Las montañas del Mediterráneo (2)

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Las montañas han solido ser tenidas como los barrios pobres del Mediterráneo. Sin embargo, esto es relativo. Advierte Fernand Braudel que en el siglo XVI había también lugares pobrísimos en comarcas no montañosas: tales las estepas de Aragón o las marismas pontinas del Lacio; pero tampoco faltaban en las serranías los sectores bastante favorecidos por la  naturaleza: por ejemplo, los valles situados en las alturas de los Pirineos. Las lluvias abundantes son, en las alturas, un factor de riqueza. Allí suelen abundar, por lo tanto, las tierras verdegueantes, dotadas de jugosos pastos y de espesos bosques. En otros sectores, la fortuna montañesa la hacen los recursos minerales del subsuelo.

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Pirineo aragonés 

Hay casos extremos, es cierto, de aridez y de pobreza. Fernand Braudel menciona algunos: el de la desolación que puede comprobar el embajador de Venecia cuando atraviesa la Alta Calabria en 1572 para reunirse en Sicilia con don Juan de Austria, el ilustre hermano de Felipe II; o del desamparo que se impone en la sierra Morena o en las sierras de Espadán; recuerda el paisaje abrupto de la Sierra de Bernia, en la cordillera Bética, que la hacía propicia a convertirse en centro de levantamientos moriscos como el ocurrido en 1526, con bastante anticipación a la rebelión y posterior guerra de las Alpujarras; y también se refiere a la inhospitalidad de los montes del interior de Sicilia. Casos semejantes podrían mencionarse unos cuantos más, de montañas estériles y hostiles incluso a la vida pastoril. Señala, sin embargo, el historiador francés, que no serían la regla general.

Se ha dicho que mientras la llanura es la zona en que prosperan las poblaciones de tipo urbano, la montaña sería la comarca del hábitat disperso y de las pequeñas aldeas. Afirmación que tampoco es válida sino de manera relativa. Hay ocasiones en que la llanura, como consecuencia de la agresión del invasor, del pirata o de la peste, se ve amenazada de saqueo, de devastación o de mortandad, se vuelve insegura. Entonces, qué le queda al habitante de la planicie sino preparar las maletas para refugiarse en el que ha elegido como su baluarte montañés, difícilmente accesible para el adversario de turno.

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Peillon, en Provenza, a 13 km. de Niza

Una cosa es con todo segura: “tanto si se habita en pequeñas aldeas como en pueblos grandes, la población montañesa resulta, por lo general, insignificante en comparación con los vastos espacios, de difícil tránsito, que la circundan, … y carentes, por tanto, de contactos e intercambios… La montaña se ve forzada a vivir de sí misma en cuanto a lo esencial; debe producirlo todo, como sea: cultivar la vid, el trigo y el olivo, aunque ni el clima ni el suelo sirvan para ello. Sociedad, civilización, economía: todo presenta aquí un carácter acusado de arcaísmo y de pobreza”. Pero también aquí es difícil proclamar una ley absoluta. Para ello bastaría traer a la memoria la cultura artística que florece en los Alpes o la civilización pirenaica, que florece por ejemplo en la forma de la vigorosa arquitectura románica que allí nace en los siglos XI y XII.

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San Clemente de Tahull, en el valle de Bohí, Cataluña

Se advierte en estas tierras encumbradas una tendencia general a  permanecer “al margen de las grandes corrientes civilizadoras, que discurren lentamente, pasando de largo” ante su presencia. “Capaces de extenderse ampliamente en sentido horizontal, estas corrientes parecen impotentes para ascender en sentido vertical ante un obstáculo de varios centenares de metros de altura”. Ni la misma Roma y su civilización triunfante significa mucho para estos mundos encaramados, reacios a dejarse impregnar con la corriente histórica imperante en la llanura.  La cultura latina, salvo excepciones, no se atreve a penetrar en tales parajes. Una situación que no se altera sustancialmente cuando la Roma de los Césares se muda en la de San Pedro y de los papas. Sólo con muchas dificultades y con mucha perseverancia puede avanzar el cristianismo en la tarea de evangelizar a los indómitos pastores y campesinos, la cual está todavía pendiente en el siglo XVI. En el Mediterráneo conquistado por el Islam, advierte Fernand Braudel, sucede algo parecido. De los bereberes del norte de África o de los kurdos del Asia Menor difícilmente podría decirse, aún hoy día, que hayan sido ganados del todo por la fe de Mahoma.

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Paisaje de Luberón

En otros sitios la montaña representa una zona de disidencia religiosa. Recordemos lo ya dicho acerca de la sierra de Bernia o de la sierra Nevada granadina. Algo parecido ocurre en Aragón. Cuando la llanura ha sido ya consolidada para el cristanismo, la fe y la cultura musulmana encuentran en las estribaciones montañosas la manera de susbsistir de alguna manera. Por otro lado, los esmirriados restos de los cátaros y de los valdenses perseguidos y exterminados de manera tan violenta durante la cruzada antihéretica del siglo XIII, encuentran refugio en el Luberón provenzal.

Hilos muy tenues suelen unir a las montañas con las creencias dominantes. La civilización se instala con dificultades en las alturas.Tiene en ellas un valor poco seguro. Confirma Braudel estas afirmaciones con varios ejemplos, demostrativos todos ellos del desajuste y del extraordinario rezagamiento de la vida montañesa, tanto en lo espiritual como en los demás aspectos de la civilización.

No es de extrañar que el folklore de estas comarcas este impregnado de una credulidad del todo primitiva, muy relacionada con la magia y la superstición que propician toda suerte de supercherías. “Extensas y virulentas epidemias diabólicas se extienden de un extremo a otro entre las aniguas poblaciones europeas, aterrándolas, sobre todo en las zonas altas, cuyo aislamiento las mantiene en estadios muy primitivos. Brujos, hechiceros, prácticas mágicas, misas negras: floración de un antiguo subconsciente cultural del que la civilización de Occidente no consigue liberarse”.

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Monte Brocken en el Harz

Montañas mágicas las hay por todas partes, de Alemania y Francia a los Alpes y a los Pirineos. El aquelarre es una forma misteriosa de catarsis, y también “una compensación social y cultural, revolución mental a falta de una revolución social llevada adelante con coherencia”.  La lectura de Braudel me recuerda en este punto la escena de la primera parte del Fausto en que Mefistófeles conduce a su víctima al monte Brocken, en las alturas Harz, para participar en el desenfreno de la Noche de Walpurgis.  En esta parte de su obra Goethe ha recreado de alguna manera esa realidad recargada de seres diabólicos, que impera sobre todo, aunque no exclusivamente, en las comarcas elevadas de una Europa no  lejana del bajo medioevo.

“El diablo recorre todos los caminos de Europa en el momento en que el siglo XVI toca a su fin, y más todavía durante las primeras décadas del siglo siguiente. Y parece que se adentra en España a través de los elevados pasos de los Pirineos. En Navarra, en 1611, la Inquisición castiga con severidad a una secta de más de 12.000 adeptos, los cuales adoran al diablo, le levantan altares y tienen trato familiar con él“.

© Lino Althaner

Dos mujeres

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Nuestra colega y amiga Rosa de los Vientos, a propósito de la penúltima entrada de este blog, comentaba apesadumbrada acerca de la prejuiciosa tradición que suele asociar no pocos males a la  belleza seductora de la mujer. Y yo le contestaba con una obviedad: recordándole la relación de ese tópico con la historia veterotestamentaria según la cual la seducción del primer hombre por su mujer, que indujo a este a gustar del fruto prohibido, desobedeciendo así el mandato divino, que significó nada menos que la pérdida del paraíso para la humanidad y la entrada de ésta en el ámbito del pecado y la imperfección.

Michelangelo Buonarroti

Michelangelo Buonarroti

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Tanto Adán como Eva tratan de disculparse ante Dios, en un estilo demasiado humano (Gen, 4,15). Adán: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí. O sea, no fui yo el culpable. Fue la mujer, y la que tú me diste. Eva: La serpiente me sedujo, y comí. Según la psicología junguiana, esta serpiente no representaría sino la sombra de la misma Eva, es decir, una parte de su inconsciente que se rebela contra la prohibición y muerde su propio anzuelo, haciendo que Adán también lo muerda.

Las consecuencias de esta historía, producto por cierto de una sociedad extremadamente machista, impregnan fuertemente a las religiones monoteístas. Y no pueden sino manifestarse en lugares comunes acerca de la condición de la mujer. A pesar de que los libros sagrados y la historia están llenos de mujeres que sobresalen por su fidelidad, por su carácter heroico, por su generosidad, por su compromiso con la comunidad, por su entrega al Altísimo. El ejemplo de éstas debería borrar de una vez por todas el efecto de aquel mito original.

El supremo modelo de mujer, el verdadero, lo conocemos. A partir de él, el modelo de Eva ha quedado obsoleto..

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Bartolomé E. Murillo – La Inmaculada Concepción

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El más perfecto es el de María, la madre de Jesús de Nazaret. Suma de perfecciones. De humildad, de inocencia y de pureza, de perfecta sintonía con la providencia divina, de perfecta sumisión y obediencia, por lo tanto, de amor y de entrega ilimitada. Así como la Eva del Génesis hace paladear a la humanidad el venenoso encanto del fruto prohibido, María la restaura con el fruto bendito de su vientre, el Mesías anunciado por los profetas, el Redentor. En otros artículos de de Todo el Oro del Mundo he destacado el reconocimiento que a esta mujer sublime y Reina de los Cielos han dedicado poetas de la estatura de Dante, Goethe o  T.S. Eliot. Por favor, ganen unos minutos en leerlos, pues dicen de una verdad que nace en lo profundo del alma humana.

Vergine madre, figlia del tuo figlio/ umile e alta più che creatura,/ termine fisso d’eterno consiglio/ tu se’ colei che l’umana natura/ nobilitasti si… (Virgen Madre, hija de tu hijo/ la más humilde y alta de las creaturas/ término fijo de la eterna voluntad/ tú eres quien la humana naturaleza ennobleciste…)  Así se dirige a ella Dante Alighieri en el Canto XXXIII del Paraíso. Y Goethe, en la escena final de su Fausto: Höchste Herrscherin der Welt,/ lasse mich im blauen,/ Ausgespannten Himmelszelt/ Dein Geheimniss schauen! (¡Sublime Señora del mundo,/ deja que contemple tu misterio/ en el fondo azul del cielo!). El misterio a que alude Goethe es el de la eterna femineidad de María.

Luego de haberle sido anunciado por el ángel que iba a ser madre del Salvador, en presencia de su prima Isabel, elevó al cielo un himno hermosísimo, conocido como el Magnificat, por la palabra inicial de su texto en la Vulgata latina.

Esta versión es en hebreo. La inscripción del himno que se muestra al principio se encuentra en la iglesia de la Visitación de Ain Karim, pequeña población cercana a Jerusalén en la cual, según la tradición, habría tenido lugar el encuentro entre María y su prima Isabel, la madre de Juan el Bautista.

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Alaba mi alma la grandeza del Señor/ y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador/ porque ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava;/ por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada,/ porque ha hecho en mi favor cosas grandes el Poderoso, Santo su nombre,/ y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen./ Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los de corazón altanero./ Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes./ A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos con las manos vacías./ Acogió a Israel, su siervo,/ acordándose de la misericordia/ -como había anunciado a nuestros padres- en favor de Abrahán y de su linaje por los siglos
(Lc 1, 46-56).

Este himno ha sido empleado muchas veces por los grandes compositores para elevar su propio canto de alabanza a la Reina de los cielos. Monteverdi, Buxtehude, Pachelbel, Charpentier, Bach y Vivaldi, entre los clásicos, Penderecki, Gorecki y Pärt, entre los modernos, han ideado músicas maravillosas para estos conmovedores versículos, que los cristianos hacemos nuestra oración para dirigirnos al Padre Eterno.

He elegido el Magnificat RV 611, de Antonio Vivaldi, para adicional ilustración musical de este artículo.

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(Magnificat anima mea Dominum,/ et exultavit spiritus meus in Deo salutari meo,/ quia respexit humilitatem ancillae suae./ Ecce enim ex hoc beatam me dicent/ omnes generationes, quia fecit mihi magna/ qui potens est, et sanctum nomen eius,/ et misericordia eius/ a progenie in progenies timentibus eum./ Fecit potentiam in brachio suo,/ dispersit superbos mente cordis sui,/ deposuit potentes de sede,/ et exaltavit humiles,/ esurientes implevit bonis,/ et divites dimisit inanes./ Suscepit Israel puerum suum/ recordatus misericordiae suae,/ sicut locutus est/ ad patres nostros/ Abraham et semini eius in saecula.

Hoy día se celebra el día de la Inmaculada Concepción de María. Es el motivo de este artículo. Es la ocasión de repetir su himno con nuestros labios y con nuestros corazones, y de clamar desde nuestra más honda intimidad:

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Maria

ora pro nobis.

© Lino Althaner
2014

La mujer eterna

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¿Qué busca el hombre en la mujer? Prominentes respuestas a esa pregunta: las de Dante, de Goethe, de T.S. Eliot, que ya he comentado en este sitio. Dante Alighieri, encadenado por el amor de Beatriz, termina por encontrar en ella el camino espiritual que lo conduce al sumo arquetipo de la mujer en Occidente, la Virgen Madre de Dios. Goethe, por medio de Fausto, busca lo eterno femenino, asociado a su heroína Margarita, que también lo conduce a la Madre, con la que obtiene redención. Eliot encuentra a la Mujer en el peñón junto al mar, donde ante una imagen suya piden protección los pescadores que se juegan la vida en el mar, y sus madres, sus esposas y sus hijos. Es la misma Vergine Madre, figlia del tuo figlio, a  quien el poeta florentino se dirige en el Canto XXXIII de la Commedia. Es la misma de Fausto y de Goethe.

Aunque siempre junto a ella una mujer real, de carne y hueso, una forma de hermosura y una sonrisa que nos pierde. Y nos redime.
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Wang Meifang – Rights reserved – image from Cuaderno de Retazos

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Hölderlin, el gran poeta, tenía también su Beatriz, tenía su Margarita. Se llamaba ella Susette. En su Hiperión, una obra romántica por excelencia, la llama Diotima. En ella personifica las más sublimes aspiraciones de su espíritu, en ella se encarna su amor a la alegría, su amor a la bondad sin disimulo, su amor a la belleza. La busca. La encuentra. La pierde luego y llora por ella.

Con estas palabras:

‘Sólo de vez en cuando puedo hablar un par de palabras sobre ella. Necesito olvidar todo lo que ella es, si debo hablar de ella. Tengo que fingirme como que vivió en tiempos antiguos, como si supiera algo de ella por una narración, si no quiero ser apresado por su retrato viviente y consumirme en el éxtasis y en el dolor, si no quiero morir la muerte de la alegría por ella y por ella la muerte del dolor.’
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Wang Meifang – Rights reserved – image from Cuaderno de Retazos

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‘¿No era ella para mí? Decidme hermanas del destino, ¿no era ella para mí? ¡A las fuentes puras pongo por testigos, y a los árboles inocentes que nos escucharon, y a la luz del día, y al Éter! ¿No era ella para mí? ¿No estaba unida a mí en cada nota de la vida?

‘¿Dónde está el ser que fuera tan capaz de conocerla como el mío? ¿En qué espejo se juntaban como en mí los rayos de aquella luz? ¿No tembló de alegría ante su propio esplendor cuando por primera vez lo descubrió en mi alegría? ¡Ah! ¿dónde está el corazón que, como el mío, le diera su plenitud y la recibiera de ella, que hubiera estado allí sólo para proteger el suyo, como hacen las pestañas con el ojo?

‘No eramos sino una flor, y nuestras almas vivían una en otra como la flor cuando ama y oculta sus tiernas alegrías en su cerrado cáliz.

‘Y a pesar de esto, ¿no me fue arrancada y arrojada al polvo como una corona usurpada?’
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‘Antes de que lo supiéramos ninguno de los dos, ya no nos pertenecíamos.

‘Ahora voy a la costa y miro hacia Calauria, allá lejos, donde ella reposa. Eso es lo que sucede.

‘¡Oh, pensar que nadie me presta su barca, sí, que nadie se apiada de mí y me ofrece sus remos y me ayuda a llegar hasta ella!

‘¡Sí, pensar que el bondadoso mar no queda en calma para que yo no me construya un bote y navegue hasta ella!

‘¡Quisiera abalanzarme al mar furioso e implorar a sus olas que me arrojen a la costa donde yace Diotima …!’
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Wang Meifang – Rights reserved – image from Cuaderno de Retazos

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‘Doy consuelo a mi corazón con toda clase de fantasías, me procuro cierto narcótico; pero sería mejor, sin duda, liberarse para siempre que ayudarse con paliativos; ¿pero a quién no le sucede lo mismo? Así, me contento con eso.

‘Yo ya he hecho lo que podía. Que el destino me devuelva mi alma.’

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Pero a su Susette-Diotima no la piensa el poeta Hölderlin como una guía que lo lleve a los brazos de la Madre que habría de mostrarle, como a Dante, la forma del Empíreo. La Mujer de Hölderlin se identifica más bien con Afrodita, la diosa griega del Amor, llamada Venus por los romanos. Como admirador del mundo griego, de sus valores, de su poesía, de sus formas de religiosidad, se lo representa en Afrodita, en quien ve, entonces, Friedrich Hölderlin, una instancia posible de salvación y renacimiento para el mundo, un mundo, tal como él lo veía, sumido en la rutina de la vida burguesa y de la hipócrita conveniencia.
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© 2012 Lino Althaner

La versión de T.S. Eliot del eterno femenino (Tres grandes poetas …) 3

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Profunda meditación acerca del tiempo y de la trascendencia, Cuatro cuartetos es uno de los grandes poemas de T.S. Eliot (1888- 1965). La tercera parte de él lleva por título The Dry Salvages, alusión a un pequeño grupo de rocas, con un faro, en la costa de Massachussets. El poeta medita en torno a los ríos y al mar, al mar que todos llevamos dentro, a nuestra esencia de viajeros, navegantes del mar de la vida. A nosotros nos interesa particularmente su cuarta sección:

Señora, cuyo altar se yergue
sobre el promontorio, ruega por todos
los que navegan, por aquéllos
cuyo afán es la pesca, por todos
los ocupados en lícito comercio
y por los que a éstos conducen.

Reza también una oración
por las mujeres que a sus hijos
o a sus maridos vieron
partir y no volver:
Figlia del tuo figlio,
reina de los cielos.

Y ruega asimismo por los que en barcos
navegaban y acabaron viaje
sobre la arena, en los labios del mar,
o en la garganta oscura que no ha de rechazarlos
o allí adonde no llega el angelus
perpetuo de la campana del mar.
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Ivan Aivazovsky - La muerte del barco - wikipaintings. org

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En el original inglés:

Lady, whose shrine stands on the promontory,
Pray for all those who are in ships, those
Whose business has to do with fish, and
Those concerned with every lawful traffic
And those who conduct them.

Repeat a prayer also on behalf of
Women who have seen their sons or husbands
setting forth, and not returning:
Figlia del tuo figlio,
Queen of Heaven.

Also pray for those who were in ships, and
Ended their voyage on the sand, in the sea’s lips
Or in the dark throat which will not reject them
Or wherever cannot reach them the sound of the sea bell’s
Perpetual angelus.

Esta sección de The Dry Salvages se inicia evocando la visión de un santuario de la Virgen, ubicado en el promontorio rocoso frente al mar, desde el cual es posible extender la mirada hasta el horizonte.  El poeta se dirige a la Señora pidiéndole que interceda por ‘todos los que navegan’, porque tienen un trabajo relacionado con el medio marítimo – la pesca o el comercio, por ejemplo – y ‘por los que a estos conducen’.

En la segunda estrofa le pide también por ‘por las madres que a sus hijos/ o a sus maridos vieron partir/ y no volvieron’. Ocasión en que, a modo de encendida alabanza, inserta el apelativo con que Bernardo de Clareval inicia su himno a la Madre de Dios en el canto XXXIII del Paradiso de Dante: ‘Figlia del tuo figlio’ (hija de tu hijo), alabanza paradojal sólo comprensible como parte del misterio cristiano, a la que Eliot agrega: ‘Queen of Heaven’ (reina del cielo).

En la tercera estrofa, la plegaria por los muertos en el mar, en sus labios arenosos o en su garganta profunda y por todos aquellos a quienes, en la hora de la muerte, ha parecido no alcanzarles la palabra salvadora del Hijo de Dios, simbolizada aquí con la figura del ‘angelus perpetuo/ de la campana del mar’.

Pero el mar es imagen de la vida. En definitiva, la plegaria a la ‘Vergine Madre’ es por todos los viajeros de la vida, por toda la humanidad. Que en el sentir del poeta solo halla la salvación en el motivo del Angelus, la oración que gira en torno a la Anunciación y a la Encarnación de Cristo.
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Iván Aivazovsky - Después de la tormenta - wikipaintings.org

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En el viaje de la vida, el hombre solo no es capaz. Una ayuda le es precisa. Por ello, la plegaria de la Virgen por todos aquellos que afrontan el azaroso periplo, está siempre vigente. Sin límite aparente.



Dante, Goethe, T.S. Eliot. Tres visiones de lo Eterno Femenino. Coincidentes en la imagen de la Mater Gloriosa.

 Figlia del tuo figlio.
Queen of Heaven.

La traducción al español es de Esteban Pujals Gesalí (Cátedra, Madrid 2008)

© 2012 Lino Althaner

Tres grandes poetas en busca de la Mujer (Goethe) 2

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Beatriz, en la Divina Comedia, tiene con Dante una relación de algún modo similar a la que tiene Margarita, en el Fausto de Johann Wolfgang Goethe (1749-1832), con el personaje principal de la obra, en cuyo interior se esconde el propio Goethe. Existen, claro, notables diferencias entre ambas figuras femeninas. Mientras Beatriz es la imprecisa, la siempre remota y humanamente inalcanzable, Margarita es la mujer real, trágicamente real, tanto que ha sido seducida por Fausto, arrastrada por él a una condición humillante, convertida en mediadora de la muerte de su madre y de su hermano Valentín, llevada al infanticidio y a la condena a muerte por el crimen cometido.
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Mikhail Vrubel (1896) - Fausto - detalle - wikipaintings. org

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Sin embargo, todo ello no es suficiente para apagar el amor de Margarita por su seductor. Ese amor es tan grande que no sólo es capaz de redimirla de su culpa sino también, en definitiva, de procurar la redención de Fausto, siervo de los reiterados egoísmos e injusticias a que lo inclina la parte oscura de su personalidad. Esa parte oscura que se siente tan a gusto en compañía de Mefistófeles, quien lo inclina a acceder a sus caprichos, a sus desemesuradas ambiciones, a sus sueños de grandeza. Porque en el fondo, bien lo sabemos, Mefistófeles no es sino la cara poco presentable de Fausto,  de su apariencia civilizada.

Fausto es una especie de arquetipo del hombre moderno. Optimista en la búsqueda, incansable en la acción, nada parece detenerlo en sus ansias de goce y de realización. Pragmático, no le preocupa demasiado el límite ético. Y aunque sabe de las necesidades del espíritu, no permite que ellas lo constriñan.  Se reconoce egoísta y es capaz, ciertamente, de vender su alma al demonio a cambio de unas gotas de éxito, de aplauso, de satisfacción. Aunque en el fondo de él hay también un anhelo espiritual. Detrás de su esfuerzo por ganar el mundo se esconde, como creo que en todo hombre, el anhelo de trascenderlo en el reposo infinito.  Ese anhelo, unido al amor de Margarita y a la buena voluntad de los poderes celestes, será en definitiva su salvación.

Como es sabido, la obra está dividida en dos partes. La primera cuenta la historia de la perdición mundana de Margarita, de la cual es autor el protagonista con el indispensable auxilio mefistofélico. Hay un poder más alto, no obstante, que los poderes del mundo y los del príncipe del mundo. Es el poder que rescata a la heroína y asegura a su alma la vida eterna. En la segunda parte de la obra, siguen las peripecias de Fausto en su incontenible carrera hacia la riqueza y la fama, siempre acompañado del consejo del demonio. Una carrera que termina con su fin natural y cuyo destino metafísico no podría ser sino el de la perdición. ¿Qué ocurre, sin embargo?
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Mikhail Vrubel - Fausto (1896) - detalle - wikipaintings.org

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Se consuma la trama en el acto V de la segunda parte.  Margarita ha pedido por Fausto a la Mater Gloriosa.  La Madre ha vuelto hacia Fausto sus ojos misericordiosos. En un paisaje etéreo, se prepara la escena final.

Personajes de la esfera divina hacen su entrada. Los ángeles acompañan al alma de Fausto. Ya proclman los coros:

Ha sido salvado el noble miembro
de manos del maligno.
Se ha afanado hasta el fin
y podemos rescatarlo.
Si además el amor
de lo alto lo acompaña,
ya le pueden dar la bienvenida
los santos coros.

(Gerettet  ist das edle Glied/ Der Geisterwelt vom Bösen,/ Wer immer strebend sich bemüht, /Den können wir erlösen. /Und hat an ihm die Liebe gar/ Von oben teilgenommen, /Begegnet ihm die selige Schar/ Mit herzlichem Willkommen).

Se ha hecho presente la Virgen como mediadora salvífica. Ha sido salvada el alma de Fausto. Entonces interviene el Doctor Mariano para describir el ámbito luminoso en que la escena se desarrolla, en el entorno más límpido y más sublime:

Libre es aquí la vista,
el espíritu se eleva.
Mujeres que pasan
se encaminan a lo alto.

En medio de ellas,
coronada de estrellas,
cómo resplandece
la gloriosa Reina de los cielos.

(Hier ist die Aussicht frei,/ Der Geist erhoben. /Dort ziehen Fraun vorbei, /Schwebend nach oben. /Die Herrliche mitteninn/ Im Sternenkranze,/ Die Himmelskönigin,/ Ich seh’s am Glanze).

Y luego, conmovido, dirige a María este himno de alabanza:

Majestuosa soberana de los cielos
deja que contemple
como se despliega tu misterio
por el azul firmamento.

Aprueba los tiernos impusos
del corazón humano,
que hacia ti se dirigen
fervientes de amor sagrado.

Invencible es nuestra valentía
cuando tu majestuosa nos guías.
Y se aplaca nuestro ardor
cuando nos apaciguas.

Virgen pura en el más bello sentido,
Madre digna de veneración.
Reina por nosotros elegida,
del linaje de los dioses.

(Höchste Herrscherin der Welt!/ Lasse mich im blauen,/ Ausgespannten Himmelszelt/ Dein Geheimnis schauen. // Billige, was des Mannes Brust/ Ernst und zart beweget/ Und mit heiliger Liebeslust/ Dir entgegenträget.  //  Unbezwinglich unser Mut,/ Wenn du hehr gebietest; /Plötzlich mildert sich die Glut,/ Wie du uns befriedest. // Jungfrau, rein im schönsten Sinn,/ Mutter, Ehren würdig,/ Uns erwählte Königin,/ Göttern ebenbürtig).

A los pies de la Mater Gloriosa, se congregan las penitentes, implorando gracia. Entre ellas Margarita.
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Mikhail Vrubel - Fausto (1896) - detalle - wikipaintings.org

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Que vuelve hacia la Madre su canto agradecido:

¡Acerca, ¡oh Tú!,
sin igual, Tú gloriosa!
tu rostro benigno hacia mi gozo.
El amado de otro tiempo
no más ya perturbado,
ya regresa.

Y refiriéndose a Fausto:

Rodeado del noble coro espiritual
de sí mismo apenas es consciente.
Pero apenas presiente su nueva vida 
ya se asimila a la legión sagrada.

Ved como se libera
de toda atadura terrenal
y cómo de la etérea vestidura
resurge la fuerza juvenil.

Permite que le instruya,
pues  el nuevo día le deslumbra.

(Neige, neige,/ Du Ohnegleiche,/ Du Strahlenreiche,/ Dein Antlitz gnädig meinem Glück!/ Der früh Geliebte,/ Nicht mehr Getrübte,/ Er kommt zurück. // … Vom edlen Geisterchor umgeben,/ Wird sich der Neue kaum gewahr,/ Er ahnet kaum das frische Leben,/ So gleicht er schon der heiligen Schar./ Sieh, wie er jedem Erdenbande/ Der alten Hülle sich entrafft/ Und aus ätherischem Gewande/ Hervortritt erste Jugendkraft./ Vergönne mir, ihn zu belehren,/ Noch blendet ihn der neue Tag).

El amor de la Madre, sublime intermediadora, requerido por el amor de Margarita, ha inclinado la balanza a favor del protagonista, que en un momento creímos sin remedio perdido. 

Postrado en actitud de adoración, eleva el Doctor Mariano su oración.
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Mikhail Vrubel - El serafín de seis alas (1905) - wikipaintings.org

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Y ya puede el Coro Místico decir su himno final:.

Todo lo perecedero
no es más que una imagen; 

Lo inaccesible
aquí se realiza;

Lo indescriptible
se hace realidad;
Lo Eterno-Femenino
nos impulsa a elevarnos.

(Alles Vergängliche/ Ist nur ein Gleichnis;/ Das Unzulängliche,/ Hier wird’s Ereignis;/ Das Unbeschreibliche,/ Hier ist’s getan;/ Das Ewig-Weibliche/ Zieht uns hinan).

Así, pues, tal como Beatriz ha rogado por Dante a la Señora, cuya intermediación le procura la visión de los cielos y el encuentro consigo mismo, así logra Margarita que la Madre vuelva sus ojos a las cuitas de Fausto en el supremo momento, y conceda la gracia pedida. Nuevamente, se encarna en la Mujer el ‘eterno femenino’, la potencia que impulsa a los hombres a lo más elevado de sí mismos y les procura, en fin, la redención. 

Para qué decir que por este final tan mariano, tan ‘católico’, la obra fue difícilmente digerida en algunos ámbitos alemanes, mayoritariamente protestantes. Pues resulta difícil de entender para el profano que el poeta se encuentra en un nivel más alto que el de los dogmas que separan a los hombres. Y que intentan imponerse por encima del amor a la caridad.

A quien quiera experimentar la sublimidad del final de este drama en toda su operística grandeza, le recomiendo encarecidamente la musicalización de Schumann, en las Escenas del Fausto:
http://www.youtube.com/watch?v=VuuQ7QUK5ms
http://www.youtube.com/watch?v=BMrtWZXVusg

Claro, el idioma puede ser siempre una limitación, tratándose de los textos -que no supera del todo ninguna traducción-. Pero, ya lo sabemos, la música no requiere traducción.

© 2012 Lino Althaner

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