Las montañas del Mediterráneo (2)

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Las montañas han solido ser tenidas como los barrios pobres del Mediterráneo. Sin embargo, esto es relativo. Advierte Fernand Braudel que en el siglo XVI había también lugares pobrísimos en comarcas no montañosas: tales las estepas de Aragón o las marismas pontinas del Lacio; pero tampoco faltaban en las serranías los sectores bastante favorecidos por la  naturaleza: por ejemplo, los valles situados en las alturas de los Pirineos. Las lluvias abundantes son, en las alturas, un factor de riqueza. Allí suelen abundar, por lo tanto, las tierras verdegueantes, dotadas de jugosos pastos y de espesos bosques. En otros sectores, la fortuna montañesa la hacen los recursos minerales del subsuelo.

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Pirineo aragonés 

Hay casos extremos, es cierto, de aridez y de pobreza. Fernand Braudel menciona algunos: el de la desolación que puede comprobar el embajador de Venecia cuando atraviesa la Alta Calabria en 1572 para reunirse en Sicilia con don Juan de Austria, el ilustre hermano de Felipe II; o del desamparo que se impone en la sierra Morena o en las sierras de Espadán; recuerda el paisaje abrupto de la Sierra de Bernia, en la cordillera Bética, que la hacía propicia a convertirse en centro de levantamientos moriscos como el ocurrido en 1526, con bastante anticipación a la rebelión y posterior guerra de las Alpujarras; y también se refiere a la inhospitalidad de los montes del interior de Sicilia. Casos semejantes podrían mencionarse unos cuantos más, de montañas estériles y hostiles incluso a la vida pastoril. Señala, sin embargo, el historiador francés, que no serían la regla general.

Se ha dicho que mientras la llanura es la zona en que prosperan las poblaciones de tipo urbano, la montaña sería la comarca del hábitat disperso y de las pequeñas aldeas. Afirmación que tampoco es válida sino de manera relativa. Hay ocasiones en que la llanura, como consecuencia de la agresión del invasor, del pirata o de la peste, se ve amenazada de saqueo, de devastación o de mortandad, se vuelve insegura. Entonces, qué le queda al habitante de la planicie sino preparar las maletas para refugiarse en el que ha elegido como su baluarte montañés, difícilmente accesible para el adversario de turno.

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Peillon, en Provenza, a 13 km. de Niza

Una cosa es con todo segura: “tanto si se habita en pequeñas aldeas como en pueblos grandes, la población montañesa resulta, por lo general, insignificante en comparación con los vastos espacios, de difícil tránsito, que la circundan, … y carentes, por tanto, de contactos e intercambios… La montaña se ve forzada a vivir de sí misma en cuanto a lo esencial; debe producirlo todo, como sea: cultivar la vid, el trigo y el olivo, aunque ni el clima ni el suelo sirvan para ello. Sociedad, civilización, economía: todo presenta aquí un carácter acusado de arcaísmo y de pobreza”. Pero también aquí es difícil proclamar una ley absoluta. Para ello bastaría traer a la memoria la cultura artística que florece en los Alpes o la civilización pirenaica, que florece por ejemplo en la forma de la vigorosa arquitectura románica que allí nace en los siglos XI y XII.

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San Clemente de Tahull, en el valle de Bohí, Cataluña

Se advierte en estas tierras encumbradas una tendencia general a  permanecer “al margen de las grandes corrientes civilizadoras, que discurren lentamente, pasando de largo” ante su presencia. “Capaces de extenderse ampliamente en sentido horizontal, estas corrientes parecen impotentes para ascender en sentido vertical ante un obstáculo de varios centenares de metros de altura”. Ni la misma Roma y su civilización triunfante significa mucho para estos mundos encaramados, reacios a dejarse impregnar con la corriente histórica imperante en la llanura.  La cultura latina, salvo excepciones, no se atreve a penetrar en tales parajes. Una situación que no se altera sustancialmente cuando la Roma de los Césares se muda en la de San Pedro y de los papas. Sólo con muchas dificultades y con mucha perseverancia puede avanzar el cristianismo en la tarea de evangelizar a los indómitos pastores y campesinos, la cual está todavía pendiente en el siglo XVI. En el Mediterráneo conquistado por el Islam, advierte Fernand Braudel, sucede algo parecido. De los bereberes del norte de África o de los kurdos del Asia Menor difícilmente podría decirse, aún hoy día, que hayan sido ganados del todo por la fe de Mahoma.

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Paisaje de Luberón

En otros sitios la montaña representa una zona de disidencia religiosa. Recordemos lo ya dicho acerca de la sierra de Bernia o de la sierra Nevada granadina. Algo parecido ocurre en Aragón. Cuando la llanura ha sido ya consolidada para el cristanismo, la fe y la cultura musulmana encuentran en las estribaciones montañosas la manera de susbsistir de alguna manera. Por otro lado, los esmirriados restos de los cátaros y de los valdenses perseguidos y exterminados de manera tan violenta durante la cruzada antihéretica del siglo XIII, encuentran refugio en el Luberón provenzal.

Hilos muy tenues suelen unir a las montañas con las creencias dominantes. La civilización se instala con dificultades en las alturas.Tiene en ellas un valor poco seguro. Confirma Braudel estas afirmaciones con varios ejemplos, demostrativos todos ellos del desajuste y del extraordinario rezagamiento de la vida montañesa, tanto en lo espiritual como en los demás aspectos de la civilización.

No es de extrañar que el folklore de estas comarcas este impregnado de una credulidad del todo primitiva, muy relacionada con la magia y la superstición que propician toda suerte de supercherías. “Extensas y virulentas epidemias diabólicas se extienden de un extremo a otro entre las aniguas poblaciones europeas, aterrándolas, sobre todo en las zonas altas, cuyo aislamiento las mantiene en estadios muy primitivos. Brujos, hechiceros, prácticas mágicas, misas negras: floración de un antiguo subconsciente cultural del que la civilización de Occidente no consigue liberarse”.

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Monte Brocken en el Harz

Montañas mágicas las hay por todas partes, de Alemania y Francia a los Alpes y a los Pirineos. El aquelarre es una forma misteriosa de catarsis, y también “una compensación social y cultural, revolución mental a falta de una revolución social llevada adelante con coherencia”.  La lectura de Braudel me recuerda en este punto la escena de la primera parte del Fausto en que Mefistófeles conduce a su víctima al monte Brocken, en las alturas Harz, para participar en el desenfreno de la Noche de Walpurgis.  En esta parte de su obra Goethe ha recreado de alguna manera esa realidad recargada de seres diabólicos, que impera sobre todo, aunque no exclusivamente, en las comarcas elevadas de una Europa no  lejana del bajo medioevo.

“El diablo recorre todos los caminos de Europa en el momento en que el siglo XVI toca a su fin, y más todavía durante las primeras décadas del siglo siguiente. Y parece que se adentra en España a través de los elevados pasos de los Pirineos. En Navarra, en 1611, la Inquisición castiga con severidad a una secta de más de 12.000 adeptos, los cuales adoran al diablo, le levantan altares y tienen trato familiar con él“.

© Lino Althaner

El mundo mediterráneo, según Fernand Braudel

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El Mediterráneo no es solamente un mar. Es un complejo de mares, en el cual se incluyen ámbitos regionales como, por ejemplo, los correspondientes a los mares Egeo y Jónico, Adriático y Tirreno. El Mediterráneo se interioriza en las profundidades del Mar Negro y parece esforzarse por comunicarse con el Mar Rojo: en el siglo XVI los turcos tuvieron en la mente un canal que atravesara la franja del istmo de Suez. Los hombres se ponen al servicio de sus energías  y desarrollan una actividad que crecientemente pone de manifiesto sus vínculos con las aguas exteriores del golfo Pérsico y principalmente con el océano Atlántico,  cruciales ambas para su propio destino.

mar mediterráneoEs este un mar poblado de islas, unas significativamente extensas como Sicilia y Córcega, discretas otras como Chipre, Creta y algunas de las antaño llamadas Espóradas y Cícladas, otras en fin diminutas como Malta o Pantelaria, situadas entre Sicilia y la costa africana de Túnez. La vida del Mediterráneo es la de sus islas, el de sus grandes penínsulas y el de sus costas, pródigas tanto en acogedores golfos como en acantilados y roqueríos que dan al mar abierto. Pero, como dice Fernand Braudel, “su vida se halla mezclada a la tierra, su poesía tiene mucho de rústica, sus marinos son, cuando llega la hora, campesinos tanto como hombres de mar”. Porque  el Mediterráneo es tanto el mar de los olivos y los viñedos como el de los estrechos barcos de remos o los navíos redondos de los mercaderes que lo recorren en el siglo XVI. Su historia “no puede separarse del mundo terrestre que lo envuelve, como la arcilla que se pega a las manos del artesano que la modela”. Por lo demás, su vida no se relaciona solamente con las tierras vecinas a sus orillas, sino que también con alejadas regiones, para las cuales se hace de pronto  significativa la red de vínculos materiales y culturales que las vinculan al mar interior y a las regiones accesibles a través de él.

Alejandría de Egipto, en la costa africana del Mediterráneo

Alejandría, milenaria ciudad egipcia en la costa africana del Mar Mediterráneo

En la época de que trata Braudel en su libro, poco a poco el mundo occidental deja de girar en torno al Mediterráneo -“de vivir para él, con él y ajustándose a su ritmo”- para desplazar su centro hacia el poniente atlántico. Gracias a los descubrimientos de Colón y de sus sucesores, por los caminos de este océano se vuelven accesibles a Europa las Indias americanas y se abren nuevos caminos para llegar a las de Catay y las islas de las especias. El hombre vive por primera vez plenamente la experiencia de la redondez de la tierra. Su mundo es ahora muchísimo más amplio. En esa inmensidad, el Mediterráneo pasa a ser una mancha en el mapa. Aunque no hay que fiarse de las apariencias.

También España se ve violentamente atraída, o tal vez empujada hacia el mundo Atlántico, sobre todo a partir de los últimos decenios de la centuria,  y no puede sino hacerlo, pues es allí donde su hegemonía se verá muy pronto amenazada. Baste pensar, con tal motivo, para entender de qué se trata, en la creciente conciencia española -cuando ha transcurrido casi un siglo desde los viajes de Colón- de la renovada configuración geográfica del inmenso imperio y en la aventura frustada de la Grande e Invencible Armada.

A propósito de ello, se pregunta Fernand Braudel si los grandes personajes que aparecen frecuentemente en las historiografías como gestores de los acontecimientos -en este caso, el mismo Rey Prudente o su medio hermano Juan de Austria, o sus antagonistas en Inglaterra o en Francia- no fueran tal vez más que juguetes de la historia, de una historia  que, antes que obra de las decisiones o indecisiones de tales personalidades, de sus fortalezas o de sus debilidades, es condicionada imperceptiblemente por otros factores, tales como los movimientos, casi atemporales, difícilmente perceptibles, que ocurren en la relación del hombre con el medio que lo rodea, fuerza poderosa esta que abre sus ojos al conocimiento y a la creatividad, a la aventura, a los afanes de relación, de intercambio y de competencia, y también los que se manifiestan en el mar de fondo de la historia social de los grupos y las agrupaciones, las economías y los estados, los pueblos y las civilizaciones, movidos tal vez, claramente en ciertas ocasiones, por circunstancias ajenas a la voluntad del individuo, del rey o del mariscal, por poderoso que sea.

  Retrato de Felipe II por Sofonisba Anguissola 1573

Nos dice Braudel que no nos fiemos demasiado de la historia de los individuos y de los acontecimientos, que nos muestra las oscilaciones breves, rápidas y nerviosas, “la agitación de la superficie, las olas que alzan las mareas en su potente movimiento”, y que es, por supuesto, “la más apasionante, la más rica en humanidad, y también la más peligrosa”. “Desconfiemos -insiste- de esta historia en ascuas, tal como las gentes de la época la sintieron y la vivieron, al ritmo de la vida, breve como la nuestra. Esta historia tiene la dimensión tanto de sus cóleras como de sus sueños y de sus ilusiones”. Más que en la agitación de la superficie, advirtamos las mareas que la producen. Todavía más, tratemos de investigar las profundas causalidades que ocasionan el movimiento de las mareas.

Porque los acontecimientos resonantes no son, con frecuencia, más que los instantes fugaces  en que se manifiestan “las grandes corrientes subterráneas y a menudo silenciosas cuyo sentido sólo se nos revela cuando abrazamos con la mirada grandes periodos de tiempo”. Solo una vez conocidos esos grandes destinos puede ser apreciado el fenómeno histórico por encima de su aparencia, y comprendido en su verdadero significado y en su real importancia. Para ello es preciso distancia temporal y falta de compromiso directo con los hechos analizados.

Cito a Fernand Braudel: “El lector que se dedicara a leer los papeles de Felipe II como si estuviera situado en el sitio de éste, se vería transportado a un mundo extraño, al que le faltaría una dimensión; a un mundo poblado, sin duda, de vivas pasiones: a un mundo ciego, como todo mundo vivo, como el nuestro, despreocupado de las historias de profundidad, de esas aguas vivas sobre las cuales boga nuestra barca, como un navío borracho, sin brújula”.

Orbis terrarum nova et accuratissima tabula

Orbis Terrarum Nova et Accuratissima Tabula, mapamundi del s XVII (1658), por  N. Visscher

Una imagen muy superficial y muy parcial de la historia, sería la que brindara una mirada en tal medida comprometida, demasiado cercana,  incapaz de ver más allá de las cuatro paredes de los afectos y de las antipatías del observador. Sin caer en tal extremo, es frecuente con todo que las visiones de los historiadores se vean afectadas tanto por la incapacidad de una mirada objetivo de los fenómenos como por la de ver las cosas enmarcadas por las grandes perspectivas a que obliga una concepción de la historia que no es solo individuo y acontecimiento, sino que es también, muy  significativamente,  devenir y tiempo social, entorno y tiempo geográfico.

Una historia ambiciosa, consciente de sus deberes y de su inmensos poderes, es la que entrega Fernand Braudel a la consideración del lector, en ese gran libro que es El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II.

© Lino Althaner

Un Siglo de Oro

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Francois de Chateaubriand (1768-1848)

El año ha sido de libros memorables, varios de ellos pertenecientes al  ámbito de la historiografía. Para despertar en mí nuevamente el interés por la historia, fue importantísima la experiencia tenida con la lectura de las Memorias de Ultratumba de  Chateaubriand (Acantilado, 2012), obra magistral en la cual se combinan el brillante estilo de este autor, destacado precursor del romanticismo literario, con su calidad de testigo de los acontecimientos contemporáneos y posteriores a la revolución francesa, lo cual le permite una visión crítica de los mismos y de sus protagonistas: así, nos brinda su imagen, por ejemplo, tanto de la torpeza de los ensayos republicanos como de la brutalidad fanática del Terror,  y luego de las contradicciones del imperio napoleónico, de su gloria, de su oropel, de su pequeñez, y de la falta de genio de las restauraciones monárquicas, fracasadas una tras otra, de los muy pocos verdaderos heroísmos y de las múltiples inconsecuencias de los personajes de la época.

Esta obra, me parece, podría ser muy beneficiosa para los amigos, que no escasean, de suscribir versiones más bien unilaterales y absolutas de los hechos o de los personajes que pueblan la historia: yo lo recomendaría, por cierto, tanto a los apasionados denostadores de la monarquía, que la ven pura maldad y egoísmo, como a los admiradores incondicionales de Napoleón o a los nostálgicos -que también los hay- del Terror y de la guillotina, para los cuales todo está permitido si es para bien de sus  discutibles postulados. Me parece detectar en Chateaubriand la opinión de que la historia tiene su propia dinámica y que su dirección difícilmente puede ser alterada por el hombre, pues éste lo más que puede hacer es tomarle el pulso para ajustarse sabiamente a su sentido, tratar de prevenir de algún modo su curso y disminuir el riesgo de ocurrencia de calamidades, injusticias manifiestas y derramamiento de sangre. Como suele ocurrir con quienes, lejos de los extremismos y de los lugares comunes profesados por la opinión pública, tratan de buscar un camino intermedio que resguarde la unidad, Chateaubriand termina siendo antipático tanto a los monárquicos furiosos como a sus similares republicanos.

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Georges Duby (1919-1996)

De la mano de Georges Duby he hecho también una pequeña gira por la historia de la Francia medieval. La recopilación de trozos selectos de su obra por Beatriz Rojo para el Fondo de Cultura Económica (Obras selectas de Georges Duby, 1999) nos da una idea acertada acerca de la obra de este autor. Los retratos que traza el historiador francés de personajes tales como Guillermo el Mariscal, figura señera de la caballería anglonormanda del siglo XII, Leonor de Aquitania, la famosa duquesa de Aquitania, reina consorte, sucesivamente, de Francia y de Inglaterra, y madre de Ricardo I de Inglaterra, Coeur de Lion, o Isolda, la mítica dama de aquellos tiempos, exaltada por narradores, poetas y músicos, son inmensamente atractivos. Asimismo las secciones dedicadas a la vida de los señores feudales y al mundo campesino, como también a la construcción de las portentosas catedrales góticas, páginas en las cuales impera, como es usual en Duby, un soberbio uso del lenguaje, exacto para expresar su pensamiento y encantar las circunstancias del pasado que merecen su atención.

Y luego se me ha venido encima Ferdinand Braudel con su voluminosa Historia del Mediterráneo y del mundo mediterráneo durante la época de Felipe II (Fondo de Cultura Económica, 2013), obra cuyo ambicioso espectro abarca no sólo el análisis de los acontecimientos, sino que se atreve con maestría a ubicarlos en el tiempo geográfico, en los lentos ciclos del entorno físico, en el cual se manifiestan los cambios geológicos, las estaciones y el clima, los ciclos agrícolas, los nomadismos, las trashumancias y los tráficos por las rutas terrestres, los caminos fluviales y marítimos, y los pasos alpinos, como también en el tiempo social, menos lento que el anterior, y comprensivo de las tensiones y altibajos en las relaciones sociales y económicas del periodo que estudia.

Fernand Braudel (1902-1985)

Fernand Braudel (1902-1985)

La ciencia y el arte de Braudel casi hacen del Mediterráneo un organismo vivo, palpitante de energías, que despierta a los espíritus aventureros y suscita la ambición, promoviendo atracciones y rechazos en los grupos humanos que se disputan el dominio de una región en que confluyen las fuerzas de tres continentes, Europa, Asia y África.

El drama de la España de Felipe II se genera, a juicio de Braudel, en el momento en que, habiendo alcanzado en ese entorno mediterráneo una notable hegemonía, se abren para ella las vías y las perspectivas, los desafíos inmensamente más vastos del Atlántico, espacio en el cual hallará junto con su máxima gloria la simiente de su decadencia como gran potencia europea.

Termino la lectura de esta obra, fascinado con la forma en que se va completando mi conocimiento de este período, que corresponde al siglo XVI, la espléndida centuria que se abre, inmediatamente después de la consolidación de la hegemonía hispana en la península por Isabel de Castilla y Fernando de Aragón,  y de aquel fenomenal acontecimiento que es el descubrimiento de América -“la gesta más extraordinaria de la historia de la Humanidad”, según otro historiador francés, Pierre Vilar- y en la cual gobiernan el país esos tremendos personajes de la dinastía de Habsburgo que fueron Carlos I y su hijo Felipe II. Un tiempo esplendoroso, parece que impropiamente llamado Siglo de Oro, si es seguro el consenso de entender que esta época de brillo renacentista y barroco se prolonga hasta las postrimerías del siglo siguiente, cuando muere, en 1681, Pedro Calderón de la Barca, el último gran escritor de la época. Así, pues, a fin de cuentas, en estas inmersiones en el siglo de Carlos y de Felipe, no es posible dejar de considerar también las glorias del XVII.

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Esta época dorada se ha vuelto todavía más apasionante con la llegada a mis manos de otro estudio histórico magistral, también de un historiador e hispanista francés, Marcel Bataillon. Se trata de un libro indispensable para saber del desarrollo de las apetencias espirituales de los españoles del momento: Erasmo y España (Fondo de Cultura Económica, 1996). Un libro polémico y apasionante, que nos inicia en las tendencias filosóficas, teológicas y religiosas detectables en la península en la época inmediatamente anterior a la Reforma: es la época de Antonio de Nebrija, autor de la clásica Gramática de la Lengua Española (1492), del Cardenal Cisneros, que funda la Universidad de Alcalá de Henares (1499) y se compromete con la edición de la Biblia Políglota Complutense (1514-1517).

Son también los tiempos de Erasmo de Rotterdam, el eminente humanista, que si bien nunca visita España, ejerce en sus círculos ilustrados una poderosa influencia, promoviendo un cristianismo más interior y espiritual que exterior y formalista, más ocupado de la fidelidad a la philosophia Christi que de las dogmáticas teológicas desmesuradamente minuciosas e inflexibles. Es el tiempo en que se da una lucha entre tendencias en cuyos extremos se ubican iluministas y oscurantistas, entre estos últimos tanto católicos como protestantes, sordos a los esfuerzos de Erasmo para promover la unidad cristiana y el fracaso del cisma que se viene encima.

Este es el mundo que trataré de esbozar, por cierto que imperfectamente, a través de sus personajes, de sus huellas, 09733-hu.bm-01de los grandes acontecimientos y las grandes obras del siglo. Espero que ello procure algún regocijo a mis lectores amantes de la historia, tan importante para los efectos de entender un poco mejor nuestra ubicación espacial y temporal y saber de nuestros orígenes, como también para descifrar en alguna medida el porqué de nuestras costumbres y nuestras creencias. También, para ser conscientes de la existencia de pueblos y culturas distintas a las nuestras, que debemos saber comprender y aceptar. Profundizar en el acaecer histórico, ¿para qué? Para convencernos de que nada o casi nada ocurre por primera vez, que todo es en cierta medida, repetición del pasado,  y que si ignoramos los hechos del pasado o accedemos a ellos desprovistos de objetividad, corremos el riesgo de repetir los errores pretéritos, y probablemente en una espiral de creciente intensidad.

¡Qué labor, a propósito, la de esta editorial mejicana, el Fondo de Cultura Económica, qué dedicación y qué constancia, para difundir las grandes obras del pensamiento universal entre los lectores de habla hispana! Tres de los importantes libros mencionados en esta entrada han salido a la luz precisamente bajo el sello de esa prestigiosa casa editora.

© Lino Althaner

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