Hemisferios cerebrales

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LOS DOS HEMISFERIOS CEREBRALES

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El izquierdo:
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Científico y matemático,
le gusta clasificar.
Minucioso.
Es un convencido de que el mejor camino para unir dos puntos
es la línea recta.
Analítico.
Práctico.
Estratégico.
Le gusta tenerlo todo controlado.
Razonable y realista.
Goza resolviendo ecuaciones
y juega con los números.
Es el mismo orden,
la lógica.
Sabe exactamente lo que es.
No le gusta soñar despierto.
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Consejo:
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Si tienes el hemisferio izquierdo muy desarrollado
haz un poco de ejercicio con el derecho,
que éste dé también algún fruto.
Pero debes ser cuidadoso:
que te pones de pronto a soñar
y tienes
un sueñito como éste:
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El hemisferio derecho

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El espíritu libre y creativo,
la pasión.
La sensualidad y la nostalgia.
Una risa estridente.
La sensación de la arena bajo los pies desnudos.
El movimiento y los colores deslumbrantes.
El canto y el baile.
El sueño y el ensueño,
la imaginación sin fronteras
y la intuición.
El arte.
La poesía.
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Consejo:
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Si lo tienes un tanto hipertrofiado
no estaría demás que educaras también
un poco
a tu hemisferio izquierdo.
Sin exageración:
mira que de pronto
despiertas del sueño de la poesía
y te pones a calcular:
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De lo cual resultaría, en principio, ser más peligroso permitirle a un científico ponerse a soñar y hacer realidad sus sueños que enseñarle a un poeta a calcular. 

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© 2012 Lino Althaner

Cuando lo simple parece complejo

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Alguien se ha quejado de que algunos de los comentarios contenidos en las entradas de este blog, por ejemplo, aquellas sobre la teología de San Juan Evangelista, sobre las filosofías de Plotino o de Lao Tse, les parecen muy complejos. Difíciles de entender.

Recuerdo, a propósito, una de las tantas sabias frases atribuidas a Albert Einstein. Pues se puede ser hombre de ciencia y hombre de sabiduría al mismo tiempo.
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Las palabras de Einstein dicen así:

Si no eres capaz de explicar algo simplemente, es que no lo has entendido bien.

Es verdad. Aunque también es cierto que hay gente que pareciera avergonzarse de la extrema simplicidad de los pensamientos, teorías o doctrinas que les toca explicar en virtud de su condición magisterial o literaria.  Por ello es que se esfuerzan en hacer parecer compleja la simplicidad transparente de aquello sobre lo que enseñan o escriben.

Hay también filósofos que hacen un esfuerzo para hacerse ininteligible. ¿No era Heidegger el decía que partes de su otra aún no terminaba de entenderlas?

Hacer parecer complicado lo muy simple. Sin ser irreverente, quisiera ejemplificar con el dogma cristiano de la Trinidad divina.  Han surgido herejías con motivo de él. Los Padres de la Iglesia debieron esforzarse por combatirlas. Los teólogos siguen quebrándose la cabeza a propósito de este postulado.

Una anécdota concerniente a Aurelio Agustín de Hipona, más tarde San Agustín, da cuenta de lo dicho. Paseaba éste por la playa, dándole vueltas en su cabeza a las distintas teorías acerca de la realidad trinitaria de Dios, cuando de pronto vio a un niño jugando con la arena. El niño corría una y otra vez hacia el mar, llenando un cubo con agua para luego regresar a vaciarlo en un hoyo cavado por él en la arena. ‘¿Qué haces? le preguntó Agustín. Y el niño le respondió: ‘Quiero sacar toda el agua del mar para meterla en este hoyo’. ‘¡Pero eso es imposible! exclamó Agustín’.  A lo cual repuso el niño: “Más imposible es tratar de hacer lo que tú estas haciendo: Tratar de comprender con tu pequeña mente el misterio de la Trinidad de Dios”.

Tal vez el niño de la anécdota no está en la razón. Se me ocurre de pronto que el misterio de Dios es la simplicidad misma. Con respecto a la Trinidad, a veces a mí me parece tan clara como que yo también, Lino Althaner, en mi minúscula y enorme humanidad, soy ciertamente padre (y abuelo, por si fuera poco), hijo y  también espíritu santo, el que tiene su morada en mi esencia. Por cierto que con potencias abrumadoramente diversas.

Einstein sí que tiene la razón.

Hagamos que lo complejo parezca simple. En lo posible, que lo difícil parezca fácil.

En cuanto a mis lectores quejumbrosos, les digo

Mea culpa

Trataré de entender mejor en el futuro, para poder explicar mejor. Y con más sencillez.
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La imagen corresponde a un detalle de la pintura ‘Comentando la Divina Comedia de Dante’, de los artistas Zhang An, Li Tiezi y Dai Dudu. En el detalle, aparece Albert Einstein (1879-1955) en compañia de León Tolstoi (1828-1910) y Li Bai (701-762).
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© 2012 Lino Althaner

De luces y tinieblas: La ‘noche oscura’ en Juan de la Cruz y T.S. Eliot

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Por los caminos de Juan Evangelista, San Juan el Teólogo, me he encontrado con Juan de Yepes, el doctor de la Iglesia, San Juan de la Cruz.

Recorriendo los escritos de Juan Evangelista hemos advertido cómo la existencia humana es, en la doctrina que contienen, una constante oscilación entre la luz y las tinieblas, donde la luz es equivalente a la verdad, a la vida, y a la libertad, y las tinieblas son la mentira, la muerte y la esclavitud. Temática que hemos relacionado con la influencia gnóstica en el evangelio y las cartas de Juan. En el centro de ella está la circunstancia de que el mundo, sujeto como está al poder del mal, ha llegado ser el ámbito de la ilusión y la mentira, de la irrealidad que conduce a los hombres al despeñadero. Así, entonces, las luces que el mundo ofrece no son más que apariencias, puestas allí no para iluminar y redimir sino para perder en las tinieblas.  Del mismo modo, engañoso es el conocimiento que el mundo procura como medio de conocer la realidad. La libertad que el mundo ofrece es en su esencia esclavitud. Y el camino de vida que pone a nuestra disposición es vía hacia la muerte. Sólo rechazando las alternativas mundanas y optando por acoger el mensaje de Cristo, la luz del mundo, tiene el hombre la posibilidad concreta de acceder a la verdad, a la libertad y a la vida que es propia de los “hijos de la luz”.

¿Tienen estas concepciones algún vínculo con la mística de San Juan de la Cruz, que tanto énfasis hace en la noche oscura como vía hacia la iluminación? Por cierto que sí.


Del símbolo místico de la noche oscura hay antecedentes previos a Juan de la Cruz, por ejemplo en ciertos autores musulmanes. Pero es el místico español del siglo XVI quien lleva este tema a su máximo desarrollo, tratándolo extensamente en sus grandes tratados -la Subida del Monte Carmelo- como  también en sus poesías.

Se trata, en el fondo, de lo siguiente. Las apariencias del mundo son, para el místico,  definitivamente incapaces de acercarlo al objeto inefable, casi inalcanzable, de sus anhelos. Más aún, son lo del todo contrario a lo que él busca, que es la unión con Dios. Ellas, expresadas en todo lo que el mundo llama luz, conocimiento y libertad, sólo lo alejan de la luz que el desea para sí. Así, todo lo que el mundo dice que el hombre es, debe él rechazarlo, si quiere acercarse a la experiencia de Dios. Todo lo que el mundo le ofrece es perdición. También las luces que el mundo le ofrece, luces de conocimiento y de reconocimiento, no son sino impedimentos en la búsqueda de la luz de verdad. Por el contrario, en lo que el mundo denomina ‘tinieblas’ sólo allí reside, según Juan de la Cruz, la posibilidad de iluminación. En lo que el mundo llama ‘ignorancia’, está allí la posibilidad de conocer.

Entrarse en la noche oscura es negación del mundo.  Es un proceso arduo, laborioso, que no pasa tanto por los deleites espirituales o los estremecimientos placenteros del éxtasis, sino más bien por el rigor, manifestado en extremos de disciplina en el ejercicio humano de la negación. Pero no sólo es negación de las cosas del mundo, es también, como necesaria consecuencia, negarse a sí mismo y abolir los apegos al mundo. Si la tarea es coronada por el éxito,  el hombre tendrá justo título para exhibir el título de héroe del espíritu, cuyo camino termina en las puertas que se abren al Uno que lo es Todo. Así de claro lo dice Juan de la Cruz en la Subida al Monte Carmelo, I, 11-13. En la nada del mundo, nos dice, no quieras ser algo, poseer,  saber o gustar algo. Has de negarlo todo si deseas gustar lo que buscas de verdad. Si quieres saber de verdad, acógete a lo el mundo llama ignorancia, a la santa intuición espiritual. En las luces del mundo, no hallarás la verdad ni la vida ni la libertad. Recuerda que son tinieblas. Más bien las encontrarás en en el rechazo de esas luces y en lo oscuro de tu intimidad, allí donde mora el espíritu de Dios. Alli donde aparece la Luz del Mundo.


Para venir a gustarlo todo,
no quieras tener gusto en nada; para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada; para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada; para venir a saberlo todo, no quieras saber algo en nada; para venir a lo que no gustas, has de ir por donde no gustas; para venir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes; para venir a lo que no posees, has de ir por donde no posees; para venir a lo que no eres, has de ir por donde no eres.

Cuando reparas en algo, dejas de arrojarte al todo; porque, para venir del todo al todo has de negarte del todo en todo; y cuando lo vengas del todo a tener, has de tenerlo sin nada querer; porque si quieres tener algo en todo, no tienes puro en Dios tu tesoro.

En esta desnudez halla el alma espiritual su quietud y descanso,  porque no codiciando nada, nada le fatiga hacia arriba y nada le oprime hacia abajo,  porque está en el centro de su humildad -…-

Este razonamiento paradojal, propio de los exploradores de la trascendencia, que no andan a la busca del mero conocimiento mundano pues persiguen la sola verdad, no puede sino fascinar a T.S. Eliot (1888-1956) el gran poeta inglés, que en sus Cuatro Cuartetos se embarca en el desafío poético de definir el punto de encuentro del tiempo con lo intemporal, de lo finito con el infinito, del hombre con Dios. Son páginas brillantes -también más accesibles que las enigmáticas de La tierra baldía– en que la búsqueda del poeta se encuentra con la respuesta del místico. En la segunda parte de este gran poema, toma Eliot prestadas las palabras de Juan de la Cruz para decirnos que allí está una de las claves del encuentro.


Estamos en la segunda parte de los Cuatro Cuartetos, East Coker, sección III:

Para llegar allí, para llegar adonde eres, desde donde no eres, Debes seguir un camino que no conoce el éxtasis. Para llegar a lo que no conoces Debes seguir un camino, el de la ignorancia. Para poseer  aquello que no posees Debes seguir el camino de la privación. Para llegar a ser lo que no eres Debes seguir el camino por el cual no eres. Y lo que tú no conoces es lo solo que conoces Y lo que posees es lo que no tienes Y es donde no eres donde estás.
(T. S. Eliot, Four Quartets, East Coker III)

Este es el original en inglés: You say I am repeating Something I have said before. I shall say it again. Shall I say it again? In order to arrive there, To arrive where you are, to get from where you are not, You must go by a way wherein there is no ecstasy. In order to arrive at what you do not know You must go by a way which is the way of ignorance. In order to possess what you do not possess You must go by the way of dispossession. In order to arrive at what you are not You must go through the way in which you are not. And what you do not know is the only thing you know And what you own is what you do not own And where you are is where you are not.

He subrayado la última línea para hacer énfasis en la idea de que, conforme al poeta, aquí donde estamos, querido lector de este artículo, inmersos en las luminosas oscuridades del mundo y sus apariencias de saber, no es donde somos de verdad. Aquí es donde somos no más que apariencias. Es otra la luz que nos hace ser de verdad, aquella de que dicen el Evangelio y las cartas de Juan el Teólogo.


Recordemos, en todo caso, que tanto para el místico como para el poeta, la muerte física no es equivalente a oscuridad. En la sección final de los Cuatro Cuartetos resplandece la frase:

The end is where we start from.

Es decir,

El fin es donde comenzamos (a ser). Tres testigos de que es así: Juan Evangelista, Juan de la Cruz, T.S. Eliot.

Las pinturas son de Francisco de Zurbarán (1598-1664).

© Lino Althaner
2011

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