Erasmo en España

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En nuestro intento por visualizar el ambiente espiritual que se vive en Europa a comienzos del siglo XVI, me he topado con el monumental estudio de Marcel Bataillon sobre el erasmismo en España. Por esa vía he llegado a incursionar en las vicisitudes de un libro de Erasmo de Rotterdam en particular, el Enchiridio militis christiani o Manual del caballero cristiano, que según ya veremos, va a tener en el ámbito hispánico una gran acogida. Escudriño así, de alguna forma, lo que Fernand Braudel llamaría la historia social de la época, que rebosa entonces de la agitación propia de una poderosa corriente que se impone a los individuos y que es manifestación del espíritu del tiempo en el devenir de los pueblos.

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Erasmo de Rotterdam (1466-1536), por Hans Holbein

En España, como en el resto de los países de Europa, la sociedad arde en inquietudes intelectuales y espirituales, que parecen ser producto de una suerte de incongruencia, la que se da entre el modelo imperante de religiosidad, que empieza a aparecer como impuesto totalitariamente, y la mentalidad renacentista que va imponiéndose progresivamente. Es así cada vez más patente el contraste entre aquel modelo y las ansias humanistas de plenitud, de libertad y de belleza. El libro de Erasmo no puede ser más oportuno, pues calza a la perfección con tales inquietudes.

La idea de escribir esta obra había surgido en la mente de Erasmo cuando, luego de un periodo para él desilusionante de vida monacal, se pone en contacto con la ilustración de un círculo muy destacado de intelectuales, para intercambiar ideas acerca del momento espiritual y temporal que Europa experimenta, y arribar luego con ellos a la convicción de que es necesario renovar profundamente la religiosidad imperante. Se impone en tal ambiente el consenso de que es preciso  transformar esa espiritualidad, pues ha sido eclesiásticamente conducida por las vías del dogmatismo, la superstición y la pura exterioridad de un minucioso ritualismo. Es preciso sanarla de la desnaturalización que ha experimentado para volverla experiencia auténtica del cristianismo eterno como expresión de vida interior y de consecuencia entre obras y fe. Producto de la consiguiente reflexión, planifica entonces el libro y se pone a escribirlo.

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Portada del original en latín

Erasmo quiere recordarle a los cristianos la esencia de su religión, a través de una serie de postulados que asumen la forma de lo que él denomina una philosophia Christi, esto es una doctrina que enfatiza las exigencias de conocimiento de sí mismo que pesan sobre todo cristiano, las cuales, paralelas al contacto con la palabra y el ejemplo de Jesús de Nazaret, deben mover su alma hacia Dios. La efectividad de tal doctrina deriva, a juicio de Erasmo de Rotterdam, de la capacidad que tiene para transformar al que la profesa  en un caballero cubierto con una invulnerable armadura, resplandeciente de fuerza y de fe, que cabalga con la visera levantada sin temer a la Muerte ni al Diablo que lo acosan. Tal como el caballero que magistralmente ha concebido el arte de Durero.

Grande es el revuelo que produce en toda Europa el original en latín, lo que es natural en una obra que es un muy explícito manifiesto contra la religiosidad y la institucionalidad religiosa imperante. Se impone por lo tanto la traducción a las principales lenguas modernas, con el objeto de hacerlo accesible a círculos más amplios de lectores. Ello ocurre a partir de 1518. Ve la luz el Manual en España en 1524. El éxito del Manual supera todo pronóstico optimista. Ningún libro lo había tenido semejante, nos dice Bataillon,  desde la introducción de la imprenta en España.

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Portada de una edición española

Ya lo he sugerido. Sucede que al esbozar en el Enchiridion una doctrina cristiana fundamentada más en la palabra misma de Jesús de Nazaret que en las elaboraciones de la teología escolástica, a la sazón bastante venida a menos, o en el dogma definido por la Iglesia, a veces sin fundamento alguno en los evangelios,  Erasmo sintoniza a la perfección con los deseos de la mayoría de los españoles de la época. Lo mismo ocurre cuando se rebela contra de las prebendas, los abusos  y el decaimiento moral del clero de su tiempo.

Dicha sintonía se produce, por lo demás, en todos los ámbitos de esa sociedad. Nada mejor tal vez para probarlo que la defensa y el patrocinio oficial que el libro recibe, frente a quienes lo tachan de herético, de parte de la autoridad política y religiosa. La introducción del Manual del Caballero Cristiano deja constancia, en efecto, de haber sido “visto y aprobado por el muy Ilustre y Reverendísimo Señor Don Alonso Manrique, Arzobispo de Sevilla, Inquisidor General en estos reinos, y por los señores de su consejo”, y salido a la luz “con privilegio imperial”.

Pero tal benévola realidad no iba a durar demasiado, ni para los libros de Erasmo, ni para el erasmismo en general, ni menos para los iluminados ansiosos de una espiritualidad de nuevo cuño. El elemento que hace cambiar las cosas se llama Lutero, que es también producto de la convulsa realidad del momento europeo, y cuyos planteamientos, no carentes a veces de fundamento, se agudizan hasta el extremo de conducir al cisma de la Iglesia cristiana. Consecuencia de tal radicalización sería la de los puntos de vista de la institución eclesiástica, que se traducirían en un recrudecimiento de la actividad inquisitorial, con sus procesos implacables, sus cazas de brujas y de herejes, sus censuras absurdas y sus oscuras prisiones, sus hogueras inhumanas.

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El Caballero, el Diablo y la Muerte, por Durero

Así las cosas, los libros de Erasmo terminarían siendo prohibidos y perseguidos sus partidarios. Peor sería la suerte de los acusados de iluminismo: muchos de ellos tienen que huir para escapar a la prisión o a la muerte. Sobre ello seguiremos conversando.

© Lino Althaner

Un Siglo de Oro

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Francois de Chateaubriand (1768-1848)

El año ha sido de libros memorables, varios de ellos pertenecientes al  ámbito de la historiografía. Para despertar en mí nuevamente el interés por la historia, fue importantísima la experiencia tenida con la lectura de las Memorias de Ultratumba de  Chateaubriand (Acantilado, 2012), obra magistral en la cual se combinan el brillante estilo de este autor, destacado precursor del romanticismo literario, con su calidad de testigo de los acontecimientos contemporáneos y posteriores a la revolución francesa, lo cual le permite una visión crítica de los mismos y de sus protagonistas: así, nos brinda su imagen, por ejemplo, tanto de la torpeza de los ensayos republicanos como de la brutalidad fanática del Terror,  y luego de las contradicciones del imperio napoleónico, de su gloria, de su oropel, de su pequeñez, y de la falta de genio de las restauraciones monárquicas, fracasadas una tras otra, de los muy pocos verdaderos heroísmos y de las múltiples inconsecuencias de los personajes de la época.

Esta obra, me parece, podría ser muy beneficiosa para los amigos, que no escasean, de suscribir versiones más bien unilaterales y absolutas de los hechos o de los personajes que pueblan la historia: yo lo recomendaría, por cierto, tanto a los apasionados denostadores de la monarquía, que la ven pura maldad y egoísmo, como a los admiradores incondicionales de Napoleón o a los nostálgicos -que también los hay- del Terror y de la guillotina, para los cuales todo está permitido si es para bien de sus  discutibles postulados. Me parece detectar en Chateaubriand la opinión de que la historia tiene su propia dinámica y que su dirección difícilmente puede ser alterada por el hombre, pues éste lo más que puede hacer es tomarle el pulso para ajustarse sabiamente a su sentido, tratar de prevenir de algún modo su curso y disminuir el riesgo de ocurrencia de calamidades, injusticias manifiestas y derramamiento de sangre. Como suele ocurrir con quienes, lejos de los extremismos y de los lugares comunes profesados por la opinión pública, tratan de buscar un camino intermedio que resguarde la unidad, Chateaubriand termina siendo antipático tanto a los monárquicos furiosos como a sus similares republicanos.

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Georges Duby (1919-1996)

De la mano de Georges Duby he hecho también una pequeña gira por la historia de la Francia medieval. La recopilación de trozos selectos de su obra por Beatriz Rojo para el Fondo de Cultura Económica (Obras selectas de Georges Duby, 1999) nos da una idea acertada acerca de la obra de este autor. Los retratos que traza el historiador francés de personajes tales como Guillermo el Mariscal, figura señera de la caballería anglonormanda del siglo XII, Leonor de Aquitania, la famosa duquesa de Aquitania, reina consorte, sucesivamente, de Francia y de Inglaterra, y madre de Ricardo I de Inglaterra, Coeur de Lion, o Isolda, la mítica dama de aquellos tiempos, exaltada por narradores, poetas y músicos, son inmensamente atractivos. Asimismo las secciones dedicadas a la vida de los señores feudales y al mundo campesino, como también a la construcción de las portentosas catedrales góticas, páginas en las cuales impera, como es usual en Duby, un soberbio uso del lenguaje, exacto para expresar su pensamiento y encantar las circunstancias del pasado que merecen su atención.

Y luego se me ha venido encima Ferdinand Braudel con su voluminosa Historia del Mediterráneo y del mundo mediterráneo durante la época de Felipe II (Fondo de Cultura Económica, 2013), obra cuyo ambicioso espectro abarca no sólo el análisis de los acontecimientos, sino que se atreve con maestría a ubicarlos en el tiempo geográfico, en los lentos ciclos del entorno físico, en el cual se manifiestan los cambios geológicos, las estaciones y el clima, los ciclos agrícolas, los nomadismos, las trashumancias y los tráficos por las rutas terrestres, los caminos fluviales y marítimos, y los pasos alpinos, como también en el tiempo social, menos lento que el anterior, y comprensivo de las tensiones y altibajos en las relaciones sociales y económicas del periodo que estudia.

Fernand Braudel (1902-1985)

Fernand Braudel (1902-1985)

La ciencia y el arte de Braudel casi hacen del Mediterráneo un organismo vivo, palpitante de energías, que despierta a los espíritus aventureros y suscita la ambición, promoviendo atracciones y rechazos en los grupos humanos que se disputan el dominio de una región en que confluyen las fuerzas de tres continentes, Europa, Asia y África.

El drama de la España de Felipe II se genera, a juicio de Braudel, en el momento en que, habiendo alcanzado en ese entorno mediterráneo una notable hegemonía, se abren para ella las vías y las perspectivas, los desafíos inmensamente más vastos del Atlántico, espacio en el cual hallará junto con su máxima gloria la simiente de su decadencia como gran potencia europea.

Termino la lectura de esta obra, fascinado con la forma en que se va completando mi conocimiento de este período, que corresponde al siglo XVI, la espléndida centuria que se abre, inmediatamente después de la consolidación de la hegemonía hispana en la península por Isabel de Castilla y Fernando de Aragón,  y de aquel fenomenal acontecimiento que es el descubrimiento de América -“la gesta más extraordinaria de la historia de la Humanidad”, según otro historiador francés, Pierre Vilar- y en la cual gobiernan el país esos tremendos personajes de la dinastía de Habsburgo que fueron Carlos I y su hijo Felipe II. Un tiempo esplendoroso, parece que impropiamente llamado Siglo de Oro, si es seguro el consenso de entender que esta época de brillo renacentista y barroco se prolonga hasta las postrimerías del siglo siguiente, cuando muere, en 1681, Pedro Calderón de la Barca, el último gran escritor de la época. Así, pues, a fin de cuentas, en estas inmersiones en el siglo de Carlos y de Felipe, no es posible dejar de considerar también las glorias del XVII.

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Esta época dorada se ha vuelto todavía más apasionante con la llegada a mis manos de otro estudio histórico magistral, también de un historiador e hispanista francés, Marcel Bataillon. Se trata de un libro indispensable para saber del desarrollo de las apetencias espirituales de los españoles del momento: Erasmo y España (Fondo de Cultura Económica, 1996). Un libro polémico y apasionante, que nos inicia en las tendencias filosóficas, teológicas y religiosas detectables en la península en la época inmediatamente anterior a la Reforma: es la época de Antonio de Nebrija, autor de la clásica Gramática de la Lengua Española (1492), del Cardenal Cisneros, que funda la Universidad de Alcalá de Henares (1499) y se compromete con la edición de la Biblia Políglota Complutense (1514-1517).

Son también los tiempos de Erasmo de Rotterdam, el eminente humanista, que si bien nunca visita España, ejerce en sus círculos ilustrados una poderosa influencia, promoviendo un cristianismo más interior y espiritual que exterior y formalista, más ocupado de la fidelidad a la philosophia Christi que de las dogmáticas teológicas desmesuradamente minuciosas e inflexibles. Es el tiempo en que se da una lucha entre tendencias en cuyos extremos se ubican iluministas y oscurantistas, entre estos últimos tanto católicos como protestantes, sordos a los esfuerzos de Erasmo para promover la unidad cristiana y el fracaso del cisma que se viene encima.

Este es el mundo que trataré de esbozar, por cierto que imperfectamente, a través de sus personajes, de sus huellas, 09733-hu.bm-01de los grandes acontecimientos y las grandes obras del siglo. Espero que ello procure algún regocijo a mis lectores amantes de la historia, tan importante para los efectos de entender un poco mejor nuestra ubicación espacial y temporal y saber de nuestros orígenes, como también para descifrar en alguna medida el porqué de nuestras costumbres y nuestras creencias. También, para ser conscientes de la existencia de pueblos y culturas distintas a las nuestras, que debemos saber comprender y aceptar. Profundizar en el acaecer histórico, ¿para qué? Para convencernos de que nada o casi nada ocurre por primera vez, que todo es en cierta medida, repetición del pasado,  y que si ignoramos los hechos del pasado o accedemos a ellos desprovistos de objetividad, corremos el riesgo de repetir los errores pretéritos, y probablemente en una espiral de creciente intensidad.

¡Qué labor, a propósito, la de esta editorial mejicana, el Fondo de Cultura Económica, qué dedicación y qué constancia, para difundir las grandes obras del pensamiento universal entre los lectores de habla hispana! Tres de los importantes libros mencionados en esta entrada han salido a la luz precisamente bajo el sello de esa prestigiosa casa editora.

© Lino Althaner

El punto Omega de la evolución

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Impulsados por el amor,
los fragmentos del mundo se buscan mutuamente,
de manera que el mundo pueda llegar a ser.
 Pierre Teilhard de Chardin

… os habéis revestido del hombre nuevo,
que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto,
según la imagen de su Creador …
Col 3, 10

 

En medio de la inmensidad del universo misterioso, en el centro mismo de la contradicción permanente que palpita en la condición humana, extremada en la tensión entre sus bestiales imperfecciones y sus magníficas potencias, nada nos es más natural que plantearnos la pregunta acerca del fin de la existencia que nos ha sido regalada.

La ciencia y la religión no siempre se han esforzado por hacer confluir sus puntos de vista sobre una realidad tan alucinante y enigmática, lo que ha sido negativo para ambas y frustrante para una humanidad que debe conformarse con visiones parciales y a veces contradictorias sobre el origen, el desarrollo y el futuro del cosmos, de la vida y del hombre, cuando de lo que de verdad está sedienta es de un panorama integral conciliador. Particularmente interesante en este sentido es la propuesta formulada por el geólogo y paleontólogo Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955), sacerdote jesuita.

Según Teilhard el universo se explica en términos de una transformación evolutiva que se inicia con la extrema simplicidad derivando hacia estructuras crecientemente complejas, en un proceso que da origen a la materia y al cosmos, a las especies  de la vida vegetal y animal, y más adelante al hombre consciente y pensante.  En esto se ajusta plenamente a las modernas teorías científicas. Pero la evoluteilhardción no es un proceso que sólo sea producto del azar. Lo anima una potencia superior, la cual hace posible su creciente diversificación y su maravillosa complejidad,  que llega a un momento decisivo con la aparición del hombre y el desarrollo progresivo de su mente y de su conciencia, que continúan creciendo en finura y profundidad, hasta convertirse en lo que ya hoy día podemos atisbar como el surgimiento de un alma, de una mente de la entera Humanidad y de una conciencia planetaria. Es que la misma potencia que ha llevado al universo a su expansión y a su multiplicidad, lo hace converger hacia una totalidad unitaria que es pleromática consumación. Tal es la base de la teoría del ilustre científico y místico francés.

Recapitulo: se impone a la observación una ley según la cual la trama cósmica, crecientemente compleja, se enrolla cada vez más estrechamente sobre sí misma, siguiendo un proceso de organización medido tanto por una creciente complejidad de las estructuras físicas y de las formas de vida, como también y sobre todo por un progresivo refinamiento de la potencia psíquica, que tiene un momento muy significativo en la mente del Hombre reflexivo, es decir, de aquel que a través de la introspección y del ejercicio espiritual ha llegado a ser capaz de concebirse a sí mismo, más que como un simple individuo, como parte de un todo destinado a realizarse en una armonía y una plenitud que son totalidad y unidad. Ahora bien, para que ello sea posible es preciso que, por encima del Hombre individual, la convergencia cósmica se manifieste también como fenómeno social y psicológico en la Humanidad inmersa en un colectivo proceso de reflexión, previo a la consumación en un centro trascendente de unificación, que es lo que Teilhard denomina el punto Omega.

La creación tiene un un punto Alfa (Α), que corresponde al principio -míticamente simplificado en el Génesis-, un desarrollo progresivo, y un punto Omega (), equivalente a la consumación final, alegóricamente expuesta en el Apocalipsis de Juan. De este libro, nada más apropiado que recordar las palabras de Jesucristo en su capítulo primero: Yo soy el A y la Ω, el Primero y el Último, el que es, que era y que ha de venir, el Todopoderoso (Apoc 1, 8.17).   La potencia creadora y reveladora de Cristo, que existe con anterioridad a todo (Col 1), opera al comienzo de los tiempos, ilumina a la creación entera atrayéndola hacia la plenitud, que alcanza su realización en la parusía, el advenimiento glorioso merced al cual el cosmos entero y la Humanidad alcanzan su plenitud unitaria en el mismo Mesías y con él en Dios.

Por cierto, Teilhard asocia tanto el punto A con el Ω con Cristo-Universal de la Revelación. Él es también la presencia permanente que impulsa al universo hacia su momento culminante. En su manifestación reflexiva sobre la conciencia humanaLa evolución entera, al verse llamada a un proceso de unión (de comunión) con Dios, se vuelve integralmente amante y amable en lo más íntimo y lo más terminal de nuestro desarrollo.En su manifestación reflexiva sobre la conciencia humana es la influencia de la gracia divina que conduce al ser humano a la redención.

El pensamiento de Teilhard no ha dejado de seducirme desde aquellos lejanos tiempos universitarios en que por primera vez llegó a mis manos El fenómeno humano, que como las demás obras de este autor, no contaba precisamente con el beneplácito del Santo Oficio romano. En próximos artículos allegaré antecedentes y puntos de vista adicionales con el objeto de profundizar en los fundamentos científicos de su teoría como también en su eventual disconformidad -que por ahora no advierto- con la revelación cristiana. Habría que decir que para fundamentar la ortodoxia de la visión de Teilhard, se han invocado diversos pasajes de las epístolas paulinas, los cuales parecen ciertamente iluminadores de la cuestión.

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El que sigue, por ejemplo:

Él (Jesucristo) es imagen de Dios invisible,
Primogénito de toda la creación,
porque en él fueron hechas todas las cosas,
 en los cielos y en la tierra,
las visibles y las invisibles,
tronos, dominaciones, principados, potestades:
todo fue creado por él y para él,
él existe con anterioridad a todo,
y todo tiene en él su consistencia.
Él es el Principio,
el Primogénito de entre los muertos,
para que sea él el primero en todo,
pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud,
y reconciliar por él y para él todas las cosas,
pacificando mediante la sangre de su cruz,
los seres de la tierra y de los cielos.

Col 1, 15-20

(Dios) nos ha dado a conocer el misterio de su voluntad
según el benévolo designio
que en él (esto es, en Cristo) se propuso de antemano,
para realizarlo en la plenitud de los tiempos:
hacer que todo tenga a Cristo por cabeza,
lo que está en los cielos y lo que está en la tierra
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Ef 1, 9-10

© Lino Althaner
2015

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La formación humanista (H.-G. Gadamer – Verdad y Método 2)

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Lo que hace que las ciencias humanas -llamadas también ciencias del espíritu o simplemente humanidades- sean tales, no se comprende, a juicio de Hans-Georg Gadamer, si se trata de sujetarlas a la estrechez gnoseológica de las ciencias exactas.  Así, es preciso que la tendencia universalista de éstas retroceda frente al carácter de unas disciplinas que persiguen una verdad distinta, no susceptible de alcanzarse por la vía metódica, y que supone otras formas de pensamiento, de expresión y de comprensión.

Ahora bien, en busca de un modelo que refleje en forma fiel lo que es propio del conocimiento de tales disciplinas y se acerque a unos parámetros que sirvan para expresar la idoneidad que requiere la experiencia en ese ámbito, recurre el filósofo alemán al medio cultural humanista, en el cual halla valores que lo orientan en ambas direcciones. Por una parte, en la de entender y explicar la forma en que se despliega el saber y el comprender necesarios para acceder a la verdad en ámbitos específicos de las ciencias humanas, que es por lo demás el objetivo primario de Verdad y Método, pero también, además, en la de pensar en las características ideales del ser humano que pretenda competencia idónea  en disciplinas tales como la historia, la lingüística y  la filología, el arte, la psicología, la filosofía, la teología o el derecho.

Específicamente los encuentra Gadamer preferentemente en la herencia humanista del clasicismo alemán y, en su ideal de formación humana, entendido por J. G. Herder (1744-1803) como el proceso por el cual el hombre asciende a su plena humanidad. Un proceso que, a juicio de W. von Humboldt (1767-1835), culmina en algo superior e íntimo, que es el modo de percibir que procede del conocimiento de toda la vida espiritual y ética y se derrama armoniosamente sobre la sensibilidad y el carácter. No se trata solamente de educación. Se trata también del cuidado de las capacidades y talentos que hacen del hombre un ser integral, dotado de sabiduría práctica, capacidad de juicio, tacto y gusto, no sólo en sentido estético sino también en el moral.

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Un concepto, el de formación, que ciertamente tiene precedentes. Se hace en él presente la antigua tradición mística -no exclusiva del cristianismo- conforme a la cual el hombre lleva en su alma la imagen conforme a la cual fue creado, la cual debe reconstruir en sí. Pero también hay que relacionarlo, ciertamente, con el modelo de hombre del renacimiento y con uno todavía anterior, el de la cultura griega clásica, tan magistralmente caracterizado por Werner Jaeger en su Paideia.

La formación es, a juicio de H.-G. Gadamer, un proceso -un devenir del deber ser al ser- en el curso del cual el ser humano se apropia por entero de aquello valioso en lo cual se forma, integrándolo en su personalidad. En el proceso de formación nada de lo valioso que tiene la experiencia humana, nada de lo eminente que se hace presente en la historia y que se plasma en la tradición, nada debería perderse para la persona, todo se guardaría para ser conservado cuidadosamente y para relucir naturalmente en el momento requerido. Para manifestarse, por ejemplo, cuando se trata de comprender y de explicar un texto, de encontrarle sentido a un acontecimiento histórico, de optar por una alternativa vital significativa o de resolver un conflicto con prudencia y ecuanimidad.

Se trata, según Gadamer, de la tendencia del espíritu que permite al hombre ocuparse interesadamente tanto de lo inmediato como de lo extraño que intenta volver familiar, como también de aquello que pertenece al recuerdo, a la memoria, al pensamiento, e ir siempre más allá de lo que sabe y experimenta para aprender otras cosas y entender otros puntos de vista, sin buscar el interés material y actuando con entera libertad en su esfuerzo por crecer humanamente.

En ese esfuerzo, el hombre va conociéndose a sí mismo, convirtiéndose paso a paso en otro más completo y equilibrado a medida que crece en la experiencia de la cultura y en el ejercicio del humanismo como solidaridad.

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Hans-Georg Gadamer

Esta es la sabiduría que interesa para los efectos del ejercicio de la comprensión en el ámbito de las ciencias humanas. La que es capaz de elevar al hombre a lo general, por encima de la frecuente pequeñez de las contingencias, de los deseos, arrebatos y egoísmos, esto es, de las circunstancias que pudieran intentar determinarlo negativamente en lo concreto. La que lo pone en una situación desde la cual le es más fácil resolver en lo particular consideradamente y con la debida mesura. Tal es la virtud del ser humano que sabe, además, integrar el trabajo en el proceso de su formación, volviéndolo algo propio y siendo capaz, por lo tanto, de desempeñarlo idóneamente, aunque sin renunciar a los intereses culturales y a las tendencias espirituales que reclaman también atención.

Estamos en presencia de un proceso que no termina nunca y que importa también un afinamiento del tacto, esa sensibilidad indefinible que permite percebir casi automáticamente las características de una situación para comportarse en ella libremente, sin la atadura de prejuicios cercenadores del pensamiento, sabiendo valorar con seguridad pero dejando de expresar lo que puede evitarse, manteniendo la distancia y evitando lo chocante, sobre todo en lo que puede afectar a la esfera íntima de las personas.

Se trata de una forma de sabiduría que supone, además, ejercitar tanto la memoria como el olvido. La memoria tiene que ser formada: pues memoria no es memoria en general y para todo. Pero, a la capacidad de retener y de acordarse, debe agregarse, a juicio de H.-G. Gadamer, la de olvidar, que lo hace pensar en Nietzsche, para quien el olvido no es únicamente un defecto sino también una condición necesaria de la vida espiritual: sólo por el olvido obtiene el espíritu la posibilidad de su total renovación, la capacidad de verlo todo con ojos nuevos, tan importante para transformar en primaveras los otoños e inviernos de la existencia.  

Todo esto parece bastante obvio. Sin embargo, suena de alguna manera raro en estos tiempos. Y la verdad es que valores como éstos, que son los que acercan existencialmente al hombre a la comprensión de la verdad que se manifiesta en el arte y en las ciencias o disciplinas del espíritu en general, suelen estar crecientemente alejados de los conceptos educativos y formativos predominantes actualmente.

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Porque algo hay en el espíritu del tiempo presente que mira con antipatía las riquezas del humanismo, tan poco útiles, tan escasamente eficaces y rentables si son observadas con la estrechez de visión que suele caracterizar a aquellos en quienes se encarnan los fríos poderes e intereses dirigentes. Nadie parece entender que hay también en las virtudes humanistas una fuerza capaz de hacer mejores políticos, mejores empresarios, mejores ciudadanos, hábiles también a la hora de promover la armonía y la paz, de poner los fundamentos de una bien entendida y creciente libertad y de una mayor creatividad. Y que su actualización podría también servir para vitalizar el menguado ámbito del magisterio, y potenciarlo en su importancia como formador de la infancia y de la juventud. 

No sería la primera vez que los ideales humanistas son repensados con el objeto de ser luego objeto de inserción en un cuerpo social necesitado. Y nuestras sociedades, sí que lo están, en demasía.

 

© Lino Althaner
2015

 

 

La tradición humanista (H.-G. Gadamer – Verdad y método 1)

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¿Es hoy la cultura humanista un tesoro reservado para unos pocos?

¿Es acaso un valor incompatible con las exigencias de un mundo contemporáneo acicateado por la urgencia del dominio y del crecimiento material a toda costa?

¿Qué peso tienen en nuestra civilización valores tales como la formación humana integral, la sabiduría práctica de raigambre aristotélica, la capacidad de juicio y el gusto como concepto no tan solo estético sino que también moral? Son valores como estos los que califican a un hombre de culto y cabal, en concepto de la tradición humanista.

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El análisis de estas preguntas parece enfrentarnos a un panorama desolador. Basta con fijarse,  por ejemplo, en las características de los modelos educativos  que tienden a imponerse en la actualidad desde el jardín infantil hasta la universidad. Parecieran diseñados no más que para moldear técnicos especialistas y mano de obra eficiente, ciudadanos domesticados y consumidores activos, en el contexto de un ideal uniformador encaminado a desincentivar la crítica a las formas políticas, económicas y culturales imperantes y a no perderse en inútiles divertimentos. Si se consideran adicionalmente las dimensiones de la labor deformativa complementaria, de que se ocupan, por supuesto, los medios de comunicación, y no solamente por medio de la propaganda pagada, se podrá ver más claramente a qué extremos nos ha traído la creciente decadencia de lo humano. El fenómeno, aunque admite variantes y acentos, es universal.

¿Qué es la tradición de la cultura humanista en un ambiente determinado por factores como los indicados? ¿Qué más podría ser, en una época determinada impositivamente por la urgencia de crecer a toda velocidad, marginando y desacreditando el cultivo del espíritu y de la creatividad artística, sino un pelo de la cola para una sociedad crecientemente alienada, para una humanidad cada vez más olvidada de sí misma, de sus auténticas riquezas y de sus mayores glorias?

Este tipo de preguntas se habrá hecho, muy probablemente, Hans-Georg Gadamer (1900-2002), para inicar la crítica que formula al cientificismo imperante en el mundo, que respaldado por sus éxitos impresionantes en el ámbito de la tecnología,  insiste en cimentar una  sociedad crecientemente materialista y cibernética, manifiestamente deshumanizadora. Discípulo de Martin Heidegger, en quien encuentra los antecedentes conceptuales para proceder a elaborar un pensamiento propio,  Gadamer procede a exponerlo en su obra Verdad y Método (1960), de gran repercusión en todos los ámbitos del saber por el modelo universal, aunque no exclusivo, de comprensión que plantea. De este libro seguiré ocupándome en artículos futuros, pues es grande la variedad de temas que en él se abordan con el objeto de servir de respaldo al planteamiento principal.  Se trata, a mi entender, de uno de los textos de lectura y estudio ineludibles para quien desee interiorizarse en el movimiento de las ideas en el mundo contemporáneo.

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La crítica de Gadamer parte de tomar conciencia de las pretensiones de universalidad del método científico impuesto por la modernidad como modelo exclusivo de que dispondría el ser humano para alcanzar la verdad. Este modelo de acceso al conocimiento se caracteríza, como es sabido,  por la duda cartesiana y el rechazo de toda validación que no halle en una experimentación sometida a riguroso control, como también por un objetivismo que intenta soslayar la inevitable presencia e influencia en el proceso metódico del sujeto que investiga e intenta comprender. Que este método aspire a la universalidad significa nada menos que, impuesto en el ámbito de la humanidades -tales como la historia, la filología, la teología y el derecho-, podría terminar por desvirtuar totalmente la  esencia misma de las ciencias del espíritu en su pretensión de mostrar lo verdadero con colores propios.  Aquella aspiración le parece al filósofo alemán tan insoportable como la paralela pretensión racionalista de desplazar el mundo de la creación artística a un sector del quehacer humano incapaz de aspirar a la verdad.

Gadamer pone en juego todo su conocimiento filosófico e histórico y toda su capacidad de razonamiento para rechazar tales pretensiones cientificistas omnicomprensivas, entendiendo que no dan cuenta de los rasgos esenciales del conocimiento humano, particularmente cuando se pone a prueba en el contacto con las disciplinas humanistas. Lo que Gadamer intenta probar es que, aparte de la vía métodica cartesiana, cuya validez relativa no discute, existe otra forma de comprensión y de acercamiento a la verdad. Esta forma paralela de conocimiento y de comprensión, para la cual reclama reconocimiento filosófico, se fundamenta tanto en la condición fáctica y finita del existir, crudamente limitado en toda aspiración a conocer de manera absoluta, como en la realidad hermenéutica y lingüística del pensamiento. Tal es el conocimiento hermenéutico, que tiene una matizada validez en todos los ámbitos del saber -tanto limitadamente en el de las ciencias naturales como de manera más amplia en el de las ciencias humanas- y pretende como hermenéutica filosófica -o filosofía hermenéutica- una validez en toda experiencia existencial.

La tradición humanista es para Gadamer una fuente de inspiración muy poderosa, pues ve en ella un conjunto de valores que deben ser actualizados con el objeto de aportar un elemento de equilibrio en una humanidad tan maltratada por modelos sociales que parecen no ver en el hombre nada más que un número o un instrumento al servicio de los intereses que los sostienen. La idea misma de la hermenéutica se relaciona con esa tradición. Es por ello que dedica todo un apartado de la parte introductoria de su obra a analizar los conceptos básicos del humanismo.

Quizás aún es tiempo de resucitar en alguna medida el modelo humanista del ser humano, un modelo que supone cultura verdadera y formación integral, que supone filosofía práctica y prudencia, que exige capacidad de juicio certero y buen gusto estético y moral. Sería una forma de volver al centro de lo que es el ser humano por encima de sus accidentes.

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Pero el hombre se ha olvidado de Dios. Se ha olvidado de la pregunta por el ser, tal como lo explica Heidegger al comienzo de Ser y tiempo. Mientras no se olvide de sí mismo, es tal vez posible recuperar la vigencia de tanto saber preterido.

¿Es tiempo todavía?

© Lino Althaner
2015

Debe nacer en tí

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Si Cristo naciere mil veces en Belén,
y no en ti, seguirás perdido eternamente.”

(Wird Christus tausendmal in Betlehem geboren,/ und nicht in dir, du bleibst noch ewiglich verloren (1.61).

 

Filippo Lippi

Filippo Lippi


¡Oíd el milagro! Cristo es el cordero y también el pastor,

cuando Dios nace hombre en mi alma.

(Hört Wunder! Christus ist das Lamb und auch der Hirt,/ Wenn Gott in meiner Seel’ ein Mensch geboren wird (1,101).

 

Georges de la Tour

Georges de La Tour


¡De qué me sirve Gabriel, que saludes a María

si no tienes el mismo mensaje para mí!

(Was hilft michs Gabriel, dass du Mariam grüsst,/ Wenn du nicht auch bei mir derselbe Botte bist. (2,102).

Angelus Silesius, Cherubinischer Wandersman, El peregrino querubínico, 

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For unto us a Child is born,/ unto us a Son is given,/ and the government shall be upon his shoulder;/ and his name shall be called Wonderful,/ Counsellor, the Mighty God,/ the Everlasting Father, the Prince of Peace.


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Porque un niño nos ha nacido,

nos ha sido dado un hijo,
que tiene sobre su hombro el señorío
y llevará por nombre
maravilloso consejero, Dios fuerte,
Padre sempiterno, Príncipe de la paz.

(Isaías, 9,6)

 

© Lino Althaner
2014

Dos mujeres

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Nuestra colega y amiga Rosa de los Vientos, a propósito de la penúltima entrada de este blog, comentaba apesadumbrada acerca de la prejuiciosa tradición que suele asociar no pocos males a la  belleza seductora de la mujer. Y yo le contestaba con una obviedad: recordándole la relación de ese tópico con la historia veterotestamentaria según la cual la seducción del primer hombre por su mujer, que indujo a este a gustar del fruto prohibido, desobedeciendo así el mandato divino, que significó nada menos que la pérdida del paraíso para la humanidad y la entrada de ésta en el ámbito del pecado y la imperfección.

Michelangelo Buonarroti

Michelangelo Buonarroti

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Tanto Adán como Eva tratan de disculparse ante Dios, en un estilo demasiado humano (Gen, 4,15). Adán: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí. O sea, no fui yo el culpable. Fue la mujer, y la que tú me diste. Eva: La serpiente me sedujo, y comí. Según la psicología junguiana, esta serpiente no representaría sino la sombra de la misma Eva, es decir, una parte de su inconsciente que se rebela contra la prohibición y muerde su propio anzuelo, haciendo que Adán también lo muerda.

Las consecuencias de esta historía, producto por cierto de una sociedad extremadamente machista, impregnan fuertemente a las religiones monoteístas. Y no pueden sino manifestarse en lugares comunes acerca de la condición de la mujer. A pesar de que los libros sagrados y la historia están llenos de mujeres que sobresalen por su fidelidad, por su carácter heroico, por su generosidad, por su compromiso con la comunidad, por su entrega al Altísimo. El ejemplo de éstas debería borrar de una vez por todas el efecto de aquel mito original.

El supremo modelo de mujer, el verdadero, lo conocemos. A partir de él, el modelo de Eva ha quedado obsoleto..

murilloinmaculada-concepción

Bartolomé E. Murillo – La Inmaculada Concepción

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El más perfecto es el de María, la madre de Jesús de Nazaret. Suma de perfecciones. De humildad, de inocencia y de pureza, de perfecta sintonía con la providencia divina, de perfecta sumisión y obediencia, por lo tanto, de amor y de entrega ilimitada. Así como la Eva del Génesis hace paladear a la humanidad el venenoso encanto del fruto prohibido, María la restaura con el fruto bendito de su vientre, el Mesías anunciado por los profetas, el Redentor. En otros artículos de de Todo el Oro del Mundo he destacado el reconocimiento que a esta mujer sublime y Reina de los Cielos han dedicado poetas de la estatura de Dante, Goethe o  T.S. Eliot. Por favor, ganen unos minutos en leerlos, pues dicen de una verdad que nace en lo profundo del alma humana.

Vergine madre, figlia del tuo figlio/ umile e alta più che creatura,/ termine fisso d’eterno consiglio/ tu se’ colei che l’umana natura/ nobilitasti si… (Virgen Madre, hija de tu hijo/ la más humilde y alta de las creaturas/ término fijo de la eterna voluntad/ tú eres quien la humana naturaleza ennobleciste…)  Así se dirige a ella Dante Alighieri en el Canto XXXIII del Paraíso. Y Goethe, en la escena final de su Fausto: Höchste Herrscherin der Welt,/ lasse mich im blauen,/ Ausgespannten Himmelszelt/ Dein Geheimniss schauen! (¡Sublime Señora del mundo,/ deja que contemple tu misterio/ en el fondo azul del cielo!). El misterio a que alude Goethe es el de la eterna femineidad de María.

Luego de haberle sido anunciado por el ángel que iba a ser madre del Salvador, en presencia de su prima Isabel, elevó al cielo un himno hermosísimo, conocido como el Magnificat, por la palabra inicial de su texto en la Vulgata latina.

Esta versión es en hebreo. La inscripción del himno que se muestra al principio se encuentra en la iglesia de la Visitación de Ain Karim, pequeña población cercana a Jerusalén en la cual, según la tradición, habría tenido lugar el encuentro entre María y su prima Isabel, la madre de Juan el Bautista.

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Alaba mi alma la grandeza del Señor/ y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador/ porque ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava;/ por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada,/ porque ha hecho en mi favor cosas grandes el Poderoso, Santo su nombre,/ y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen./ Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los de corazón altanero./ Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes./ A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos con las manos vacías./ Acogió a Israel, su siervo,/ acordándose de la misericordia/ -como había anunciado a nuestros padres- en favor de Abrahán y de su linaje por los siglos
(Lc 1, 46-56).

Este himno ha sido empleado muchas veces por los grandes compositores para elevar su propio canto de alabanza a la Reina de los cielos. Monteverdi, Buxtehude, Pachelbel, Charpentier, Bach y Vivaldi, entre los clásicos, Penderecki, Gorecki y Pärt, entre los modernos, han ideado músicas maravillosas para estos conmovedores versículos, que los cristianos hacemos nuestra oración para dirigirnos al Padre Eterno.

He elegido el Magnificat RV 611, de Antonio Vivaldi, para adicional ilustración musical de este artículo.

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(Magnificat anima mea Dominum,/ et exultavit spiritus meus in Deo salutari meo,/ quia respexit humilitatem ancillae suae./ Ecce enim ex hoc beatam me dicent/ omnes generationes, quia fecit mihi magna/ qui potens est, et sanctum nomen eius,/ et misericordia eius/ a progenie in progenies timentibus eum./ Fecit potentiam in brachio suo,/ dispersit superbos mente cordis sui,/ deposuit potentes de sede,/ et exaltavit humiles,/ esurientes implevit bonis,/ et divites dimisit inanes./ Suscepit Israel puerum suum/ recordatus misericordiae suae,/ sicut locutus est/ ad patres nostros/ Abraham et semini eius in saecula.

Hoy día se celebra el día de la Inmaculada Concepción de María. Es el motivo de este artículo. Es la ocasión de repetir su himno con nuestros labios y con nuestros corazones, y de clamar desde nuestra más honda intimidad:

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Maria

ora pro nobis.

© Lino Althaner
2014

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