilómetros de largo, que  ya en el siglo III a.C. podía ser recorrido por algunas embarcaciones, con buen viento y los velámenes inflados, en una jornada de navegación. Bordea por el oeste la costa italiana, generalmente baja y pantanosa, aunque acompañada en paralelo por el Apenino relativamente cercano, y por el este se reconoce por el rosario de islas montañosas que flanquean las costas balcánicas, en las cuales pareciera disolverse la muralla blanca y calcárea de los Alpes dináricos, que son como un telón de fondo, geográfico y cultural, al que la vida de la costa pareciera con frecuencia dar la espalda para inclinar su vocación hacia el poniente.

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Mapa de Venecia elaborado por Piri Reis, marino y cartógrafo otomano de fines del siglo XV y comienzos del XVI

Hacia el noroeste remata en las costas venecianas, esto es, en los dominios de la Signoria Serenissima que en el siglo XVI realiza, como de costumbre, un intenso aprovechamiento de su posición estratégica, reforzada por la cercanía de la desembocadura del Po, que abre interesantes perspectiva de tráfico fluvial desde y hacia el interior, para desarrollar su poderío mercantil y asegurar su presencia hegemónica en la región. Pues debe aprovecharse de su ubicación para defenderse de las agresiones foráneas, y sobre todo del peligro turco y de los piratas, cuya presencia frecuentemente amenazante y siempre temida, se percibe tanto por el lado del mar como desde el interior de la península balcánica, dominada en buena parte por los otomanos. Completan el límite norte del Adriático, hacia el oriente, las costas de Trieste, enclavada esta ciudad, con el auxilio de la península de Istria, en un amplísimo golfo.

En su extremo sur  se comunica el Adriático con el Mar Jónico por el canal de Otranto, entre el cabo del mismo nombre, en Italia, y el de Linguetta, en Albania. Aquí muestra el mar muestra su mínima anchura, de alrededor de setenta kilómetros. “Desde el avión que le conduce a Atenas -afirma nuestro autor-, puede el viajero de hoy contemplar en un mismo golpe de vista la costa albanesa, Corfú, Otranto y el golfo de Tarento -en el extremo sur de Italia- y parecerle que están muy próximos entre sí”.

Este sector, entre Otranto y la costa albanesa es crucial desde el punto de vista estratégico. Ejercer hegemonía sobre él equivale a dominar el Adriático entero. En esta angostura se reconocen, en efecto, dos virtudes: por una parte, la de dificultar la entrada al mar interior del potencial agresor o indeseado competidor mercantil; por la otra, la de abrir las puertas, tanto hacia el poniente como hacia el levante, a una inmensidad de aventuras acicateadas por la sed de conquistas y la complementaria avidez comercial. Por cierto que los venecianos conocían perfectamente estas características del mar y las aprovecharon tan bien en sus buenos tiempos, que el mar llegó a ser  conocido como Mar Veneciano, que el Mediterráneo oriental se pobló de dominios de la República Serenísima -por ejemplo, en Chipre, Creta y las Islas Jónicas-, y que por el camino de esos territorios la fuerza mercantil de Venecia alcanzó por el oriente a los puertos del Mar Negro.

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Mapa del Adriático. En el extremo norte, Venecia entrenta a la península de Istria y el golfo de Trieste.  Se puede apreciar la costa baja italiana, limitada por el Apenino, y el litoral escarpado de los Balcanes, que se desgrana en las islas Dálmatas.En el extremo contrario, se alcanza a ver, casi pegada a la costa balcánica, la isla de Corfú, al sur del canal de Otranto.

Dicha hegemonía se ve notablemente reforzada con la soberanía sobre la isla de Corfú: ubicada justo a la entrada del Adriático, pegada a su costa levantina, es un dominio veneciano que opera como cerrojo adicional que tiene como función la de dificultar las incursiones malintencionadas, sea con ánimo bélico o depredador, sea para burlar las regulaciones mercantiles impuestas por Venecia y competir con mayor provecho en el comercio de la región. Los otomanos aspiraron a anexar la isla a su imperio, aunque sin lograrlo en definitiva. Y recuerdo, entre paréntesis, que Corfú o Corcira,  ha solido ser identificada con la homérica Esqueria, en la cual Odiseo conociera a la bella Nausicaa, hija de Alcínoo, rey de los feacios, destinatarios de la narración de sus aventuras en busca de Ítaca, su patria añorada.  Esta última se ubica todavía algo más al sur, junto a Cefalonia, en las Islas Jónicas, y enfrentando al golfo de Patras, que es el sitio en el cual se libra en 1571 la famosa batalla de Lepanto, ya aludida en esta serie de artículos.

Venecia es entonces la principal potencia  de este mar, por supuesto que con la ayuda de su flota, en la cual destacan las galeras de dorada popa, y seguramente también sus galeazas de poderosa artillería, cuya intervención tan importante fuera en la batalla naval aludida. Si se siente importunada por alguno de sus vecinos en el ejercicio de su hegemonía comercial, la República no tarda en adoptar medidas de orden punitivo.  Pues el principio mercantil impuesto por la Serenísima importa una concentración autoritaria del tráfico comercial: ninguna mercadería que entre o salga del Mediterráneo debería escapar al control de Venecia, que ordena el comercio con medidas que tienden a la defensa de su sistema fiscal, de sus mercados, de sus exportaciones, de sus artesanía y de su navegación. Todo debe pasar, entonces, por sus aduanas y puestos de control. El mar, afirman con mucha energía las autoridades de la República Serenísima, es un golfo de Venecia, comprado no con su dinero, pero sí con su sangre generosamente prodigada.

Cuando la contraparte es una potencia de rango inferior, Trieste o Ragusa (actualmente Dubrovnic), por ejemplo, Venecia parece no tener mayores dificultades en imponer su ley. Enfrentada, en cambio, a sus competidores occidentales, como España -no se olvide que el reino de Nápoles tiene también una extensa costa adriática- o los Estados Pontificios, cuya soberanía se extiende al importante puerto de Ancona, se ve enfrentada a sus airados reclamos, fundamentados en que la rigurosidad de la hegemonía veneciana importa una violación del derecho de gentes, y específicamente, del derecho marítimo internacional.

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Dubrovnic, la antigua república de Ragusa. No debe confundirse con  Ragusa de Sicilia

Pero los inconvenientes de Venecia para ejercer dominio sobre el mar no provenían solamente de sus rivales y de los contrabandistas. Estaban también los corsarios y piratas para importunarla, turcos y berberiscos, que, sobre todo en los últimos decenios del siglo XVI, a pesar de las torres de vigías destinadas a anticipar la defensa de los territorios, y de la vigilancia ejercida por medio de sus galeras, suelen ingeniárselas para incursionar con frecuencia hacia el interior del mar. También sembraban la inseguridad en el tráfico marítimo unos piratas balcánicos y eslavos, los uscoques, cuyos “clientes” preferidos terminaron siendo Venecia y los demás navegantes de la costa oriental del Adriático. Los navíos pequeños, ágiles y escurridizos, de estos aventureros “unidos para robar”, fueron un duradero dolor de cabeza para el intenso y valioso movimiento mercantil de la región. Cita a este propósito Fernand Braudel los dichos de un senador veneciano, según el cual cerrar a los pájaros la ruta del aire con las manos sería tarea menos difícil que la de vedar a los uscoques sus correrías marítimas .

A pesar de la hegemonía veneciana y de la profunda influencia de la cultura italiana en las poblaciones balcánicas, predominantemente de origen eslavo, el Adriático no pudo llegar a ser propiamente un mar italiano. Ello debido a la influencia también poderosa que se infiltraba por la Ruta de Levante, que permitía no solamente el avance de las enfermedades y las epidemias del este, sino también de las influencias que denotan, de alguna manera, una prolongación del Oriente y una sobrevivencia de Bizancio en la cultura adriática, por cierto que muy original. Porque estas gentes se volvieron católicas y terminaron por ver en su religión una forma de afirmar su personalidad propia y de defenderse tanto de la presión ortodoxia del interior de los Balcanes como del islamismo otomano. “Si Dalmacia, pese a tantos avatares era fiel a Venecia…, es porque, por encima de la Señoría, su fidelidad miraba a Roma, a la Iglesia católica. Incluso ciudades como Ragusa son sorprendentes ejemplos de fervor católico, a pesar de encontrarse tan próximas a otros intereses, engarzadas a la vez en el mundo turco y ortodoxo, viviendo, en suma, en medio de pueblos cismáticos e infieles“.

Venecia hoy

Venecia

En cuanto a la relación de Venecia, la gran potencia del Adriático, con los turcos, predomina la nota ambigua. Venecianos y turcos se necesitan mutuamente, para desarrollar al máximo sus intereses pecuniarios. Las pomposas y agresivas declaraciones, con acentos de cruzada o de guerra santa, se morigeran en la práctica con la realidad de un intercambio intensísimo. Esto lleva a extraños aconteceres. Por ejemplo, tras participar en la Liga Santa y ayudar exitosamente al triunfo de Lepanto, abandona Venecia la alianza cristiana y se resigna a perder el dominio sobre la isla de Chipre, a cambio  de las garantías mercantiles que le asegura el sultanato otomano. Como ocurre con frecuencia o casi siempre, hallamos aquí un ejemplo más de como las grandes lealtades y los elevados principios pasan a segundo término cuando se trata, para los hombres y para los gobiernos, de garantizar el buen rumbo de su economía y de sus finanzas.

Construye su individualidad la cultura adriática entre la latinidad y el mundo griego tan cercano, sin que pueda dejar de recibir unas gotas de influencia turca. La consolida también su ubicación, para distinguirla de la cultura del Tirreno, esto es, de la costa italiana que mira hacia occidente. Tempranamente, la influencia oriental es predominante, aunque luego se impone la fuerza contraria con el surgir del Renacimiento, que resplandece en Florencia y en Roma, pero cuyo impulso se transmite luego en dirección a Ferrara, a Bolonia y a Venecia. Se aprecia en el conjunto una especie de movimiento pendular, apreciable también atendiendo a la situación económica: así, cuando  Venecia declina económicamente, Génova se fortalece.

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Puerto de la plaza de San Marcos en Venecia, al la derecha se puede apreciar el Palacio Ducal

“Este, oeste: Adriático y Tirreno: éstos son los destinos de Italia, y también los de todo el Mediterráneo…, que se ventilan así, alternativamente, en una parte y otra de la península, astil de una inmensa balanza”.


© Lino Althaner

La lucha contra la malaria

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Dos grandes imperios caminan hacia su culminación en el siglo XVI. Es este el siglo de Carlos I y de Felipe II, reyes de España, y de Solimán el Magnífico, soberano de los turcos otomanos, con quienes se reparte la potencia española la hegemonía sobre el Mediterráneo y sus tierras adyacentes. SolimánLas potencias secundarias -Francia, Inglaterra, Alemania- observan, intrigan, esperan su momento y preparan su ingreso al primer plano. Y yo me demoro en arribar a esa historia apasionante pero engañosa que es la de los acontecimientos, de las batallas y de los tratados, de los personajes y de sus acciones. Algunos lectores preferirían tal vez que me decidiera de una vez por todas a incursionar en esas aventuras y desventuras con actores, fecha y lugar de ocurrencia, en vez de insistir en este despacioso transitar previo por el medio geográfico, necesario para indagar en la forma en que el hombre se relaciona con los beneficios y males asociados a su medio ambiente físico,  y por el devenir social, tal como se manifiesta en la evolución de los grupos y de los estados, económica y culturalmente determinados.

Mantendré, sin embargo, el curso trazado, que es el elegido por Fernand Braudel en su obra sobre el mundo mediterráneo en la época de Felipe II. Me olvidaré por ahora de los celos y temores de ingleses y franceses, del rechazo alemán a las pretensiones hegemónicas de España, de las guerras de religión, de las preocupaciones del Rey Católico en los Países Bajos, de la insubordinación de los moros granadinos, apoyados por Argel con el beneplácito del imperio turco. Postergaré a los papas y a los reyes, a los guerreros y a los diplomáticos. Seguiré con el análisis del medio ambiente geografico, y luego con el del social, en que se desarrolla la trama, lo que debería servir para entender las limitaciones de los grandes hechos de los individuos, enfrentados al poderoso devenir.

En la entrada anterior (7.2.16) decíamos de la malaria, el desgraciado “mal aire” que tan duramente afligiera a Europa en el curso de las centurias, limitando al hombre en sus empresas y obligándolo a tomar las medidas para poner término a su amenaza. Convenciéndolo de que la conquista de las tierras llanas de la planicie supone sobre todo triunfar sobre el medio malsano del que emana el paludismo, impidiendo el estancamiento de las aguas y esforzándose por volverlas aguas corrientes, amigas del hombre, buenas para el regadío. Todo depende del grado en que el hombre se compromete en el saneamiento de las marismas, tierras impregnadas de humedad. “Si drena el agua, si conquista la planicie para los cultivos, extrayendo de ella la mayor parte de sus alimentos, el paludismo retrocede… Si, por el contrario, descuida la construcción de los canales de drenaje y las acequias de riego, si a su lado se desbordan las torrenteras de la montañas cegando las vías de circulación del agua; si, por una u otra razón, la población de la llanura disminuye y se relaja el dominio que sobre ella ejerce el campesino, la malaria se extiende sin remedio y todo lo paraliza”.

Ello podría haber ocurrido, afirma Braudel, con dramáticas consecuencias, en Grecia, como también en la antigua Roma. Se sostiene, incluso, que la malaria podría haber sido una de las causas de la decadencia del Imperio Romano. Porque cuando se multiplica la imdisciplina y afloja la constancia en el esfuerzo por detener a los factores generadores del mal, es inevitable que el paludismo se afirme y progrese en sus perniciosas consecuencias.

200px-Pope_Alexander_ViSe suele afirmar, en todo caso, que a partir de los últimos años del siglo XV, se produjo en Europa un recrudecimiento de las fiebres palúdicas, como consecuencia de nuevos elementos patógenos, provenientes tal vez de la América recién descubierta. En efecto, esta pudo hacer unos regalos indeseados al mundo mediterráneo: tal vez el treponema pallidum, causante de la sifílis; quizás también la malaria tropicalis o perniciosa, una de cuyas primeras vícitima europeas habría sido, en 1503, Rodrigo de Borja,que llegaría a ser conocido como Alejandro VI, el papa famoso, padre de César y de Lucrecia Borgia.

Habría que considerar también que durante los siglos XV y XVI los afanes del hombre europeo por adentrarse en las tierras bajas, sanearlas y hacerlas aptas para el cultivo y para ser habitadas, asumen una intensidad difícilmente observable con anterioridad. Porque el primer contacto con la marisma puede ser fatal. “Colonizar la planicie equivale con frecuencia a morir”. Y parece probarlo el caso de Italia, donde fueron especialmente intensas y sostenidas las tareas orientadas a bonificar los suelos. A propósito de lo cual Fernand Braudel afirma que “si Italia falla en la conquista de colonias lejanas, si permanece al margen de ese gran movimiento -en que España, Portugal, Francia, Inglaterra y Holanda muestran tanta actividad-  ¿no es, entre otras razones, porque estaba ocupada en conquistar dentro de sus propias fronteras todo el espacio susceptible de aprovechamiento según las técnicas de la época, las planicies inundadas …?”

Múltiples esfuerzos se han requerido en la tarea bonificadora de las planicies, algo nada fácil, si se considera que ha continuado sin interrupción y muy intensamente hasta los siglos XIX y XX. El hombre del Mediterráneo no deja de estar confrontado a las tierras bajas: “vaciarlas de aguas malsanas, dotarlas de un riego fertilizador, surcarlas de caminos, sin los cuales el transporte y la agricultura serían imposibles: tal ha sido su permanente tarea. Mucho más dura y penosa que la lucha contra el bosque y la maleza, esta colonización ha sido el rasgo verdadero y original de su historia natural. Así como la Europa del Norte se ha constituido, o por lo menos ensanchado, a expensas de sus bosques cenagosos, el Mediterráneo ha encontrado en las planicies nuevas, sus Américas interiores.”

La empresa es onerosísima. No hay que esperar una compensación pronta de las grandes inversiones realizadas. Y no siempre las labores son coronadas por el éxito. En ellas colaboran tanto los gobernantes -el emperador, el estado pontificio, los grandes duques y señores- como los grandes capitalistas de la época, conscientes de la importancia del negocio. El empeño de las ciudades suele ser fructífero, cuando se ponen a plantar en las inmediaciones de sus lonjas y de sus mercados, los huertos de hortalizas, las vegas y los campos trigales que tanto necesitaban.

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Orillas del Pisuerga

Alrededor de las ciudades castellanas, por ejemplo comienzan a abundar las manchas verdes de los cultivos de regadío. En Valladolid, los huertos y plantíos cubrían las orillas del Pisuerga. Un lazo similar entre el esfuerzo urbano y el agrícola, se observan en otras regiones. “Unos de los méritos del gobierno ilustrado de Pedro de Toledo en Nápoles fue el haber saneado, cerca de la gran ciudad, la región pantanosa de la Terra di Lavoro entre Nola, Aversa y el mar; el haberla convertido, al decir de un cronista, en la più sana terra del mondo, con sus acequias y sus canales de desagüe, sus fértiles tierras labrantías y sus campos desecados”.

Otros casos de bonificación de tierras en el siglo XVI son los que se llevan a cabo en Lombardía, en el Véneto y en la campiña romana.

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Canal de la Martesana en Milán

La gran planicie aluvial enclavada entre las tierras altas de la Baja Lombardía y las colinas que anuncian la cercanía de los Apeninos,  ha sido transformada por el hombre, cuya obra ordenadora, que se remonta por lo menos al siglo XII,  domestica las aguas por medio de diques, facilita el transporte mediante canales y hace desaparecer los pantanos nefastos, que se vuelven tierras en que abundan los arrozales y las praderas artificiales. De estos trabajos se encuentran también ejemplos en el siglo XVI. El más importante es realizado por el Francisco Sforza, duque de Milán, quien complementando obras de su antecesor Ludovico el Moro, hace abrir, en 1546, el canal de la Martesana, que lleva a Milán las aguas del Adda por un trayecto de más de treinta kilómetros, que una ampliación realizada en 1573 hace navegable, permitiendo así la unión de los dos grandes lagos lombardos, el Como y el Mayor.

Mientras tanto, Venecia se vuelca hacia sus dominios de Terra Ferma, para bonificar tierras en provecho de la agricultura  y encauzar las aguas que amenazan a la misma ciudad capital, ubicada ella misma en el corazón de un pantano potencial.También se despliegan esfuerzos en la campiña romana. Con todo, la situación en el siglo XVI deja todavía mucho que desear. “Benvenuto Cellini, a quien le gustaba salir de caza por los alrededores de Roma, refiere detalladamente cómo se salvo por milagro, según asegura, de una larga enfermedad que bien pudo ser un ataque agudo de paludismo.” Y la situación no mejora con el tiempo. No faltan los testimonios, en los siglos siguientes, de las angustias y miserias de estas tierras, del abandono de sus propietarios y de las fiebres que azotaban la región. Sólo en la primera mitad del siglo XX serían definitivamente drenadas las Lagunas Pontinas, que lo fueron por el gobierno fascista, que las limpió de vegetación y las urbanizó.

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Andalucía – Doñana: la marisma se vuelve parque

A Andalucía dedica Braudel unos párrafos muy interesantes. La trata como un caso especial. Andalucía era en el siglo XVI una de las zonas más ricas del Mediterráneo. También esta región hubo de ser conquistada trozo a trozo. En los primeros tiempos romanos, todo el Bajo Guadalquivir era una marisma. Pero muy pronto, la Bética se volvería, en el corazón de la España romana, en un vergel de ciudades hermosísimas, aunque demasiado pobladas y difíciles de mantener. Conquistada y reconquistada, pasa a ser florón de cada nueva corona hispana. Córdoba llega a ser escuela de toda España, de todo el Occidente musulmán y cristiano. Junto a Sevilla, es también capital del arte y centro de civilización. A Sevilla, que pasa a ser sede de la Casa Contratación, reguladora nada menos que del comercio con América, proveedor de la plata de México y de Perú, entre otras riquezas. Andalucía es señalada por el historiador francés en paradigma de la potencialidad agrícola de la gran planicie mediterránea cercana al mar, que la obliga a salir de sus fronteras para aprovechar los espacios que el océano le abre y proyectarlos hacia el resto de España y de Europa.

Una planicie de esta especie “acaba convirtiéndose en potencia económica humana, en una fuerza. Pero no vive para sí misma: ha de vivir y producir para el exterior. Y esto, condición de su grandeza, es también – en un siglo XVI donde nadie tenía asegurado el plan cotidiano- la causa de su dependencia y miserias. Ya lo veremos en el caso de Andalucía, forzada, desde antes de 1580, a importar trigo nórdico”.

El caso de Andalucía merecería sin duda un capítulo adicional.

© Lino Althaner

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