La inescrutabilidad de los designios divinos (Guía de Perplejos 5)

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Sigo reseñando y comentando pasajes de la obra “Guía de perplejos”, del filósofo judío nacido en España Rabí Moshe ben Maimon. En la entrada anterior de esta serie comenzaba a referirme a las ideas del autor sobre la divina Providencia.
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La letra hebrea Ayin - símbolo cabalístico de la Providencia divina

La letra hebrea Ayin – símbolo cabalístico de la Providencia divina

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Maimónides dice fundamentar su opinión sobre la Providencia divina en la Torá -el Pentateuco mosaico- y en los Libros proféticos. Se hallaría allí expresada una doctrina más verosímil, a su entender, que las demás que se disputan la verdad en esta materia.

Afirma que en el mundo sublunar todo está sometido al azar, con la sola excepción de los individuos de la especie humana, sobre los cuales vela la Providencia divina. Ello es así, según Rabí Moisés, porque la Providencia está ligada a los seres dotados, en virtud de una divina efusión, de la inteligencia. Sobre estos, los hombres en tanto seres inteligentes, sobrevuela la Providencia, que ponderaría permanentemente todos sus actos con vistas a su premio o castigo.

Sin embargo, no todos los seres humanos se vinculan a la Providencia del mismo modo. Cuanto mayor sea su perfección, cuanto mayor su cercanía a Dios, tanto más positiva resultará en él la acción de la divina Providencia; tanto más se manifestará, en su vida, la semejanza suya con el divino intelecto. La Providencia vela sobre cada individuo según  su mérito.
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“De esta consideración se sigue -afirma Maimónides- que la Providencia velará sobre los profetas con especial solicitud y conforme al grado que en la profecía ocupen; igualmente, sobre los piadosos y los buenos, conforme a su piedad y rectitud…” En cuanto a los ignorantes y pecadores, en cambio, tan alejados del influjo de la divina inteligencia, afirma que “su situación es menospreciable, quedando a la altura de las demás especies animales: ‘Es semejante a las bestias privadas del habla’ (Sal 49, 13-21). Por tal motivo se estimó cosa intrascendente suprimirlos, y hasta de pública utilidad”. Aquí nuestro sabio, tan admirado por otros conceptos, se hace eco de ese extremo rigor tan querido por la religión primitiva de los israelitas, más tarde notablemente atemperado, sobre todo a partir de la figura de Jesús de Nazaret.

Con respecto a la alegada notoriedad del bienestar, la tranquilidad y la felicidad de que suelen gozar los malvados, en comparación con el desasosiego y la desgracia que afligen a los bondadosos y a los sabios con alguna frecuencia, la explicación de Maimónides pareciera ser que la tal apariencia contradictoria no sería sino un producto del alcance limitado de las percepciones humanas, que si no son capaces de entender los misterios de la Naturaleza, mucho menos lo serían de acertar en el verdadero significado de los designios divinos.

Aunque a estas alturas deberíamos recordar también lo que se ha dicho en anteriores artículos de este blog acerca del origen del mal y de los tipos de males que afligen a la humanidad (V. “El origen del mal” y “Los tres males de la humanidad“), según lo que Maimónides explica en su “Guía de Perplejos”. Entenderíamos entonces que la Providencia divina tiene una necesaria limitación en la imperfección humana, derivada, en opinión de nuestro sabio cordobés, de la circuntancia de estar el ser humano de dotado de materia. Deberíamos comprender que, si el hombre está sometido, sin excepción, a las enfermedades, a los accidentes, a las catástrofes naturales, al sufrimiento y a la muerte, resultaría peligroso para un conocimiento adecuado de la vida sobre la tierra, achacar este tipo de ocurrencias a la intervención providencial.
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* Texto hebreo del salmo 23: “El Señor es mi pastor, nada me falta…”

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Los desastres naturales -terremotos, aluviones y huracanes- serían de ocurrencia azarosa. Lo mismo cabría decir de accidentes tales como el desplome de una techumbre sobre los moradores de una casa, el hundimiento de un navío o la avalancha que sepulta en vida a los trabajadores de una mina. Tales acontecimientos están relacionados frecuentemente, por otra parte, lo sabemos por experiencia, con nuestra desmesura en la voluntad y en la acción, como asímismo con nuestra humana imprevisión. No hay que achacarlos entonces, afirma Maimónides, a la voluntad divina. Aunque sí podría corresponder a un designio superior la circunstancia de que determinados individuos se encontraran allí en el momento del siniestro, pues esto último se explicaría “en consonancia con lo que tales personas se habían merecido, conforme a los juicios de Dios, cuyas normas de acción son inaccesibles a nuestra inteligencia”. Se trataría en estos casos de unas mezclas de providencia y de azar difícilmente accesibles a nuestra razón.

Otra limitación autoimpuesta de la Providencia divina se encontraría, por cierto, en el hecho de haber dotado Dios al ser humano de libre albedrío, esto es, de la facultad de encaminar su vida conforme a opciones ejercidas en libertad, a permanentes elecciones entre alternativas más o menos buenas. Tendríamos entonces que tener también cuidado en atribuir los males que recíprocamente se infligen los hombres unos a otros, como guerras, persecuciones, discriminaciones y abusos, a intervenciones activas o pasivas de la Providencia. Que tampoco tendría responsabilidad en los males a que los individuos se exponen a sí mismos por su propia desmesura o imprevisión. Que derivan de sus propias opciones malencaminadas.

Sin embargo, si uno se atuviera a lo que las Escrituras del Antiguo Testamento, me refiero a la Torá y a algunos libros históricos, dicen sobre la guerra, podría arribar a una conclusión distinta. Hay que tener presente que, en el Antiguo Testamento, Dios es el Señor de los Ejércitos, cuyos decretos específicos son los causantes de las guerras en que se compromete el pueblo elegido,  los cuales exigen con frecuencia derramientos de sangre inauditos y prohíben toda suerte de clemencia con el enemigo, con sus mujeres, sus ancianos y sus niños.  El camino del pueblo judío a través de los desiertos de Arabia hasta internarse en la Palestina y radicarse definitivamente en la Tierra prometida es, según lo narran crudamente las Escrituras (V. Éxodo, Números, Deuteronomio, Josué) una huella de sangre inocente. Es que el Dios aquel no solamente justifica el genocidio sino que lo hace un instrumento en sus manos, pero solamente cuando se ejerce en contra de quienes se ponen en el camino del pueblo de Israel.

A9A.

Afirmar esto es ciertamente doloroso. Pero parece que es así.

© 2014
Lino Althaner

Maimónides y la Providencia divina (Guía de Perplejos 4)

Comentarios desactivados en Maimónides y la Providencia divina (Guía de Perplejos 4)

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Vuelvo a la “Guía de Perplejos”, la admirable obra de Maimónides, el filósofo, teólogo y médico judío del siglo XII, nacido en la ciudad de Córdoba, entonces gobernada por el Islam.

Mi último comentario sobre e particular concernía al pensamiento de Moshe ben Maimón en torno al origen del mal (Guía de Perplejos 3b) y a las diversas clases de males que afligen a la humanidad ( Guía de Perplejos 3c). Materias que por cierto se relacionan con el tema que ahora repasaré sucintamente, el de la divina Providencia.
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Enfrentado a la perplejidad de sus lectores, desorientados por la profundidad y complejidad de estas cuestiones, Maimónides quiere satisfacerlos con respuestas que sean capaces de conjugar la enseñanza de las Escrituras y de los maestros de la Torah con las exigencias de la razón humana y con la realidad de la vida.

Quiere responder a preguntas como las que siguen: ¿Depende de la providencia toda ocurrencia en el cosmos o todo cuanto ocurre bajo el sol? ¿Está todo acontecimiento determinado de antemano? ¿Cuán amplio es el espacio entregado al ser humano, a su libertad, para guiar el curso de su vida y el de la historia? ¿En qué consiste el libre albedrío, la capacidad del hombre para elegir entre el bien y el mal? ¿No es la historia sino la escenificación de un libreto escrito por la mano de Dios? ¿No es todo lo que ocurre sino producto del azar?

Preguntas que pesan sobre el hombre, admirado y a la vez angustiado ante la insondabilidad del cosmos y de la vida. Demasiadas preguntas, que continuan abrumando al ser humano, incapaz de conciliar la grandeza del mundo que lo rodea con su aparente pequeñez.
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Maimónides opina que son cinco las tendencias fundamentales que orientan la opinión de los hombres en lo que concierne a la Providencia divina.

El azar como absoluto. Y lo primero que le parece necesario descartar es que las cosas sucedan al azar. Atribuye a Heráclito la idea de que la vida tiene lugar merced a las interacciones azarosas de los átomos entre sí y se resiste a pensar, por su parte, que no exista un agente superior que conduzca de alguna manera al universo como conjunto ordenado por las leyes de una inteligencia cósmica. Esta visión no es ajena a nuestros tiempos. La teoría del ‘big bang’ suele ser esgrimida -aunque tal vez erróneamente- como la máxima prueba del azar como supremo determinante del mundo y de la vida.

La relatividad del azar. Tampoco le complace la opinión según la cual solo algunas cosas están bajo el gobierno de un Ser que las rige y coordina, en tanto que otras dependen únicamente del azar. Atribuye semejante opinión a Aristóteles y afirma al respecto: “Todo cuanto él veía proseguirse sin interrupción ni alteración en su proceso, tales como las condiciones de las esferas celestes o lo sujeto a una regla indefectible sin excepción, como acontecimiento en las cosas físicas, lo atribuía a una dirección, es decir, a la Providencia a ello inherente; pero en lo que él contemplaba desligado de reglas y exento de un cierto orden, como, por ejemplo, las circunstancias individuales de cada especie, sea vegetal, animal o humana, afirmaba que era efecto del azar y no de una ordenación, es decir, en ellas la Providencia no intervenía”. Según esta opinión, que Maimónides rechaza, la vida humana estaría exenta de la intervención providencial. Las leyes del cosmos serían debidas a la Providencia. Las circunstancias de la vida al azar.

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El determinismo total
. Otro punto de vista, según Maimónides, es el de quienes afirman que no hay nada, ni en lo universal ni en lo particular, que sea debido en modo alguno a la casualidad; que todo obedece a una voluntad, una intención y un régimen. Da como ejemplo el de algunos musulmanes -de la secta de los asaríes- según los cuales el viento que hace que la hoja de un árbol se desprenda no es fortuito: es Dios el que pone al viento en movimiento y este debe operar en un lugar y en un momento determinado según un decreto divino. Lo mismo ocurre con la vida humana, desde el nacimiento hasta la muerte. Si algo ocurre, bueno o malo, el único comentario que cabe sería: Dios lo ha querido así.

Poca es la capacidad del hombre para intervenir en un mundo así de determinista. En este escenario, parece no haber cabida para el libre albedrío, esto es, la capacidad volitiva y operativa del hombre para optar por un curso de conducta o de acción. Por supuesto, Maimónides también rechaza esta opinión, indigna según él de una persona de religión. ¿Pues, de qué servirían los preceptos éticos o religiosos si las opciones del hombre carecieran de sentido, si sus impulsos hacia el bien o hacia el mal carecieran de toda efectividad? En un mundo determinista el hombre debería ser declarado irresponsable e inocente de sus actos. Ellos le están irrevocablemente asignados. Solo le cabe aceptarlos como parte de su destino.

Libre albedrío con limitaciones. Sabiduría divina insondable. Alude luego a la opinión de quienes piensan que el hombre posee, en principio, la facultad de obrar según su albedrío, esto es, de optar entre las alternativas que se le ofrecen en el curso de su existencia, por lo cual sí que tendrían sentido los mandamientos y prohibiciones establecidos por ley religiosa. Sin embargo, la libertad humana estaría a sujeta a severas limitaciones, pues la vida está llena de condiciones o acontecimientos predeterminados por la sabiduría divina, cuya justicia es infalible, aunque no siempre resulta accesible a la comprensión humana.  Así, afirma, algunos llegan a afirmar que si un individuo está afectado de una enfermedad congénita, es decir, sin haber cometido pecado alguno, es porque así lo ha querido la Providencia para bien del afectado. Y, para el caso del hombre virtuoso que perece en la flor de su edad, explican simplemente que ello sucede para que su recompensa sea mayor en el otro mundo. Porque Dios lo ha querido así para su bien. En esta parte coincide esta opinión con la anterior.
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¿Cual es la opinión de Maimónides? La examinaremos en el próximo artículo de esta serie. En tal oportunidad les contaré además un cuento, el de la burra de Balaam, que es una parábola bíblica acerca de la divina Providencia? También les diré algo de mi propia opinión sobre esta materia.

Todo indica, sin embargo, que el tipo de preguntas a que se enfrentó Maimónides, tal vez el mismo perplejo en algún momento ante la dificultad de darles respuesta, seguirán inquietando al ser humano, día a día, mientras siga habitando la faz de la tierra.

Porque casi podría aseverar que, en su fuero interno, él tampoco estaba seguro de que su punto de vista fuera el acertado.

© 2014
Lino Althaner

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Imágenes:Gustave Doré (Satán y Abdiel), William Blake (El Anciano de los días e il. de Job) y Pietro da Cortona (Alegoría de la Divina Providencia), todas de http://wikiart.org.

Maimónides y el Mesías, Jesús de Nazaret

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Conocida de los lectores de este blog es mi intuición de que existe una sabiduría -‘philosophia perennis’, la llamaba Aldous Huxley- que se manifiesta en la forma de creencias, principios y valores que son comunes a todo sentimiento religioso, y en una espiritualidad que se empina por sobre el dogmatismo estrecho que suele caracterizar a las religiones institucionalizadas. Aun cuando son múltiples los lazos que las unen, no siempre hay mucho interés en destacar su importancia: porque, puestos ellos de manifiesto, dejan de tener sentido las divisiones, fundamentadas a veces en aspectos secundarios. En todo caso, el sueño de unir a la humanidad en una espiritualidad que sea capaz de unificar las formas opuestas, sigue siendo válido. Tal vez más válido que nunca en estos días.

Con esa idea en la mente es que he reflexionado en torno a las religiones, pero sobre todo acerca de las tendencias de carácter místico que se revelan tanto en Oriente o en Occidente como dotadas de una fuerza y de una amplitud capaces de aglutinar en vez de dividir. Con ese espíritu he escrito tanto sobre la mística judía como sobre el sufismo de los musulmanes y la espiritualidad cristiana presente en  figuras tan universales como las del Maestro Eckhart, de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa de  Ávila. Me he remontado también a las intuiciones del gnosticismo primitivo y, asimismo, por cierto, a los tesoros del el taoismo y el budismo.

Recientemente he estado ocupado en la lectura de Maimónides, el sabio judío, filósofo y maestro de la ley religiosa, nacido en España en el siglo XII y que escribió en árabe su famosa obra “Guía de Perplejos”. Un maestro de la interpretación racional, que pone de manifiesto la insuficiencia del lenguaje para representar las cosas de Dios y que descubre la alegoría, la analogía y el espíritu que anima las palabras donde otros se quedan en la pura literalidad. Alguna huella de esos estudios ha quedado impresa en este sitio.

Dibujo por Elhanan Ben-Avraham (http://www.jerusalemperspective.com/8770/art-018) Elhanan Ben-Avraham: José y sus hermanos –    No podría acaso representar también a Jesús y sus discípulos
(http://www.jerusalemperspective.com/8770/art-018)

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Con motivo de tales investigaciones, me he topado con un artículo del estudioso D. Thomas Lancaster que analiza la manifestación de una tendencia judía que no debería parecernos tan extraña: la de considerar a Jesús de Nazaret como el verdadero Mesías. Digo que no me parece extraña por la evidencia de que Jesús de Nazaret era judío de tierra y de religión. Se expresa como judío, lee las Escrituras en las sinagogas  y una buena parte de su legado más preciado se encuentra de alguna manera ligada a enseñanzas ya expresadas, tal vez con menos fuerza, en la Torah, los Profetas y los Escritos, esto es, en los libros del Antiguo Testamento. Solemos olvidar lo que debería servirnos también para iluminar nuestros puntos de vista acerca de la religión judía. También olvidamos que los primeros creyentes en la mesianidad de Jesús se consideraban plenamente judíos.

He traducido dicho artículo del inglés. Se títula ‘¿Qué tienen en común Maimónides y Jesús de Nazaret?’ Se refiere a un rabino que creía en Jesús de Nazaret. Lo he hallado en el sitio First Fruits of Zion y lo pongo a disposición de mis lectores:

“Cuando Rabbi Isaac Lichtenstein, rabino distrital de la ciudad húngara Tapioszele, confesó abiertamente su fe en Jesús de Nazaret como el Mesías (Cristo) prometido, se desató una tormenta. Su hijo mayor, Emanuel Lichtenstein, escribió a su padre una afligida carta en la cual sometía su decisión a una serie de agudos cuestionamientos. Entre las objeciones expresadas por Emanuel a su querido padre estaba la concerniente al rechazo histórico formulado por el judaísmo a Jesús. ¿Porque, si Jesús fuera efectivamente el Mesías, cómo se podía explicar que las grandes luminarias del judaismo tradicional no solamente hubieran desconocido el hecho, sino que se opusieran activamente contra esa posibilidad? El siguiente es un pasaje de la respuesta de Rabbi Lichtenstein a su hijo, traducido al inglés por David Baron en su escrito “Las dos cartas, o Lo que yo opino”.

Rabbi Isaac Lichtenstein

Rabbi Isaac Lichtenstein

“Esta es la respuesta de Rabbi Lichtenstein:

“Lejos esté de mí, hijo mío, desafiar ligeramente la voz del pueblo. Generalmente inclino humildemente la cabeza ante las luces de Israel, guardianes incansables de los muros de Sión, que afirman lo divino en la fe, iluminan la razón, perfeccionan los corazones, purifican la moral, y mantienen la verdad pura y no adulterada de la alianza.

“¿Sin embargo, fue la voz de Dios la expresada por el pueblo que rechazó a Jesús de Nazaret, un gran reformador en el ámbito del judaísmo, que no buscaba ciertamente destruir el judaismo, sino más bien renovar el antiguo templo de la religión, para que esta pudiera resistir mejor los huracanes de la historia?

“¿Fue la voz de Dios la que repudió a Moisés ben Maimón (Maimónides), cuyo código religioso se ha mantenido indiscutible por siglos, cuya autoridad es incontrovertida, invencible, y cuyos trece artículos de fe han adquirido el caracter de dogma en todo Israel? ¿Fue la voz de Dios la que se expresó cuando el pueblo persiguió y censuró a Maimónides, lo calificó de herético y de engañoso, de falso maestro, y quemó sus escritos y profanó su tranquila tumba, arrojando sobre ella barro y piedras? E incluso hubo grandes héroes del espíritus, luce excelsas de Israel, tales como Rabbi Abraham ben David, Rabbi Salomo of Montpellier, que excitaron entonces al pueblo a la desconfianza y a la furia.

“¿Fue la voz de Dios la que por medio del pueblo rechazó al mejor y más noble de los hombres, el más profundo talmudista de todos los tiempos, el gran hombre dotado de la visión propia de un águila y de una flexibilidad  intelectual poco usual, fue en verdad la voz de Dios la que anatematizó a Rabbi Jonathan Eibeschutz, de cuya mundialmente famosa escuela salieron miles de jóvenes que luego serían eminentes rabinos, y que todavía brilla en Israel como estrella de primera magnitud? ¿Fue verdaderamente la voz de Dios la que se expresó cuando Eibenschutz fue expulsado de la comunidad de Israel, privado de su oficio de rabino, sospechoso de ser cristiano de manera oculta y denunciado como seductor del pueblo, denostado e indicado con el dedo? E incluso hubo hombres renombrados y famosos, como Rabbi Jecheskiel Landau y Rabbi Jacob Emden, que encendieron contra él el fuego devorador del odio y la discordia y luego celosamente lo avivaron.

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“¿Y acaso, en fin, fue la voz de Dios la que se pronunció cuando el pueblo persiguió a aquel sabio de Dessau, Moisés Mendelssohn, con pasión fundamentalista, anatematizando así la vida de quien fue, hasta el autosacrificio, incansable y magnánimo servidor de su pueblo, y cuya obra por la liberación y renovación de Israel, fue tan duradera y exitosa que hasta el día de hoy, después del transcurso de una centuria, todo Israel lo proclama como suyo. Y fueron también hombres prudentes y razonables, escogidos, luces de Israel, quienes artificialmente crearon la reacción contra sus obras, especialmente contra su incomparable traducción de los cinco libros de Moisés.

“Me podría perder en el infinito si quisiera mencionar todos los hombres piadosos y buenos cuya existencia, sin embargo de haber consagrado sus vidas y capacidades a la santificación del Nombre Divino y a la salvación de Israel, fue amargada por la gran ingratitud de su pueblo, que solo empezó a acordarse de ellos, lamentarse y mostrarse arrepentido, cuando ya era demasiado tarde, mucho después que sus huesos se habían vuelto polvo. Sin embargo, no haré reproches a mi pueblo por este motivo, pues esta resistencia a todo lo novedoso, a lo nunca antes escuchado, es un planta venenosa, que estrepitosamente crece en la tierra empapada de sangre de todas las religiones.

“Prefiero decir en honor del judío que su sentido práctico y sobrio ha sabido, en alguna medida, hacer justicia a sus grandes y excelentes pero malentendidos y perseguidos benefactores, y ha tejido perfumadas coronas de flores alrededor de las mismas famosas cabezas otrora coronadas de espinas. Asimismo, estoy firmemente convencido que Jesús aparecerá en algún momento a los judíos como una gloriosa y radiante estrella, como el genio de la humanidad, el ancla que nos salva de las tormentas de la historia, el sol de la fe pura, que se renueva y se renovará definitivamente en la gloria celestial.

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Jesús Nazareno, rey de los judíos – Nótese que las primeras letras en hebreo corresponden a las del tetragrama (יהוה) con que se expresa el nombre impronunciable de Dios, según el judaísmo

“Pues derramaré sobre la dinastía de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de oración; y mirarán hacia mí. En cuanto a aquel a quien traspasaron, harán duelo por él como se llora a un hijo único, y le llorarán amargamente como se llora a un primogénito’ (Zacarías 12, 10-11). Y porque tal como explica un maestro del Talmud: ‘Llorarán amargamente al Mesías, el hijo de José, que fue ejecutado’ (Sukkah 52). Muros que parecen como una división poderosa entre judíos y cristianos, entre clases y razas, entre empleados y empleadores, entre amos y sirvientes, entre Dios y el hombre, caerán a su paso”.

Muy extensamente podríase comentar acerca de este hermoso texto. En la imposibilidad de hacerlo a cabalidad, rescatemos a lo menos dos mensajes que nos deja, para a lo menos considerarlos.

El primero nos dice de ciertas cosas en las que no hay que confiar ciegamente cuando se trata del ámbito religioso y espiritual. Una de ellas, la voz del pueblo. En ella se apoyaron quienes mataron a Jesús. Tampoco debería, a mi juicio, acatarse ciegamente la voz de una tradición inflexible, por mucho que sea afirmada por sabios maestros, ya que su origen no siempre arranca de un pasado del todo cristalino.  En las cosas de Dios, el hombre ciertamente es ilustrado por las grandes enseñanzas, pero en definitiva es la luz del espíritu la que debe iluminar a su libre albedrío a la hora de ejercer una opción.

El otro mensaje se refiere a la hermandad religiosa. La hermandad es más que mera tolerancia, es comprensión de la chispa de verdad que brilla en la fe del otro. Es también aceptación de la relatividad de todo conocimiento humano en su acercamiento a lo sobrenatural y absoluto. Así, si la hermandad ha de ser predicada con respecto a judíos y cristianos, debe serlo también entre ellos y musulmanes, y ciertamente, asimismo, entre las tantas denominaciones que se manifiestan en cada uno de estos grandes monoteismos, cada una proclamando muchas veces la posesión absoluta de la verdad.

Y esto no debe afirmarse solo de las religiones que fluyen del tronco semita. También del budismo, del taoismo, del hinduismo, y de las demás, cuando se manifiestan como una búsqueda sincera, bien intencionada y no fundamentalista de lo divino.

© 2014
Lino Althaner

Los tres males de la humanidad (Guía de Perplejos 3c)

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Vimos en el artículo anterior de esta serie que, según Maimónides, existen en el mundo tres clases de males: El mal natural, el mal que se ocasionan los hombres unos a otros y el que se causan a sí mismos.

El mal natural. Ya lo dijimos. La naturaleza del hombre lleva consigo el límite, la imperfección. La materia de que está compuesto determina su debilidad. Su vida pende de un hilo. Lo acechan los accidentes, las enfermedades, los achaques de la edad y la muerte. Y como ser dotado de conciencia, sabe y sufre su vulnerabilidad.  De esta condición humana, materia dotada de conciencia, deriva la primera clase de males que suelen afectarlo. Son ellos, no obstante, los menos frecuentes, explica el sabio cordobés en la “Guía de Perplejos”.

Albrecht Dürer, Los cuatro jinetes del Apocalipsis

Albrecht Dürer, Los cuatro jinetes del Apocalipsis

El mal que los hombre se hacen unos a otros. El abuso de la fuerza, la injusticia, las mil caras -tantas veces enmascaradas- de la explotación, la tiranía, la guerra: el mal que un hombre inflige a otro hombre, que a su vez quiere vengarse o se desquita en un tercero. Estos males, nos dice Maimónides, son bastante más frecuentes que los de la primera especie. Un examen de la prensa diaria, nacional o internacional, lo confirma. Allí hallamos las crónicas del crimen abierto o encubierto, ejemplos de la violencia injusta, de la rutina inestable de tantos pueblos, de la realidad que todo pueblo ha vivido alguna vez en su historia.

Aunque Maimónides no es del todo pesimista a este respecto. Y afirma: “Sin embargo, en ninguna ciudad del mundo hallarás que los males de esta clase estén generalizados entre los habitantes de la misma, sino que su existencia es también rara, como el individuo que sorprende por la noche a otro para matarle a robarle. Solamente en las grandes conflagraciones de esta especie de males alcanza a cuantioso número de gentes; pero ni aun esto es frecuente en toda la tierra”.

Es este el tipo de conflagraciones en que se especializó exquisitamente la humanidad civilizada en el siglo XX: carnicerías bestiales en unas estúpidas guerras, genocidios, campos de concentración de diverso signo, masivas hambrunas, exilios colectivos, bombas atómicas, decenas de millones de muertos inocentes. Todo en nombre de insensatas utopías, Difícil para nosotros, el optimismo del filósofo judío.

Plaza Tiberiades en el barrio judío, Córdoba

Plaza Tiberiades en el barrio judío, Córdoba

Los males que el hombre se ocasiona a sí mismo. Estos, los del tercer tipo, son los más comunes. Sobrevienen a la persona por su obra u omisión y lo arruinan por su propia voluntad. Derivan de la desmesura en el actuar y en el ambicionar lo innecesario, aquello de lo cual se puede prescindir sin detrimento de la realización personal, esto es las cosas difícilmente alcanzables, por lo tanto escasas y onerosas. Por ellas los hombres se desviven en engañoso espejismo, compitiendo torpemente entre sí,  pagando un precio descomedido.

“De éstos males se lamentan todos los hombres, y pocos se encontrarán que no sean responsables de ellos ante sí mismos”. Cita Maimónides el Libro de los Proverbios (6,32):

“La necedad del hombre tiene sus caminos”.

También el Eclesiastés (Ecl 7,29):

“Lo que hallé fue sólo esto: Que Dios hizo recto al hombre, pero él se complicó con muchísimas maquinaciones”.

Pues “no brota del polvo la iniquidad, ni es el suelo el que produce el infortunio”, sino que “es el hombre quien engendra la desventura”. (Job 5,6.7)

William Blake, Los Ángeles del Bien y del Mal

William Blake, Los Ángeles del Bien y del Mal

Esta clase de males -asevera Maimónides- es consecuencia de todos los vicios, esto es, por ejemplo, del apetito excesivo por la comida y la bebida, especialmente si estas son de mala calidad, o de la práctica desmedida del acto sexual.  Tanto las dolencias perniciosas del cuerpo como las del alma derivan de tales desmesuras. Por una parte, la alteración experimentada por el cuerpo influye necesariamente en el espíritu, en el ánimo o en el sistema nervioso, Desde otro punto de vista, el alma suele inclinarse a las apetencias por lo innecesario, por el lujo y la ostentación, por el exceso, desequilibrándose a sí mismo y ocasionando la ruina del cuerpo y del espíritu.

“Así, todo hombre ignorante, de torcidos pensamientos, siempre anda triste y apesarado porque le es inasequible el lujo conseguido por otro, y a menudo arrostra grandes riesgos… con el fin de lograr estos lujos inútiles; mas cuando adentrado por esos caminos experimenta contrariedades, se queja del decreto de Dios y sus preceptos, empieza a murmurar contra su fortuna y se asombra de su poca justicia, porque no le ayudó a conseguir gran riqueza con que agenciarse vino en abundancia para estar siempre embriagado, y numerosas concubinas ataviadas con oro y pedrería de variadas clases, que le sirvan de incentivo para disfrutar del placer sexual más de la cuenta, como si en ello se cifrara el objetivo de la existencia de ese miserable”.

El hombre suele precipitarse al abismo ciegamente. Y si no logra la consecución hasta el punto de hacer asequible a su alma perversa la satisfacción de sus pasiones rastreras y apetitos suicidas, incurre en la adicional insensatez de culpar a Dios de impedirle alcanzarla. O, en caso de alcanzarla, de los males -enfermedades, accidentes y desolaciones- que son consecuencia directa o indirecta de tan desmesurada satisfacción.

Ephraim Lilien, La Alianza de Abraham

Ephraim Lilien, La Alianza de Abraham

Por el contrario, nos dice, “los virtuosos y sensatos conocen y penetran la sabiduría que resplandece en el universo, como lo proclamó David (¡la paz sea sobre él!): ‘Todas las sendas de יהוה son benevolencia y verdad, para los que guardan su alianza y sus mandamientos’ (Sal 25,10), dando a entender que quienes se acomodan a la naturaleza de las cosas y a los preceptos de la Ley, percatados de la finalidad de entrambas, contemplan claramente la bondad y la verdad universal; por ello cifran su ideal en lo que constituye su destino como hombres… En cuanto a las necesidades corporales, buscan lo preciso, pan para comer y vestido para cubrirse” y desprecian lo innecesario, pues la sed de cosas superfluas deviene, más ordinariamente de lo que se pudiera pensar, en carencia de lo rigurosamente necesario.

Como se puede ver, la sabiduría de estas orientaciones sigue siendo válida en estos días, quizás más válidas que nunca en una sociedades mercantiles que hacen lo imposible por crear necesidades del todo artificiales, por promoverlas y por facilitar al hombre la satisfacción de las mismas a cambio de un precio demasiado elevado: primero la pérdida de rumbo, luego la adicción y el extravío; con frecuencia la ruina o el vacío, o ambos a la vez.

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Opino, en todo caso, que misteriosamente, cualquiera que sea el mal que lo aflige, siempre queda para el ser humano la intuición de una fuerza capaz de redimirlo, de una plenitud que se puede sobreponer a cualquier contrariedad. Que se hace presente en las peores condiciones, haciendo realidad el famoso verso de Hölderlin:

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“Donde impera el peligro, crece también lo que nos salva”
(“Wo aber Gefahr ist, wächst das Rettende auch”).

© 2014
Lino Althaner

 

El origen del mal (Guía de perplejos, 3b)

3 comentarios

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Así como la materia de que están hechos el hombre y todo aquello a lo que alcanzan sus sentidos, le impide ver a Dios, así también hay que atribuir a ella la causa de que el mal exista en el mundo. La materia está asociada a la privación, a la imperfección, a la degeneración y a la muerte, y el mal es precisamente eso, siendo capaz de asumir las mil caras de la privación que deriva de la imperfección material.

De ello podría deducirse una voluntad divina de introducir el mal en el mundo. Sin embargo, a juicio de Maimónides, ello debe del todo descartarse. Pues todo lo que emana de él, de su esencia divina, es el sumo Bien.

maimonides

Explica el autor de la ‘Guía de Perplejos’ que todo aquello no dotado por Dios de materia -así los seres puramente espirituales, los ángeles, por ejemplo- no adolece en cambio de ningún mal.  Y es en esta creación de lo puramente espiritual donde se revelaría la acción divina directamente y en toda su integridad, como perfección, como Bien que emana del puro Ser de Dios. Con respecto a la creación material agrega, sin embargo, que “el Libro que iluminó las tinieblas del mundo dice textualmente: ‘Y vio Dios ser bueno cuanto había hecho’ (Gen 1, 31), porque aun el ser de esta materia inferior cuya destino es el de ir asociada a la privación, que entraña la muerte y todos los males, a pesar de todo también es un bien en orden a la perpetuación de la generación y la permanencia necesaria del ser. Y porque

‘Nada malo desciende desde arriba’.
(B’reshith Rabba: בראשית רבה)

Me parece que lo que Maimónides quiere decir habría que entenderlo de la siguiente manera: La materia de que está hecho el mundo tiene sus propias leyes, provenientes del diseño cósmico original, pero establecidas para funcionar por sí solas, libremente, merced a una lógica en cuyo conocimiento el hombre tiene que avanzar. Ahora bien, en lo que se refiere a la materia de que está hecho el hombre ella lleva anexa también, entre otras capacidades que lo hacen distinto de los demás seres vivos, una significativa autonomía, una decisiva libertad, el libre albedrío.. De la forma en que operen -independientemente de Dios- las leyes de la naturaleza y de la manera en que el hombre ejerza su libre albedrío y se relacione con la naturaleza, dependerán la manera y la medida en que el mal se concrete en el mundo. Dios no introduce el mal. Solo introduce la posibilidad de que el mal pueda llegar a existir, siempre que el hombre no esté a la altura de su dignidad, despreciando el conocimiento o despreciando la voz de la naturaleza..

Así, pues, una buena parte de los males que amargan la vida humana derivan de tendencias, pasiones y sentimientos  que se expresan desmesuradamente por motivo de la falta de conocimiento. El mal sobre la tierra es, por lo tanto, producto de la ignorancia.

“Como el ciego, por la falta de visión, constantemente tropieza, causando también lesiones a los demás, si no tiene a quien le guíe por su camino, de igual modo las diversas facciones humanas y cada individuo, en la medida de su ignorancia, se infligen, a sí mismos y a los demás, graves males, que pesan sobre su linaje. Si estuvieran en posesión de la ciencia,… sentiríanse refrenados de dañarse a sí mismos y a los otros, por cuanto el conocimiento de la verdad retrae de la enemistad y del odio, y evita que los humanos se hagan daño mutuamente. Ya lo atestiguó quien dijo: ‘Habitará el lobo con el cordero, y el leopardo se acostará con el cabrito…, la vaca pacerá con la osa…, y el niño de teta jugará junto a la cueva del áspid’, (Is 11, 6-8), precisando que la causa de la eliminación de esas enemistades, discordias y tiranías, será  el conocimiento que los hombres tendrán entonces -al fin de los tiempos- de la realidad de Dios”.

Pues, agregaría por mi parte, hasta que el hombre no tenga ese pleno conocimiento, no será capaz de tomar conciencia total de su dignidad, ni conocerse a sí mismo de manera integral, ni poner por encima de tanta torpeza y necedad, la bondad derivada de su no reconocida semejanza divina.

Manuscrito de la Mishné Torah, firmada por Maimónides (Universidad de Oxford), obra suya tan importante como la Guía de Perplejos

Manuscrito de la Mishné Torah, firmada por Maimónides (Universidad de Oxford), obra suya tan importante como la Guía de Perplejos

Contradiciendo la opinión de que el mal se impone sobre el bien en el universo, el sabio cordobés arguye que ese error deriva de una falta de perspectiva, frecuente en los hombres ignorantes. Es que tal clase de hombres, explica, suelen imaginarse al universo como si existiera solo para él. Sin percatarse de su insignificancia, deduce del mal que le ocurre o que afecta a algunos individuos de la especie humana,una maldad abrumadora y casi generalizada. Y lo hace sin siguiera pasársele por la mente todas las múltiples clases de bien de que la vida está repleta, ni menos el que impera sin contrapeso en las esferas superiores. El bien mismo de la existencia, unido a todas las cualidades y potencias con que el Hacedor ha distinguido a la humana criatura, serían entonces por sí solas un beneficio suficiente, digno de agradecimiento.

E insiste en lo que ya adelantara la cita anterior:

“La mayoría de los males que recaen sobre los individuos se deben a ellos mismos, esto es, a los imperfectos miembros de la especie humana. Por nuestras deficiencias nos lamentamos e imploramos ayuda; por los males que nosotros mismos nos acarreamos, por propia voluntad, nos dolemos y los atribuimos a Dios (¡lejos tal cosa de nosotros!), conforme él ha proclamado en su Libro: ‘¿Si destruye, es atribuible a él? No, a sus hijos, que son los mancillados’ (Dt 32,5). Salomón expone la misma idea, diciendo: ‘La necedad del hombre tuerce sus caminos, y contraיהוה ‎ irrita su corazón’ (Prov 19,3).

Tres clases de males afligen al hombre, según Maimónides:

Primeramente menciona los que le advienen por el solo hecho de estar dotado de materia. Y cita en esta parte a Galeno (s. II):

“No te dejes seducir por la vana ilusión de que pueda formarse de la sangre menstrual y el esperma un animal que no muera ni sufra, que esté en perpetuo movimiento, o sea resplandeciente como el sol”.

Lo máximo a que pueden aspirar la sangre y el esperma es la especie humana, compuesta de entes vivos, racionales y mortales; por consiguiente, es en ella obligada la existencia de este tipo de males. No hay nacimiento sin corrupción. No hay humano que sea inmune a las enfermedades, a los accidentes, a las catástrofes naturales -sismos e inundaciones, por ejemplo-  al sufrimiento y a la muerte.

Tumba de Maimónides en Tiberias, Israel

Tumba de Maimónides en Tiberias, Israel

Pero hay que puntualizar que esta especie de males no es de diaria ocurrencia. “Encontrarás ciudades que desde hace miles de años no han sido anegadas ni pasto del fuego, millares de personas que nacieron en perfecta sanidad” en tanto que solamente por anomalía nace un ser anómalo. Y hay hombres que viven largos años sin padecer enfermedad.

Luego se refiere a los males que recíprocamente se infligen los hombres unos a otros, que son algo más corrientes que los anteriores, que derivan, de las guerras, las persecuciones, las discriminaciones, los abusos de toda clase que los hombres suelen idear. Y por fin trata de los males más comunes, que son los que más abundan. Son ellos los que arruinan al ser humano por su propia voluntad, por su propia acción o su propia imprevisión. Derivan de la desmesura en el actuar y en el ambicionar lo innecesario, que es lo más oneroso y difícil de obtener.

En el próximo artículo de esta serie seguiré ocupándome de ellos con algún mayor detalle, progresivamente admirado de la claridad con que el sabio cordobés expone sus ideas y de su sabiduría para compatibilizar su formación aristotélica racionalista y realista con su fe religiosa.

© 2014
Lino Althaner

Las espaldas de Dios (Guía de perplejos, 3a)

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Y oísteis bien sus palabras, pero no visteis figura alguna, solo se manifestó su voz
Dt 4, 12.

A Dios nadie le vio jamás
Jn 1, 18

Que el Señor hablaba a Moisés cara a cara, como habla un hombre a su amigo, se nos dice en el capítulo 33, 11 del Éxodo. Pero la expresión cara a cara, le parece a Maimónides no puede ser entendida de manera literal. Es por ello que recomienda proseguir en la lectura del texto y avanzar hasta el versículo 18, en el cual Moisés se atreve a pedirle a su Señor: “Muéstrame tu gloria”. La respuesta de יהוה proporciona una clave ciertamente esclarecedora: “Yo haré pasar ante ti mi bondad y pronunciaré ante ti mi nombre …; pero mi faz no podrás verla, porque no puede verla el hombre y vivir”, afirma el versículo 19.

Pero no es tan solo el rostro físico de Dios -que Dios no lo tiene, recordemos lo que dice el sabio cordobés sobre su incorporeidad- el inaccesible a la visión humana; lo es también la resplandeciente gloria de su entera manifestación espiritual, Y tendríamos que entender que es a esta revelación a la que se refiere Moisés cuando le pide a su amigo, el Señor, que le muestre su rostro, esto es, que le enseñe su esencia misma. Y en su respuesta, es como si el Señor dijera al patriarca: “Reconoce como ser humano los límites infranqueables de tu entendimiento y de tus sentidos. Por cercano a mí que te sientas, arrodíllate ante el misterio de lo alto y profundo que es inaccesible a tu capacidad”. Reconocimiento que, como sabemos, lo han hecho muchos místicos, expertos en aproximarse a la divinidad.

Con todo, prosigue Adonai, “yo haré pasar ante ti mi bondad y pronunciaré ante ti mi nombre…, agregando luego enigmáticamente:  Hay aquí un lugar cerca de mí; tú te pondrás sobre la roca. Cuando pase mi gloria, yo te pondré en la hendidura de la roca, y te cubriré con mi mano mientras paso; luego retiraré mi mano, y me verás las espaldas, pero mi faz no la verás“. Es decir: “Olvídate de la posibilidad de ver mi rostro, de contemplar la plenitud de mi gloria, la esencia de mi Ser. No sobrevivirías a la experiencia. Sin embargo, mi gloria pasará ante ti, mi bondad, y te protegeré con mi manos para que no perezcas ante su presencia. Luego me retiraré y, entonces solamente, podrás ver algo de mí”.

Sumo sacerdote samaritano con los rollos de la Torah

Sumo sacerdote samaritano con los rollos de la Torah

¡Las espaldas de Dios! Muchas interpretaciones se han ensayado acerca de esta expresión. Maimónides comienza por explicar que la palabra hebrea correspondiente a faz o rostro (פנים, panim) es también un adverbio de lugar que significa delante. Y alude a propósito a la opinión del famoso Onkelos (35-120), autor de una versión aramea de la Biblia hebraica (Targum), conforme a la cual las palabras “mi faz no la verás” se referirían a todas las cosas espirituales y abstractas que están, en el ámbito celeste sobrenatural, ‘delante’ de Dios, directamente en su presencia; que no son por cierto humanamente aprehensibles. Sí lo serían en cambio, a juicio de Onkelos, las cosas dotadas de materia y forma, que están, en la jerarquía del Ser, por debajo de aquéllas. Tales serían las que el hombre puede ver como las espaldas de Dios, es decir, en su condición de efectos de la acción divina sobre la Creación y que el Señor deja tras de sí en su acción conservadora del universo, que son como las huellas de su paso.

Así, entonces, tendríamos que entender, por una parte, que no solo sería del todo imposible para el hombre  acceder sensitiva o intelectualmente a la visión del rostro de Dios -de su gloria, de su esencia, de su faz-  sino que también a todo lo que se sitúa, por decirlo así, abstracta y espiritualmente ante él, en su presencia misma, en el ámbito indecible que le es propio. Por lo tanto, está el ser humano circunscrito a ver e interpretar lo que queda una vez que Dios ha pasado, lo que resulta de su voluntad en la Creación, sin ser parte de su esencia misma, abstracta y espiritual. También podría el ser humano contemplar los atributos divinos -tales como la clemencia, la bondad, la belleza, pero también el rigor y la ira, tan frecuentes en el Señor de la Biblia hebraica- en acción, traduciéndose en efectos providenciales, reveladores y redentores.

Página del Targum Onkelos

Página del Targum Onkelos

Para dar a entender esta idea de lo que Dios deja a su paso en términos, por ejemplo, de belleza, a mi me parece apropiado recordar unos versos del Cántico Espiritual de San Juan de la †. En el primero de ellos, pregunta el alma enamorada a las criaturas si han visto al Amado en las cercanías:

¡Oh bosques y espesuras
plantadas por la mano del Amado;
oh prado de verduras
de flores esmaltado,
decid si por vosotros ha pasado!

A lo que responden las criaturas, declarando la belleza que ha dejado a su paso la gloria del Amado:

Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con tresura,
e yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejo de hermosura.

Sabemos, sin embargo, que la Creación no es solamente bondad y belleza.

El Papa Francisco con un rabino judío y un imán musulmán

El Papa Francisco con un rabino judío y un imán musulmán, en Tierra Santa: ¿acaso una manifestación de la Providencia divina?

¿Es que la providencia divina se expresa también en lo que la vida tiene de imperfecto, de cruel, de repulsivo? ¿Es Dios el que deja todo ello también a su paso?

Por otra parte, ¿que nos dice la figura de Jesús de Nazaret como rostro divino?

Preguntas a las que con toda humildad, trataremos también de responder.

© 2014
Lino Althaner

A imagen y semejanza (Guía de perplejos 2)

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Díjose entonces Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza, para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todas las bestias de la tierra y sobre cuantos animales se mueven sobre ella. Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra;…” (Gen 1, 26-27).

Maimónides en Córdoba

Maimónides en Córdoba

“Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza”, declara el Creador en el libro del Génesis, capítulo 1, versículo 26.

Pues bien, a Maimóndes le preocupa que, mediante una interpretación superficial, pudiera deducirse que a la imagen y semejanza divina que al hombre aquí se atribuye, debería corresponder lógicamente una semejanza de Dios con el ser humano. Particularmente le inquieta que esta semejanza pudiera incluso predicarse de la forma y aspecto de la divinidad, de su corporeidad. Ello se podría inferir de la palabra hebrea correspondiente a imagen (צֶלֶם, tzelem), si a esta le fuera atribuido el significado de forma o aspecto de una cosa. Y afirma al respecto el sabio cordobés, que no han faltado quienes, convencidos de tal creencia, concluyeran que si se apartaban de ella y negaban que Dios tuviera un cuerpo con cara y manos como ellos, salvo que más grande y resplandeciente, estarían desmintiendo el texto bíblico y hasta negando la existencia de Dios.

Una parte importante de la Guía de Perplejos está dedicada a delucidar las cuestiones relacionadas con lo que es posible al hombre afirmar acerca de la naturaleza divina, de sus atributos y de su esencia, y a descartar primeramente de la idea Dios todo antropomorfismo material y toda imagen de corporeidad, reafirmando a propósito la necesidad de interpretar los textos sin sucumbir a las trampas de la apariencia literal y recurriendo al contexto y al espíritu de los textos -y también a la razón, que no puede despreciar como filósofo de formación aristotélica- con el objeto de desentrañar su verdadero sentido.

Por ahora, veamos lo que dice el capítulo primero de la primera parte acerca de cómo hay que entender los vocablos imagen (צֶלֶם, tzelem)  y semejanza (דְּמוּת, demut) para interpretar debidamente los versículos transcritos. Nos dice al respecto que para expresar una apariencia física -la bella forma de un rostro, por ejemplo- o una estructura artificial, existe en hebreo el sustantivo toar (תֹּאַר). Es una denominación -dice- que jamás se aplica a Dios (¡exaltado sea!) -¡lejos de nosotros!-; ello por la simple razón de que no es atribuible a la divinidad una apariencia física, un rostro en sentido material o una hechura artificial.

Primera página de la Guía de Perplejos (s. XV)

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En cambio, la palabra tzelem, empleada por el aludido texto bíblico, sirve más bien para referirse a la esencia constitutiva de una cosa, a lo que ella es en sí y compone su realidad en cuanto ente determinado y no a su apariencia física, según deduce de otros tantos versículos del Antiguo Testamento que cita (Gen 39,6; 1Sm 28,14; Jue 8,18, entre otros). En el hombre, esa esencia es la razón, vinculada por cierto a la capacidad intelectiva que lo diferencia de los demás seres vivos que pueblan la tierra. Por lo cual cuando el Génesis usa este vocablo para afirmar la imagen divina que se refleja en el hombre, no lo hace, para hacer referencia a su rostro o a su conformación física sino para referirse a su razón y a su intelecto. Y es en consideración a estos atributos que podría afirmarse del hombre que fue hecho a imagen de Dios. Yo agregaría también que en razón del espíritu divino que mora en el interior del ser humano. Pero en esto creo que el aristotélico Maimónides no estaría de acuerdo.

Para confirmar esta su primera impresión acerca de la forma en que deben ser interpretadas la palabras del Génesis referidas a la creación del hombre, Maimónides se ocupa del otro vocablo principal empleado en el versículo 26 del capítulo primero. Se trata del término demut (דְּמוּת), equivalente en español a semejanza, Y afirma al respecto que se trata de un derivado de damah (דָּמָה, asemejarse) e indica similitud respecto de una idea. Cuando  se dice: “Me asemejo (דָּמִיתִי) al pelícano del desierto” (Sal 102, 6-7), no es en cuanto a alas y plumaje, sino a la tristeza de uno y otro”. Y lo mismo en: “Ningún árbol del jardín de Dios le igualaba (דָּמָה) en hermosura” (Ez 31, 8), donde se trata de una semejanza en orden a la idea de belleza… y no de figura ni de aspecto. Igualmente, “la semejanza (דְּמוּת) del trono” (Ez 1, 26) indica una similitud en orden a elevación y majestad, no a la cuadratura, grosor y longitud de los pies, como imaginan los espíritus menguados

Lo cual le sirve para descartar adicionalmente del pasaje bíblico toda idea de semejanza física y para concluir:

En consecuencia, dado que el hombre se distingue por algo muy singular que hay en él, inexistente en ninguno de los seres que pueblan la esfera lunar, a saber, su capacidad intelectual, para la que no se emplea ni el sentido ni parte alguna corporal, ni extremidades, se la ha comparado con la comprensión divina, independiente de medio alguno, aunque no se da semejanza propiamente dicha, sino sólo a primera vista. Por tal motivo, quiero decir, a causa del intelecto…, se ha dicho a imagen Dios y su semejanza, no que Dios (¡bendito sea!) sea un cuerpo dotado de figura.

Portada de la Guía de Perplejos

Portada de la Guía de Perplejos

Más adelante en su libro, Maimónides refuerza la crítica a la figura y al aspecto del hombre como imagen y semejanza divina, y la completa con múltiples disquisiciones acerca de la inconmensurable lejanía de la divinidad con respecto a las capacidades sensitivas, intelectivas e imaginativas del ser humano. Dios es el inalcanzable, el invisible, el inefable, el impensable, el incognoscible. Así, de él solo se puede decir por medio de adjetivaciones negativas como las precedentes. De él no se puede predicar atributo positivo alguno. Maimónides profundizará en este pensamiento, según veremos, en su doctrina de los atributos divinos, en la cual se acerca a la teología negativa (o apofática) de Dionisio el pseudo Areopagita, y a quienes afirman que Dios es tan distinto a todo lo que es y está de tal manera más allá de todo ser, que más que un ente es un no-ente, un no-ser, una nada sin fin, como el Ayn Sof (אין סוף) de los cabalistas.

Por ahora, solo un ejemplo más del pensamiento del sabio sefardita en esta materia capital:

… así como es conveniente enseñar a los niños y divulgar en las masas que Dios (¡glorificado y honrado sea!) es uno y no hay que adoptar a ninguno otro fuera de él, de igual manera es menester que aprendan, por la autoridad tradicional, que Dios no es un cuerpo y no existe absolutamente ninguna similitud bajo cualquier aspecto entre él y sus criaturas, que la existencia de éstas no guarda semejanza con la de él, ni su vida con la de los seres vivientes, como tampoco su ciencia con la de quienes son cognoscitivos, y aceptar el dogma de que la diferencia entre él y ellos no se reduce a un más o menos, sino a la naturaleza de la existencia.

De lo que podría inferirse que la desemejanza de Dios con sus criaturas humanas no es tan solo en la forma y aspecto, sino en todo lo demás. Aparentemente, la idea de imagen y semejanza divina que proclama el Génesis se reduce a nada. ¿O a casi nada?

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© 2014
Lino Althaner

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