Los tres males de la humanidad (Guía de Perplejos 3c)

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Vimos en el artículo anterior de esta serie que, según Maimónides, existen en el mundo tres clases de males: El mal natural, el mal que se ocasionan los hombres unos a otros y el que se causan a sí mismos.

El mal natural. Ya lo dijimos. La naturaleza del hombre lleva consigo el límite, la imperfección. La materia de que está compuesto determina su debilidad. Su vida pende de un hilo. Lo acechan los accidentes, las enfermedades, los achaques de la edad y la muerte. Y como ser dotado de conciencia, sabe y sufre su vulnerabilidad.  De esta condición humana, materia dotada de conciencia, deriva la primera clase de males que suelen afectarlo. Son ellos, no obstante, los menos frecuentes, explica el sabio cordobés en la “Guía de Perplejos”.

Albrecht Dürer, Los cuatro jinetes del Apocalipsis

Albrecht Dürer, Los cuatro jinetes del Apocalipsis

El mal que los hombre se hacen unos a otros. El abuso de la fuerza, la injusticia, las mil caras -tantas veces enmascaradas- de la explotación, la tiranía, la guerra: el mal que un hombre inflige a otro hombre, que a su vez quiere vengarse o se desquita en un tercero. Estos males, nos dice Maimónides, son bastante más frecuentes que los de la primera especie. Un examen de la prensa diaria, nacional o internacional, lo confirma. Allí hallamos las crónicas del crimen abierto o encubierto, ejemplos de la violencia injusta, de la rutina inestable de tantos pueblos, de la realidad que todo pueblo ha vivido alguna vez en su historia.

Aunque Maimónides no es del todo pesimista a este respecto. Y afirma: “Sin embargo, en ninguna ciudad del mundo hallarás que los males de esta clase estén generalizados entre los habitantes de la misma, sino que su existencia es también rara, como el individuo que sorprende por la noche a otro para matarle a robarle. Solamente en las grandes conflagraciones de esta especie de males alcanza a cuantioso número de gentes; pero ni aun esto es frecuente en toda la tierra”.

Es este el tipo de conflagraciones en que se especializó exquisitamente la humanidad civilizada en el siglo XX: carnicerías bestiales en unas estúpidas guerras, genocidios, campos de concentración de diverso signo, masivas hambrunas, exilios colectivos, bombas atómicas, decenas de millones de muertos inocentes. Todo en nombre de insensatas utopías, Difícil para nosotros, el optimismo del filósofo judío.

Plaza Tiberiades en el barrio judío, Córdoba

Plaza Tiberiades en el barrio judío, Córdoba

Los males que el hombre se ocasiona a sí mismo. Estos, los del tercer tipo, son los más comunes. Sobrevienen a la persona por su obra u omisión y lo arruinan por su propia voluntad. Derivan de la desmesura en el actuar y en el ambicionar lo innecesario, aquello de lo cual se puede prescindir sin detrimento de la realización personal, esto es las cosas difícilmente alcanzables, por lo tanto escasas y onerosas. Por ellas los hombres se desviven en engañoso espejismo, compitiendo torpemente entre sí,  pagando un precio descomedido.

“De éstos males se lamentan todos los hombres, y pocos se encontrarán que no sean responsables de ellos ante sí mismos”. Cita Maimónides el Libro de los Proverbios (6,32):

“La necedad del hombre tiene sus caminos”.

También el Eclesiastés (Ecl 7,29):

“Lo que hallé fue sólo esto: Que Dios hizo recto al hombre, pero él se complicó con muchísimas maquinaciones”.

Pues “no brota del polvo la iniquidad, ni es el suelo el que produce el infortunio”, sino que “es el hombre quien engendra la desventura”. (Job 5,6.7)

William Blake, Los Ángeles del Bien y del Mal

William Blake, Los Ángeles del Bien y del Mal

Esta clase de males -asevera Maimónides- es consecuencia de todos los vicios, esto es, por ejemplo, del apetito excesivo por la comida y la bebida, especialmente si estas son de mala calidad, o de la práctica desmedida del acto sexual.  Tanto las dolencias perniciosas del cuerpo como las del alma derivan de tales desmesuras. Por una parte, la alteración experimentada por el cuerpo influye necesariamente en el espíritu, en el ánimo o en el sistema nervioso, Desde otro punto de vista, el alma suele inclinarse a las apetencias por lo innecesario, por el lujo y la ostentación, por el exceso, desequilibrándose a sí mismo y ocasionando la ruina del cuerpo y del espíritu.

“Así, todo hombre ignorante, de torcidos pensamientos, siempre anda triste y apesarado porque le es inasequible el lujo conseguido por otro, y a menudo arrostra grandes riesgos… con el fin de lograr estos lujos inútiles; mas cuando adentrado por esos caminos experimenta contrariedades, se queja del decreto de Dios y sus preceptos, empieza a murmurar contra su fortuna y se asombra de su poca justicia, porque no le ayudó a conseguir gran riqueza con que agenciarse vino en abundancia para estar siempre embriagado, y numerosas concubinas ataviadas con oro y pedrería de variadas clases, que le sirvan de incentivo para disfrutar del placer sexual más de la cuenta, como si en ello se cifrara el objetivo de la existencia de ese miserable”.

El hombre suele precipitarse al abismo ciegamente. Y si no logra la consecución hasta el punto de hacer asequible a su alma perversa la satisfacción de sus pasiones rastreras y apetitos suicidas, incurre en la adicional insensatez de culpar a Dios de impedirle alcanzarla. O, en caso de alcanzarla, de los males -enfermedades, accidentes y desolaciones- que son consecuencia directa o indirecta de tan desmesurada satisfacción.

Ephraim Lilien, La Alianza de Abraham

Ephraim Lilien, La Alianza de Abraham

Por el contrario, nos dice, “los virtuosos y sensatos conocen y penetran la sabiduría que resplandece en el universo, como lo proclamó David (¡la paz sea sobre él!): ‘Todas las sendas de יהוה son benevolencia y verdad, para los que guardan su alianza y sus mandamientos’ (Sal 25,10), dando a entender que quienes se acomodan a la naturaleza de las cosas y a los preceptos de la Ley, percatados de la finalidad de entrambas, contemplan claramente la bondad y la verdad universal; por ello cifran su ideal en lo que constituye su destino como hombres… En cuanto a las necesidades corporales, buscan lo preciso, pan para comer y vestido para cubrirse” y desprecian lo innecesario, pues la sed de cosas superfluas deviene, más ordinariamente de lo que se pudiera pensar, en carencia de lo rigurosamente necesario.

Como se puede ver, la sabiduría de estas orientaciones sigue siendo válida en estos días, quizás más válidas que nunca en una sociedades mercantiles que hacen lo imposible por crear necesidades del todo artificiales, por promoverlas y por facilitar al hombre la satisfacción de las mismas a cambio de un precio demasiado elevado: primero la pérdida de rumbo, luego la adicción y el extravío; con frecuencia la ruina o el vacío, o ambos a la vez.

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Opino, en todo caso, que misteriosamente, cualquiera que sea el mal que lo aflige, siempre queda para el ser humano la intuición de una fuerza capaz de redimirlo, de una plenitud que se puede sobreponer a cualquier contrariedad. Que se hace presente en las peores condiciones, haciendo realidad el famoso verso de Hölderlin:

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“Donde impera el peligro, crece también lo que nos salva”
(“Wo aber Gefahr ist, wächst das Rettende auch”).

© 2014
Lino Althaner

 

La canción del destino

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Unas ansias muy especiales nos perturban. Ellas son, precisamente, las de alcanzar la imperturbabilidad. Ya en varias ocasiones ha estado presente en este blog la reflexión acerca del anhelo referido, casi nunca del todo satisfecho.  Recientemente, en la entrada sobre Chuang Tse, el maestro taoísta, y su recomendación, paralela a la de Séneca, el filósofo estoico: No dejarse peturbar.

Un anhelo del hombre de todos los tiempos. Más que nunca tal vez, unas ansias del hombre actual: las de planear sobre los vaivenes de la existencia, en soberana quietud.

Los cambios que nos asedian, cada vez con mayor intensidad, ponen a prueba nuestra capacidad de adaptación. Las transformaciones tecnológicas se empeñan en hacernos funcionar como robots, en circunstancias de que no somos autómatas. Las mareas de la vida nos agotan. Nos aburren los contratiempos, con frecuencia minúsculos o necios, que tienen con todo el poder de molestarnos. Buscamos un espacio que aniquile las preocupaciones y las prisas que nos mueven, a pesar de que tantas veces hemos podido comprobar su carácter ilusorio, su carencia de sentido.

Recuerdo a propósito a Mark Twain: ‘Soy un hombre con sus años a cuestas y he conocido muchos y grandes problemas -decía. Pero la mayoría de ellos nunca existió’.

Pues, claro, la presbicie o la miopía de nuestras visiones, si no el estrabismo, el astigmatismo o la simple ceguera, nos hacen también ver problemas donde no los hay. Y suele ocurrir que inventamos problemas para justificar burocracias y jerarquías, ocupaciones y vicios, usuras y ganancias, homicidios a escala individual, nacional o internacional (por cierto, para asegurar la paz). También de ello hemos discurrido en los espacios de Todo el oro del mundo.
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Caspar David Friedrich – Acantilados de tiza en Rügen – image from wikipedia.org

Quizás nadie haya sido  tan expresivo y dramático para expresar someramente, en lenguaje poético, la aflicción del hombre, agitado por las olas de la vida, como el poeta romántico Friedrich Hölderlin. En su obra Hiperión, o el eremita en Grecia, se contiene ese poderoso y sublime poema que conocemos como la Canción del Destino, en el cual traza un magnífico paralelo entre la vida de los seres celestiales, que es pura espiritualidad imperturbable, y la existencia de los hombres, una y otra vez maltratados por la vida azarosa, enfrentados una y otra vez a un destino desconocido.

¡Camináis las alturas luminosas,
genios bienaventurados, sobre un suelo muy leve!
Las brisas divinas, espléndidas,
apenas os rozan,
tal como los dedos de la artista
rozan apenas las cuerdas sagradas.

Como un niño que duerme,
inconsciente del destino,
respiran los seres celestiales;
con pureza inmaculada
en humilde capullo, eternamente, 
florece en ellos el espíritu,
y sus ojos bienaventurados
contemplan en serena y eterna claridad.

En cambio a nosotros se nos niega
sitio alguno en el cual reposar;
se desvanecen y desploman
los hombres sufrientes, ciegamente,
hora tras hora,
como el agua que se precipita
de roca en roca,
ininterrumpidamente en lo desconocido.

(¡Ihr wandelt droben im Licht/ Auf weichem Boden, selige Genien!/ Glänzende Götterlüfte/ Rühren euch leicht,/ Wie die Finger der Künstlerin/ Heilige Seiten.// Schicksallos, wie der schlafende/ Säugling, atmen die Himmlischen;/ Keusch bewahrt/ In bescheidener Knospe,/ Blühet ewig Ihnen der Geist,/ Und die seligen Augen/ Blicken in stiller/ Ewiger Klarheit.// Doch uns ist gegeben,/ Auf keiner Stätte zu ruhn,/ Es schwinden, es fallen/ Die leidenden Menschen/ Blindlings von einer/ Stunde zur andern,/ Wie Wasser von Klippe/ Zu Klippe geworfen,/ Jahrlang ins Ungewisse hinab.)

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Este maravilloso poema fue objeto de una admirable musicalización por otro gran artista alemán, cuya obra se ubica en la cumbre del romanticismo musical. Me refiero a Johannes Brahms.

Su música ilustra apropiadamente la contraposición señalada en el texto, reforzando ciertamente la palabra poética. Empieza la Canción del Destino con una majestuosa serenidad, marcada por el contenido timbal, en un modo musical que con bellos matices se despliega a través de las dos primeras estrofas, que describen la vida celestial. Pero luego, en la tercera, que dice de la existencia humana, se produce vigorosamente el cambio tremendo hacia un lenguaje musical que marca de manera crecientemente expresionista la desesperante incertidumbre de la vida de los hombres, que se desploman, de roca en roca, como el torrente de una cascada, hacia su incierto destino.

He elegido como enlace de video la versión de la Orquesta Promúsica, dirigida por Daniele Georgi, y el importantísimo acompañamiento del Coro Harmonia Cantata di Firenze, conducido por Raffaele Puccianti. La versión, captada en el Teatro Manzoni de Pistoia, es de marzo de 2012: http://www.youtube.com/watch?v=3nBt2uJ4H5A .

Disfrútenla sin apuro, escúchenla una y otra vez, con el texto a la vista. Les aseguro que es una obra maestra.

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Volviendo a nuestro tema, el de la imperturbabilidad, parece difícil, pero no imposible. Nos es dado acercarnos, con rigurosa autodisciplina. Es más fácil, por cierto, en el entorno adecuado, en un cierto retiro del mundo. Mucho más difícil en medio de la vanidad de los negocios humanos, llenando registros, calculando intereses, comprando y vendiendo.

De como alcanzar la imperturbabilidad nos dicen, por ejemplo, el taoísmo y el budismo. (Lean, a propósito, las entradas sobre el Tao Te King, que ya deben sumar como una cincuentena.) También nos enseña la filosofía estoica, de Séneca y Marco Aurelio. Como asimismo los monjes, cenobitas, eremitas y místicos de todas las espiritualidades.

Séneca es muy inspirador. Él no era un hombre muy consecuente con lo que predicaba. Era un amante del lujo. Asesoraba a Nerón. Hasta que perdió su confianza, instante en que debió decidirse a tomar un baño en su propia sangre. Pero era un escritor maravilloso. Estoy seguro que, si no lo han leído, su pequeño tratado De la serenidad del alma los seducirá.

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© 2012 Lino Althaner

La mujer eterna

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¿Qué busca el hombre en la mujer? Prominentes respuestas a esa pregunta: las de Dante, de Goethe, de T.S. Eliot, que ya he comentado en este sitio. Dante Alighieri, encadenado por el amor de Beatriz, termina por encontrar en ella el camino espiritual que lo conduce al sumo arquetipo de la mujer en Occidente, la Virgen Madre de Dios. Goethe, por medio de Fausto, busca lo eterno femenino, asociado a su heroína Margarita, que también lo conduce a la Madre, con la que obtiene redención. Eliot encuentra a la Mujer en el peñón junto al mar, donde ante una imagen suya piden protección los pescadores que se juegan la vida en el mar, y sus madres, sus esposas y sus hijos. Es la misma Vergine Madre, figlia del tuo figlio, a  quien el poeta florentino se dirige en el Canto XXXIII de la Commedia. Es la misma de Fausto y de Goethe.

Aunque siempre junto a ella una mujer real, de carne y hueso, una forma de hermosura y una sonrisa que nos pierde. Y nos redime.
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Wang Meifang – Rights reserved – image from Cuaderno de Retazos

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Hölderlin, el gran poeta, tenía también su Beatriz, tenía su Margarita. Se llamaba ella Susette. En su Hiperión, una obra romántica por excelencia, la llama Diotima. En ella personifica las más sublimes aspiraciones de su espíritu, en ella se encarna su amor a la alegría, su amor a la bondad sin disimulo, su amor a la belleza. La busca. La encuentra. La pierde luego y llora por ella.

Con estas palabras:

‘Sólo de vez en cuando puedo hablar un par de palabras sobre ella. Necesito olvidar todo lo que ella es, si debo hablar de ella. Tengo que fingirme como que vivió en tiempos antiguos, como si supiera algo de ella por una narración, si no quiero ser apresado por su retrato viviente y consumirme en el éxtasis y en el dolor, si no quiero morir la muerte de la alegría por ella y por ella la muerte del dolor.’
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‘¿No era ella para mí? Decidme hermanas del destino, ¿no era ella para mí? ¡A las fuentes puras pongo por testigos, y a los árboles inocentes que nos escucharon, y a la luz del día, y al Éter! ¿No era ella para mí? ¿No estaba unida a mí en cada nota de la vida?

‘¿Dónde está el ser que fuera tan capaz de conocerla como el mío? ¿En qué espejo se juntaban como en mí los rayos de aquella luz? ¿No tembló de alegría ante su propio esplendor cuando por primera vez lo descubrió en mi alegría? ¡Ah! ¿dónde está el corazón que, como el mío, le diera su plenitud y la recibiera de ella, que hubiera estado allí sólo para proteger el suyo, como hacen las pestañas con el ojo?

‘No eramos sino una flor, y nuestras almas vivían una en otra como la flor cuando ama y oculta sus tiernas alegrías en su cerrado cáliz.

‘Y a pesar de esto, ¿no me fue arrancada y arrojada al polvo como una corona usurpada?’
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‘Antes de que lo supiéramos ninguno de los dos, ya no nos pertenecíamos.

‘Ahora voy a la costa y miro hacia Calauria, allá lejos, donde ella reposa. Eso es lo que sucede.

‘¡Oh, pensar que nadie me presta su barca, sí, que nadie se apiada de mí y me ofrece sus remos y me ayuda a llegar hasta ella!

‘¡Sí, pensar que el bondadoso mar no queda en calma para que yo no me construya un bote y navegue hasta ella!

‘¡Quisiera abalanzarme al mar furioso e implorar a sus olas que me arrojen a la costa donde yace Diotima …!’
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‘Doy consuelo a mi corazón con toda clase de fantasías, me procuro cierto narcótico; pero sería mejor, sin duda, liberarse para siempre que ayudarse con paliativos; ¿pero a quién no le sucede lo mismo? Así, me contento con eso.

‘Yo ya he hecho lo que podía. Que el destino me devuelva mi alma.’

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Pero a su Susette-Diotima no la piensa el poeta Hölderlin como una guía que lo lleve a los brazos de la Madre que habría de mostrarle, como a Dante, la forma del Empíreo. La Mujer de Hölderlin se identifica más bien con Afrodita, la diosa griega del Amor, llamada Venus por los romanos. Como admirador del mundo griego, de sus valores, de su poesía, de sus formas de religiosidad, se lo representa en Afrodita, en quien ve, entonces, Friedrich Hölderlin, una instancia posible de salvación y renacimiento para el mundo, un mundo, tal como él lo veía, sumido en la rutina de la vida burguesa y de la hipócrita conveniencia.
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© 2012 Lino Althaner

¿Más allá de las estrellas?

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Algo echa de menos el hombre. Lo que una vez poseyó, ya no lo tiene. Es por ello que busca. Busca en las cumbres nevadas. Busca en el fondo de los mares. Busca en el conocimiento, en los libros. Se fabrica utopías para calmar la sed. Paraísos e islas encantadas, pobladas por ángeles y hadas. ¿Qué es lo que busca el hombre? La verdad. La belleza. Una sola palabra, que le explique el misterio. Y lo busca más allá de las estrellas, allí donde imagina no hay espacio ni tiempo. 

¿No lo busca tal vez demasiado lejos?  Parece que eso es lo que tratan de decirnos

el Tao Te King,
https://todoelorodelmundo.wordpress.com/2012/02/17/conocete-a-ti-mismo-tao-te-king-8/,

Plotino
https://todoelorodelmundo.wordpress.com/2012/04/27/plotino-el-maestro-eckhart-y-miguel-angel/,

el Maestro Eckhart
https://todoelorodelmundo.wordpress.com/2012/04/15/el-tesoro-escondido/.
Y también, por cierto, la palabra de Jesús.

¿Qué nos dicen? Que no busquemos tan lejos. Que hurguemos más bien en nuestro interior, que nos conozcamos a nosotros mismos. Que eliminemos de nosotros lo accesorio, lo que nos vela la visión. La visión de la perla, del tesoro escondido que se halla en el íntimo centro de nosotros mismos. Allí esta la verdad esperando. Allí esta la belleza.

Veamos cómo lo dice Hiperión, el héroe de Hölderlin, que así se dirige a su amigo Belarmino:

‘He visto una vez lo único, lo que mi alma buscaba, y la perfección que situamos lejos, más allá de las estrellas, que relegamos al final del tiempo, yo la he sentido presente. ¡Estaba aquí, lo más elevado estaba aquí, en el círculo de la naturaleza humana y de las cosas!

‘Ya no pregunto dónde está; estaba en el mundo, puede volver a él, sólo que ahora está más oculto en él. Ya no pregunto qué es; lo he visto lo he conocido.

‘¡Oh vosotros, los que buscáis lo más elevado y lo mejor en la profundidad del saber, en el tumulto del comercio, en la oscuridad del pasado, en el laberinto del futuro, en las tumbas o más arriba de las estrellas! ¿Sabéis su nombre? ¿el nombre de lo que es uno y todo?

‘Su nombre es belleza.’

Pues, nos dice más adelante Hölderlin, ‘lo más hermoso es también lo más sagrado’.

Para encontrar lo hermoso y sagrado, lo auténtico dentro de nosotros mismos, lo transparentemente verdadero, hemos de recorrer un camino que, por cierto, no está en las carreteras de la tierra, ni se halla más allá de las estrellas.

Pues no está más allá sino más bien más acá. ¿Lo recuerdan?
https://todoelorodelmundo.wordpress.com/2012/04/25/mas-alla-o-mas-aca/
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Dante Gabriel Rosetti - Retrato de Jane Burden - wikipaintings.org

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¿Alguien ha de ayudarnos? Un maestro podría ser. O tal vez un amigo. O tal vez la hermosura de una mujer. En el caso de Hiperión, fue su amada Diótima, la que le indicó el camino. ¡Tantas cosas pueden ayudarnos a descubrir la belleza, a intuir la verdad! Pero, recordémoslo siempre. Ella no se encuentra en el maestro. Ni en el amigo. Ni en la hermosura de la mujer. Se halla dentro de nosotros mismos, allí donde se muestra en todo su esplendor la divina semejanza del hombre.
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© 2012 Lino Althaner

En busca del Otro (Hölderlin)

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¡Oh, tú!, a quien llamaba como si estuvieras sobre las estrellas, a quien llamaba creador del cielo y de la tierra, ídolo amigo de mi infancia, ¡no te enfades porque te haya olvidado! … ¿No es el mundo lo bastante mezquino, como para buscar todavía fuera de él a Algún Otro?

¡Oh!, si la naturaleza soberana es hija de un padre, ¿no es el corazón de la hija su corazón? Lo más interno de ella, ¿no es Él? ¿Pero acaso lo he resuelto? ¿Es que lo conozco?

Es como si viera, pero entonces me asusto otra vez, como si fuera mi propio rostro lo que hubiera visto; es como si lo sintiera, al espíritu del mundo, como la cálida mano de un amigo, pero despierto y son los míos, son mis propios dedos los que he asido.

Friedrich Hölderlin
(Hiperión o El Eremita en Grecia)
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Jan van Eyck - Dios Padre (detalle del altar de Gante) - wikipaintings.org

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El Dios extraño y trascendente, el Padre bueno de los gnósticos, el inefable e inconcebible del Maestro Eckhart, mal se aviene con su imagen humana, minuciosamente definida, vestida con el máximo lujo, coronada en toda majestad. Solemos los hombres sentir nostalgia por el Dios de la infancia, tan familiar y al alcance de la mano. Sin embargo, la mente crecida del adulto, su conciencia más desarrollada, no se contenta con esa imagen. No es compatible con la chispa divina que ve crecer en su alma. Además, le recuerda a un dios riguroso y necesitado como es el del Antiguo Testamento, que no lo ve muy parecido al Padre de Jesús. El hombre busca entonces ‘Algún Otro’, como dice Hölderlin, el que es completamente Otro, inimaginable, imposible de representar.

El poeta cree intuir a Dios en el corazón de la naturaleza, a la cual ve como una hija de aquel Padre. Éste se encuentra, entonces, en lo más interior de su hija.

Tan poderosa es su intuición que cree verlo de verdad. Más luego se horroriza: lo que ha visto no ha sido sino su propio rostro. Los dedos cariñosos que ha creído palpar no son sino sus propios dedos. Teme que su intuición no haya sido una jugarreta de su imaginación.

Pero la sed de Dios que siente, es del todo real. Sigue estando presente.

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© 2012 Lino Althaner

Entonces y ahora (Hölderlin)

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Mientras preparo el próximo comentario sobre el Maestro Eckhart, mantengo al blog con joyitas como ésta. El poema de Hölderlin responde a una percepción verdadera, a lo menos en general. El significado de las horas difiere según la edad. En las tardes se nos viene encima como un presentimiento o intuición del espíritu que da vida, que nos llena de una apacible serenidad.

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En mis días de juventud, me sentía gozoso en la mañana,
mas lloraba al atardecer; ahora que estoy más viejo,
empiezo la jornada vacilante,
más sagrado y apacible me es su fin.
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Pintura por Chen Cheng Qi (imagen del blog Cuaderno de tazos)

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In jüngern Tagen war ich des Morgens froh,
Des Abends weint ich; jetzt, da ich älter bin,
Beginn ich zweifelnd meinen Tag, doch
Heilig und heiter ist mir sein Ende.
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© 2012 Lino Althaner

Lo imperdonable

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Un recado más de nuestro amigo Hölderlin, a quien he estado releyendo:

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Lo imperdonable

Si olvidáis a los amigos u os burláis del artista,
si vilmente entendéis la hondura del espíritu,
Dios todo ello lo perdona.
Mas no estorbéis jamás la paz de los amantes.
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Picasso - Amantes (1923) - wikipaintings.org

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Das Unverzeihliche

Wenn ihr Freunde vergesst,
wenn ihr den Künstler höhnt,
Und den tieferen Geist klein und gemein versteht,
Gott vergibt es, doch stört nur
Nie den Frieden der Liebenden.
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The unpardonable

If you forget your friends, if you scoff at the artist
And towards nobler spirits are petty and vain
God will forgive you. Only never
Upset the peace lovers have.

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© 2012 Lino Althaner

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