Las visiones (5)

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Extraña visión, la de un orbe separado en cinco partes -correspondientes a los cuatro puntos cardinales y a una porción central- que se regulan mutuamente con sus cualidades originarias y se corresponden con los cinco sentidos del hombre.  El conjunto es susceptible de entenderse como la oportunidad que se da al ser humano, si no se encuentra en el número de los que desde ya se deleitan en la luz, para su perfeccionamiento y restauración a través del arrepentimiento y la penitencia.

Tal es el sentido de la vida terrenal, después de la caída de Adán.

 

Libro de las Obras Divinas - Segunda parte

Libro de las Obras Divinas – Segunda parte


Hacia el oriente -que en la imagen se muestra a la izquierda- se puede ver un globo rojo rodeado de un círculo de color zafiro, rodeado de dos alas que se despliegan, curvándose, hasta mirarse entre sí. Estas dos alas representan, en la visión de Hildegarda, la protección divina del hombre, que se manifiesta “en lo próspero y en lo adverso, es decir, en la dulce inspiración y en el duro reproche”, En ese mismo extremo oriental se puede advertir un edificio en forma de castillo que asciende hacia el globo, figurando “la ciudad construida de piedras vivas bajo la protección divina,” esto es, la “civitas Dei”, que “dirige su mirada hacia el juicio de Dios, glorificándolo.”

 

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El castillo, el globo rojo rodeado de zafiro, el camino, la estrella, circundados por las alas protectoras de Dios


El globo rojo rodeado de zafiro figura el juicio omnipresente de Dios sobre los hombres, en el cual prima la misericordia sobre el rigor. Desde allí, un camino se extiende y al cabo del mismo refulge una estrella brillante.

Y se representa así cómo, “desde los juicios del poder de Dios hasta la perfección de sus protecciones, se dirige una vía, sobre la cual florece la divinidad, donde aparece el Hijo encarnado de Dios, nacido de la Virgen; y le sigue con fuerza y con piadosa devoción una gran multitud que ama la virginidad y que acoge la perfección”.

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Así como las alas superiores protegen el camino de las almas hacia lo alto, otro par de alas desciende hasta la mitad de la redondez de la tierra, “inclinándose hacia la plenitud de la buena voluntad de los hombres y poniéndola al amparo del verdadero amor”.

En cuanto a la otra mitad del orbe, está ella circundada por un arco de color rojo rodeado de tinieblas. Es que, conforme a la visión de Hildegarda, “desde la perfección, con la que Dios favorece misericordiosamente a los que lo veneran, el fuego de su celo, a través de la venganza, con justa medida juzga a los que caminan fuera del ámbito de las buenas obras y a los que están fuera de la integridad de la verdadera fe”.  Hacia el extremo inferior,  las horribles fauces de un dragón amenazan con devorar la tierra. Es el “antiguo enemigo”, que “insiste ardientemente en contaminar al hombre con los horrores del odio, del homicidio, de la guerra, y de todos los crímenes imaginables.

Esta segunda parte del Libro de las Obras Divinas -que consta de una sola visión-  incluye también una interpretación de la historia humana basada en los cuatro caballos del Apocalipsis (6). El último caballo, de color pálido, cuyo jinete se llama Muerte, le sirve para representar “aquel tiempo -nuestro tiempo- en el que las cosas legales y plenas de la justicia de Dios serán consideradas en nada, como palidez, cuando los hombres digan: ‘No sabemos qué debemos hacer, y los que nos recomendaban hacer estas cosas, no saben qué decirnos’; y así, sin temor ni temblor del juicio de Dios, despreciarán estas cosas, y harán esto por persuasión diabólica”.

Termina esta parte con un extenso comentario del capítulo primero del Génesis, que trata de la creación del mundo, en que se recurre a los diversos elementos interpretativos, el literal, el espiritual y el moral, para concluir que la maravilla de la creación, con todos sus perfectos componentes y ornamentos en el cielo y en la tierra, coronados el séptimo día por el santo descanso de Dios, “se cumplen alegóricamente en los hijos de la Iglesia y en los que están bajo la fe cristiana, a través de la Encarnación del Hijo de Dios y de la predicación del Evangelio y de la obra del Espíritu Santo”. Y que “igualmente se cumplen tropológicamente estas mismas cosas en el progreso y la perfección de cada fiel”.

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Se descubre también en esta visión la idea de que cayendo en el pecado ha destruido el hombre su estado de bondad original, arrastrando a las otras creaturas al sufrimiento. A a un estado de irredención que exigirá la acción de Dios. Sólo la encarnación de su Hijo es capaz de abrir al hombre el camino de la conversión hasta que llegue la plenitud de los tiempos. Este tiempo de plenitud llevará al mundo, tal como lo conocemos ahora, a su estado original de paz y permitirá contemplar a los elegidos formando parte del décimo coro de ángeles de Dios. 

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© 2014
Lino Althaner

Las visiones (4)

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Pues Dios dio forma al hombre según el firmamento…
Hildegarda de Bingen


Esta cuarta visión de la primera parte del Libro de las Obras Divinas de Hildegarda de Bingen insiste en afirmar la analogía existente entre el cuerpo del hombre y las capacidades y funciones de sus distintas partes (el microcosmos) con el universo y las potencias que en él se despliegan (macrocosmos). Miembros, órganos, humores y alma se relacionan entre sí en el cuerpo humano. Pero, además, todos ellos, además, se dejan influir por los elementos -el fuego, el aire, el agua, la tierra-, por las nubes y los vientos, los planetas y las estrellas, las luces y las tinieblas, que tienen, cada uno de estos cuerpos y fuerzas, un significado material acompañado de otro, muy significativo, de orden espiritual. Así, por ejemplo, los siete planetas -que tienen una equivalencia con las partes de la cabeza humana- tienen una relación con los siete dones del espíritu santo.

Alrededor de esta estructura fundamental se desarrolla la extensa y muy minuciosa interpretación de la visión revelada a Hildegarda. Se intercalan en el desarrollo temas como la caída de Lucifer y la creación del hombre; asimismo algunos comentarios de textos bíblicos, por ejemplo, del libro de Job, del de los Salmos y del Apocalipsis. Termina la primera parte del Liber Divinorum Operum con un comentario del capítulo primero del Evangelio de San Juan.

La imagen es hermosísima. El áureo esplendor del reino de los cielos contrasta armónicamente con el rojo del fuego que rodea, como primer círculo, a toda la creación. Luego el fuego rojo y negro, el éter, las aguas celestes, y el ámbito del aire en que se muestra la tierra, alimentada por las potencias cósmicas. Los vientos soplan. Brillan las estrellas. Se muestran los planetas. Las estaciones se suceden y a su tiempo aparecen frutos abundantes. El hombre es ciertamente el personaje principal, alternando el trabajo con el reposo.


Liber Divinorum Operum - Primera parte, cuarta visión


La creación del hombre: 

“Y en su antiguo designio, que siempre estuvo en Él, dispuso (Dios) de qué modo se realizase aquella obra, y formó al hombre de la tierra enlodada, como había dispuesto su forma antes de los tiempos, al igual que el corazón del hombre encierra la racionalidad y dispone las palabras que formula y luego expresa. Así lo hizo Dios en su Palabra, cuando hubo creado todas las cosas, pues la Palabra, que es el Hijo, estaba oculta en el Padre, como el corazón se oculta en el hombre. Y Dios hizo al ser humano a su imagen y semejanza, porque quiso en su forma preservar la santa divinidad…

“Por consiguiente, en la cabeza del hombre, es decir, en la rueda giratoria del cerebro, está la coronilla, junto a la que hay una escalera con peldaños de subida, esto es, con ojos para ver, oídos para oír, nariz para oler, boca para hablar; y con ellos el hombre ve, conoce discierne, divide y nombra a todas las creaturas. Pues Dios formó al hombre y lo vivificó con un aliento viviente, que es el alma; también lo formó de carne y de sangre y lo afirmó robustecido de huesos, como la tierra ha sido afirmada por piedras; porque, como la tierra no existe sin piedras, tampoco el hombre podría existir sin huesos.”


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El aire y la tierra, el alma y el cuerpo:

“La tierra ha sido dispuesta en el medio del aire, es decir, de manera que el aire tenga igual medida sobre la tierra y bajo la tierra y en cada parte de la tierra. También el alma, enviada por Dios como aliento de vida al cuerpo, instruye al hombre para que obedezca con paciencia los preceptos de Dios en esta vida laboriosa, en la que ambos habitan en una separación tan grande como distan el cielo y la tierra; y advierte que aquel que no es capaz de comprender plenamente con su ciencia qué cosa es él, se vuelva a mirar a su Creador esforzándose en la labor de su lucha con paciencia y obediencia. Pues como el aire está en el medio de la tierra, sujetándola y conteniéndola, así el alma habita en medio del cuerpo, sosteniéndolo enteramente, y obra en él en relación con lo que exige de ella.”


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La cuarta y última visión de la primera parte del Libro de las Obras Divinas finaliza en forma similar a las que ya hemos examinado:

“Por lo tanto, que todo hombre que teme y ama a Dios abra la devoción de su corazón con estas palabras, y sepa que estas cosas han sido proferidas para la salvación de los cuerpos y de las almas de los hombres, no por un hombre, sino por Mí, que soy”.

Dixit Dominus.

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Pero Hildegarda nos hace un regalo adicional, su música:



© 2014
Lino Althaner

Las visiones (1)

5 comentarios


Comienzo aquí un ciclo que tiene por objeto dar a conocer las visiones de Hildegarda de Bingen contenidas en su libro “De las obras divinas”. Pretendo incorporar el ciclo completo de las imágenes, que son diez, con algún extracto del texto de la santa  -muy extenso por cierto- que me parezca, en cada caso, especialmente expresivo.

La primera visión de la primera parte del Liber Divinorum Operum se refiere al origen de la vida, cuya figura central es el hombre ígneo, que representa, según Hildegarda, la suprema potencia divina de la caridad creadora. Esta potencia suprema es, pues, la que se dirige verbalmente a la visionaria con las palabras que arriba se reproducen parcialmente. Pues las visiones de Hildegarda están hechas de imagen y de voz. La imagen inferior la representa en el momento de recibir el torrente ígneo y dorado de la divina inspiración.

“Y esta imagen decía:

 

Libro de las Obras Divinas - Primera visión de la primera part

Libro de las Obras Divinas – Primera visión de la primera parte

 

Yo soy la potencia suprema e ígnea, que encendí todas las chispas vivientes… Yo, vida ígnea de la substancia de la divinidad, arrojo llamas sobre la belleza de los campos y brillo en las aguas y resplandezco en el sol, en la luna y en las estrellas; y con un viento de color broncíneo, despierto a la vida todas las cosas desde la vida invisible, que todo lo sostiene. Pues el aire vive en el verdor y en las flores, las aguas fluyen como si tuvieran vida, el sol también en su luz vive y cuando la luna ha llegado a menguante, es encendida por la luz del sol como si nuevamente tuviera vida; las estrellas también brillan con su luz como si tuvieran vida.

Yo erigí también las columnas que abarcan todo el orbe de la tierra, esto es, aquellos vientos que tienen las alas puestas debajo de sí, es decir, los vientos suaves, los que con su suavidad sostienen a los vientos más fuertes, para que no se muestren con peligro; así también el cuerpo cubre y contiene el alma, para que no expire. Tal como el cuerpo contiene el aliento del alma y lo afirma, para que así no se extinga, también los vientos más fuertes animan a los vientos sometidos a ejercer convenientemente su labor…

 

Visión primera de la primera parte, infra

Visión primera de la primera parte, infra

 

Yo soy la vida. También soy la racionalidad contenida en el viento de la palabra resonante con la que fue hecha toda creatura; y lo insuflé en todas ellas, de modo que no sea ninguna de ellas mortal en su género, porque Yo soy la vida.”

 

 

El video muestra el tema de Hildegarda, de la película Visión (de la vida de Hildegarda von Bingen), de Margarette von Trotta.

 

© 2014
Lino Althaner

 

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