Las montañas del Mediterráneo (2)

4 comentarios

Las montañas han solido ser tenidas como los barrios pobres del Mediterráneo. Sin embargo, esto es relativo. Advierte Fernand Braudel que en el siglo XVI había también lugares pobrísimos en comarcas no montañosas: tales las estepas de Aragón o las marismas pontinas del Lacio; pero tampoco faltaban en las serranías los sectores bastante favorecidos por la  naturaleza: por ejemplo, los valles situados en las alturas de los Pirineos. Las lluvias abundantes son, en las alturas, un factor de riqueza. Allí suelen abundar, por lo tanto, las tierras verdegueantes, dotadas de jugosos pastos y de espesos bosques. En otros sectores, la fortuna montañesa la hacen los recursos minerales del subsuelo.

pirineo-aragones

Pirineo aragonés 

Hay casos extremos, es cierto, de aridez y de pobreza. Fernand Braudel menciona algunos: el de la desolación que puede comprobar el embajador de Venecia cuando atraviesa la Alta Calabria en 1572 para reunirse en Sicilia con don Juan de Austria, el ilustre hermano de Felipe II; o del desamparo que se impone en la sierra Morena o en las sierras de Espadán; recuerda el paisaje abrupto de la Sierra de Bernia, en la cordillera Bética, que la hacía propicia a convertirse en centro de levantamientos moriscos como el ocurrido en 1526, con bastante anticipación a la rebelión y posterior guerra de las Alpujarras; y también se refiere a la inhospitalidad de los montes del interior de Sicilia. Casos semejantes podrían mencionarse unos cuantos más, de montañas estériles y hostiles incluso a la vida pastoril. Señala, sin embargo, el historiador francés, que no serían la regla general.

Se ha dicho que mientras la llanura es la zona en que prosperan las poblaciones de tipo urbano, la montaña sería la comarca del hábitat disperso y de las pequeñas aldeas. Afirmación que tampoco es válida sino de manera relativa. Hay ocasiones en que la llanura, como consecuencia de la agresión del invasor, del pirata o de la peste, se ve amenazada de saqueo, de devastación o de mortandad, se vuelve insegura. Entonces, qué le queda al habitante de la planicie sino preparar las maletas para refugiarse en el que ha elegido como su baluarte montañés, difícilmente accesible para el adversario de turno.

pueblos-colgados-francia (1)

Peillon, en Provenza, a 13 km. de Niza

Una cosa es con todo segura: “tanto si se habita en pequeñas aldeas como en pueblos grandes, la población montañesa resulta, por lo general, insignificante en comparación con los vastos espacios, de difícil tránsito, que la circundan, … y carentes, por tanto, de contactos e intercambios… La montaña se ve forzada a vivir de sí misma en cuanto a lo esencial; debe producirlo todo, como sea: cultivar la vid, el trigo y el olivo, aunque ni el clima ni el suelo sirvan para ello. Sociedad, civilización, economía: todo presenta aquí un carácter acusado de arcaísmo y de pobreza”. Pero también aquí es difícil proclamar una ley absoluta. Para ello bastaría traer a la memoria la cultura artística que florece en los Alpes o la civilización pirenaica, que florece por ejemplo en la forma de la vigorosa arquitectura románica que allí nace en los siglos XI y XII.

San Clemente de Tahull 1

San Clemente de Tahull, en el valle de Bohí, Cataluña

Se advierte en estas tierras encumbradas una tendencia general a  permanecer “al margen de las grandes corrientes civilizadoras, que discurren lentamente, pasando de largo” ante su presencia. “Capaces de extenderse ampliamente en sentido horizontal, estas corrientes parecen impotentes para ascender en sentido vertical ante un obstáculo de varios centenares de metros de altura”. Ni la misma Roma y su civilización triunfante significa mucho para estos mundos encaramados, reacios a dejarse impregnar con la corriente histórica imperante en la llanura.  La cultura latina, salvo excepciones, no se atreve a penetrar en tales parajes. Una situación que no se altera sustancialmente cuando la Roma de los Césares se muda en la de San Pedro y de los papas. Sólo con muchas dificultades y con mucha perseverancia puede avanzar el cristianismo en la tarea de evangelizar a los indómitos pastores y campesinos, la cual está todavía pendiente en el siglo XVI. En el Mediterráneo conquistado por el Islam, advierte Fernand Braudel, sucede algo parecido. De los bereberes del norte de África o de los kurdos del Asia Menor difícilmente podría decirse, aún hoy día, que hayan sido ganados del todo por la fe de Mahoma.

luberon

Paisaje de Luberón

En otros sitios la montaña representa una zona de disidencia religiosa. Recordemos lo ya dicho acerca de la sierra de Bernia o de la sierra Nevada granadina. Algo parecido ocurre en Aragón. Cuando la llanura ha sido ya consolidada para el cristanismo, la fe y la cultura musulmana encuentran en las estribaciones montañosas la manera de susbsistir de alguna manera. Por otro lado, los esmirriados restos de los cátaros y de los valdenses perseguidos y exterminados de manera tan violenta durante la cruzada antihéretica del siglo XIII, encuentran refugio en el Luberón provenzal.

Hilos muy tenues suelen unir a las montañas con las creencias dominantes. La civilización se instala con dificultades en las alturas.Tiene en ellas un valor poco seguro. Confirma Braudel estas afirmaciones con varios ejemplos, demostrativos todos ellos del desajuste y del extraordinario rezagamiento de la vida montañesa, tanto en lo espiritual como en los demás aspectos de la civilización.

No es de extrañar que el folklore de estas comarcas este impregnado de una credulidad del todo primitiva, muy relacionada con la magia y la superstición que propician toda suerte de supercherías. “Extensas y virulentas epidemias diabólicas se extienden de un extremo a otro entre las aniguas poblaciones europeas, aterrándolas, sobre todo en las zonas altas, cuyo aislamiento las mantiene en estadios muy primitivos. Brujos, hechiceros, prácticas mágicas, misas negras: floración de un antiguo subconsciente cultural del que la civilización de Occidente no consigue liberarse”.

Gruss_vom_Brocken_Lederbogen_699__700x449_

Monte Brocken en el Harz

Montañas mágicas las hay por todas partes, de Alemania y Francia a los Alpes y a los Pirineos. El aquelarre es una forma misteriosa de catarsis, y también “una compensación social y cultural, revolución mental a falta de una revolución social llevada adelante con coherencia”.  La lectura de Braudel me recuerda en este punto la escena de la primera parte del Fausto en que Mefistófeles conduce a su víctima al monte Brocken, en las alturas Harz, para participar en el desenfreno de la Noche de Walpurgis.  En esta parte de su obra Goethe ha recreado de alguna manera esa realidad recargada de seres diabólicos, que impera sobre todo, aunque no exclusivamente, en las comarcas elevadas de una Europa no  lejana del bajo medioevo.

“El diablo recorre todos los caminos de Europa en el momento en que el siglo XVI toca a su fin, y más todavía durante las primeras décadas del siglo siguiente. Y parece que se adentra en España a través de los elevados pasos de los Pirineos. En Navarra, en 1611, la Inquisición castiga con severidad a una secta de más de 12.000 adeptos, los cuales adoran al diablo, le levantan altares y tienen trato familiar con él“.

© Lino Althaner

Las montañas del Mediterráneo (1)

2 comentarios

Las montañas del Mediterráneo. Son casi omnipresentes. Salvo en el sector norafricano y levantino comprendido entre el sur de Túnez y Siria, sus elevaciones dominan el paisaje. Pensemos, con Fernand Braudel como guía, en las cordilleras españolas, en los Pirineos y en los Alpes, en los Alpes dináricos, los Apeninos y el Cáucaso, en las montañas de Anatolia, el Líbano y el Atlas. Es del todo evidente que la tierra que circunda al mar Mediterráneo es mucho más que los paisajes de viñedos y olivares, las zonas urbanizadas y las franjas frondosas: es también “ese otro país alto y macizo; ese mundo erguido, erizado de murallones, con sus extrañas viviendas y sus caseríos”, en el cual “nada recuerda al Mediterráneo clásico y risueño en el que florece el naranjo”.

Su potencia demarcadora y obstaculizadora está allí siempre presente. También su imponente majestad, su fuerza metafísicamente evocadora, su carácter espectacular  que hace las delicias del turista, tanto cuando observa sus moles desde la llanura como cuando capta desde las cimas la belleza del paisaje.

Pero las montañas prefieren las estaciones frías para manifestarse en toda su fuerza, los inviernos que suelen ser cosa de temer en estos ámbitos. Por lo demás, ¿qué viajero de estas tierras -se pregunta el historiador francés- no ha conocido los tremendos aludes de la época invernal, los caminos bloqueados por la nieve, los paisajes siberianos y polares a unos cuantos kilómetros solamente de la costa despejada, los espantosos torbellinos en lugares en los cuales llegan a caer cuatro metros de nieve en una sola noche?

La Sierra Nevada y el palacio de La Alhambra

Las nevadas tardías suelen darse ya bien entrado en verano. Y así, “las nieves perpetuas salpican de manchas blancas la cimas del Mulhacén, mientras a sus pies Granada se asfixia bajo un calor sofocante; se amontonan en el Taigeto, a la vista de la cálida planicie de Esparta; se conservan sin fundirse en los ventisqueros de las montañas libanesas…”

Para dar vida a sus explicaciones concernientes al tiempo geográfico, Braudel las matiza con unas pinceladas de indudable atractivo. Así nos explica, a propósito de las montañas y de cómo ellas hacen especialmente presente la nieve en la zona del Mediterráneo, lo apreciada que era ella en el siglo XVI. El ‘agua de nieve’ se vuelve objeto de un comercio bastante importante, que se extiende desde el levante hasta el poniente. Tenía fama de poseer propiedades reconstituyentes. Ya Saladino la habría dado de beber a Ricardo Corazón de León en tierras levantinas. Y se cuenta que los caballeros de Malta padecían cuando no les llegaba la nieve proveniente de Nápoles, “pues, por lo que parece, sus enfermedades requerían ese ‘remedio soberano’. Como también, que el hijo de Felipe II, el príncipe Carlos -el héroe a la fuerza de Schiller y de Verdi- habría abusado de ella hasta encontrar la muerte en 1568 mientras estaba preso en el palacio real madrileño.

“Tan productiva era la venta de “agua de nieve en Roma que se convirtió en monopolio. En España, se metía la nieve en pozos, donde se conservaba hasta el verano”.

Café Procope (Paris) - Placa conmemorativa

Café Procope-Paris-placa conmemorativa

Se hacen entonces más eficientes los procedimientos para conservar la nieve y el hielo,  lo cual hace que florezca la industria de los sorbetes y los helados. Italia, cuya industria gelatera es hasta hoy día proverbial por su maestría, se lleva la palma en esta materia. Catalina de Médicis habría llevado la moda y las recetas italianas a la corte francesa, con motivo de su matrimonio con Enrique II en 1533, y así no tardarían los helados en adquirir fama en todo el país. Se dice, a propósito, que poco más de un siglo después se habría abierto la primera heladería parisina, el famosísimo -no solamente por sus helados- Café Procope.

Una cara optimista de la montaña, ésta que la muestra induciendo a los hombres a inventar con el producto de las nevadas frutosos sorbetes que refrescan en las horas calurosas y cremas heladas que acarician el olfato y la lengua, y atemperan el ánimo.

Aunque es preciso no olvidarse nunca de la otra cara, más bien adusta, que tienen las montañas.  El siglo XVI no sabe de carreteras o ferrocarriles como los que actualmente permiten a los mercaderes o a los turistas esquivar cómodamente los obstáculos y los peligros que acechan en las alturas. Además, los hombres que habitaba esas regiones no eran exclusivamente pastores. Eran menos civilizados que los hombres de abajo, y no faltaban entre ellos antisociales, los que bogan contra la corriente civilizada, ni tampoco los bandidos.

Estatua de don Pelayo en Covadonga (Asturias)

En memoria de don Pelayo y la batalla de Covadonga

Así, pues, “el viajero, cuando puede, procura sortear los obstáculos, circular, por así decirlo, sin salir del piso bajo, de planicie en planicie, pasando de un valle a otro. Sólo cuando no tiene más remedio se aventura por ciertas sendas escarpadas, por desfiladeros de siniestro nombre. Pero sale de ellos lo antes posible. El viajero se siente, se sentía sobre todo hasta ayer, prisionero de las tierras llanas, de los jardines, del deslumbrante litoral, de la vida abundosa del mar”.

Al viajero le es lícito esquivar las montañas, altas y cercanas. Más no al historiador, que peca a veces en no alejarse de las ciudades y de sus archivos. Pero, se pregunta Fernand Braudel, “cómo es posible que pasen inadvertidos esos grandes y encumbrados actores de la historia, esas montañas pobres, medio salvajes, pero en donde el hombre brota como una planta vivaz, y, al mismo tiempo, sin embargo, semidesiertas, puesto que el hombre siente el impulso de abandonarlas continuamente?” Porque, las montañas tienen aspectos misteriosos y esconden secretos que de pronto revelan su importancia en la historia cultural, en el desarrollo de la espiritualidad, en los afanes por la independencia y por la libertad, en la historia política, para quien desee dilucidarlos. No es admisible, por lo tanto, que el historiador las evite, o se deje engañar por su carácter desértico. Tampoco lo es que razone de forma simplista con respecto a los hombres que allí habitan, como los cretenses, que ya según  Homero, desconfiaban de los salvajes montañeses, ni como Telémaco que evoca el Peloponeso en que le tocó vivir entre mugrientos aldeanos “comedores de bellotas”.

Ya veremos cómo se manifiesta en los ámbitos montañeses una parte no despreciable de la historia trifacética que Braudel estudia  en su “Historia del Mediterráneo y del mundo mediterráneo en la época de Felipe II”.

© Lino Althaner

El mundo mediterráneo, según Fernand Braudel

1 comentario

El Mediterráneo no es solamente un mar. Es un complejo de mares, en el cual se incluyen ámbitos regionales como, por ejemplo, los correspondientes a los mares Egeo y Jónico, Adriático y Tirreno. El Mediterráneo se interioriza en las profundidades del Mar Negro y parece esforzarse por comunicarse con el Mar Rojo: en el siglo XVI los turcos tuvieron en la mente un canal que atravesara la franja del istmo de Suez. Los hombres se ponen al servicio de sus energías  y desarrollan una actividad que crecientemente pone de manifiesto sus vínculos con las aguas exteriores del golfo Pérsico y principalmente con el océano Atlántico,  cruciales ambas para su propio destino.

mar mediterráneoEs este un mar poblado de islas, unas significativamente extensas como Sicilia y Córcega, discretas otras como Chipre, Creta y algunas de las antaño llamadas Espóradas y Cícladas, otras en fin diminutas como Malta o Pantelaria, situadas entre Sicilia y la costa africana de Túnez. La vida del Mediterráneo es la de sus islas, el de sus grandes penínsulas y el de sus costas, pródigas tanto en acogedores golfos como en acantilados y roqueríos que dan al mar abierto. Pero, como dice Fernand Braudel, “su vida se halla mezclada a la tierra, su poesía tiene mucho de rústica, sus marinos son, cuando llega la hora, campesinos tanto como hombres de mar”. Porque  el Mediterráneo es tanto el mar de los olivos y los viñedos como el de los estrechos barcos de remos o los navíos redondos de los mercaderes que lo recorren en el siglo XVI. Su historia “no puede separarse del mundo terrestre que lo envuelve, como la arcilla que se pega a las manos del artesano que la modela”. Por lo demás, su vida no se relaciona solamente con las tierras vecinas a sus orillas, sino que también con alejadas regiones, para las cuales se hace de pronto  significativa la red de vínculos materiales y culturales que las vinculan al mar interior y a las regiones accesibles a través de él.

Alejandría de Egipto, en la costa africana del Mediterráneo

Alejandría, milenaria ciudad egipcia en la costa africana del Mar Mediterráneo

En la época de que trata Braudel en su libro, poco a poco el mundo occidental deja de girar en torno al Mediterráneo -“de vivir para él, con él y ajustándose a su ritmo”- para desplazar su centro hacia el poniente atlántico. Gracias a los descubrimientos de Colón y de sus sucesores, por los caminos de este océano se vuelven accesibles a Europa las Indias americanas y se abren nuevos caminos para llegar a las de Catay y las islas de las especias. El hombre vive por primera vez plenamente la experiencia de la redondez de la tierra. Su mundo es ahora muchísimo más amplio. En esa inmensidad, el Mediterráneo pasa a ser una mancha en el mapa. Aunque no hay que fiarse de las apariencias.

También España se ve violentamente atraída, o tal vez empujada hacia el mundo Atlántico, sobre todo a partir de los últimos decenios de la centuria,  y no puede sino hacerlo, pues es allí donde su hegemonía se verá muy pronto amenazada. Baste pensar, con tal motivo, para entender de qué se trata, en la creciente conciencia española -cuando ha transcurrido casi un siglo desde los viajes de Colón- de la renovada configuración geográfica del inmenso imperio y en la aventura frustada de la Grande e Invencible Armada.

A propósito de ello, se pregunta Fernand Braudel si los grandes personajes que aparecen frecuentemente en las historiografías como gestores de los acontecimientos -en este caso, el mismo Rey Prudente o su medio hermano Juan de Austria, o sus antagonistas en Inglaterra o en Francia- no fueran tal vez más que juguetes de la historia, de una historia  que, antes que obra de las decisiones o indecisiones de tales personalidades, de sus fortalezas o de sus debilidades, es condicionada imperceptiblemente por otros factores, tales como los movimientos, casi atemporales, difícilmente perceptibles, que ocurren en la relación del hombre con el medio que lo rodea, fuerza poderosa esta que abre sus ojos al conocimiento y a la creatividad, a la aventura, a los afanes de relación, de intercambio y de competencia, y también los que se manifiestan en el mar de fondo de la historia social de los grupos y las agrupaciones, las economías y los estados, los pueblos y las civilizaciones, movidos tal vez, claramente en ciertas ocasiones, por circunstancias ajenas a la voluntad del individuo, del rey o del mariscal, por poderoso que sea.

  Retrato de Felipe II por Sofonisba Anguissola 1573

Nos dice Braudel que no nos fiemos demasiado de la historia de los individuos y de los acontecimientos, que nos muestra las oscilaciones breves, rápidas y nerviosas, “la agitación de la superficie, las olas que alzan las mareas en su potente movimiento”, y que es, por supuesto, “la más apasionante, la más rica en humanidad, y también la más peligrosa”. “Desconfiemos -insiste- de esta historia en ascuas, tal como las gentes de la época la sintieron y la vivieron, al ritmo de la vida, breve como la nuestra. Esta historia tiene la dimensión tanto de sus cóleras como de sus sueños y de sus ilusiones”. Más que en la agitación de la superficie, advirtamos las mareas que la producen. Todavía más, tratemos de investigar las profundas causalidades que ocasionan el movimiento de las mareas.

Porque los acontecimientos resonantes no son, con frecuencia, más que los instantes fugaces  en que se manifiestan “las grandes corrientes subterráneas y a menudo silenciosas cuyo sentido sólo se nos revela cuando abrazamos con la mirada grandes periodos de tiempo”. Solo una vez conocidos esos grandes destinos puede ser apreciado el fenómeno histórico por encima de su aparencia, y comprendido en su verdadero significado y en su real importancia. Para ello es preciso distancia temporal y falta de compromiso directo con los hechos analizados.

Cito a Fernand Braudel: “El lector que se dedicara a leer los papeles de Felipe II como si estuviera situado en el sitio de éste, se vería transportado a un mundo extraño, al que le faltaría una dimensión; a un mundo poblado, sin duda, de vivas pasiones: a un mundo ciego, como todo mundo vivo, como el nuestro, despreocupado de las historias de profundidad, de esas aguas vivas sobre las cuales boga nuestra barca, como un navío borracho, sin brújula”.

Orbis terrarum nova et accuratissima tabula

Orbis Terrarum Nova et Accuratissima Tabula, mapamundi del s XVII (1658), por  N. Visscher

Una imagen muy superficial y muy parcial de la historia, sería la que brindara una mirada en tal medida comprometida, demasiado cercana,  incapaz de ver más allá de las cuatro paredes de los afectos y de las antipatías del observador. Sin caer en tal extremo, es frecuente con todo que las visiones de los historiadores se vean afectadas tanto por la incapacidad de una mirada objetivo de los fenómenos como por la de ver las cosas enmarcadas por las grandes perspectivas a que obliga una concepción de la historia que no es solo individuo y acontecimiento, sino que es también, muy  significativamente,  devenir y tiempo social, entorno y tiempo geográfico.

Una historia ambiciosa, consciente de sus deberes y de su inmensos poderes, es la que entrega Fernand Braudel a la consideración del lector, en ese gran libro que es El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II.

© Lino Althaner

Un Siglo de Oro

4 comentarios

.

250px-Chateaubriand

Francois de Chateaubriand (1768-1848)

El año ha sido de libros memorables, varios de ellos pertenecientes al  ámbito de la historiografía. Para despertar en mí nuevamente el interés por la historia, fue importantísima la experiencia tenida con la lectura de las Memorias de Ultratumba de  Chateaubriand (Acantilado, 2012), obra magistral en la cual se combinan el brillante estilo de este autor, destacado precursor del romanticismo literario, con su calidad de testigo de los acontecimientos contemporáneos y posteriores a la revolución francesa, lo cual le permite una visión crítica de los mismos y de sus protagonistas: así, nos brinda su imagen, por ejemplo, tanto de la torpeza de los ensayos republicanos como de la brutalidad fanática del Terror,  y luego de las contradicciones del imperio napoleónico, de su gloria, de su oropel, de su pequeñez, y de la falta de genio de las restauraciones monárquicas, fracasadas una tras otra, de los muy pocos verdaderos heroísmos y de las múltiples inconsecuencias de los personajes de la época.

Esta obra, me parece, podría ser muy beneficiosa para los amigos, que no escasean, de suscribir versiones más bien unilaterales y absolutas de los hechos o de los personajes que pueblan la historia: yo lo recomendaría, por cierto, tanto a los apasionados denostadores de la monarquía, que la ven pura maldad y egoísmo, como a los admiradores incondicionales de Napoleón o a los nostálgicos -que también los hay- del Terror y de la guillotina, para los cuales todo está permitido si es para bien de sus  discutibles postulados. Me parece detectar en Chateaubriand la opinión de que la historia tiene su propia dinámica y que su dirección difícilmente puede ser alterada por el hombre, pues éste lo más que puede hacer es tomarle el pulso para ajustarse sabiamente a su sentido, tratar de prevenir de algún modo su curso y disminuir el riesgo de ocurrencia de calamidades, injusticias manifiestas y derramamiento de sangre. Como suele ocurrir con quienes, lejos de los extremismos y de los lugares comunes profesados por la opinión pública, tratan de buscar un camino intermedio que resguarde la unidad, Chateaubriand termina siendo antipático tanto a los monárquicos furiosos como a sus similares republicanos.

66881a871b981e980e714f53a32f3e1f

Georges Duby (1919-1996)

De la mano de Georges Duby he hecho también una pequeña gira por la historia de la Francia medieval. La recopilación de trozos selectos de su obra por Beatriz Rojo para el Fondo de Cultura Económica (Obras selectas de Georges Duby, 1999) nos da una idea acertada acerca de la obra de este autor. Los retratos que traza el historiador francés de personajes tales como Guillermo el Mariscal, figura señera de la caballería anglonormanda del siglo XII, Leonor de Aquitania, la famosa duquesa de Aquitania, reina consorte, sucesivamente, de Francia y de Inglaterra, y madre de Ricardo I de Inglaterra, Coeur de Lion, o Isolda, la mítica dama de aquellos tiempos, exaltada por narradores, poetas y músicos, son inmensamente atractivos. Asimismo las secciones dedicadas a la vida de los señores feudales y al mundo campesino, como también a la construcción de las portentosas catedrales góticas, páginas en las cuales impera, como es usual en Duby, un soberbio uso del lenguaje, exacto para expresar su pensamiento y encantar las circunstancias del pasado que merecen su atención.

Y luego se me ha venido encima Ferdinand Braudel con su voluminosa Historia del Mediterráneo y del mundo mediterráneo durante la época de Felipe II (Fondo de Cultura Económica, 2013), obra cuyo ambicioso espectro abarca no sólo el análisis de los acontecimientos, sino que se atreve con maestría a ubicarlos en el tiempo geográfico, en los lentos ciclos del entorno físico, en el cual se manifiestan los cambios geológicos, las estaciones y el clima, los ciclos agrícolas, los nomadismos, las trashumancias y los tráficos por las rutas terrestres, los caminos fluviales y marítimos, y los pasos alpinos, como también en el tiempo social, menos lento que el anterior, y comprensivo de las tensiones y altibajos en las relaciones sociales y económicas del periodo que estudia.

Fernand Braudel (1902-1985)

Fernand Braudel (1902-1985)

La ciencia y el arte de Braudel casi hacen del Mediterráneo un organismo vivo, palpitante de energías, que despierta a los espíritus aventureros y suscita la ambición, promoviendo atracciones y rechazos en los grupos humanos que se disputan el dominio de una región en que confluyen las fuerzas de tres continentes, Europa, Asia y África.

El drama de la España de Felipe II se genera, a juicio de Braudel, en el momento en que, habiendo alcanzado en ese entorno mediterráneo una notable hegemonía, se abren para ella las vías y las perspectivas, los desafíos inmensamente más vastos del Atlántico, espacio en el cual hallará junto con su máxima gloria la simiente de su decadencia como gran potencia europea.

Termino la lectura de esta obra, fascinado con la forma en que se va completando mi conocimiento de este período, que corresponde al siglo XVI, la espléndida centuria que se abre, inmediatamente después de la consolidación de la hegemonía hispana en la península por Isabel de Castilla y Fernando de Aragón,  y de aquel fenomenal acontecimiento que es el descubrimiento de América -“la gesta más extraordinaria de la historia de la Humanidad”, según otro historiador francés, Pierre Vilar- y en la cual gobiernan el país esos tremendos personajes de la dinastía de Habsburgo que fueron Carlos I y su hijo Felipe II. Un tiempo esplendoroso, parece que impropiamente llamado Siglo de Oro, si es seguro el consenso de entender que esta época de brillo renacentista y barroco se prolonga hasta las postrimerías del siglo siguiente, cuando muere, en 1681, Pedro Calderón de la Barca, el último gran escritor de la época. Así, pues, a fin de cuentas, en estas inmersiones en el siglo de Carlos y de Felipe, no es posible dejar de considerar también las glorias del XVII.

FM436 (1)

Esta época dorada se ha vuelto todavía más apasionante con la llegada a mis manos de otro estudio histórico magistral, también de un historiador e hispanista francés, Marcel Bataillon. Se trata de un libro indispensable para saber del desarrollo de las apetencias espirituales de los españoles del momento: Erasmo y España (Fondo de Cultura Económica, 1996). Un libro polémico y apasionante, que nos inicia en las tendencias filosóficas, teológicas y religiosas detectables en la península en la época inmediatamente anterior a la Reforma: es la época de Antonio de Nebrija, autor de la clásica Gramática de la Lengua Española (1492), del Cardenal Cisneros, que funda la Universidad de Alcalá de Henares (1499) y se compromete con la edición de la Biblia Políglota Complutense (1514-1517).

Son también los tiempos de Erasmo de Rotterdam, el eminente humanista, que si bien nunca visita España, ejerce en sus círculos ilustrados una poderosa influencia, promoviendo un cristianismo más interior y espiritual que exterior y formalista, más ocupado de la fidelidad a la philosophia Christi que de las dogmáticas teológicas desmesuradamente minuciosas e inflexibles. Es el tiempo en que se da una lucha entre tendencias en cuyos extremos se ubican iluministas y oscurantistas, entre estos últimos tanto católicos como protestantes, sordos a los esfuerzos de Erasmo para promover la unidad cristiana y el fracaso del cisma que se viene encima.

Este es el mundo que trataré de esbozar, por cierto que imperfectamente, a través de sus personajes, de sus huellas, 09733-hu.bm-01de los grandes acontecimientos y las grandes obras del siglo. Espero que ello procure algún regocijo a mis lectores amantes de la historia, tan importante para los efectos de entender un poco mejor nuestra ubicación espacial y temporal y saber de nuestros orígenes, como también para descifrar en alguna medida el porqué de nuestras costumbres y nuestras creencias. También, para ser conscientes de la existencia de pueblos y culturas distintas a las nuestras, que debemos saber comprender y aceptar. Profundizar en el acaecer histórico, ¿para qué? Para convencernos de que nada o casi nada ocurre por primera vez, que todo es en cierta medida, repetición del pasado,  y que si ignoramos los hechos del pasado o accedemos a ellos desprovistos de objetividad, corremos el riesgo de repetir los errores pretéritos, y probablemente en una espiral de creciente intensidad.

¡Qué labor, a propósito, la de esta editorial mejicana, el Fondo de Cultura Económica, qué dedicación y qué constancia, para difundir las grandes obras del pensamiento universal entre los lectores de habla hispana! Tres de los importantes libros mencionados en esta entrada han salido a la luz precisamente bajo el sello de esa prestigiosa casa editora.

© Lino Althaner

A la cabeza de la economía (en el siglo XIII)

3 comentarios

.
De la mano de Georges Duby, retorno a la época de las catedrales.

Siglo XIII. Mientras en Francia se construyen catedrales, se emprenden cruzadas y se conquistan territorios meridionales, limpiándolos despiadadamente de la influencia cátara, Italia prosigue su empresa constructora de naves. Más que caballeros cruzados, aquí proliferan los aventureros de los mares. Los navíos italianos ya habían alcanzado las riberas del Mediterráneo oriental, donde habrían de acceder a unos puertos importantes y a mercados repletos de exquisitos productos.

 

Sitio de Jerusalén por los cruzados - Manuscrito del siglo XIII

Sitio de Jerusalén por los cruzados – Manuscrito del siglo XIII


Ya dos centurias antes, desde que en el occidente cristiano se despierta el interés por Jerusalén, esas naves habían servido también para conducir, por cierto que no gratuitamente, a los peregrinos a Tierra Santa. Y si bien los ejércitos cruzados hacen principalmente su trayecto por vía terrestre, las embarcaciones pisanas, genovesas y venecianas, ayudan también a la conquista de Palestina. En el siglo XIII es importante el número de  caballeros que hacen el trayecto por mar. Muchos son también los que quedan fuertemente endeudados con los armadores y marinos comerciantes y que deben negociar a favor de éstos la concesión de factorías y franquicias aduaneras en los puertos comerciales de Levante que han pasado a manos cristianas. Como resultado del asalto de Constantinopla, maquinado según Georges Duby por los venecianos, manos occidentales se ubican en la inmediatez del enorme tesoro bizantino.

 

Llegada de navíos occidentales a Constantinopla - Paris, Biblioteca Nacional, s. XIV

Llegada de navíos occidentales a Constantinopla – Paris, Biblioteca Nacional, s. XIV


Por si fuera poco, los lombardos compiten en Francia con los judíos en el negocio de prestar dinero a interés. Los príncipes caen en sus manos y empiezan a encargarse de las finanzas reales. Tanto estos banqueros italianos como los navieros y comerciantes ultramarinos amasan inmensas fortunas, que retornan a la tierra de los Apeninos para contribuir en ella más adelante al florecimiento renacentista.  No hay que olvidar la importancia que tiene también para los efectos de este desarrollo el contacto con Bizancio, que facilitaría el acceso del mundo ilustrado occidental a muchos monumentos de la filosofía y de la ciencia de los antiguos griegos.  

Las naves se hacen cada vez más sólidas. Se aventuran más lejos. En 1251, una nave genovesa transporta a Túnez doscientos pasajeros y doscientos cincuenta toneladas de mercaderías. Otra, en 1277, bordea por primera vez la España atlántica y arriba a Flandes, inaugurando un nueva ruta comercial, nada de ventajosa en definitiva para la prosperidad de Francia. Se empieza a preparar así el ambiente para la época de los grandes descubrimientos, uno de cuyos principales protagonistas será también un genovés.

Mientras tanto, Marco Polo se interna por la famosa ruta de la seda para atravesar el Asia Central y llegar hasta la China de Kublai Khan.  Actualiza de este modo otro importante itinerario mercantil y cultural.

A mediados del siglo XIII, los mercaderes italianos estaban a la cabeza de la economía mundial. Los resortes de la creación cultural empiezan a dirigirse hacia ellos. El santo más importante de la época es el hijo de un comerciante: Francisco de Asís. La fascinación que ejerce en su época y en todo tiempo se debe, sin embargo, a que es un “poverello”, un pobrecillo de Dios.

 

El puerto de Génova en 1481

El puerto de Génova en 1481


Por aquellos años, en los puertos del Mediterráneo, los hijos de los comerciantes solían aprender árabe.  Algunos llegaron a saber lo suficiente como para estudiar algunos tratados de aritmética escritos en esa lengua. En 1202, Leonardo de Pisa, llamado Fibonacci, conocido también por la secuencia numérica que lleva su nombre y su relación con la proporción áurea, escribe un Liber abaci en el cual da a conocer al mundo occidental la riqueza del álgebra musulmana, en la cual están incorporados los números árabigos, que por su funcionalidad matemática, empiezan a ser usados en reemplazo de los números romanos, bastante incómodos para efectuar operaciones de cierta complejidad.  

Quienes primero aprovechan las ventajas de la nueva notación numérica no son, claro está, ni científicos, ni artistas, ni constructores de catedrales. Son los tenedores de libros de los grandes hombres de negocios -comerciantes y prestamistas, principalmente- los que usan con entusiasmo el nuevo instrumento para calcular usuras, determinar márgenes de utilidad, y precisar ganancias con mayor exactitud.

 

Leonardo de Pisa, conocido como Fibonacci

Leonardo de Pisa, conocido como Fibonacci


El dinero se multiplica en las arcas de nobles y de burgueses. Su prosperidad abrirá caminos, hechos nuevamente y como siempre de luces y tinieblas.

© Lino Althaner
2014

Lux et tenebrae (Catedrales versus cruzadas)

3 comentarios

Cuando las cuerdas que lo retenían estuvieron devoradas por el fuego,
llevó las manos ante sí y las elevó para rezar y bendecir a la multitud. “Es un
crimen quemar a tan buen cristiano”, bramaba la gente.
(Ejecución de Raimond de la Coste, Registre Fournier, siglo XIV)


Pero no dejemos que la luz de las catedrales nos enceguezca. O que las voces del coro con sus sones angelicales nos ensordezca. El contacto con la belleza, la más sublime, no produce un cambio en la humanidad. Esta sigue siendo un conjunto de individuos habitados por el ángel y la bestia. El ángel y la bestia que conviven también en las instituciones. Sobre todo en ellas.  

Asistimos a un desconcertante espectáculo. Al mismo ser humano que un día planifica obras de sublime belleza o se conmueve en la contemplación espiritual, lo encontramos al siguiente regocijándose en el sufrimiento ajeno, en el incendio, en la tortura, en el derramamiento de sangre. Y así ocurre también con las instituciones, y señaladamente con los gobernantes y hasta con los representantes de Dios en la tierra.

 

Catedral de Beauvais (siglo XIII)

Catedral de Beauvais (siglo XIII)


He seguido avanzando en la lectura del libro de Georges Duby “La época de las catedrales”, con una lentitud autoimpuesta, matizada ciertamente por lecturas paralelas relacionadas, tan importantes para verificar contradiciones o confirmaciones. En el paso del siglo XII al XIII me encuentro con San Francisco de Asís y su predicación de pobreza y de renuncia, de amor a los hombres y de amor a la creación. Contemplo como continua la febril empresa de arquitectura sagrada, que en Francia evoluciona hacia el estilo gótico radiante que se impone en Francia y que tiene en la Sainte Chapelle una de sus más brillantes manifestaciones.  Pero también hallo al poder espiritual confabulado con el poder temporal para desplegarse en feroces carnicerías en contra de los infieles y de los herejes. La época de las catedrales es también la de las cruzadas.

Parece haber tiempos históricos en que el contraste entre la luz y las tinieblas se hace más marcado. Esta sería una de ellas. Al monumento ligero y luminoso de las catedrales se opone la siniestra empresa guerrera que se organiza desde la cátedra de Pedro, pensada para colaborar con Jesús de Nazaret, el Mesías cristiano, en la redención de la humanidad. Unos pontífices ofuscados por la soberbia, enceguecidos por el poder, inconscientes tal vez de la grandísima traición que están perpetrando, son el supuesto instrumento de la ira de Dios.

No solamente los musulmanes supieron de los extremos a que puede llegar la crueldad en manos de hombres belicosos y de instituciones desviadas de su misión espiritual. Del inconcebible despliegue de violencia supieron los mismos cristianos, que lo eran los cátaros, los también llamados albigenses. Contra ellos precisamente, por constituir un obstáculo para imponer el poder temporal del rey de Francia en la región meridional de Languedoc y por atreverse a pensar en contra del dogma religioso, la furia se desplegó multiplicada, con pretensiones de aniquilamiento total.

 

Conques, en el Languedoc, escenario de la cruzada contra los cátaros - Iglesia de la abadía de Saint Foy (Languedoc), escenarios de la cruzada contra los cátaros.

Conques, en el Languedoc, el país de los cátaros – Iglesia de la abadía de Saint Foy


Una de las características de la doctrina cátara, típica de las tendencias religiosas gnósticas, es el dualismo, que afirma la radical oposición entre el bien y el mal, entre el espíritu y la materia. Esta idea es llevada al extremo de afirmar que el mundo material no es creación de Dios, el Padre de Jesucristo, sino del demiurgo, tenido como una especie de ángel caído, confinado a la tierra.

¿Se le ocurriría a alguno de los promotores y ejecutores de la siniestra cruzada, pensar que con su acción la más impía, la más cruel, la más contraria al pensamiento de Jesús de Nazaret, estaban de algún modo dando razón a la doctrina de quienes eran objeto de tan implacable persecución? ¿No confirmaban acaso con su acción que la luz y las tinieblas no sólo se oponen en el cosmos y en la tierra, sino que también en el bipolar comportamiento de los hombres?

¿Eran los cátaros unos seres perversos, apóstoles acaso de Satanás?

 

Carcasonne, otro escenario de la cruzada

Carcasonne


Acerca de los miembros de un movimiento germano similar al de los cátaros albigenses, análogamente también disciplinado, informaba el abad Evervin de Steinfeld en 1143 a Bernardo de Claraval, de la Orden del Cister:

Entraron a las llamas y soportaron su suplicio no sólo con paciencia, sino incluso con regocijo. ¿Cómo explicar que estos hijos del Diablo encuentren en su herejía coraje similar a la fuerza que la fe en Cristo inspira a los verdaderos religiosos?… Defendían su herejía con las palabras de Cristo y los apóstoles.

Dicen de sí mismos: Nosotros, pobres de Cristo, errantes, huyendo de ciudad en ciudad (Mt 10:23), como las ovejas en medio de lobos (Mt 10:16), sufrimos la persecución con los apóstoles y los mártires; sin embargo, llevamos una vida muy santa y muy estricta en ayunos y abstinencias, dedicando noche y día a rezar y a trabajar, sin pretender obtener de este trabajo más de lo necesario para vivir.

Soportamos todo esto porque no somos del mundo; pero vos, que amáis el mundo, estáis en paz con el mundo porque sois del mundo (Jn 15:19). Para distinguirnos los unos de los otros, Cristo ha dicho: Por sus frutos los conoceréis (Mt 7, 16). Nuestros frutos son las huellas de Cristo.

Un capítulo oscuro de la historia humana y de la historia eclesiástica, que no es posible silenciar, Tampoco escribiré mucho más sobre el particular, porque la verdad es que me produce una desazón muy profunda, que amenaza con convertirse en depresión.

Una ilustración más de la grandeza y de la miseria de la condición humana. 



Debe haber sonado así la música sagrada de los cátaros de Occitania.

© 2014
Lino Althaner

El rey enamorado

Comentarios desactivados en El rey enamorado


En la entrada inmediatamente anterior dejamos a Sócrates y a sus platónicos amigos -entre ellos Fedro- congregados bajo la generosa sombra de un plátano y dialogando acerca del alma, la palabra y la memoria. 

Es el plátano el que me trae a la memoria la siguiente anécdota, reporteada nada menos que por Heródoto, el llamado padre de la historia –o tal vez más apropiadamente, de la historiografía. Nos ubica en el Libro VII de sus Historias, en una época cercana a aquella en que tiene lugar supuestamente el Fedro, cuando se produce el segundo intento que hacen los persas, al mando de Jerjes, hijo de Darío, para invadir Grecia. Hérodoto cuenta, en su estilo tan sabroso, todo el desarrollo de esas famosas guerras médicas, que pusieron tan duramente a prueba el temple guerrero de los griegos. Pero para los efectos de este artículo, solo me interesa el pequeño episodio que se narra en el capítulo 31, estando Jerjes por ingresar en los dominios griegos del Asia Menor:


jerjes_i_thumb4

.
“Al entrar en Lidia -nos dice-, el camino que procede de Frigia se bifurca, conduciendo el de la izquierda a Caria y el de la derecha a Sardes. Pues bien, tomando este último camino es de todo punto necesario cruzar el río Meandro y pasar por las inmediaciones de la ciudad de Calatebo, donde hay artesanos especializados que fabrican miel artificial con jugo de tamarisco y trigo. En su avance por ese camino, Jerjes se encontró con un plátano al que, por su belleza, obsequió con un aderezo de oro y lo puso bajo la custodia de un ‘Inmortal’ -esto es, un arquero de la guardia del monarca-, y al día siguiente llegó a la capital de los lidios (Sardes)”.

Es preciso decir, desde luego, que los persas sentían una especial atracción, y hasta veneración al parecer, por los árboles y por los jardines. Entonces, el comportamiento de Jerjes nos empieza a parecer bastante menos curioso, sobre todo si se considera, además, la época en que tiene lugar, alrededor de quinientos años antes de nuestra era, en tiempos en que la naturaleza era entendida como una cierta aunque misteriosa manifestación de lo divino, encantada por el mito.


412_79225_6667658_371486

.
Jerjes 
es una de las tantísimas óperas del genial George Frederick Haendel, no tal vez de las mejores, pero muy digna sí de su genio como compositor musical. En todo caso, tal vez sería aún menos conocida de lo que es si no fuera por la recreación que hace Haendel, auxiliado por un anónimo libretista, del episodio del plátano que regala su sombra al monarca guerrero. 

Se ha pretendido ver a Jerjes como un ridículo enamorado de un árbol. Yo lo veo más bien como un hombre proveniente de una tierra más bien escasa en árboles e integrante de un pueblo que venera grandemente la naturaleza vegetal. Más que un enamorado es un idólatra, agradecido también por la benéfica y generosa sombra que el plátano le proporciona después de una larga jornada bajo el sol.

Pero todo lo antedicho no es sino minucia frente a la maravilla de la música. La ópera en general, ya lo he dicho, música y libreto, no es de las más brillantes de su autor. Pero lo que canta Jerjes a la sombra de su plátano amado, da origen a una de las piezas más famosas del músico germano-inglés.

.

.

Recitativo

Frondi tenere e belle
del mio platano amato
per voi risplenda il fato.
Tuoni, lampi, e procelle
non v’oltraggino mai la cara pace,
né giunga a profanarvi austro rapace.

Aria

Ombra mai fu
di vegetabile,
cara ed amabile
soave più.

Recitativo: Frondas tiernas y bellas/ de mi plátano amado,/ que el destino os sonría./ Ni truenos, ni rayos, ni tormentas/ disturben vuestra querida paz/ ni seas profanado por los vientos feroces.

Aria: Sombra jamás hubo/ de planta alguna/ más querida y amable/ y más dulce.

*

Se ha querido ver una suerte de contradicción entre la rareza un tanto pequeña del episodio y la grandiosidad de la música. No estoy tan seguro de ello. Pero lo que sí es cierto es que la parte instrumental del aria -el famoso Largo-, despojada de su declaración amorosa o idolátrica, es usada con mucha frecuencia como música de circunstancia para ocasiones ceremoniales que ninguna relación tienen con el episodio operático, supuestamente histórico.  Esa versión sin canto es la que hecho popularmente conocida a esta aria.

.

Handel - Largo (Xerxes) - Preview (2).
Esta partitura es de la versión para piano a cuatro manos. Pero como yo prefiero la versión cantada a cualquier variante, he aquí otro ejemplo de interpretación de esta hermosísima aria:

.

.
Al plátano debemos los santiaguinos la frondosidad umbrosa de algunas de nuestras más hermosas avenidas. Sirva por lo tanto esta entrada, de homenaje a árbol tan noble y hermoso. Y que los alérgicos a los plátanos guarden respetuoso silencio.

© 2014
Lino Althaner

Newer Entries

A %d blogueros les gusta esto: