Los recuerdos del Gran Depredador – My Lai (Vietnam, 1968)

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Yahvé nuestro Dios nos lo entregó y lo derrotamos a él, a sus hijos y a toda su gente. Nos apoderamos entonces de todas sus ciudades y consagramos al anatema toda ciudad: hombres, mujeres y niños, sin dejar superviviente… Desde Aroer… hasta Galaad, no hubo ciudad inexpugnable para nosotros; Yahvé nuestro Dios nos las entregó todas.
(Dt 2, 33-36)

 

Es la memoria del Gran Depredador como una enorme Enciclopedia de recortes de la historia de todas las gentes, todos ellos marcados por un mismo objetivo: el exterminio despiadado de un conjunto de individuos que han sido identificados sin mucha rigurosidad como el enemigo; objetivo que debe cumplirse frecuentemente sin sujeción a ninguna limitación de orden moral y desplegando en el procedimiento la mayor eficiencia posible, que es exacerbada ciertamente por los medios cada vez más refinados, limpios y precisos, que pone al alcance del hombre la tecnología de la aniquilación. Llevan a cabo la tarea hombres normales que de pronto se han vuelto peores que la más sanguinaria de las bestias, hombres de todos los pueblos.  Entre las conclusiones que se pueden extraer de los recuerdos del Gran Depredador es que la Humanidad está hecha enteramente del mismo material, y que todos sus miembros comparten semejantes capacidades para el bien y para el mal, sin que influyan significativamente ni su origen racial, ni su ideología o sus creencias. Llegado el caso, todos son capaces de experimentar la atroz metamorfosis. Y si bien podría afirmarse que los individuos de la especie están primordialmente dispuestos al bien, también se debería aseverar que ninguno está exento de convertirse de pronto en un monstruo de maldad. Decisivas circunstancias, no siempre fácilmente identificables, suelen incidir en que la balanza se incline por una u otra alternativa.

De la inconmensurable lista contenida en su memoria me he demorado un poco en elegir una docena de ejemplos significativos. Pero el Gran Depredador tiene la experiencia incomparable de una vida de milenios y es por ello muy escéptico en cuanto al provecho que pueda resultar para la Humanidad de la evocación de tales recuerdos, por muy imparcial, objetiva y bienintencionada que ella sea, que nunca lo es del todo. Suele el Gran Depredador esgrimir en defensa propia el dudoso argumento de que actúa obedeciendo al mandato de potencias o intereses superiores, sin interés alguno de carácter personal. Lo que es ciertamente una falacia.

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El horror de My Lai, uno se resiste a creerlo. Es tan insondable el abismo en que se hunde en estos casos el victimario, que uno termina por compadecerlo casi en la misma medida que a las inocentes víctimas de su hirviente sed de sangre. Después de todo, él es también una víctima, lo es de la burocracia bélica, la más fría e inhumana de todas, que somete a los hombres que la integran a un ciego obedecimiento del que está ausente toda inclinación compasiva. Es la víctima del más estúpido de los adoctrinamientos. Todo ello es lo que suele condicionar a los responsables de una masacre semejante a la ocurrida en la aldea vietnamita de My Lai.

Las órdenes parecen simples. Se trata de ubicar y destruir al enemigo con la máxima ferocidad, de manera que la acción sirva de revancha por las bajas ocasionadas por el Vietcong tras siete semanas de guerra de guerrillas. Pero lo que las complica es el proceso de interpretarlas y de llevarlas a cabo, se supone que con proporcionalidad y con sujeción a las leyes de la guerra, siendo evidente el peligro si la tarea de transformar las órdenes en hechos es puesta en manos de una persona desequilibrada por el horror que está viviendo, trastornada por la ira o por el miedo, puesto en entredicho su sano discernimiento. Así, en manos de un teniente cualquiera, unas instrucciones que podrían haber significado, aparte de enfrentarse decididamente al enemigo armado, destruir cultivos y ganado, quemar algunas casas y contaminar los pozos, se resuelven en una acción de la que está ausente todo enfrentamiento entre combatientes, y que se traduce en exterminar a todo lo que se mueva y tenga aliento, animales, hombres, mujeres, ancianos y niños, todos indefensos. Con la justificación de que todos los aldeanos prestan ayuda al enemigo, de una forma u otra, y son por lo tanto el enemigo. Por lo que concierne a los niños, con el pretexto de que cada uno de ellos es en potencia un futuro integrante del Vietcong.

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Un breve recuento de los hechos: A primera hora de la mañana, se transportó a los soldados hasta la aldea en el helicóptero. Muchos dispararon mientras se desplegaban, matando tanto a personas como a animales. No había señal alguna de la existencia de fuerzas del Vietcong y durante todo el día no se produjo un solo disparo contra la compañía Charlie, pero ellos continuaron con las acciones violentas. Quemaron todas las casas de la aldea. Violaron a las mujeres y a las niñas y luego mataron a los hombres. Apuñalaron a algunas mujeres en la vagina y destriparon a otras, o les amputaron las manos o les arrancaron el cuero cabelludo. A las embarazadas les abrieron el estómago y las dejaron morir. Hubo violaciones colectivas y asesinatos por disparos y con bayoneta. Hubo ejecuciones en masa. Doscientas personas, incluso ancianos, mujeres y niños, fueron ametrallados en una zanja. En cuatro horas, se dio muerte a cerca de quinientos aldeanos. Así se cumplieron las órdenes recibidas. Los oficiales ordenaron. La tropa, como toda masa irresponsable, obedeció sin rechistar.

El Gran Depredador, barajando sus recuerdos más recientes, de las guerras mundiales, del Gulag y de Auschwitz, de China bajo la viuda de Mao, de Cambodia y de Yugoslavia, de la guerra del Golfo, de Siria y de Tierra Santa, y tantos otros más o menos horripilantes, reflexiona de manera incuestionable: “Me comporto tal cual soy capaz de ser, llegado el momento adecuado.”

Testimonios de My Lai

Siendo yo uno de los sargentos que habíamos entrenado a la Compañía Charlie, me complacía mucho su comportamiento. Resultaron muy buenos soldados. El hecho de que fueran capaces de entrar en My Lai y ejecutar las órdenes que se les había dado es resultado directo, pienso, de la buena formación recibida.
Sargento Hodges

Para pensar de esta manera existen los sargentos en todos los ejércitos de la tierra.

Matar de esa manera a un conjunto de civiles -bebés, mujeres, ancianos, gente desarmada, indefensa- estaba mal. Todo norteamericano lo sabía. Y sin embargo, esta compañía aquí instalada, aislada, no veía las cosas de la misma manera. Estoy seguro de ello. Este grupo de personas era lo único que importaba. Era el mundo entero. Lo que ellos pensaban que estaba bien, estaba bien. Y lo que pensaban que estaba mal, estaba mal. Se habían invertido las definiciones de las cosas.
M. Bernhardt

En el ámbito de la guerra, prima la lógica de la guerra, que es la locura. Una vez que te vuelves loco, ya no puedes parar. Todo el despliegue increíble de la locura es para tí normalidad.

Pero como yo digo, después de matar al niño, perdí la cabeza. Y una vez que empiezas, es muy fácil seguir. Una vez que empiezas. Lo más difícil, lo que resulta más difícil, es matar, pero una vez que matas, se vuelve más fácil matar a la persona siguiente y a la siguiente y a la siguiente. Sin sentido. Sólo mataba. Puede ocurrirle a cualquiera.
V. Simpson

 

My Lai, Vietnam

Pero el Gran Depredador no se inmuta. Es su naturaleza que le lleva a actuar como una bestia, si las circunstancias lo exigen. Es un Gran General, una especie de señor de los ejércitos terrestres, que habita en su mente inconsciente, el que le manda ser así. Y él no puede sino obedecerle.

 

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Las citas y testimonios han sido extraídos de la obra del autor británico Jonathan Glover “Humanidad e Inhumanidad – Una historia moral del siglo XX” (Cátedra, 2001).

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© Lino Althaner
2017

 

Arya (2)

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Era entonces preciso que despertáramos y que refináramos la vigilia, tratando de acercarla cada vez un poco más a sus auténticas posibilidades. Sólo lo alcanzaban unos pocos, se decía, que mediante un deseo inquebrantable de gozo y de sufrimiento, los más intensos, y la fe inquebrantable, habían llegado a familiarizarse con lo indecible hasta el punto de ser dignos de beber el licor divino.

Elefante al estilo de Kalamkari en Andra Pradesh

Pintura en tela al estilo Kalamkari de Andra Pradesh, India

No nos inquietaba perpetuar nuestros hechos en crónicas o anales. Nos marcaba un enorme escepticismo acerca de todo simulacro de inmortalidad. Si medimos el tiempo de alguna manera, no lo hicimos por años sino por eones. Una arcana disciplina nos iluminaba, despertando la conciencia, procurando un conocimiento refinado. Los videntes aumentaban nuestra fortaleza, ardiendo en la experiencia de la lucidez, de la cercanía del dominio trasparente. Y quedábamos signados con un aura soberana, que nos ahorraba instrumentos de persuasión. Después de beber nuestros sacerdotes el divino licor -el soma, la ambrosía, el supremo objeto del deseo- la tierra y sus criaturas se volvían nuestros subordinados. Podían aquéllos matar con la mirada, hacer que se abriera la tierra, incendiar el universo. Accedían a la profecía. Y quienes eran poetas a la revelación.

Era toda nuestra vida una especie de liturgia. Llegamos a pensar que los dioses se acomodaban en torno a los altares de nuestros sacrificios. Que las ninfas celestiales nos visitaban y que a los dioses se unían nuestras mujeres, que daban a luz semidioses y santos. Nuestro océano más grande era el cielo. El camino del cielo se prolongaba en esta tierra como un inmenso torrente, que luego fluía desde la cumbre nevada eternamente y desde el otro río, el torrente que se desparrama por la cabellera divina. De la unión de la tierra con los cielos quería hacerse nuestro mundo, nuestra  vida, continua ceremonia sagrada. Una fiesta, un banquete en que los dioses y los antepasados bebieran con nosotros, con todo el pueblo, bajo la mirada atenta del que ve sin ser visto. Como había ocurrido alguna vez, según contaban los viejos.

Recordaban con pena el día en que los dioses dejaron de ser visibles a todo el pueblo. Yo en cambio soy testigo de cómo la presencia invisible de los dioses se vuelve cada vez más tenue. Y se transforma en ausencia. Y la ausencia se hace muerte. En poder de los monstruosos enanos que se han apoderado de la tierra, que de dioses casi se han quedado huérfanos.

 

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Es esta la segunda parte de un artículo en que he pretendido registrar muy libremente la impresión derivada de la lectura de dos libros de Roberto Calasso –Ka (Anagrama, 1999) y El ardor (Anagrama, 2016)- que incursionan de manera fascinante en los mitos y creencias de los Arya (nobles), esto es, el pueblo de los indoarios, en el seno de cuya cultura se producen los Vedas, los Brahmanas y los Upanishads, libros sagrados de las religiones de la India, hinduísmo y budismo.

 

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© Lino Althaner
2017

 

 

 

 

 

 

Arya (1)

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Después de cruzar los más áridos desiertos, llegamos desde más allá de las montañas, las más altas. Encontramos el gran río y más allá la espesura, que parecía no tener fin. Nuestra primera tarea: hacer claros en la selva, espacio para los altares, pasto para los rebaños. El fuego nos abrió camino. Eramos devotos del fuego.

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No eran duraderas nuestras moradas. No hicimos palacios ni templos. Nuestro templo estaba en todas partes, dondequiera fuera posible erigir un altar y celebrar una liturgia que como pájaros nos impulsara, como ángeles hacia el cielo, en un viaje certero. No construimos murallas defensivas. Solía hacernos escolta una tropa de guerreros escogidos, amedrentadores en sus armaduras y en sus espadas, en sus aladas cabalgaduras, en sus carros de fuego. Pero eramos en esencia pacíficos pastores; además, vagabundos incansables, cazadores de horizontes, de océanos, de soles, buscadores inquietos, no tanto de cetros ni de coronas, sino más bien de regiones interiores, aquellas que alentaban en la mente de los hombres según nuestros videntes. Soñábamos en construir un imperio sobre ellas.

Es verdad que no dejamos vestigios materiales. Aunque sí la memoria de unos ritos, unos himnos, unas sabias aproximaciones, unas bellas historias: un todo hecho de sueños, de visiones, de reflejos. Y también la memoria de una lengua, con la cual nos hacíamos naves capaces de alcanzar el cielo por el torrente del canto y de la melodía.

Prescindimos de iconos, de piedra, de metal o de madera. Veíamos en nuestro pensamiento la imagen de todos los dioses. Pero solo percibíamos como un reflejo, luminoso pero incierto, la presencia del desconocido, el ser inmanifiesto a que todo está sujeto, cuyos ojos nos miran, que es la trama sobre la cual están tejidos el espacio y el tiempo. Adivinábamos su aliento en las piedras, en los bosques de mangos, pipales y tamarindos, en los animales, antílopes, caballos, elefantes, hormigas. ¿Pero ver a los dioses cara a cara, percibir a lo menos su aliento, escuchar el eco de sus voces o posar nuestros pies sobre sus huellas? ¿Contemplar las espaldas del desconocido? Tampoco era entonces cosa fácil. Para ello debíamos dejar de ser lo que somos los hombres de ordinario: espectros soñolientos, sumidos en la pequeña rutina como aturdidos, rodeados de las cosas y los casos ilusorios e inciertos de la existencia, miedosos y confundidos.

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Este texto es la primera parte de un artículo en el que he pretendido registrar libremente la impresión derivada de la lectura de dos libros de Roberto Calasso –Ka (Anagrama, 1999) y El ardor (Anagrama, 2016)- que incursionan de manera fascinante en los mitos y creencias de los Arya (nobles), esto es, el pueblo de los indoarios, en el seno de cuya cultura se producen los Vedas, los Brahmanas y los Upanishads, libros sagrados de las religiones de la India, hinduísmo y budismo.

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De Buda se dice que pronunció las siguientes palabras:

“Oh Rey, hay un país en las pendientes nevadas del Himalaya cuyo pueblo está dotado de riqueza y valor, y se ha asentado en la frontera de Kosala. Por clan son arios de la raza solar, shakyas por nacimiento. De esa familia procedo, y no deseo cosas mundanas …”

 

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© Lino Althaner

 

 

Un Siglo de Oro

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Francois de Chateaubriand (1768-1848)

El año ha sido de libros memorables, varios de ellos pertenecientes al  ámbito de la historiografía. Para despertar en mí nuevamente el interés por la historia, fue importantísima la experiencia tenida con la lectura de las Memorias de Ultratumba de  Chateaubriand (Acantilado, 2012), obra magistral en la cual se combinan el brillante estilo de este autor, destacado precursor del romanticismo literario, con su calidad de testigo de los acontecimientos contemporáneos y posteriores a la revolución francesa, lo cual le permite una visión crítica de los mismos y de sus protagonistas: así, nos brinda su imagen, por ejemplo, tanto de la torpeza de los ensayos republicanos como de la brutalidad fanática del Terror,  y luego de las contradicciones del imperio napoleónico, de su gloria, de su oropel, de su pequeñez, y de la falta de genio de las restauraciones monárquicas, fracasadas una tras otra, de los muy pocos verdaderos heroísmos y de las múltiples inconsecuencias de los personajes de la época.

Esta obra, me parece, podría ser muy beneficiosa para los amigos, que no escasean, de suscribir versiones más bien unilaterales y absolutas de los hechos o de los personajes que pueblan la historia: yo lo recomendaría, por cierto, tanto a los apasionados denostadores de la monarquía, que la ven pura maldad y egoísmo, como a los admiradores incondicionales de Napoleón o a los nostálgicos -que también los hay- del Terror y de la guillotina, para los cuales todo está permitido si es para bien de sus  discutibles postulados. Me parece detectar en Chateaubriand la opinión de que la historia tiene su propia dinámica y que su dirección difícilmente puede ser alterada por el hombre, pues éste lo más que puede hacer es tomarle el pulso para ajustarse sabiamente a su sentido, tratar de prevenir de algún modo su curso y disminuir el riesgo de ocurrencia de calamidades, injusticias manifiestas y derramamiento de sangre. Como suele ocurrir con quienes, lejos de los extremismos y de los lugares comunes profesados por la opinión pública, tratan de buscar un camino intermedio que resguarde la unidad, Chateaubriand termina siendo antipático tanto a los monárquicos furiosos como a sus similares republicanos.

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Georges Duby (1919-1996)

De la mano de Georges Duby he hecho también una pequeña gira por la historia de la Francia medieval. La recopilación de trozos selectos de su obra por Beatriz Rojo para el Fondo de Cultura Económica (Obras selectas de Georges Duby, 1999) nos da una idea acertada acerca de la obra de este autor. Los retratos que traza el historiador francés de personajes tales como Guillermo el Mariscal, figura señera de la caballería anglonormanda del siglo XII, Leonor de Aquitania, la famosa duquesa de Aquitania, reina consorte, sucesivamente, de Francia y de Inglaterra, y madre de Ricardo I de Inglaterra, Coeur de Lion, o Isolda, la mítica dama de aquellos tiempos, exaltada por narradores, poetas y músicos, son inmensamente atractivos. Asimismo las secciones dedicadas a la vida de los señores feudales y al mundo campesino, como también a la construcción de las portentosas catedrales góticas, páginas en las cuales impera, como es usual en Duby, un soberbio uso del lenguaje, exacto para expresar su pensamiento y encantar las circunstancias del pasado que merecen su atención.

Y luego se me ha venido encima Ferdinand Braudel con su voluminosa Historia del Mediterráneo y del mundo mediterráneo durante la época de Felipe II (Fondo de Cultura Económica, 2013), obra cuyo ambicioso espectro abarca no sólo el análisis de los acontecimientos, sino que se atreve con maestría a ubicarlos en el tiempo geográfico, en los lentos ciclos del entorno físico, en el cual se manifiestan los cambios geológicos, las estaciones y el clima, los ciclos agrícolas, los nomadismos, las trashumancias y los tráficos por las rutas terrestres, los caminos fluviales y marítimos, y los pasos alpinos, como también en el tiempo social, menos lento que el anterior, y comprensivo de las tensiones y altibajos en las relaciones sociales y económicas del periodo que estudia.

Fernand Braudel (1902-1985)

Fernand Braudel (1902-1985)

La ciencia y el arte de Braudel casi hacen del Mediterráneo un organismo vivo, palpitante de energías, que despierta a los espíritus aventureros y suscita la ambición, promoviendo atracciones y rechazos en los grupos humanos que se disputan el dominio de una región en que confluyen las fuerzas de tres continentes, Europa, Asia y África.

El drama de la España de Felipe II se genera, a juicio de Braudel, en el momento en que, habiendo alcanzado en ese entorno mediterráneo una notable hegemonía, se abren para ella las vías y las perspectivas, los desafíos inmensamente más vastos del Atlántico, espacio en el cual hallará junto con su máxima gloria la simiente de su decadencia como gran potencia europea.

Termino la lectura de esta obra, fascinado con la forma en que se va completando mi conocimiento de este período, que corresponde al siglo XVI, la espléndida centuria que se abre, inmediatamente después de la consolidación de la hegemonía hispana en la península por Isabel de Castilla y Fernando de Aragón,  y de aquel fenomenal acontecimiento que es el descubrimiento de América -“la gesta más extraordinaria de la historia de la Humanidad”, según otro historiador francés, Pierre Vilar- y en la cual gobiernan el país esos tremendos personajes de la dinastía de Habsburgo que fueron Carlos I y su hijo Felipe II. Un tiempo esplendoroso, parece que impropiamente llamado Siglo de Oro, si es seguro el consenso de entender que esta época de brillo renacentista y barroco se prolonga hasta las postrimerías del siglo siguiente, cuando muere, en 1681, Pedro Calderón de la Barca, el último gran escritor de la época. Así, pues, a fin de cuentas, en estas inmersiones en el siglo de Carlos y de Felipe, no es posible dejar de considerar también las glorias del XVII.

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Esta época dorada se ha vuelto todavía más apasionante con la llegada a mis manos de otro estudio histórico magistral, también de un historiador e hispanista francés, Marcel Bataillon. Se trata de un libro indispensable para saber del desarrollo de las apetencias espirituales de los españoles del momento: Erasmo y España (Fondo de Cultura Económica, 1996). Un libro polémico y apasionante, que nos inicia en las tendencias filosóficas, teológicas y religiosas detectables en la península en la época inmediatamente anterior a la Reforma: es la época de Antonio de Nebrija, autor de la clásica Gramática de la Lengua Española (1492), del Cardenal Cisneros, que funda la Universidad de Alcalá de Henares (1499) y se compromete con la edición de la Biblia Políglota Complutense (1514-1517).

Son también los tiempos de Erasmo de Rotterdam, el eminente humanista, que si bien nunca visita España, ejerce en sus círculos ilustrados una poderosa influencia, promoviendo un cristianismo más interior y espiritual que exterior y formalista, más ocupado de la fidelidad a la philosophia Christi que de las dogmáticas teológicas desmesuradamente minuciosas e inflexibles. Es el tiempo en que se da una lucha entre tendencias en cuyos extremos se ubican iluministas y oscurantistas, entre estos últimos tanto católicos como protestantes, sordos a los esfuerzos de Erasmo para promover la unidad cristiana y el fracaso del cisma que se viene encima.

Este es el mundo que trataré de esbozar, por cierto que imperfectamente, a través de sus personajes, de sus huellas, 09733-hu.bm-01de los grandes acontecimientos y las grandes obras del siglo. Espero que ello procure algún regocijo a mis lectores amantes de la historia, tan importante para los efectos de entender un poco mejor nuestra ubicación espacial y temporal y saber de nuestros orígenes, como también para descifrar en alguna medida el porqué de nuestras costumbres y nuestras creencias. También, para ser conscientes de la existencia de pueblos y culturas distintas a las nuestras, que debemos saber comprender y aceptar. Profundizar en el acaecer histórico, ¿para qué? Para convencernos de que nada o casi nada ocurre por primera vez, que todo es en cierta medida, repetición del pasado,  y que si ignoramos los hechos del pasado o accedemos a ellos desprovistos de objetividad, corremos el riesgo de repetir los errores pretéritos, y probablemente en una espiral de creciente intensidad.

¡Qué labor, a propósito, la de esta editorial mejicana, el Fondo de Cultura Económica, qué dedicación y qué constancia, para difundir las grandes obras del pensamiento universal entre los lectores de habla hispana! Tres de los importantes libros mencionados en esta entrada han salido a la luz precisamente bajo el sello de esa prestigiosa casa editora.

© Lino Althaner

El punto Omega de la evolución

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Impulsados por el amor,
los fragmentos del mundo se buscan mutuamente,
de manera que el mundo pueda llegar a ser.
 Pierre Teilhard de Chardin

… os habéis revestido del hombre nuevo,
que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto,
según la imagen de su Creador …
Col 3, 10

 

En medio de la inmensidad del universo misterioso, en el centro mismo de la contradicción permanente que palpita en la condición humana, extremada en la tensión entre sus bestiales imperfecciones y sus magníficas potencias, nada nos es más natural que plantearnos la pregunta acerca del fin de la existencia que nos ha sido regalada.

La ciencia y la religión no siempre se han esforzado por hacer confluir sus puntos de vista sobre una realidad tan alucinante y enigmática, lo que ha sido negativo para ambas y frustrante para una humanidad que debe conformarse con visiones parciales y a veces contradictorias sobre el origen, el desarrollo y el futuro del cosmos, de la vida y del hombre, cuando de lo que de verdad está sedienta es de un panorama integral conciliador. Particularmente interesante en este sentido es la propuesta formulada por el geólogo y paleontólogo Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955), sacerdote jesuita.

Según Teilhard el universo se explica en términos de una transformación evolutiva que se inicia con la extrema simplicidad derivando hacia estructuras crecientemente complejas, en un proceso que da origen a la materia y al cosmos, a las especies  de la vida vegetal y animal, y más adelante al hombre consciente y pensante.  En esto se ajusta plenamente a las modernas teorías científicas. Pero la evoluteilhardción no es un proceso que sólo sea producto del azar. Lo anima una potencia superior, la cual hace posible su creciente diversificación y su maravillosa complejidad,  que llega a un momento decisivo con la aparición del hombre y el desarrollo progresivo de su mente y de su conciencia, que continúan creciendo en finura y profundidad, hasta convertirse en lo que ya hoy día podemos atisbar como el surgimiento de un alma, de una mente de la entera Humanidad y de una conciencia planetaria. Es que la misma potencia que ha llevado al universo a su expansión y a su multiplicidad, lo hace converger hacia una totalidad unitaria que es pleromática consumación. Tal es la base de la teoría del ilustre científico y místico francés.

Recapitulo: se impone a la observación una ley según la cual la trama cósmica, crecientemente compleja, se enrolla cada vez más estrechamente sobre sí misma, siguiendo un proceso de organización medido tanto por una creciente complejidad de las estructuras físicas y de las formas de vida, como también y sobre todo por un progresivo refinamiento de la potencia psíquica, que tiene un momento muy significativo en la mente del Hombre reflexivo, es decir, de aquel que a través de la introspección y del ejercicio espiritual ha llegado a ser capaz de concebirse a sí mismo, más que como un simple individuo, como parte de un todo destinado a realizarse en una armonía y una plenitud que son totalidad y unidad. Ahora bien, para que ello sea posible es preciso que, por encima del Hombre individual, la convergencia cósmica se manifieste también como fenómeno social y psicológico en la Humanidad inmersa en un colectivo proceso de reflexión, previo a la consumación en un centro trascendente de unificación, que es lo que Teilhard denomina el punto Omega.

La creación tiene un un punto Alfa (Α), que corresponde al principio -míticamente simplificado en el Génesis-, un desarrollo progresivo, y un punto Omega (), equivalente a la consumación final, alegóricamente expuesta en el Apocalipsis de Juan. De este libro, nada más apropiado que recordar las palabras de Jesucristo en su capítulo primero: Yo soy el A y la Ω, el Primero y el Último, el que es, que era y que ha de venir, el Todopoderoso (Apoc 1, 8.17).   La potencia creadora y reveladora de Cristo, que existe con anterioridad a todo (Col 1), opera al comienzo de los tiempos, ilumina a la creación entera atrayéndola hacia la plenitud, que alcanza su realización en la parusía, el advenimiento glorioso merced al cual el cosmos entero y la Humanidad alcanzan su plenitud unitaria en el mismo Mesías y con él en Dios.

Por cierto, Teilhard asocia tanto el punto A con el Ω con Cristo-Universal de la Revelación. Él es también la presencia permanente que impulsa al universo hacia su momento culminante. En su manifestación reflexiva sobre la conciencia humanaLa evolución entera, al verse llamada a un proceso de unión (de comunión) con Dios, se vuelve integralmente amante y amable en lo más íntimo y lo más terminal de nuestro desarrollo.En su manifestación reflexiva sobre la conciencia humana es la influencia de la gracia divina que conduce al ser humano a la redención.

El pensamiento de Teilhard no ha dejado de seducirme desde aquellos lejanos tiempos universitarios en que por primera vez llegó a mis manos El fenómeno humano, que como las demás obras de este autor, no contaba precisamente con el beneplácito del Santo Oficio romano. En próximos artículos allegaré antecedentes y puntos de vista adicionales con el objeto de profundizar en los fundamentos científicos de su teoría como también en su eventual disconformidad -que por ahora no advierto- con la revelación cristiana. Habría que decir que para fundamentar la ortodoxia de la visión de Teilhard, se han invocado diversos pasajes de las epístolas paulinas, los cuales parecen ciertamente iluminadores de la cuestión.

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El que sigue, por ejemplo:

Él (Jesucristo) es imagen de Dios invisible,
Primogénito de toda la creación,
porque en él fueron hechas todas las cosas,
 en los cielos y en la tierra,
las visibles y las invisibles,
tronos, dominaciones, principados, potestades:
todo fue creado por él y para él,
él existe con anterioridad a todo,
y todo tiene en él su consistencia.
Él es el Principio,
el Primogénito de entre los muertos,
para que sea él el primero en todo,
pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud,
y reconciliar por él y para él todas las cosas,
pacificando mediante la sangre de su cruz,
los seres de la tierra y de los cielos.

Col 1, 15-20

(Dios) nos ha dado a conocer el misterio de su voluntad
según el benévolo designio
que en él (esto es, en Cristo) se propuso de antemano,
para realizarlo en la plenitud de los tiempos:
hacer que todo tenga a Cristo por cabeza,
lo que está en los cielos y lo que está en la tierra
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Ef 1, 9-10

© Lino Althaner
2015

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La formación humanista (H.-G. Gadamer – Verdad y Método 2)

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Lo que hace que las ciencias humanas -llamadas también ciencias del espíritu o simplemente humanidades- sean tales, no se comprende, a juicio de Hans-Georg Gadamer, si se trata de sujetarlas a la estrechez gnoseológica de las ciencias exactas.  Así, es preciso que la tendencia universalista de éstas retroceda frente al carácter de unas disciplinas que persiguen una verdad distinta, no susceptible de alcanzarse por la vía metódica, y que supone otras formas de pensamiento, de expresión y de comprensión.

Ahora bien, en busca de un modelo que refleje en forma fiel lo que es propio del conocimiento de tales disciplinas y se acerque a unos parámetros que sirvan para expresar la idoneidad que requiere la experiencia en ese ámbito, recurre el filósofo alemán al medio cultural humanista, en el cual halla valores que lo orientan en ambas direcciones. Por una parte, en la de entender y explicar la forma en que se despliega el saber y el comprender necesarios para acceder a la verdad en ámbitos específicos de las ciencias humanas, que es por lo demás el objetivo primario de Verdad y Método, pero también, además, en la de pensar en las características ideales del ser humano que pretenda competencia idónea  en disciplinas tales como la historia, la lingüística y  la filología, el arte, la psicología, la filosofía, la teología o el derecho.

Específicamente los encuentra Gadamer preferentemente en la herencia humanista del clasicismo alemán y, en su ideal de formación humana, entendido por J. G. Herder (1744-1803) como el proceso por el cual el hombre asciende a su plena humanidad. Un proceso que, a juicio de W. von Humboldt (1767-1835), culmina en algo superior e íntimo, que es el modo de percibir que procede del conocimiento de toda la vida espiritual y ética y se derrama armoniosamente sobre la sensibilidad y el carácter. No se trata solamente de educación. Se trata también del cuidado de las capacidades y talentos que hacen del hombre un ser integral, dotado de sabiduría práctica, capacidad de juicio, tacto y gusto, no sólo en sentido estético sino también en el moral.

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Un concepto, el de formación, que ciertamente tiene precedentes. Se hace en él presente la antigua tradición mística -no exclusiva del cristianismo- conforme a la cual el hombre lleva en su alma la imagen conforme a la cual fue creado, la cual debe reconstruir en sí. Pero también hay que relacionarlo, ciertamente, con el modelo de hombre del renacimiento y con uno todavía anterior, el de la cultura griega clásica, tan magistralmente caracterizado por Werner Jaeger en su Paideia.

La formación es, a juicio de H.-G. Gadamer, un proceso -un devenir del deber ser al ser- en el curso del cual el ser humano se apropia por entero de aquello valioso en lo cual se forma, integrándolo en su personalidad. En el proceso de formación nada de lo valioso que tiene la experiencia humana, nada de lo eminente que se hace presente en la historia y que se plasma en la tradición, nada debería perderse para la persona, todo se guardaría para ser conservado cuidadosamente y para relucir naturalmente en el momento requerido. Para manifestarse, por ejemplo, cuando se trata de comprender y de explicar un texto, de encontrarle sentido a un acontecimiento histórico, de optar por una alternativa vital significativa o de resolver un conflicto con prudencia y ecuanimidad.

Se trata, según Gadamer, de la tendencia del espíritu que permite al hombre ocuparse interesadamente tanto de lo inmediato como de lo extraño que intenta volver familiar, como también de aquello que pertenece al recuerdo, a la memoria, al pensamiento, e ir siempre más allá de lo que sabe y experimenta para aprender otras cosas y entender otros puntos de vista, sin buscar el interés material y actuando con entera libertad en su esfuerzo por crecer humanamente.

En ese esfuerzo, el hombre va conociéndose a sí mismo, convirtiéndose paso a paso en otro más completo y equilibrado a medida que crece en la experiencia de la cultura y en el ejercicio del humanismo como solidaridad.

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Hans-Georg Gadamer

Esta es la sabiduría que interesa para los efectos del ejercicio de la comprensión en el ámbito de las ciencias humanas. La que es capaz de elevar al hombre a lo general, por encima de la frecuente pequeñez de las contingencias, de los deseos, arrebatos y egoísmos, esto es, de las circunstancias que pudieran intentar determinarlo negativamente en lo concreto. La que lo pone en una situación desde la cual le es más fácil resolver en lo particular consideradamente y con la debida mesura. Tal es la virtud del ser humano que sabe, además, integrar el trabajo en el proceso de su formación, volviéndolo algo propio y siendo capaz, por lo tanto, de desempeñarlo idóneamente, aunque sin renunciar a los intereses culturales y a las tendencias espirituales que reclaman también atención.

Estamos en presencia de un proceso que no termina nunca y que importa también un afinamiento del tacto, esa sensibilidad indefinible que permite percebir casi automáticamente las características de una situación para comportarse en ella libremente, sin la atadura de prejuicios cercenadores del pensamiento, sabiendo valorar con seguridad pero dejando de expresar lo que puede evitarse, manteniendo la distancia y evitando lo chocante, sobre todo en lo que puede afectar a la esfera íntima de las personas.

Se trata de una forma de sabiduría que supone, además, ejercitar tanto la memoria como el olvido. La memoria tiene que ser formada: pues memoria no es memoria en general y para todo. Pero, a la capacidad de retener y de acordarse, debe agregarse, a juicio de H.-G. Gadamer, la de olvidar, que lo hace pensar en Nietzsche, para quien el olvido no es únicamente un defecto sino también una condición necesaria de la vida espiritual: sólo por el olvido obtiene el espíritu la posibilidad de su total renovación, la capacidad de verlo todo con ojos nuevos, tan importante para transformar en primaveras los otoños e inviernos de la existencia.  

Todo esto parece bastante obvio. Sin embargo, suena de alguna manera raro en estos tiempos. Y la verdad es que valores como éstos, que son los que acercan existencialmente al hombre a la comprensión de la verdad que se manifiesta en el arte y en las ciencias o disciplinas del espíritu en general, suelen estar crecientemente alejados de los conceptos educativos y formativos predominantes actualmente.

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Porque algo hay en el espíritu del tiempo presente que mira con antipatía las riquezas del humanismo, tan poco útiles, tan escasamente eficaces y rentables si son observadas con la estrechez de visión que suele caracterizar a aquellos en quienes se encarnan los fríos poderes e intereses dirigentes. Nadie parece entender que hay también en las virtudes humanistas una fuerza capaz de hacer mejores políticos, mejores empresarios, mejores ciudadanos, hábiles también a la hora de promover la armonía y la paz, de poner los fundamentos de una bien entendida y creciente libertad y de una mayor creatividad. Y que su actualización podría también servir para vitalizar el menguado ámbito del magisterio, y potenciarlo en su importancia como formador de la infancia y de la juventud. 

No sería la primera vez que los ideales humanistas son repensados con el objeto de ser luego objeto de inserción en un cuerpo social necesitado. Y nuestras sociedades, sí que lo están, en demasía.

 

© Lino Althaner
2015

 

 

La tradición humanista (H.-G. Gadamer – Verdad y método 1)

5 comentarios


¿Es hoy la cultura humanista un tesoro reservado para unos pocos?

¿Es acaso un valor incompatible con las exigencias de un mundo contemporáneo acicateado por la urgencia del dominio y del crecimiento material a toda costa?

¿Qué peso tienen en nuestra civilización valores tales como la formación humana integral, la sabiduría práctica de raigambre aristotélica, la capacidad de juicio y el gusto como concepto no tan solo estético sino que también moral? Son valores como estos los que califican a un hombre de culto y cabal, en concepto de la tradición humanista.

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El análisis de estas preguntas parece enfrentarnos a un panorama desolador. Basta con fijarse,  por ejemplo, en las características de los modelos educativos  que tienden a imponerse en la actualidad desde el jardín infantil hasta la universidad. Parecieran diseñados no más que para moldear técnicos especialistas y mano de obra eficiente, ciudadanos domesticados y consumidores activos, en el contexto de un ideal uniformador encaminado a desincentivar la crítica a las formas políticas, económicas y culturales imperantes y a no perderse en inútiles divertimentos. Si se consideran adicionalmente las dimensiones de la labor deformativa complementaria, de que se ocupan, por supuesto, los medios de comunicación, y no solamente por medio de la propaganda pagada, se podrá ver más claramente a qué extremos nos ha traído la creciente decadencia de lo humano. El fenómeno, aunque admite variantes y acentos, es universal.

¿Qué es la tradición de la cultura humanista en un ambiente determinado por factores como los indicados? ¿Qué más podría ser, en una época determinada impositivamente por la urgencia de crecer a toda velocidad, marginando y desacreditando el cultivo del espíritu y de la creatividad artística, sino un pelo de la cola para una sociedad crecientemente alienada, para una humanidad cada vez más olvidada de sí misma, de sus auténticas riquezas y de sus mayores glorias?

Este tipo de preguntas se habrá hecho, muy probablemente, Hans-Georg Gadamer (1900-2002), para inicar la crítica que formula al cientificismo imperante en el mundo, que respaldado por sus éxitos impresionantes en el ámbito de la tecnología,  insiste en cimentar una  sociedad crecientemente materialista y cibernética, manifiestamente deshumanizadora. Discípulo de Martin Heidegger, en quien encuentra los antecedentes conceptuales para proceder a elaborar un pensamiento propio,  Gadamer procede a exponerlo en su obra Verdad y Método (1960), de gran repercusión en todos los ámbitos del saber por el modelo universal, aunque no exclusivo, de comprensión que plantea. De este libro seguiré ocupándome en artículos futuros, pues es grande la variedad de temas que en él se abordan con el objeto de servir de respaldo al planteamiento principal.  Se trata, a mi entender, de uno de los textos de lectura y estudio ineludibles para quien desee interiorizarse en el movimiento de las ideas en el mundo contemporáneo.

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La crítica de Gadamer parte de tomar conciencia de las pretensiones de universalidad del método científico impuesto por la modernidad como modelo exclusivo de que dispondría el ser humano para alcanzar la verdad. Este modelo de acceso al conocimiento se caracteríza, como es sabido,  por la duda cartesiana y el rechazo de toda validación que no halle en una experimentación sometida a riguroso control, como también por un objetivismo que intenta soslayar la inevitable presencia e influencia en el proceso metódico del sujeto que investiga e intenta comprender. Que este método aspire a la universalidad significa nada menos que, impuesto en el ámbito de la humanidades -tales como la historia, la filología, la teología y el derecho-, podría terminar por desvirtuar totalmente la  esencia misma de las ciencias del espíritu en su pretensión de mostrar lo verdadero con colores propios.  Aquella aspiración le parece al filósofo alemán tan insoportable como la paralela pretensión racionalista de desplazar el mundo de la creación artística a un sector del quehacer humano incapaz de aspirar a la verdad.

Gadamer pone en juego todo su conocimiento filosófico e histórico y toda su capacidad de razonamiento para rechazar tales pretensiones cientificistas omnicomprensivas, entendiendo que no dan cuenta de los rasgos esenciales del conocimiento humano, particularmente cuando se pone a prueba en el contacto con las disciplinas humanistas. Lo que Gadamer intenta probar es que, aparte de la vía métodica cartesiana, cuya validez relativa no discute, existe otra forma de comprensión y de acercamiento a la verdad. Esta forma paralela de conocimiento y de comprensión, para la cual reclama reconocimiento filosófico, se fundamenta tanto en la condición fáctica y finita del existir, crudamente limitado en toda aspiración a conocer de manera absoluta, como en la realidad hermenéutica y lingüística del pensamiento. Tal es el conocimiento hermenéutico, que tiene una matizada validez en todos los ámbitos del saber -tanto limitadamente en el de las ciencias naturales como de manera más amplia en el de las ciencias humanas- y pretende como hermenéutica filosófica -o filosofía hermenéutica- una validez en toda experiencia existencial.

La tradición humanista es para Gadamer una fuente de inspiración muy poderosa, pues ve en ella un conjunto de valores que deben ser actualizados con el objeto de aportar un elemento de equilibrio en una humanidad tan maltratada por modelos sociales que parecen no ver en el hombre nada más que un número o un instrumento al servicio de los intereses que los sostienen. La idea misma de la hermenéutica se relaciona con esa tradición. Es por ello que dedica todo un apartado de la parte introductoria de su obra a analizar los conceptos básicos del humanismo.

Quizás aún es tiempo de resucitar en alguna medida el modelo humanista del ser humano, un modelo que supone cultura verdadera y formación integral, que supone filosofía práctica y prudencia, que exige capacidad de juicio certero y buen gusto estético y moral. Sería una forma de volver al centro de lo que es el ser humano por encima de sus accidentes.

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Pero el hombre se ha olvidado de Dios. Se ha olvidado de la pregunta por el ser, tal como lo explica Heidegger al comienzo de Ser y tiempo. Mientras no se olvide de sí mismo, es tal vez posible recuperar la vigencia de tanto saber preterido.

¿Es tiempo todavía?

© Lino Althaner
2015

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