El gran depredador

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Me acosaban los depredadores. Se cebaban en mis hijos, en mis mujeres, en mis hermanos. Pero yo carecía de garras y de grandes colmillos, y no destilaba veneno. Tendría que aprender de las bestias.  Pasaron más de cien mil años  Y aprendí.  De pronto me vi armado, de un mazo, un cuchillo, una lanza. Un arco y una flecha. Las bestias empezaron a temerme. Algunas inclinaron la cabeza. Ofrecí sus cuerpos a los dioses. Subió a los cielos el humo de los sacrificios. Me sirvieron de alimento. La tierra, entonces, dio un alarido. Un relámpago de mi conciencia le dio la razón. Pero no dije que no cuando aún era tiempo. Es que había nacido en mí la sed de sangre. Me hice adicto.  Inventé instrumentos de matanza cada vez más exquisitos. Y la sangre corrió, como un río cada vez más caudaloso. Algún tiempo después de que un hombre matara a su hermano por primera vez, ya se mataban entre sí pueblos enteros, arengados por sus dioses. La tierra dio entonces otro aullido, que pasó para mí inadvertido. Para entonces yo pisaba ya de lleno la historia. Y después de todos estos siglos, no hay quien discuta mis méritos. Ostento con orgullo mi bien ganada fama de gran depredador.

©

Lino Althaner

Se pregunta el Gran Depredador…

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… si de verdad es merecedor del nombre de homo sapiens que le ha atribuido cierta ciencia. Y el mismo tiene el valor de responderse, hay que reconocer que con cierta ecuanimidad:

La armonía de cierta passacaglia,
los iluminados muros
de una capilla paduana,
los tercetos no menos luminosos
cantados a la dama incomparable
en la cual se sustenta toda espera,
dirían por cierto que sí,
pues dirían de imagen verdadera
y de real semejanza.

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Wu Hufan – ‘Celebremos la explosión de nuestra gloriosa bomba atómica’

Sin embargo mis pasos mañosos
en la rutina implacable,
en medio de la urgencia y el estruendo;
más que mis dichos, mis hechos,
y los juegos de niños
jugados con armas verdaderas,
claman con fuerza que no.
Que soy no más que un proyecto.
Y me veo de pronto tan pequeño
como un niño en el trance de nacer.

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Acerca de la pintura, su autor es el artista chino Wu Hufan (1894-1968). La temática del cuadro, cuyo carácter panegírico parece determinado -podría ser que con cierta ironía- por su título –Celebremos la explosión de nuestra gloriosa bomba atómica– llama la atención en un autor conocido por la delicadeza de sus motivos, asociados casi siempre a la naturaleza y al paisajismo en el estilo tradicional de la gran pintura china.

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Según he podido investigar someramente, el gobierno de Mao Zedong habría presionado reiteradamente a Wu Hufan para que se volcara a un estilo y una temática más compatibles con el servicio del estado y de la revolución. Nada mejor, entonces, que la ‘gloriosa celebración’ de la primera bomba china en 1964, que se concreta pictóricamente un año después y se produce en un ambiente de creciente hostilidad entre los dos gigantes comunistas. La propaganda del gran triunfo tecnológico chino es necesaria: la posesión del siniestro poder atómico es un motivo más para que la república popular no se sienta menos que su rival soviético. Quizás sería preciso considerar asimismo, para entender el vuelco en el delicado de arte de Wu Hufan, que China vivía entonces en vísperas de la no menos siniestra Revolución Cultural (1967-1976), que tan sangrientas consecuencias tendría, precisamente, para la cultura china, para los intelectuales, los artistas y el pueblo en general, y que por cierto constituye un hito de gran relevancia en la memoria del Gran Depredador.

Desde el punto de vista puramente artístico, la pintura no merece reproches, al parecer. En su importante estudio sobre la relación entre la pintura y la política en China, Julia F. Andrews recalca que la ‘pintura del hongo nuclear es una de las muestras pictóricas más hermosas que se pueden encontrar de ese período’. Destaca especialmente sus ‘pinceladas despreocupadas y vivas, y los tonos sutilmente variados de la tinta’.

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© 
Lino Althaner
2017

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Los recuerdos del Gran Depredador – My Lai (Vietnam, 1968)

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Yahvé nuestro Dios nos lo entregó y lo derrotamos a él, a sus hijos y a toda su gente. Nos apoderamos entonces de todas sus ciudades y consagramos al anatema toda ciudad: hombres, mujeres y niños, sin dejar superviviente… Desde Aroer… hasta Galaad, no hubo ciudad inexpugnable para nosotros; Yahvé nuestro Dios nos las entregó todas.
(Dt 2, 33-36)

 

Es la memoria del Gran Depredador como una enorme Enciclopedia de recortes de la historia de todas las gentes, todos ellos marcados por un mismo objetivo: el exterminio despiadado de un conjunto de individuos que han sido identificados sin mucha rigurosidad como el enemigo; objetivo que debe cumplirse frecuentemente sin sujeción a ninguna limitación de orden moral y desplegando en el procedimiento la mayor eficiencia posible, que es exacerbada ciertamente por los medios cada vez más refinados, limpios y precisos, que pone al alcance del hombre la tecnología de la aniquilación. Llevan a cabo la tarea hombres normales que de pronto se han vuelto peores que la más sanguinaria de las bestias, hombres de todos los pueblos.  Entre las conclusiones que se pueden extraer de los recuerdos del Gran Depredador es que la Humanidad está hecha enteramente del mismo material, y que todos sus miembros comparten semejantes capacidades para el bien y para el mal, sin que influyan significativamente ni su origen racial, ni su ideología o sus creencias. Llegado el caso, todos son capaces de experimentar la atroz metamorfosis. Y si bien podría afirmarse que los individuos de la especie están primordialmente dispuestos al bien, también se debería aseverar que ninguno está exento de convertirse de pronto en un monstruo de maldad. Decisivas circunstancias, no siempre fácilmente identificables, suelen incidir en que la balanza se incline por una u otra alternativa.

De la inconmensurable lista contenida en su memoria me he demorado un poco en elegir una docena de ejemplos significativos. Pero el Gran Depredador tiene la experiencia incomparable de una vida de milenios y es por ello muy escéptico en cuanto al provecho que pueda resultar para la Humanidad de la evocación de tales recuerdos, por muy imparcial, objetiva y bienintencionada que ella sea, que nunca lo es del todo. Suele el Gran Depredador esgrimir en defensa propia el dudoso argumento de que actúa obedeciendo al mandato de potencias o intereses superiores, sin interés alguno de carácter personal. Lo que es ciertamente una falacia.

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El horror de My Lai, uno se resiste a creerlo. Es tan insondable el abismo en que se hunde en estos casos el victimario, que uno termina por compadecerlo casi en la misma medida que a las inocentes víctimas de su hirviente sed de sangre. Después de todo, él es también una víctima, lo es de la burocracia bélica, la más fría e inhumana de todas, que somete a los hombres que la integran a un ciego obedecimiento del que está ausente toda inclinación compasiva. Es la víctima del más estúpido de los adoctrinamientos. Todo ello es lo que suele condicionar a los responsables de una masacre semejante a la ocurrida en la aldea vietnamita de My Lai.

Las órdenes parecen simples. Se trata de ubicar y destruir al enemigo con la máxima ferocidad, de manera que la acción sirva de revancha por las bajas ocasionadas por el Vietcong tras siete semanas de guerra de guerrillas. Pero lo que las complica es el proceso de interpretarlas y de llevarlas a cabo, se supone que con proporcionalidad y con sujeción a las leyes de la guerra, siendo evidente el peligro si la tarea de transformar las órdenes en hechos es puesta en manos de una persona desequilibrada por el horror que está viviendo, trastornada por la ira o por el miedo, puesto en entredicho su sano discernimiento. Así, en manos de un teniente cualquiera, unas instrucciones que podrían haber significado, aparte de enfrentarse decididamente al enemigo armado, destruir cultivos y ganado, quemar algunas casas y contaminar los pozos, se resuelven en una acción de la que está ausente todo enfrentamiento entre combatientes, y que se traduce en exterminar a todo lo que se mueva y tenga aliento, animales, hombres, mujeres, ancianos y niños, todos indefensos. Con la justificación de que todos los aldeanos prestan ayuda al enemigo, de una forma u otra, y son por lo tanto el enemigo. Por lo que concierne a los niños, con el pretexto de que cada uno de ellos es en potencia un futuro integrante del Vietcong.

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Un breve recuento de los hechos: A primera hora de la mañana, se transportó a los soldados hasta la aldea en el helicóptero. Muchos dispararon mientras se desplegaban, matando tanto a personas como a animales. No había señal alguna de la existencia de fuerzas del Vietcong y durante todo el día no se produjo un solo disparo contra la compañía Charlie, pero ellos continuaron con las acciones violentas. Quemaron todas las casas de la aldea. Violaron a las mujeres y a las niñas y luego mataron a los hombres. Apuñalaron a algunas mujeres en la vagina y destriparon a otras, o les amputaron las manos o les arrancaron el cuero cabelludo. A las embarazadas les abrieron el estómago y las dejaron morir. Hubo violaciones colectivas y asesinatos por disparos y con bayoneta. Hubo ejecuciones en masa. Doscientas personas, incluso ancianos, mujeres y niños, fueron ametrallados en una zanja. En cuatro horas, se dio muerte a cerca de quinientos aldeanos. Así se cumplieron las órdenes recibidas. Los oficiales ordenaron. La tropa, como toda masa irresponsable, obedeció sin rechistar.

El Gran Depredador, barajando sus recuerdos más recientes, de las guerras mundiales, del Gulag y de Auschwitz, de China bajo la viuda de Mao, de Cambodia y de Yugoslavia, de la guerra del Golfo, de Siria y de Tierra Santa, y tantos otros más o menos horripilantes, reflexiona de manera incuestionable: “Me comporto tal cual soy capaz de ser, llegado el momento adecuado.”

Testimonios de My Lai

Siendo yo uno de los sargentos que habíamos entrenado a la Compañía Charlie, me complacía mucho su comportamiento. Resultaron muy buenos soldados. El hecho de que fueran capaces de entrar en My Lai y ejecutar las órdenes que se les había dado es resultado directo, pienso, de la buena formación recibida.
Sargento Hodges

Para pensar de esta manera existen los sargentos en todos los ejércitos de la tierra.

Matar de esa manera a un conjunto de civiles -bebés, mujeres, ancianos, gente desarmada, indefensa- estaba mal. Todo norteamericano lo sabía. Y sin embargo, esta compañía aquí instalada, aislada, no veía las cosas de la misma manera. Estoy seguro de ello. Este grupo de personas era lo único que importaba. Era el mundo entero. Lo que ellos pensaban que estaba bien, estaba bien. Y lo que pensaban que estaba mal, estaba mal. Se habían invertido las definiciones de las cosas.
M. Bernhardt

En el ámbito de la guerra, prima la lógica de la guerra, que es la locura. Una vez que te vuelves loco, ya no puedes parar. Todo el despliegue increíble de la locura es para tí normalidad.

Pero como yo digo, después de matar al niño, perdí la cabeza. Y una vez que empiezas, es muy fácil seguir. Una vez que empiezas. Lo más difícil, lo que resulta más difícil, es matar, pero una vez que matas, se vuelve más fácil matar a la persona siguiente y a la siguiente y a la siguiente. Sin sentido. Sólo mataba. Puede ocurrirle a cualquiera.
V. Simpson

 

My Lai, Vietnam

Pero el Gran Depredador no se inmuta. Es su naturaleza que le lleva a actuar como una bestia, si las circunstancias lo exigen. Es un Gran General, una especie de señor de los ejércitos terrestres, que habita en su mente inconsciente, el que le manda ser así. Y él no puede sino obedecerle.

 

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Las citas y testimonios han sido extraídos de la obra del autor británico Jonathan Glover “Humanidad e Inhumanidad – Una historia moral del siglo XX” (Cátedra, 2001).

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© Lino Althaner
2017

 

Arya (2)

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Era entonces preciso que despertáramos y que refináramos la vigilia, tratando de acercarla cada vez un poco más a sus auténticas posibilidades. Sólo lo alcanzaban unos pocos, se decía, que mediante un deseo inquebrantable de gozo y de sufrimiento, los más intensos, y la fe inquebrantable, habían llegado a familiarizarse con lo indecible hasta el punto de ser dignos de beber el licor divino.

Elefante al estilo de Kalamkari en Andra Pradesh

Pintura en tela al estilo Kalamkari de Andra Pradesh, India

No nos inquietaba perpetuar nuestros hechos en crónicas o anales. Nos marcaba un enorme escepticismo acerca de todo simulacro de inmortalidad. Si medimos el tiempo de alguna manera, no lo hicimos por años sino por eones. Una arcana disciplina nos iluminaba, despertando la conciencia, procurando un conocimiento refinado. Los videntes aumentaban nuestra fortaleza, ardiendo en la experiencia de la lucidez, de la cercanía del dominio trasparente. Y quedábamos signados con un aura soberana, que nos ahorraba instrumentos de persuasión. Después de beber nuestros sacerdotes el divino licor -el soma, la ambrosía, el supremo objeto del deseo- la tierra y sus criaturas se volvían nuestros subordinados. Podían aquéllos matar con la mirada, hacer que se abriera la tierra, incendiar el universo. Accedían a la profecía. Y quienes eran poetas a la revelación.

Era toda nuestra vida una especie de liturgia. Llegamos a pensar que los dioses se acomodaban en torno a los altares de nuestros sacrificios. Que las ninfas celestiales nos visitaban y que a los dioses se unían nuestras mujeres, que daban a luz semidioses y santos. Nuestro océano más grande era el cielo. El camino del cielo se prolongaba en esta tierra como un inmenso torrente, que luego fluía desde la cumbre nevada eternamente y desde el otro río, el torrente que se desparrama por la cabellera divina. De la unión de la tierra con los cielos quería hacerse nuestro mundo, nuestra  vida, continua ceremonia sagrada. Una fiesta, un banquete en que los dioses y los antepasados bebieran con nosotros, con todo el pueblo, bajo la mirada atenta del que ve sin ser visto. Como había ocurrido alguna vez, según contaban los viejos.

Recordaban con pena el día en que los dioses dejaron de ser visibles a todo el pueblo. Yo en cambio soy testigo de cómo la presencia invisible de los dioses se vuelve cada vez más tenue. Y se transforma en ausencia. Y la ausencia se hace muerte. En poder de los monstruosos enanos que se han apoderado de la tierra, que de dioses casi se han quedado huérfanos.

 

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Es esta la segunda parte de un artículo en que he pretendido registrar muy libremente la impresión derivada de la lectura de dos libros de Roberto Calasso –Ka (Anagrama, 1999) y El ardor (Anagrama, 2016)- que incursionan de manera fascinante en los mitos y creencias de los Arya (nobles), esto es, el pueblo de los indoarios, en el seno de cuya cultura se producen los Vedas, los Brahmanas y los Upanishads, libros sagrados de las religiones de la India, hinduísmo y budismo.

 

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© Lino Althaner
2017

 

 

 

 

 

 

Arya (1)

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Después de cruzar los más áridos desiertos, llegamos desde más allá de las montañas, las más altas. Encontramos el gran río y más allá la espesura, que parecía no tener fin. Nuestra primera tarea: hacer claros en la selva, espacio para los altares, pasto para los rebaños. El fuego nos abrió camino. Eramos devotos del fuego.

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No eran duraderas nuestras moradas. No hicimos palacios ni templos. Nuestro templo estaba en todas partes, dondequiera fuera posible erigir un altar y celebrar una liturgia que como pájaros nos impulsara, como ángeles hacia el cielo, en un viaje certero. No construimos murallas defensivas. Solía hacernos escolta una tropa de guerreros escogidos, amedrentadores en sus armaduras y en sus espadas, en sus aladas cabalgaduras, en sus carros de fuego. Pero eramos en esencia pacíficos pastores; además, vagabundos incansables, cazadores de horizontes, de océanos, de soles, buscadores inquietos, no tanto de cetros ni de coronas, sino más bien de regiones interiores, aquellas que alentaban en la mente de los hombres según nuestros videntes. Soñábamos en construir un imperio sobre ellas.

Es verdad que no dejamos vestigios materiales. Aunque sí la memoria de unos ritos, unos himnos, unas sabias aproximaciones, unas bellas historias: un todo hecho de sueños, de visiones, de reflejos. Y también la memoria de una lengua, con la cual nos hacíamos naves capaces de alcanzar el cielo por el torrente del canto y de la melodía.

Prescindimos de iconos, de piedra, de metal o de madera. Veíamos en nuestro pensamiento la imagen de todos los dioses. Pero solo percibíamos como un reflejo, luminoso pero incierto, la presencia del desconocido, el ser inmanifiesto a que todo está sujeto, cuyos ojos nos miran, que es la trama sobre la cual están tejidos el espacio y el tiempo. Adivinábamos su aliento en las piedras, en los bosques de mangos, pipales y tamarindos, en los animales, antílopes, caballos, elefantes, hormigas. ¿Pero ver a los dioses cara a cara, percibir a lo menos su aliento, escuchar el eco de sus voces o posar nuestros pies sobre sus huellas? ¿Contemplar las espaldas del desconocido? Tampoco era entonces cosa fácil. Para ello debíamos dejar de ser lo que somos los hombres de ordinario: espectros soñolientos, sumidos en la pequeña rutina como aturdidos, rodeados de las cosas y los casos ilusorios e inciertos de la existencia, miedosos y confundidos.

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Este texto es la primera parte de un artículo en el que he pretendido registrar libremente la impresión derivada de la lectura de dos libros de Roberto Calasso –Ka (Anagrama, 1999) y El ardor (Anagrama, 2016)- que incursionan de manera fascinante en los mitos y creencias de los Arya (nobles), esto es, el pueblo de los indoarios, en el seno de cuya cultura se producen los Vedas, los Brahmanas y los Upanishads, libros sagrados de las religiones de la India, hinduísmo y budismo.

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De Buda se dice que pronunció las siguientes palabras:

“Oh Rey, hay un país en las pendientes nevadas del Himalaya cuyo pueblo está dotado de riqueza y valor, y se ha asentado en la frontera de Kosala. Por clan son arios de la raza solar, shakyas por nacimiento. De esa familia procedo, y no deseo cosas mundanas …”

 

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© Lino Althaner

 

 

Grossmutter

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Aunque el sol se ha ocultado tras la montaña y empieza a hacerse difuso el contorno de las cosas, la figura de la anciana avanzando lentamente por el camino de tierra, ya de lejos me resulta familiar, la forma en que camina apoyada en su bastón, toda vestida de negro, la extrema delgadez de sus tobillos, el fulgor que enmarca sus blancos cabellos como una aureola e ilumina su rostro, y para hacer indudable la reminiscencia, cuando ya se aproxima, su sonrisa, el encanto cristalino de su risa que me lleva a su mirada, tan brillante como entonces de alegría, aunque ahora indicadora de mayor conocimiento. Me encadenan sus ojos, que son el portal de acceso a otro camino, al que soy transportado, cogido en una suerte de desmayo, como enceguecido por la luz. Es de noche, sin embargo, y la luna se ha escondido. Pero se acentúa el resplandor en el rostro de la abuela, que me toma de la mano. Yo me veo como un niño, protegido por su hechizo para siempre.

 

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Lino Althaner

Desideratum

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Throne or chariot of God - Kether

Aspirar a más que a la mentira.

No quedarnos en las verdades aprendidas de memoria, saltar por encima de las mil opiniones con sus miles de motivos y razones, más allá del agraz y del almíbar, de la adulación y el anatema, de los falsos villanos y los mentirosos heroísmos. Cerrarse a las puras apariencias.

Y con todo aprender a entrever el milagro difuso que se lee entre líneas, no en los extramuros sino hacia la hondura de los hombres, de las circunstancias, de las cosas. Con la máxima modestia, conscientes de nuestra indigencia. Entonces abrir, como en un sueño, la puerta que importa, más cerca quizás del misterio, y también como en sueños salir del laberinto y subir una a una las gradas que conducen al templo. Anhelar la locura que se esconde allí adentro.

Tal vez solamente imaginarse como calzan las piezas del rompecabezas infinito. Esforzarnos más allá del ayer, del hoy y del mañana. Desatarnos, aprendiendo en el amor, que es la sola verdad a nuestro alcance.

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©

Lino Althaner

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