Los recuerdos del Gran Depredador – My Lai (Vietnam, 1968)

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Yahvé nuestro Dios nos lo entregó y lo derrotamos a él, a sus hijos y a toda su gente. Nos apoderamos entonces de todas sus ciudades y consagramos al anatema toda ciudad: hombres, mujeres y niños, sin dejar superviviente… Desde Aroer… hasta Galaad, no hubo ciudad inexpugnable para nosotros; Yahvé nuestro Dios nos las entregó todas.
(Dt 2, 33-36)

 

Es la memoria del Gran Depredador como una enorme Enciclopedia de recortes de la historia de todas las gentes, todos ellos marcados por un mismo objetivo: el exterminio despiadado de un conjunto de individuos que han sido identificados sin mucha rigurosidad como el enemigo; objetivo que debe cumplirse frecuentemente sin sujeción a ninguna limitación de orden moral y desplegando en el procedimiento la mayor eficiencia posible, que es exacerbada ciertamente por los medios cada vez más refinados, limpios y precisos, que pone al alcance del hombre la tecnología de la aniquilación. Llevan a cabo la tarea hombres normales que de pronto se han vuelto peores que la más sanguinaria de las bestias, hombres de todos los pueblos.  Entre las conclusiones que se pueden extraer de los recuerdos del Gran Depredador es que la Humanidad está hecha enteramente del mismo material, y que todos sus miembros comparten semejantes capacidades para el bien y para el mal, sin que influyan significativamente ni su origen racial, ni su ideología o sus creencias. Llegado el caso, todos son capaces de experimentar la atroz metamorfosis. Y si bien podría afirmarse que los individuos de la especie están primordialmente dispuestos al bien, también se debería aseverar que ninguno está exento de convertirse de pronto en un monstruo de maldad. Decisivas circunstancias, no siempre fácilmente identificables, suelen incidir en que la balanza se incline por una u otra alternativa.

De la inconmensurable lista contenida en su memoria me he demorado un poco en elegir una docena de ejemplos significativos. Pero el Gran Depredador tiene la experiencia incomparable de una vida de milenios y es por ello muy escéptico en cuanto al provecho que pueda resultar para la Humanidad de la evocación de tales recuerdos, por muy imparcial, objetiva y bienintencionada que ella sea, que nunca lo es del todo. Suele el Gran Depredador esgrimir en defensa propia el dudoso argumento de que actúa obedeciendo al mandato de potencias o intereses superiores, sin interés alguno de carácter personal. Lo que es ciertamente una falacia.

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El horror de My Lai, uno se resiste a creerlo. Es tan insondable el abismo en que se hunde en estos casos el victimario, que uno termina por compadecerlo casi en la misma medida que a las inocentes víctimas de su hirviente sed de sangre. Después de todo, él es también una víctima, lo es de la burocracia bélica, la más fría e inhumana de todas, que somete a los hombres que la integran a un ciego obedecimiento del que está ausente toda inclinación compasiva. Es la víctima del más estúpido de los adoctrinamientos. Todo ello es lo que suele condicionar a los responsables de una masacre semejante a la ocurrida en la aldea vietnamita de My Lai.

Las órdenes parecen simples. Se trata de ubicar y destruir al enemigo con la máxima ferocidad, de manera que la acción sirva de revancha por las bajas ocasionadas por el Vietcong tras siete semanas de guerra de guerrillas. Pero lo que las complica es el proceso de interpretarlas y de llevarlas a cabo, se supone que con proporcionalidad y con sujeción a las leyes de la guerra, siendo evidente el peligro si la tarea de transformar las órdenes en hechos es puesta en manos de una persona desequilibrada por el horror que está viviendo, trastornada por la ira o por el miedo, puesto en entredicho su sano discernimiento. Así, en manos de un teniente cualquiera, unas instrucciones que podrían haber significado, aparte de enfrentarse decididamente al enemigo armado, destruir cultivos y ganado, quemar algunas casas y contaminar los pozos, se resuelven en una acción de la que está ausente todo enfrentamiento entre combatientes, y que se traduce en exterminar a todo lo que se mueva y tenga aliento, animales, hombres, mujeres, ancianos y niños, todos indefensos. Con la justificación de que todos los aldeanos prestan ayuda al enemigo, de una forma u otra, y son por lo tanto el enemigo. Por lo que concierne a los niños, con el pretexto de que cada uno de ellos es en potencia un futuro integrante del Vietcong.

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Un breve recuento de los hechos: A primera hora de la mañana, se transportó a los soldados hasta la aldea en el helicóptero. Muchos dispararon mientras se desplegaban, matando tanto a personas como a animales. No había señal alguna de la existencia de fuerzas del Vietcong y durante todo el día no se produjo un solo disparo contra la compañía Charlie, pero ellos continuaron con las acciones violentas. Quemaron todas las casas de la aldea. Violaron a las mujeres y a las niñas y luego mataron a los hombres. Apuñalaron a algunas mujeres en la vagina y destriparon a otras, o les amputaron las manos o les arrancaron el cuero cabelludo. A las embarazadas les abrieron el estómago y las dejaron morir. Hubo violaciones colectivas y asesinatos por disparos y con bayoneta. Hubo ejecuciones en masa. Doscientas personas, incluso ancianos, mujeres y niños, fueron ametrallados en una zanja. En cuatro horas, se dio muerte a cerca de quinientos aldeanos. Así se cumplieron las órdenes recibidas. Los oficiales ordenaron. La tropa, como toda masa irresponsable, obedeció sin rechistar.

El Gran Depredador, barajando sus recuerdos más recientes, de las guerras mundiales, del Gulag y de Auschwitz, de China bajo la viuda de Mao, de Cambodia y de Yugoslavia, de la guerra del Golfo, de Siria y de Tierra Santa, y tantos otros más o menos horripilantes, reflexiona de manera incuestionable: “Me comporto tal cual soy capaz de ser, llegado el momento adecuado.”

Testimonios de My Lai

Siendo yo uno de los sargentos que habíamos entrenado a la Compañía Charlie, me complacía mucho su comportamiento. Resultaron muy buenos soldados. El hecho de que fueran capaces de entrar en My Lai y ejecutar las órdenes que se les había dado es resultado directo, pienso, de la buena formación recibida.
Sargento Hodges

Para pensar de esta manera existen los sargentos en todos los ejércitos de la tierra.

Matar de esa manera a un conjunto de civiles -bebés, mujeres, ancianos, gente desarmada, indefensa- estaba mal. Todo norteamericano lo sabía. Y sin embargo, esta compañía aquí instalada, aislada, no veía las cosas de la misma manera. Estoy seguro de ello. Este grupo de personas era lo único que importaba. Era el mundo entero. Lo que ellos pensaban que estaba bien, estaba bien. Y lo que pensaban que estaba mal, estaba mal. Se habían invertido las definiciones de las cosas.
M. Bernhardt

En el ámbito de la guerra, prima la lógica de la guerra, que es la locura. Una vez que te vuelves loco, ya no puedes parar. Todo el despliegue increíble de la locura es para tí normalidad.

Pero como yo digo, después de matar al niño, perdí la cabeza. Y una vez que empiezas, es muy fácil seguir. Una vez que empiezas. Lo más difícil, lo que resulta más difícil, es matar, pero una vez que matas, se vuelve más fácil matar a la persona siguiente y a la siguiente y a la siguiente. Sin sentido. Sólo mataba. Puede ocurrirle a cualquiera.
V. Simpson

 

My Lai, Vietnam

Pero el Gran Depredador no se inmuta. Es su naturaleza que le lleva a actuar como una bestia, si las circunstancias lo exigen. Es un Gran General, una especie de señor de los ejércitos terrestres, que habita en su mente inconsciente, el que le manda ser así. Y él no puede sino obedecerle.

 

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Las citas y testimonios han sido extraídos de la obra del autor británico Jonathan Glover “Humanidad e Inhumanidad – Una historia moral del siglo XX” (Cátedra, 2001).

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© Lino Althaner
2017

 

El poder de la mente

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El hombre puro, sentado en su casa y pensando los rectos pensamientos, será oído a mil millas de distancia.

Proverbio chino

Christopher Beikmann

Christopher Beikmann


No importa cuan alejado estés y cuan solitario te sientas; si realizas tu trabajo a conciencia y verdaderamente, amigos desconocidos te buscarán y llegarán a tí.

Proverbio alquímico

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Solamente aquellos que han aprendido el arte de retirar sus ojos de la luz cegadora de las opiniones corrientes y que cierran sus oídos a los slogan efímeros, pueden recobrar lo esencial.

Carl Gustav Jung

*

Los textos seleccionados corresponden a una carta de Carl Gustav Jung al escritor, poeta y diplomático chileno Miguel Serrano, entonces embajador en la India. Está fechada el 14 de septiembre de 1960, ocho meses antes del fallecimiento del psiquiatra y psicólogo suizo, y se incluye, junto con otros interesantísimos documentos, en el libro de Serrano El círculo hermético (Editorial Kier, Buenos Aires 2004), en que relata su experiencia de amistad con Jung y Hermann Hesse, unidos los tres por su su empeño en preguntarse acerca de los misterios insondables del alma humana y del eventual poder de la filosofía oriental como instrumento para enriquecer la civilización cristiana de occidente.
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Los traigo a colación por su relación con la lectura del Libro Rojo, de Jung, que he comenzado recientemente.

Los dos primeros proverbios dicen, a mi entender, del supuesto poder de la mente profunda del hombre iluminado para proyectarse hacia otras mentes sin límites espaciales ni temporales, merced a su capacidad de engendrar imágenes que se atesoran en el inconsciente colectivo de la humanidad para surgir, inspirar y dar su fruto en el momento justo. Es un poder que sería capaz de generar secretas cadenas de amistad dispuestas a hacerse de pronto evidentes.   

El tercer texto es un comentario de Jung a un proverbio engañoso: Vox populi, vox dei, mayúscula trampa para quien aspire a aproximarse siquiera levemente a la verdad en cualquier orden de cosas.



© Lino Althaner

2014

Belleza peligrosa

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Abrí al azar mi Libro del Haiku y me encontré con éste, del maestro Issa (1763-1827):
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¡Qué bellos son 

los hongos,
los que matan!
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.うつくしやあら美しや毒きのこ
utsukushi ya ara utsukushi ya doku kinoko

it’s so pretty!
so pretty!
the poison mushroom

 

(foto de Steve Ashford, pintura de Ito Shinsui, 1917)


© Lino Althaner

2014

Libertad

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No seamos
lo que la política quiere que seamos:
cifras necesarias para hacer el número de votos necesario para manipularnos.
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No seamos
lo que el mercado quiere que seamos:
consumidores obedientes,
compradores disciplinados de lo innecesario,
necesitados siempre de alguna propaganda mentirosa
o de algún crédito usurario.

*

No seamos
lo que las institucionalidad religiosa -no las religiones mismas ni las auténticas espiritualidades-
suele querer que seamos:
esclavos de este dogma o de aquel al que Dios pareciera estar encadenado.

*

No seamos
lo que la civilización quiere que seamos:
si es la que han diseñado la política, la burocracia y el mercado
para florecer a su amparo.


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No seamos
lo que creemos que somos,
creyendo estar despiertos,
mientras dormimos y soñamos.

*

Para ser lo que somos de verdad


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debemos ser iluminados.
Es preciso que abramos los ojos a la realidad.

*

Este artículo es reedición de uno anterior: No seamos lo que quieren que seamos.
Las pinturas son del artista chino Bai Guowen.

(ArtKoo.net).

 © Lino Althaner
2014

Mariposas

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Stéphane Hette - Papillon Hanashikomu

Stéphane Hette – Papillon Hanashikomu


En la campana del templo
duerme una mariposa

profundamente.

Buson

 

Stéphane Hette - Papillon Saichuu hana

Stéphane Hette – Papillon Saichuu hana


Con qué sueñan, en las flores,

las mariposas
mudas.

Reikan 

 

Stéphane Hette - Papillon Kochaku

Stéphane Hette – Papillon Kochaku


¡Cómo se aman las mariposas!

Ojalá pudiera renacer
en la llanura de las mariposas.

Issa



© 2014
Lino Althaner

Haiku

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En la montaña se ocultan

detrás de las flores
otras flores.

Tôfu 

 

Hiroo Isono (1945)

Hiroo Isono (1945)


Junto al arroyo

una libélula vuela
detrás de su reflejo.

Chiyo-ni 

*

Los poetas se esfuerzan por hallar realidad tras la apariencia. Se presta para ello la expresiva economía del haiku.

© Lino Althaner
2014

El sonido del rocío

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Ahora que soy sordo

puedo oír claramente 
el sonido del rocío.


(Now that I am deaf/ I can hear clearly/ the sound of the dew).

 

Sumido en el vacío, el hombre es capaz de acceder a la esencia misteriosa de sí mismo, para desde allí quedarse contemplando el ser, la esencia de las cosas y la esencia de sí mismo. 

Este haiku, de autor desconocido, lo hallé citado en el libro La religión y la nada, del filósofo de la escuela de Kioto Keiji Nishitani (1900-1990). A juicio de este, el breve ilustra la potencia de la supraconciencia, que trasciende lo consciente y lo inconsciente, que se vive en la cercanía del sí mismo, el vacío de toda figura y de todo concepto. Nishitani, es un filósofo nihilista en el sentido de Eckhart y de Heidegger, que cree por lo tanto que la posibilidad de la existencia del ser descansa en el vacío. Se encuentra influido poderosamente por el pensamiento cristiano occidental pero desarrolla su filosofía en el ámbito del budismo.


© Lino Althaner
2014

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