Las islas del Mediterráneo

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Múltiple es el panorama insular del Mediterráneo. Advertimos en él primeramente la presencia de las grandes islas, como Córcega, Cerdeña y Sicilia, pero las hay también de más reducida extensión, e inclusive pequeñísimas, promontorios apenas asomados a la visibilidad marinera, en medio de la vastedad del mar. A veces se agrupan en archipiélagos, familias de islas en que unas se potencian a otras para constituir un conjunto mayormente significativo.

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El mar Egeo, que encierra los archipiélagos de las Espóradas, las Cïcladas y el Dodecaneso, limitado al sur por la isla de Creta. Al oeste, Grecia, al este Turquía. Arriba, hacia el levante, el estrecho de los Dardanelos y el mar de Mármara,  entrada a Estambul, el Bósforo y el Mar Negro; abajo, en el extremo del mapa, la isla de Chipre

Son las islas con frecuencia “indispensables escalas a lo largo de los caminos del mar y … forman entre sí, y a veces entre ellas y el continente, aguas relativamente tranquilas, siempre preferidas por la navegación”. Tal es el caso del archipiélago egeo (Cícladas, Espóradas, Dodecaneso) en la parte levantina, y de las islas que, en el sector medio del Mediterráneo, se hallan entre la costa de África y Sicilia (Malta, Pantelleria, Lampedusa).

Tal es el también el de las islas dálmatas del Adriático que, junto a las jónicas (Cefalonia y Corfú entre ellas), facilitan notablemente la navegación que une a Venecia con Creta, punto clave de la gran ruta comercial, que pasando por Chipre, llega a las costas de Siria y luego se extiende más allá de Estambul. Afirma Fernand Braudel que para la potencia veneciana estas islas constituyen “una verdadera flota inmóvil de Venecia”. Parecida es también la virtud, para los efectos de facilitar las comunicaciones en el oeste, del eslabón de que forman parte Sicilia y las islas de las proximidades (Stromboli, Sotavento, Lípari), las del archipiélago toscano (siete islas, Elba ciertamente la más conocida), las islas ubicadas a lo largo de las costas de Provenza, y más todavía hacia el poniente las Baleares.

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Capri, jardines romanos, vista de los farallones

Entre las islas pequeñas y minúsculas, algunas se han hecho famosas: por ejemplo, las islas venecianas -Murano y Burano entre otras-, el islote de If, en el archipiélago de Frioul, frente a Marsella, que nos recuerda la prisión del novelesco conde de Montecristo, o Capri, residencia del emperador Tiberio, sucesor de Augusto. Muchas de ellas, áridas, inhóspitas, aunque nunca despreciables para el navegante en apuros. “Por muy limpio que aparezca dibujado su contorno en los mapas…, no hay una sola porción del litoral mediterráneo… que no se halle flanqueado por gran número de islotes y rocas”.

No obstante la precariedad de la vida insular, muy difícilmente autosuficiente, casi siempre amenazada por la falta de abastecimientos elementales, a veces por el hambre, por los piratas, por la guerra; no obstante la tendencia refractaria a los cambios que suele manifestarse en ellas, a quedarse en las formas tradicionales de la vida rural, tanto más primitivas cuanto se avanza hacia el interior de las islas, suelen ellas tener una presencia significativa en la historia.

Para el tráfico marítimo en caso de guerra, las islas pueden ser de importancia decisiva . También, por supuesto, según ya ha quedado sugerido, para el intenso intercambio comercial que se desarrolla en el Mediterráneo.

Juegan ellas, además, un papel trascendente en las transferencias de cultivos, de técnicas, de artes, de costumbres y de modas. Braudel ejemplifica lo primero con el caso de la caña de azúcar, que llega a Egipto de la India, de donde pasa a Chipre, lugar en que se implanta en el siglo X para luego transferirse a Sicilia en el siglo XI y de allí seguir expandiéndose hacia el oeste y más allá del estrecho de Gibraltar.

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Rutas de la seda: entre el Extremo Oriente y las islas del Mediterráneo

En la expansión de la sericultura, esto es, de la industria de la seda a partir de las técnicas para criar los gusanos de la morera y aprovechar sus capullos, también las islas juegan un rol importante, como asimismo en la difusión de las modas y los gustos de Oriente. “Sí, -nos confirma el historiador francés- los zapatos de punta remangada y las tocas triangulares, que para nosotros marcan con tanta fuerza una época de nuestra historia, que evocan por sí solos la vida un poco alocada de la Francia monárquica y señorial, la de Carlos VI y las Ricas Horas del duque de Berry, todo esto había hecho ya las delicias de los chinos del siglo V… Pues bien, esta lejana herencia llegó al Occidente por conducto de los reyes de Chipre”. Los ejemplos se podrían multiplicar.

Pero si las islas juegan un papel en la economía mediterránea, no es siempre para su beneficio, sino más bien para el de las necesidades de las potencias que marcan la gran historia y para los poderosos intereses mercantiles y financieros, que se precian de ser capaces de derribar cualquier obstáculo.  “¡Cuántas islas fueron invadidas de este modo por cultivos foráneos que no tienen razón de ser sino en relación con el mercado mediterráneo, y aún con el del mercado mundial. Estos cultivos destinados a la exportación -como consecuencia de decisiones económicas foráneas- amenazan con frecuencia el equilibrio de la vida insular” y suelen ser responsables del insuficiente abastecimiento de productos esenciales y de la hambruna. Y así, lo que, por ejemplo, lo que para Sicilia significa el cultivo invasor del trigo, es para Chipre el algodón, la vid y el azúcar, la vid nuevamente para Candia (Creta) y Corfú. Djerba, la isla del litoral tunecino, es un gran productor de aceite de oliva excelente, barato y adecuado a todos los usos, exportado principalmente a España y a partir de 1591, también a Inglaterra.

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Corfú (Kerkyra en griego), frente a Albania y Grecia

Aunque no siempre esta clase de actividades merece ser calificada de ajena al interés de las economías isleñas.  Suelen ser desarrolladas en gran escala como riqueza esencial necesaria para su provecho, como lo muestran, según Fernand Braudel, los casos de Ibiza, que es la isla de la sal; de Naxos, famosa por sus vinos blancos y claretes;  de Elba con sus yacimientos de hierro. Como también el de Rodas, que tanto bajo dominio veneciano como turco -éste, a partir de 1522- pudo aprovecharse de su posición para ejercer a su vez hegemonía sobre otras islas, en provecho de su economía.

Y el de Patmos, que en el Archipiélago del Dodecaneso como Rodas, tiene una producción atípica, ya que es la patria del “pueblo más pendenciero de todos los insulares, después de Samos”, que vivía al parecer del producto de sus rapiñas, en detrimento tanto de cristianos como de turcos.

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Patmos, nido de piratas en el siglo XVI. En esta isla, en la cual estaba desterrado, habría tenido San Juan la experiencia del apocalipsis del Nuevo Testamento

© Lino Althaner

Engalanada como una novia

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Luego vi un cielo nuevo y una nueva tierra… Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia para su esposo. Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: “Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él… será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado
(Apocalipsis 21).

 

Jerusalén Celestial - Beato de Liébana, Apocalipsis de Silos, c.1100

Jerusalén Celestial – Beato de Liébana, Apocalipsis de Silos, c.1100


En el interior de una catedral gótica se nos hace comprensible el complejo juego de fuerzas que sostiene en su sitio a la elevada bóveda. Allí no existen muros compactos ni macizos pilares en parte alguna. El conjunto interior parece entretejido de flechas y vigas sutiles: su red cubre la bóveda y se desliza a lo largo de las paredes de la nave para ser recogida por los pilares que forman como haces de varillas de piedra. Hasta los ventanales están distribuidos en medio de esas líneas entrelazadas, conocidas con el nombre de tracería.

Las grandes catedrales, iglesias episcopales (cathedra: sede del obispo) de finales del siglo XII y principios del XIII, fueron concebidas en tan atrevida y magnificente escala que pocas, si es que hubo alguna, se concluyeron exactamente como habían sido planeadas. Mas con todo, y tras las muchas alteraciones que tuvieron que sufrir con el curso del tiempo, sigue proporcionando una experiencia inolvidable penetrar en estos vastos interiores cuyas dimensiones parecen empequeñecer todo lo simplemente humano y minúsculo. Apenas podemos imaginar la impresión que esos edificios debieron causar en quienes sólo habían conocido las pesadas e inflexibles estructuras del estilo románico. Esas iglesias más antiguas, en su solidez y en su fuerza, pudieron expresar algo de la Iglesia militante que ofrecía protección contra los ataques del mal. La nuevas catedrales proporcionaban a los creyentes un reflejo del otro mundo.

 

Santa María de Cracovia

Santa María de Cracovia


Habrían oído hablar en himnos y sermones de la Jerusalén celestial, con sus puertas de perlas, sus joyas inapreciables, sus calles de oro puro y vidrio transparente (Apocalipsis 21). Ahora esa visión descendió del cielo a la tierra. Las paredes de esos edificios no eran frías y cerradas. Se hallaban formadas de vidrios coloreados que brillaban como una piedra preciosa. Los pilares, nervios y tracerías se realzaban con oro. El fiel que se entregase a la contemplación de toda esta hermosura sentiría que casi había llegado a comprender los misterios de un reino más allá del alcance de la materia. 

 Hasta cuando se miran de lejos, estas construcciones maravillosas parecen proclamar las glorias del cielo. La fachada de Notre-Dame de París es, tal vez, la más perfecta de todas ellas. Tan diáfana y sin esfuerzo aparente es la distribución de pórticos y ventanales, tan flexible y gracioso el trazado de las galerías, que nos olvidamos del peso de este monte de piedra, pareciendo elevarse el conjunto de la estructura ante nuestros ojos como un espejismo.

 

Catedral de Amiens

Catedral de Amiens


Existe un sentimiento análogo de luminosidad e ingravidez en las esculturas que como huéspedes celestiales flanquean los pórticos… -y casi cada una de esas figuras- está claramente señalada con un emblema para que su sentido y su mensaje fueran comprendidos y meditados por el creyente. En conjunto, forman como una completa corporización de las enseñanzas de la Iglesia -aunque esta vez- el escultor gótico ha emprendido su tarea con un nuevo espíritu. Para él, esas estatuas no son sólo símbolos sagrados, solemnes evocaciones de una verdad moral, sino que cada una de ellas debió ser una figura válida por sí misma, distinta de su compañera en su actitud y tipo de belleza, para lo cual revistió a cada una de dignidad individual
 (E. H. Gombrich, La historia del Arte).

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El estilo gótico. Sus huellas arquitectónicas en el mundo europeo son múltiples y variadas. Desde el gótico primero, pasando por el  gótico florido, el gótico flamígero, y en Inglaterra, por el gótico decorado y el gótico perpendicular. Sus influencias. Pensar, por ejemplo, en la imponente cúpula de la florentina Santa María in Fiore, construida en la primera mitad del siglo XV por Brunelleschi, que no es posible sin el precedente de las técnicas de abovedamiento góticas.  

 

Santa Maria del Fiore - Cúpula de Brunelleschi

Santa Maria del Fiore – Cúpula de Brunelleschi


Nos trasladamos al siglo XX y allí apreciamos, por ejemplo, la influencia gótica en la obra genial de Gaudí. También en la utopía mística y arquitectónica de las casas y ciudades de cristal imaginadas por Bruno Taut y Paul Scheerbart. Este de las relaciones del gótico con otros estilos y de las influencias ejercidas por él a lo largo del tiempo, es un tema en el que sin duda habrá que profundizar.

Los misterios que circundan al estilo gótico. Fulcanelli, por ejemplo, un escritor esotérico del siglo veinte, se empeña en darle al templo gótico el carácter de un código cifrado, en que no faltan las referencias a la alquimia, a la cábala, a saberes mitológicos y paganos, corriendo paralelas a su significado cristiano.  Carezco de fuentes confiables sobre la materia.

Es que, además, una época tan lejana y distinta a la nuestra, y tan desfigurada tanto por sus defensores como por sus detractores, es apta para generar preguntas como también  para dar lugar generoso a la imaginación en la fundamentación de una respuesta, sobre todo en materias en que no se dispone de fuentes documentales suficientes.

 

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Lino Althaner

Las visiones (5)

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Extraña visión, la de un orbe separado en cinco partes -correspondientes a los cuatro puntos cardinales y a una porción central- que se regulan mutuamente con sus cualidades originarias y se corresponden con los cinco sentidos del hombre.  El conjunto es susceptible de entenderse como la oportunidad que se da al ser humano, si no se encuentra en el número de los que desde ya se deleitan en la luz, para su perfeccionamiento y restauración a través del arrepentimiento y la penitencia.

Tal es el sentido de la vida terrenal, después de la caída de Adán.

 

Libro de las Obras Divinas - Segunda parte

Libro de las Obras Divinas – Segunda parte


Hacia el oriente -que en la imagen se muestra a la izquierda- se puede ver un globo rojo rodeado de un círculo de color zafiro, rodeado de dos alas que se despliegan, curvándose, hasta mirarse entre sí. Estas dos alas representan, en la visión de Hildegarda, la protección divina del hombre, que se manifiesta “en lo próspero y en lo adverso, es decir, en la dulce inspiración y en el duro reproche”, En ese mismo extremo oriental se puede advertir un edificio en forma de castillo que asciende hacia el globo, figurando “la ciudad construida de piedras vivas bajo la protección divina,” esto es, la “civitas Dei”, que “dirige su mirada hacia el juicio de Dios, glorificándolo.”

 

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El castillo, el globo rojo rodeado de zafiro, el camino, la estrella, circundados por las alas protectoras de Dios


El globo rojo rodeado de zafiro figura el juicio omnipresente de Dios sobre los hombres, en el cual prima la misericordia sobre el rigor. Desde allí, un camino se extiende y al cabo del mismo refulge una estrella brillante.

Y se representa así cómo, “desde los juicios del poder de Dios hasta la perfección de sus protecciones, se dirige una vía, sobre la cual florece la divinidad, donde aparece el Hijo encarnado de Dios, nacido de la Virgen; y le sigue con fuerza y con piadosa devoción una gran multitud que ama la virginidad y que acoge la perfección”.

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Así como las alas superiores protegen el camino de las almas hacia lo alto, otro par de alas desciende hasta la mitad de la redondez de la tierra, “inclinándose hacia la plenitud de la buena voluntad de los hombres y poniéndola al amparo del verdadero amor”.

En cuanto a la otra mitad del orbe, está ella circundada por un arco de color rojo rodeado de tinieblas. Es que, conforme a la visión de Hildegarda, “desde la perfección, con la que Dios favorece misericordiosamente a los que lo veneran, el fuego de su celo, a través de la venganza, con justa medida juzga a los que caminan fuera del ámbito de las buenas obras y a los que están fuera de la integridad de la verdadera fe”.  Hacia el extremo inferior,  las horribles fauces de un dragón amenazan con devorar la tierra. Es el “antiguo enemigo”, que “insiste ardientemente en contaminar al hombre con los horrores del odio, del homicidio, de la guerra, y de todos los crímenes imaginables.

Esta segunda parte del Libro de las Obras Divinas -que consta de una sola visión-  incluye también una interpretación de la historia humana basada en los cuatro caballos del Apocalipsis (6). El último caballo, de color pálido, cuyo jinete se llama Muerte, le sirve para representar “aquel tiempo -nuestro tiempo- en el que las cosas legales y plenas de la justicia de Dios serán consideradas en nada, como palidez, cuando los hombres digan: ‘No sabemos qué debemos hacer, y los que nos recomendaban hacer estas cosas, no saben qué decirnos’; y así, sin temor ni temblor del juicio de Dios, despreciarán estas cosas, y harán esto por persuasión diabólica”.

Termina esta parte con un extenso comentario del capítulo primero del Génesis, que trata de la creación del mundo, en que se recurre a los diversos elementos interpretativos, el literal, el espiritual y el moral, para concluir que la maravilla de la creación, con todos sus perfectos componentes y ornamentos en el cielo y en la tierra, coronados el séptimo día por el santo descanso de Dios, “se cumplen alegóricamente en los hijos de la Iglesia y en los que están bajo la fe cristiana, a través de la Encarnación del Hijo de Dios y de la predicación del Evangelio y de la obra del Espíritu Santo”. Y que “igualmente se cumplen tropológicamente estas mismas cosas en el progreso y la perfección de cada fiel”.

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Se descubre también en esta visión la idea de que cayendo en el pecado ha destruido el hombre su estado de bondad original, arrastrando a las otras creaturas al sufrimiento. A a un estado de irredención que exigirá la acción de Dios. Sólo la encarnación de su Hijo es capaz de abrir al hombre el camino de la conversión hasta que llegue la plenitud de los tiempos. Este tiempo de plenitud llevará al mundo, tal como lo conocemos ahora, a su estado original de paz y permitirá contemplar a los elegidos formando parte del décimo coro de ángeles de Dios. 

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Lino Althaner

Mujeres unidas a Dios (Mechthild de Magdeburgo e Hildegarda de Bingen)

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Soy una pluma en el aliento de Dios
Hildegarda de Bingen

Indagar en el proceso creativo, en el tipo de inspiración que guía a los grandes místicos en la redacción de sus textos, es internarse en un camino misterioso. Atendiendo a los testimonios que ellos mismos nos han dejado, podría hablarse ciertamente de influencias sobrenaturales, de flujos divinos de luz que descienden hasta el autor y hacen presa de él, determinándolo a ponerse a la obra y a poner por escrito unas palabras, unas imágenes o unos sones que le son susurrados desde un ámbito distinto.

Así, Mechthild von Magdeburg (1207-c. 1282/94) dice de su libro “La luz que fluye de la divinidad” (“Das fliessende Licht der Gottheit”) que Dios lo ha hecho -según verbalmente se lo ha declarado- “por no poderse abstener de dispensar su don” y con el objeto de que la Luz fluya a todos los corazones que viven en la tierra sin falsedad alguna. Y expresa más adelante, para no dejar dudas al respecto.

“La escritura de este libro ha sido vista, oída y recibida, con admiración en todos sus cantos.
Yo misma no puedo escribir nada, lo veo con los ojos de mi alma y lo oigo con los oídos del mi espíritu eterno y siento en todos los miembros de mi cuerpo la fuerza del espíritu sagrado.”
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Señor, Padre celestial, tu eres mi corazón - Señor, Jesucristo, tu eres mi cuerpo - Señor, Espíritu Santo, tu eres mi aliento (Initiativkreis Kloster_Helfta.e.V.Durach_mitte)

Señor, Padre celestial, tu eres mi corazón – Señor, Jesucristo, tu eres mi cuerpo – Señor, Espíritu Santo, tu eres mi aliento (Copyright – Initiativkreis Kloster Helfta.e.V.Durach)

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Se trata aquí del hombre creador como si no fuera más que un receptáculo destinado a contener el mensaje divino para luego darlo a conocer. No se trata ciertamente de cualquiera persona sino de una carente de un ego que obture la comunicación con la divinidad; se trata de un ser enajenado, carente de voluntad propia, entregado en cuerpo y alma a su Dios. Porque

“El magno fluido del amor divino, que nunca se detiene, que emana siempre, sin pausa y sin trabajo manual alguno, siempre infatigable y jovial, de manera que nuestro pequeño vasito se colma a rebosar; si nosotros no lo obturamos con nuestra propia voluntad, nuestro pequeño vaso rebosa siempre siempre de ese don de Dios.”

La obra de Hildegard von Bingen (1098-1179) es ejemplo también de la conciencia que suele tener el místico del hallarse comunicado con la fuente suprema de la inspiración creadora. Así, en el prólogo de una de sus obras principales obras, el “Scivias” (“Conoce” las vías del Señor) declara tajantemente que su libro no es sino un testimonio de la verdadera visión que fluye a ella desde Dios. La  autora no es sino un simple medio en las manos de su Hacedor.

Nos lo expresa la misma imagen de Hildegard que preside el libro.
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Liber Scivias - Códice de Rupertsberg

Liber Scivias – Códice de Rupertsberg

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La ilustración nos muestra a una escribiente sobre cuya cabeza confluye una corriente de rayos o “lenguas de fuego”, similares a los que debieron iluminar a apóstoles de Jesús de Nazaret para Pentecostés. Estos rayos brillan en los ojos de la arrebatada monja benedictina. Se trata de una irradiación luminosa efectuada en oro y que cae verticulamente sobre la figura de quien escribe. Como señala H. E. Keller en un artículo contenido en el libro “Mística y creación en el siglo XX”, editado por Victoria Cirlot y Amador Vega (Herder, 2006), se representa aquí el momento en que la autora, Hildegard von Bingen, a sus cuarenta y tres años, recibió temerosa el extraordinario resplandor de una visión celestial, la cual le da a conocer lo que ha de escribir.

La siguiente imagen corresponde a otra página del mismo libro.
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Liber Scivias - Códice de Rupertsberg

Liber Scivias – Códice de Rupertsberg

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Como advierte nuevamente H. E. Keller, en la figura destinataria del flujo de la luz divina “no se puede reconocer ningún rostro; de hecho, toda la cabeza queda difuminada en un torrente de oro que fluye hacia abajo procedente del seno de la figura entronizada en el segmento superior de la ilustración. El gesto de bendecir, la actitud mayestática de toda ella y el libro que sostiene en la mano izquierda revelan que la figura irradiante es Cristo, evocando la composición toda el contexto del Apocalipsis… El torrente de oro, que cae vertical y que inunda la figura, corresponde a aquella “corriente de aguas vivas, claras como el cristal”, que Juan ve manar del trono de Dios y del Cordero (Apocalipsis 22, 1-5).”

Hildegard von Bingen, conocida como Santa Hildegarda y también como la Sibila del Rin, por su espíritu iluminado y profético, no solamente fue escritora mística y visionaria, sino que también sobresalió como autora de libros de botánica y medicina y fue fecunda en epístolas que muestran sus relaciones con los más importantes personajes de la época. Fue abadesa benedictina del monasterio de Rupertsberg, declarada Doctora de la Iglesia por el Papa Benedicto XVI el año 2012.

Toda su obra está de verdad impregnada, a mi juicio, de esa elevada espiritualidad que la hace fundirse con la fuente de la Luz y recibir de ella la inspiración para dar forma y contenido a su numerosa obra.

Fue también Hildegard una destacada compositora de música religiosa y litúrgica.
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El video, grabado en la Iglesia del Espíritu Santo de Copenhaguen, nos muestra a la mezzo soprano Elisabeth Ørsnes Gadegaard interpretando, a cappella, el himno “O aeterne Deus”, de Hildegard von Bingen. He aquí la letra de este himno en latín:

O aeterne Deus, nunc tibi placeat,
ut in amore illo ardeas,
ut membra illa simus,
quae fecisti in eodem amore,
cum Filium tuum genuisti
in prima aurora,
ante omnem creaturam
et inspice necessitatem hanc,
quae super nos cadit,
et abstrahe eam a nobis propter Filium tuum,
et perduc nos in laetitiam salutis.

© 2014
Lino Althaner

¿Está el hombre poniéndose obsoleto? (1)

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Poco parece tener en común esta imagen de Arsenio el anacoreta – bello anciano de barba envidiable – con los dos libros que esperan sobre mi escritorio. Pero ya lo verán. La decadencia de lo humano, de Konrad Lorenz, y La obsolescencia del hombre, de Günther Anders, son los libros. El primero espera un comentario. El segundo espera a ser leído. El de Lorenz, premio Nobel de Medicina y Fisiología del año 1973, trata de los cambios increíblemente acelerados que experimenta  la civilización en las últimas centurias y de las crecientes y muy sufridas dificultades adaptativas del homo sapiens para asimilarlos sin sacrificar la esencia de su condición. El de Anders, el “filósofo de la barbarie” del magnífico siglo XX, se refiere al hombre oscurecido en el mundo de la técnica, que se afana como un loco que crece y produce y descubre y fabrica en forma acelerada sin imaginar las consecuencias de su hiperlaboriosidad y de su patológica inflación, que lo hacen desembocar en tragedias demenciales y autodestructivas. Una frase de Anders define al parecer la orientación de su pensamiento: “los residuos radiactivos son los símbolos de nuestra época”. Me imagino la negrura de su pronóstico.

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Se trata de libros que dicen cosas muy desagradables. Y yo no necesito que me estén recordando la caída creciente del hombre, que me temo de pronto que se haga decididamente vertical. Y aunque las impresiones que recibo en el mismo sentido son a veces un tanto provincianas y más bien de la rutina del diario vivir, no por ello, a mi juicio, son menos significativas.
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Comencemos por lo más pequeño. Los días en que hay un partido de fútbol en que la selección nacional disputa su paso a octavos de final en un torneo no muy importante y con un equipo de tercera categoría como rival, me acuerdo especialmente de la caída: para ser más preciso, cuando escucho el bestial griterío que provoca el gol del empate, y los bocinazos, y las celebraciones, y los destrozos posteriores. Y si gana la selección o llega a semifinales, la cosa se acerca todavía más a una simiesca pesadilla: entonces, es como si se abrieran los cielos y cayera sobre mí todo el peso de una funesta revelación.
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Les parezco exagerado. Porque algo parecido me ocurre cuando voy a un cine de la comuna de La Reina y me veo rodeado de monstruosos bebedores de pepsi-cola y degustadores de pop corn, familias enteras que mastican y tragan, en anómalo éxtasis, la quintaesencia de la chatarra, mientras trato de concentrarme en la película. Y cuando el espectáculo termina, cómo queda la sala convertida en un chiquero. Otro rayo negativo. En fin, se multiplican diariamente las revelaciones de este tipo: malas palabras, prisas y cacofonías. Garabatos y bocinas. Señales por doquier de fealdad y sinsentido. De hidalguía perdida, de nobleza tirada a la basura.
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Las protestas y las represiones, la inestabilidad de los mercados, el fracaso de los políticos, el descontento generalizado, el escepticismo  y el desencanto son menos provincianos. Se repiten en todo el mundo con parecidas características.
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¿En Libia o en Siria, qué se cuenta, y en la franja de Gaza, qué se sigue contando? ¿Qué opinan los millones, en Sudán, Etiopia y Abisinia, por ejemplo, que en la rutina del hambre se siguen muriendo? ¿Qué opinan los gobiernos y qué hacen? ¿Los cien hombres más ricos del mundo? ¿Qué hacen la ONU, la OTAN, el FMI, la OEA? Para los grandes problemas, soluciones de parche. ¿Qué cuentan los japoneses contaminados tras el desastre de Fukushima? Para las grandes dolencias, agua de las carmelitas. Y seguimos adelante, como si nada ocurriera. ¿Qué hacemos tú y yo,  en el instante peligroso, propio del mundo transformado.
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¿Quién vendrá en nuestro auxilio?
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Según mi amigo Carlos, la única posibilidad de salvación se halla en el fin de los tiempos, según él muy cercanos, que tendrían que manifestarse con todo el dramático movimento, la inigualable simbología  y la policromía del Apocalipsis de Juan. Es posible. Sus razones son buenas, aunque a mí no me parece que esa sea la única la alternativa.
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Concuerdo con él, sin embargo, en que no nos traerán la salvación ni los economistas ni los intelectuales. Ni tampoco los tratados ni las leyes y decretos que tejen las organizaciones globales y los gobiernos. Ni los préstamos de los bancos internacionales. Ustedes yo creo ya saben por qué. También estoy de acuerdo en que la salvación del hombre – del hombre neurótico y deprimido, esclavizado y olvidado de sí mismo, rabioso y sediento de la sangre y del espíritu de sus semejantes – no depende de ninguna institución.
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Tampoco de libros como éstos, el de Lorenz o el de Anders, por muy buenos que sean, porque ¿a quiénes moverán? Por clara que sea la prognosis en ellos razonada, ¿provocarán acaso alguna reforma significativa o alguna revolución? Las reformas siempre dejan las cosas un poco peor de lo que estaban. ¿Y de qué sirven las revoluciones, siempre bestiales y sangrientas, cuya estupidez ha quedado a la vista una y otra vez? ¿Serán capaces de provocar un cambio tan significativo en la conciencia colectiva? Si, por lo demás, la opinión pública o la conciencia de la humanidad están olvidadas de lo que importa de verdad.
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Pero hay otro recurso disponible. Lo tenemos al alcance de la mano, pero no es de tan fácil acceso.
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En la próxima entrada les hablo de él.

© 2014
Lino Althaner

 

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