El mar de Venecia

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Continúo esta serie de notas y comentarios acerca de la obra de Fernand Braudel El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II. Hemos avanzado hasta el capítulo dedicado a los mares y litorales y con tal motivo dedicaré esta entrada al Adriático, que según el historiador francés es, atendidos los factores geográficos, políticos, económicos, culturales y religiosos implicados, el sector más homogéneos de este mundo marítimo.

Es el mar Adriático una suerte de gran canal de alrededor de no más de ochocientos kilómetros de largo, que  ya en el siglo III a.C. podía ser recorrido por algunas embarcaciones, con buen viento y los velámenes inflados, en una jornada de navegación. Bordea por el oeste la costa italiana, generalmente baja y pantanosa, aunque acompañada en paralelo por el Apenino relativamente cercano, y por el este se reconoce por el rosario de islas montañosas que flanquean las costas balcánicas, en las cuales pareciera disolverse la muralla blanca y calcárea de los Alpes dináricos, que son como un telón de fondo, geográfico y cultural, al que la vida de la costa pareciera con frecuencia dar la espalda para inclinar su vocación hacia el poniente.

Venecia Piri Reis

Mapa de Venecia elaborado por Piri Reis, marino y cartógrafo otomano de fines del siglo XV y comienzos del XVI

Hacia el noroeste remata en las costas venecianas, esto es, en los dominios de la Signoria Serenissima que en el siglo XVI realiza, como de costumbre, un intenso aprovechamiento de su posición estratégica, reforzada por la cercanía de la desembocadura del Po, que abre interesantes perspectiva de tráfico fluvial desde y hacia el interior, para desarrollar su poderío mercantil y asegurar su presencia hegemónica en la región. Pues debe aprovecharse de su ubicación para defenderse de las agresiones foráneas, y sobre todo del peligro turco y de los piratas, cuya presencia frecuentemente amenazante y siempre temida, se percibe tanto por el lado del mar como desde el interior de la península balcánica, dominada en buena parte por los otomanos. Completan el límite norte del Adriático, hacia el oriente, las costas de Trieste, enclavada esta ciudad, con el auxilio de la península de Istria, en un amplísimo golfo.

En su extremo sur  se comunica el Adriático con el Mar Jónico por el canal de Otranto, entre el cabo del mismo nombre, en Italia, y el de Linguetta, en Albania. Aquí muestra el mar muestra su mínima anchura, de alrededor de setenta kilómetros. “Desde el avión que le conduce a Atenas -afirma nuestro autor-, puede el viajero de hoy contemplar en un mismo golpe de vista la costa albanesa, Corfú, Otranto y el golfo de Tarento -en el extremo sur de Italia- y parecerle que están muy próximos entre sí”.

Este sector, entre Otranto y la costa albanesa es crucial desde el punto de vista estratégico. Ejercer hegemonía sobre él equivale a dominar el Adriático entero. En esta angostura se reconocen, en efecto, dos virtudes: por una parte, la de dificultar la entrada al mar interior del potencial agresor o indeseado competidor mercantil; por la otra, la de abrir las puertas, tanto hacia el poniente como hacia el levante, a una inmensidad de aventuras acicateadas por la sed de conquistas y la complementaria avidez comercial. Por cierto que los venecianos conocían perfectamente estas características del mar y las aprovecharon tan bien en sus buenos tiempos, que el mar llegó a ser  conocido como Mar Veneciano, que el Mediterráneo oriental se pobló de dominios de la República Serenísima -por ejemplo, en Chipre, Creta y las Islas Jónicas-, y que por el camino de esos territorios la fuerza mercantil de Venecia alcanzó por el oriente a los puertos del Mar Negro.

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Mapa del Adriático. En el extremo norte, Venecia entrenta a la península de Istria y el golfo de Trieste.  Se puede apreciar la costa baja italiana, limitada por el Apenino, y el litoral escarpado de los Balcanes, que se desgrana en las islas Dálmatas.En el extremo contrario, se alcanza a ver, casi pegada a la costa balcánica, la isla de Corfú, al sur del canal de Otranto.

Dicha hegemonía se ve notablemente reforzada con la soberanía sobre la isla de Corfú: ubicada justo a la entrada del Adriático, pegada a su costa levantina, es un dominio veneciano que opera como cerrojo adicional que tiene como función la de dificultar las incursiones malintencionadas, sea con ánimo bélico o depredador, sea para burlar las regulaciones mercantiles impuestas por Venecia y competir con mayor provecho en el comercio de la región. Los otomanos aspiraron a anexar la isla a su imperio, aunque sin lograrlo en definitiva. Y recuerdo, entre paréntesis, que Corfú o Corcira,  ha solido ser identificada con la homérica Esqueria, en la cual Odiseo conociera a la bella Nausicaa, hija de Alcínoo, rey de los feacios, destinatarios de la narración de sus aventuras en busca de Ítaca, su patria añorada.  Esta última se ubica todavía algo más al sur, junto a Cefalonia, en las Islas Jónicas, y enfrentando al golfo de Patras, que es el sitio en el cual se libra en 1571 la famosa batalla de Lepanto, ya aludida en esta serie de artículos.

Venecia es entonces la principal potencia  de este mar, por supuesto que con la ayuda de su flota, en la cual destacan las galeras de dorada popa, y seguramente también sus galeazas de poderosa artillería, cuya intervención tan importante fuera en la batalla naval aludida. Si se siente importunada por alguno de sus vecinos en el ejercicio de su hegemonía comercial, la República no tarda en adoptar medidas de orden punitivo.  Pues el principio mercantil impuesto por la Serenísima importa una concentración autoritaria del tráfico comercial: ninguna mercadería que entre o salga del Mediterráneo debería escapar al control de Venecia, que ordena el comercio con medidas que tienden a la defensa de su sistema fiscal, de sus mercados, de sus exportaciones, de sus artesanía y de su navegación. Todo debe pasar, entonces, por sus aduanas y puestos de control. El mar, afirman con mucha energía las autoridades de la República Serenísima, es un golfo de Venecia, comprado no con su dinero, pero sí con su sangre generosamente prodigada.

Cuando la contraparte es una potencia de rango inferior, Trieste o Ragusa (actualmente Dubrovnic), por ejemplo, Venecia parece no tener mayores dificultades en imponer su ley. Enfrentada, en cambio, a sus competidores occidentales, como España -no se olvide que el reino de Nápoles tiene también una extensa costa adriática- o los Estados Pontificios, cuya soberanía se extiende al importante puerto de Ancona, se ve enfrentada a sus airados reclamos, fundamentados en que la rigurosidad de la hegemonía veneciana importa una violación del derecho de gentes, y específicamente, del derecho marítimo internacional.

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Dubrovnic, la antigua república de Ragusa. No debe confundirse con  Ragusa de Sicilia

Pero los inconvenientes de Venecia para ejercer dominio sobre el mar no provenían solamente de sus rivales y de los contrabandistas. Estaban también los corsarios y piratas para importunarla, turcos y berberiscos, que, sobre todo en los últimos decenios del siglo XVI, a pesar de las torres de vigías destinadas a anticipar la defensa de los territorios, y de la vigilancia ejercida por medio de sus galeras, suelen ingeniárselas para incursionar con frecuencia hacia el interior del mar. También sembraban la inseguridad en el tráfico marítimo unos piratas balcánicos y eslavos, los uscoques, cuyos “clientes” preferidos terminaron siendo Venecia y los demás navegantes de la costa oriental del Adriático. Los navíos pequeños, ágiles y escurridizos, de estos aventureros “unidos para robar”, fueron un duradero dolor de cabeza para el intenso y valioso movimiento mercantil de la región. Cita a este propósito Fernand Braudel los dichos de un senador veneciano, según el cual cerrar a los pájaros la ruta del aire con las manos sería tarea menos difícil que la de vedar a los uscoques sus correrías marítimas .

A pesar de la hegemonía veneciana y de la profunda influencia de la cultura italiana en las poblaciones balcánicas, predominantemente de origen eslavo, el Adriático no pudo llegar a ser propiamente un mar italiano. Ello debido a la influencia también poderosa que se infiltraba por la Ruta de Levante, que permitía no solamente el avance de las enfermedades y las epidemias del este, sino también de las influencias que denotan, de alguna manera, una prolongación del Oriente y una sobrevivencia de Bizancio en la cultura adriática, por cierto que muy original. Porque estas gentes se volvieron católicas y terminaron por ver en su religión una forma de afirmar su personalidad propia y de defenderse tanto de la presión ortodoxia del interior de los Balcanes como del islamismo otomano. “Si Dalmacia, pese a tantos avatares era fiel a Venecia…, es porque, por encima de la Señoría, su fidelidad miraba a Roma, a la Iglesia católica. Incluso ciudades como Ragusa son sorprendentes ejemplos de fervor católico, a pesar de encontrarse tan próximas a otros intereses, engarzadas a la vez en el mundo turco y ortodoxo, viviendo, en suma, en medio de pueblos cismáticos e infieles“.

Venecia hoy

Venecia

En cuanto a la relación de Venecia, la gran potencia del Adriático, con los turcos, predomina la nota ambigua. Venecianos y turcos se necesitan mutuamente, para desarrollar al máximo sus intereses pecuniarios. Las pomposas y agresivas declaraciones, con acentos de cruzada o de guerra santa, se morigeran en la práctica con la realidad de un intercambio intensísimo. Esto lleva a extraños aconteceres. Por ejemplo, tras participar en la Liga Santa y ayudar exitosamente al triunfo de Lepanto, abandona Venecia la alianza cristiana y se resigna a perder el dominio sobre la isla de Chipre, a cambio  de las garantías mercantiles que le asegura el sultanato otomano. Como ocurre con frecuencia o casi siempre, hallamos aquí un ejemplo más de como las grandes lealtades y los elevados principios pasan a segundo término cuando se trata, para los hombres y para los gobiernos, de garantizar el buen rumbo de su economía y de sus finanzas.

Construye su individualidad la cultura adriática entre la latinidad y el mundo griego tan cercano, sin que pueda dejar de recibir unas gotas de influencia turca. La consolida también su ubicación, para distinguirla de la cultura del Tirreno, esto es, de la costa italiana que mira hacia occidente. Tempranamente, la influencia oriental es predominante, aunque luego se impone la fuerza contraria con el surgir del Renacimiento, que resplandece en Florencia y en Roma, pero cuyo impulso se transmite luego en dirección a Ferrara, a Bolonia y a Venecia. Se aprecia en el conjunto una especie de movimiento pendular, apreciable también atendiendo a la situación económica: así, cuando  Venecia declina económicamente, Génova se fortalece.

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Puerto de la plaza de San Marcos en Venecia, al la derecha se puede apreciar el Palacio Ducal

“Este, oeste: Adriático y Tirreno: éstos son los destinos de Italia, y también los de todo el Mediterráneo…, que se ventilan así, alternativamente, en una parte y otra de la península, astil de una inmensa balanza”.


© Lino Althaner

Las montañas del Mediterráneo (3)

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Según Fernand Braudel la historia del mundo mediterráneo comenzaría en la montaña. La montaña es sobre todo la tierra de los pastores. La civilización mediterránea no ha sido capaz de encubrir y disimular sus elementos pastoriles y cazadores, trashumantes, que son propios de las primeras etapas de la historia. El autor de El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II los vincula predominantemente con la vida que se desarrolla en las regiones altas del espacio que es objeto de su estudio. Esas regiones montañosas serán aquí, en primer lugar, el objeto del poblamiento, explotación y organización humanas.

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Bandujo, Asturias

¿Cuáles son los factores que influyen en tal acontecer? Destaca Braudel la fama de las llanuras como “reino de las aguas estancadas y de la malaria” y ámbito de los ríos cuyos cursos inciertos no han sido aún regulados por obra humana alguna. Sólo de manera más bien lenta y mediando muchos padecimientos esas “tierras bajas febriles, brillantes de aguas muertas”, incubadoras de la peste, han podido ser disciplinadas, y saneadas las comarcas aledañas, posibilitando poco a poco el poblamiento de las mismas.

Hechos. En Provenza. Una mirada investigadora sobre los establecimientos prehistóricos del Bajo Ródano, permitirá advertir que todos los centros reconocidos aparecen situados en las altas regiones calcáreas que dominan la depresión del Delta. Miles de años después, tan solo en el siglo en el siglo XV se da inicio a las labores de saneamiento de las marismas.

En Portugal. No hay constancia de depósitos prehistóricos en las cuencas ni en los valles, mientras que las montañas aparecen pobladas desde la Edad del Bronce, consecuencia de lo cual es una remotísima deforestación de las alturas, que hace lugar a la presencia humana y sus requerimientos de sustento. Las localidades más antiguas que se conocen, de la época de los reyes asturoleoneses (siglos X y XI), están ubicadas en tierras encumbradas.

Toscana, Sorano

Toscana, Sorano

En Toscana, en el mismo corazón del mundo Mediterráneo: “Región de estrechas llanuras, naturalmente pantanosas, cortadas por valles encajonados entre las colinas que se elevan más y más a medida que vamos hacia el este y hacia el sur; y, en él las ciudades. ¿Dónde encontramos las primeras, las más antiguas de todas? Exactamente en el último piso, sobre las pendientes medias, hoy cubiertas de viñedos y olivares. Allí se alzaban las ciudades etruscas, las oppida, escalonadas a muchos centenares de metros sobre los valles, colgadas sobre las colinas. En cambio, Pisa, Luca y Florencia, ciudades de la llanura, adquieren rango tardíamente en la época romana”.

La amenaza de los pantanos que rodean Florencia no es ninguna broma, persistirá durante mucho tiempo, siendo posible observar de pronto peligrosas subidas de nivel de las aguas perniciosas. En el siglo XVI, todavía no se encontraban del todo saneadas las bajas tierras toscanas. “Las fiebres se extienden en las marismas, en la llanura triguera de Grossetto, donde todos los esfuerzos de la política de los Médicis… no llegaron a desarrollar el cultivo intensivo del trigo necesario para la gran exportación”.

Covadonga

Asturias, Covadonga

Por lo tanto, hablar en el Mediterráneo de tierras viejas sería tanto como hablar de alturas mientras que si se dice de llanuras habría que entender que se habla de tierras nuevas. Quien desee comprender la vida mediterránea, concluye en esta parte Fernand Braudel, “debe encuadrarla dentro del marco de esta antítesis: sólo ella le da su sentido histórico y humano”..

Un motivo más para no dejarse engañar, entendiendo en términos demasiado unilaterales la afirmación de que la montaña es adusta. Lo es ciertamente. Por el clima, por las dificultades inherentes a la comunicación y a la disponibilidad de recursos, por el mayor esfuerzo que es preciso hacer para arrancarle en ella los frutos a la tierra. Es verdad también que a veces es elegida como guarida de bandoleros, compañía no deseada para los habitantes de las encumbradas villas.

Pero ella tiene también su faz acogedora, que se muestra, según se ha visto, en la historia primitiva de las tierras aledañas al mar Mediterráneo, cuando el hombre busca ante todo el lugar seguro y saludable necesario para asentar una cultura duradera. A mayor abundamiento, ya se ha visto como también ampara al habitante de las tierras bajas en los tiempos difíciles en que su paz y su libertad son amagadas precisamente por el bandolerismo cuando este se impone en la llanura, si no por la tiranía del gobernante, por la rapiña del conquistador foráneo o por la peste desatada.

La montaña del mundo mediterráneo, símbolo de civilización naciente. Símbolo de rigor y de esfuerzo. Símbolo de autonomía y de libertad.

© Lino Althaner

El mundo mediterráneo, según Fernand Braudel

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El Mediterráneo no es solamente un mar. Es un complejo de mares, en el cual se incluyen ámbitos regionales como, por ejemplo, los correspondientes a los mares Egeo y Jónico, Adriático y Tirreno. El Mediterráneo se interioriza en las profundidades del Mar Negro y parece esforzarse por comunicarse con el Mar Rojo: en el siglo XVI los turcos tuvieron en la mente un canal que atravesara la franja del istmo de Suez. Los hombres se ponen al servicio de sus energías  y desarrollan una actividad que crecientemente pone de manifiesto sus vínculos con las aguas exteriores del golfo Pérsico y principalmente con el océano Atlántico,  cruciales ambas para su propio destino.

mar mediterráneoEs este un mar poblado de islas, unas significativamente extensas como Sicilia y Córcega, discretas otras como Chipre, Creta y algunas de las antaño llamadas Espóradas y Cícladas, otras en fin diminutas como Malta o Pantelaria, situadas entre Sicilia y la costa africana de Túnez. La vida del Mediterráneo es la de sus islas, el de sus grandes penínsulas y el de sus costas, pródigas tanto en acogedores golfos como en acantilados y roqueríos que dan al mar abierto. Pero, como dice Fernand Braudel, “su vida se halla mezclada a la tierra, su poesía tiene mucho de rústica, sus marinos son, cuando llega la hora, campesinos tanto como hombres de mar”. Porque  el Mediterráneo es tanto el mar de los olivos y los viñedos como el de los estrechos barcos de remos o los navíos redondos de los mercaderes que lo recorren en el siglo XVI. Su historia “no puede separarse del mundo terrestre que lo envuelve, como la arcilla que se pega a las manos del artesano que la modela”. Por lo demás, su vida no se relaciona solamente con las tierras vecinas a sus orillas, sino que también con alejadas regiones, para las cuales se hace de pronto  significativa la red de vínculos materiales y culturales que las vinculan al mar interior y a las regiones accesibles a través de él.

Alejandría de Egipto, en la costa africana del Mediterráneo

Alejandría, milenaria ciudad egipcia en la costa africana del Mar Mediterráneo

En la época de que trata Braudel en su libro, poco a poco el mundo occidental deja de girar en torno al Mediterráneo -“de vivir para él, con él y ajustándose a su ritmo”- para desplazar su centro hacia el poniente atlántico. Gracias a los descubrimientos de Colón y de sus sucesores, por los caminos de este océano se vuelven accesibles a Europa las Indias americanas y se abren nuevos caminos para llegar a las de Catay y las islas de las especias. El hombre vive por primera vez plenamente la experiencia de la redondez de la tierra. Su mundo es ahora muchísimo más amplio. En esa inmensidad, el Mediterráneo pasa a ser una mancha en el mapa. Aunque no hay que fiarse de las apariencias.

También España se ve violentamente atraída, o tal vez empujada hacia el mundo Atlántico, sobre todo a partir de los últimos decenios de la centuria,  y no puede sino hacerlo, pues es allí donde su hegemonía se verá muy pronto amenazada. Baste pensar, con tal motivo, para entender de qué se trata, en la creciente conciencia española -cuando ha transcurrido casi un siglo desde los viajes de Colón- de la renovada configuración geográfica del inmenso imperio y en la aventura frustada de la Grande e Invencible Armada.

A propósito de ello, se pregunta Fernand Braudel si los grandes personajes que aparecen frecuentemente en las historiografías como gestores de los acontecimientos -en este caso, el mismo Rey Prudente o su medio hermano Juan de Austria, o sus antagonistas en Inglaterra o en Francia- no fueran tal vez más que juguetes de la historia, de una historia  que, antes que obra de las decisiones o indecisiones de tales personalidades, de sus fortalezas o de sus debilidades, es condicionada imperceptiblemente por otros factores, tales como los movimientos, casi atemporales, difícilmente perceptibles, que ocurren en la relación del hombre con el medio que lo rodea, fuerza poderosa esta que abre sus ojos al conocimiento y a la creatividad, a la aventura, a los afanes de relación, de intercambio y de competencia, y también los que se manifiestan en el mar de fondo de la historia social de los grupos y las agrupaciones, las economías y los estados, los pueblos y las civilizaciones, movidos tal vez, claramente en ciertas ocasiones, por circunstancias ajenas a la voluntad del individuo, del rey o del mariscal, por poderoso que sea.

  Retrato de Felipe II por Sofonisba Anguissola 1573

Nos dice Braudel que no nos fiemos demasiado de la historia de los individuos y de los acontecimientos, que nos muestra las oscilaciones breves, rápidas y nerviosas, “la agitación de la superficie, las olas que alzan las mareas en su potente movimiento”, y que es, por supuesto, “la más apasionante, la más rica en humanidad, y también la más peligrosa”. “Desconfiemos -insiste- de esta historia en ascuas, tal como las gentes de la época la sintieron y la vivieron, al ritmo de la vida, breve como la nuestra. Esta historia tiene la dimensión tanto de sus cóleras como de sus sueños y de sus ilusiones”. Más que en la agitación de la superficie, advirtamos las mareas que la producen. Todavía más, tratemos de investigar las profundas causalidades que ocasionan el movimiento de las mareas.

Porque los acontecimientos resonantes no son, con frecuencia, más que los instantes fugaces  en que se manifiestan “las grandes corrientes subterráneas y a menudo silenciosas cuyo sentido sólo se nos revela cuando abrazamos con la mirada grandes periodos de tiempo”. Solo una vez conocidos esos grandes destinos puede ser apreciado el fenómeno histórico por encima de su aparencia, y comprendido en su verdadero significado y en su real importancia. Para ello es preciso distancia temporal y falta de compromiso directo con los hechos analizados.

Cito a Fernand Braudel: “El lector que se dedicara a leer los papeles de Felipe II como si estuviera situado en el sitio de éste, se vería transportado a un mundo extraño, al que le faltaría una dimensión; a un mundo poblado, sin duda, de vivas pasiones: a un mundo ciego, como todo mundo vivo, como el nuestro, despreocupado de las historias de profundidad, de esas aguas vivas sobre las cuales boga nuestra barca, como un navío borracho, sin brújula”.

Orbis terrarum nova et accuratissima tabula

Orbis Terrarum Nova et Accuratissima Tabula, mapamundi del s XVII (1658), por  N. Visscher

Una imagen muy superficial y muy parcial de la historia, sería la que brindara una mirada en tal medida comprometida, demasiado cercana,  incapaz de ver más allá de las cuatro paredes de los afectos y de las antipatías del observador. Sin caer en tal extremo, es frecuente con todo que las visiones de los historiadores se vean afectadas tanto por la incapacidad de una mirada objetivo de los fenómenos como por la de ver las cosas enmarcadas por las grandes perspectivas a que obliga una concepción de la historia que no es solo individuo y acontecimiento, sino que es también, muy  significativamente,  devenir y tiempo social, entorno y tiempo geográfico.

Una historia ambiciosa, consciente de sus deberes y de su inmensos poderes, es la que entrega Fernand Braudel a la consideración del lector, en ese gran libro que es El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II.

© Lino Althaner

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