El niño dentro de nosotros (3)

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No quiero ser para vosotros un redentor, ni un legislador,
ni un educador. Pues ya no sois como niños.

C. G. Jung

En El Libro Rojo nos muestra Carl Gustav Jung como el espíritu de la profundidad le enseña a  decir, en medio de su experiencia de profunda introspección psíquica: Yo soy el servidor de un niño. Así, afirma, aprende la humildad extrema cuando más la necesita. Pues su alma es un niño y mi Dios en mi alma es un niño. El espíritu de la profundidad le enseña que la vida está circundada por el niño divino. De su mano -asevera- me vino todo lo inesperado, todo lo viviente. Y continúa: Este niño es lo que siento como una juventud que brota eternamente en mí. El niño es futuro en potencia.


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La imagen del niño importa humildad, inocencia, armonía y confianza. Proyecta una paz indescriptible. Es en ese sentido arquetipo del inconsciente y modelo para el hombre. También porque el niño ejercita activamente su imaginación y ama, en su pequeño mundo, hacer realidad sus fantasías.  Es un aventurero potencial.  Es pura espontaneidad.  No se encuentra atado al mundo.

El niño es imagen de plenitud y apunta hacia el futuro, hacia la restauración definitiva de los tiempos, cuando los  cielos y la tierra se renueven, y surja el hombre nuevo.  No está atado al presente.

El niño tiene un inconsciente muy poderoso. Viene el niño emergiendo de la pura inconsciencia, repleto de imágenes que pugnan por darse a conocer. Siente entonces a su alma cercana. No ha sido aun alejado de ella por las apariencias y los convencionalismos de lo que llamamos el mundo real. La imagen del niño, estaría aludiendo, por lo tanto, a un estado en que la vida del hombre se desarrolla sin desconocer el aporte de la mente inconsciente. De esta se derrama el espíritu de la profundidad para enfrentarse con la superficialidad conformista del espíritu del tiempo, que espera sobre todo sumisión a lo establecido. 

 

Fotografía por Bill Gekas

Fotografía por Bill Gekas


Pero no nos equivoquemos: Jung no postula el infantilismo como modelo. La imagen a que se refiere no debe ser relacionada ni con la falta de madurez, ni con la imprudencia, ni con la irresponsabilidad propias de la infancia. El hombre infantil es, según Jung, transitoriedad sin esperanza.

Este Libro no es uno fácil de entender. Es un libro sujeto a interpretaciones encontradas, como los libros que escriben los poetas, O como los libros proféticos. No son un producto de la razón ni de la lógica común.  Por ello es que el texto de Jung abunda en paradojas, en ambigüedades, en símbolos e imágenes oscuras. Porque ha sido extraido desde la imprecisión del inconsciente psíquico.

Si sois seres adultos, que han engendrado o dado a luz, sea en el cuerpo o en espíritu, entonces vuestro Dios asciende desde una cuna resplandesciente hacia la inconmensurable  altura del futuro, hacia la madurez y completitud del tiempo venidero.

Es el hombre maduro el que ha de hacerse servidor del niño divino que habita en su alma. El que sigue los pasos de ese niño es el hombre maduro que aspira a la plenitud; no solo tal vez a la plenitud personal sino también a la plenitud de la humanidad. Ese niño, ciertamente, no es un niño cualquiera.

 

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Max Liebermann – Jesús en el templo a los 12 años

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El niño tiene el futuro a su disposición. En esto debería asemejarse a él el ser humano en su madurez. En el no tener un futuro constreñido. En ser libre como un niño. En no hallarse esclavizado por las ataduras sociales. En vivir, como afirma Jung, hacia el otro lado, esto es, hacia lo que está más allá de las palabras ya dichas, de los convencionalismos, de los destinos prefabricados, Y por cierto, más allá también de la superficie de la conciencia, es decir, en contacto permanente con el alma.

Tu seguir viviendo es vivir hacia el otro lado.

Viviendo hacia el otro lado, engendra el ser humano  y da a luz lo venidero. Es fecundo. 

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Para el lector interesado adjunto una nómina de las entradas publicadas acerca de Carl Gustav Jung y su Libro Rojo, sin incluir la presente:

15.11.  El Libro Rojo – Das Rote Buch – The Red Book 
20.11. Las palabras de la profundidad
22.11. El sacrificio y la soledad
23.11. No es la voz del espíritu del tiempo
26.11. El sueño que es mi sueño
30.11. El niño dentro de nosotros
1.12.   El niño dentro de nosotros (2)

Todos no más que ejercicios de interpretación.

© Lino Althaner
2014

El niño dentro de nosotros (2)

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Un libro es capaz de empujar al mundo

en otra dirección, cuando está escrito con sangre y fuego.
(Cary Baines, sobre El Libro Rojo, de C. G. Jung)


Algo más acerca de nuestro niño interior, conforme a la psicología junguiana.

Es bastante sabido que Carl Gustav Jung entiende al alma como una entidad sustancial y autónoma, distinta de la conciencia e inaccesible a la voluntad, en la cual se acumula de manera inconsciente la experiencia ancestral del ser humano. Es el alma, según él, una cantera inagotable de imágenes y de símbolos, que suele expresarse en la imaginación, en la visión, en el sueño. Es el ámbito en que habitan los arquetipos, motivos universales, frecuentemente expresados en la religión, en el mito, en la leyenda y en la poesía, que apuntan a la esencia común de la humanidad.  

Aquí nos cuenta Jung cómo, después de haber perdido el contacto con su alma, en la enajenación mundana del reconocimiento y de la fama, ha llegado a reencontrarse con ella. Una buena estrella lo guía de regreso hacia ella, lo que Jung celebra, pues ha llegado a intuir que no en el mundo sino que en la soledad profunda de su alma, allí ha de encontrarse con la esencia de sí mismo, con su auténtica individualidad.  Pues allí reside la sola posibilidad de realización plena. Dice entonces a su alma:

Dame tu mano, mi alma casi olvidada. Cuán cálida la alegría de volverte a ver, a tí, alma largamente negada. La vida me ha llevado nuevamente hacia tí. Queremos agradecerle a la vida, agradecerle todas las horas alegres y todas las horas tristes, agradecerle la alegría y el dolor. Alma mía, contigo he de continuar mi viaje. Contigo quiero ascender hacia mi soledad. (1)


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Pero ¿a quien encuentra Jung en lo más profundo de su alma? En el capítulo 2 (Alma & Dios) explica su descubrimiento de la imagen de Dios. ¿Y qué le muestra la imagen de Dios? La imagen de Dios es la de un niño. Se admira por cierto de esto y no puede sino preguntar:

¿Quién eres tú niño? Como niño, como niña, te han representado mis sueños; no sé nada de tu misterio. Disculpa si hablo como en sueños, como un borracho, ¿eres Dios? ¿Es Dios un niño, una niña? Perdona si hablo algo confuso. Nadie me oye. Hablo en voz baja contigo y tú sabes que no soy un borracho, un hombre confundido. … Qué asombroso me suena llamarte niño, tú que aun así sostienes infinitudes en tu mano. (2)

Dean White - Father & child

Dean White – Father & child


Lo que sigue es ya una alocución ejemplar de las que los hombres dirigen a Dios, cuando advierten su presencia en ellos mismos o en las circunstancias de la vida. Atisbamos una auténtica y profunda espiritualidad en estas hermosas palabras que Jung dirige a la imagen del niño que impera en su alma en forma de arquetipo, y que es un modelo para los seres humanos de todos los tiempos:

Yo andaba por el camino del día y tu ibas invisible conmigo juntando una parte y otra con sentido, y me dejaste ver en cada parte un todo. Quitaste allí donde yo pensaba retener, me diste donde nada esperaba, y una y otra vez causaste destinos desde flancos nuevos e inesperados. Donde sembraba, me robabas la cosecha, y donde no sembraba me dabas miles de frutos diversos. Y una y otra vez perdía el sendero para volver a encontrarlo. Allí donde nunca lo hubiera esperado. Sostuviste mi fe cuando me encontraba solo y cerca de la desesperación. Me permitiste, en todos los momentos decisivos, creer en mí mismo. (3)

Imagen policromada, Italia septentrional, segunda mitad s. XVIII

Imagen policromada, Italia septentrional, segunda mitad s. XVIII


Parece evidente. La imagen de Dios es aquí para Jung la imagen de un niño. El que vive en la profundidad de nuestra alma, en su realidad. Un supremo arquetipo de nuestra mente inconsciente.

(1) Gib mir deine Hand, meine fast vergessene Seele. Welche Wärme der Freude dich wiederzusehen, dich längst verleugnete Seele. Das Leben hat mich dir wieder zugeführt. Wir wollen das Leben danken, dass ich gelebt habe, für alle heiteren und für alle traurigen Stunden, für jegliche Freude und jeglichen Schmerz. Meine Seele, mit dir soll meine Reise weitergehen. Mit dir will ich wandern und aufsteigen zu meiner Einsamkeit.

(2) Wer bist du, Kind? Als Kind, als Mädchen, haben meine Träume dich dargestellt; ich weiss nichts von deinem Geheimnis. Verzeih, weil ich wie im Träume rede, wie ein Trunkener. Bist du Gott? Ist Gott ein Kind, ein Mädchen?. Vergieb, wenn ich verwirrtes rede. Niemand hört mich. Ich rede still mit dir, und du weisst dass ich nicht ein Trunkener, kein Verwirrter bin… Wie wunderlich klingt es mir dich Kind zu nennen, wenn du Unendlichkeiten in deiner Hand hältst.

(3) Ich ging auf dem Wege des Tages und du gingst unsichtbar mit mir, sinvoll Stück zum Stücke fügend, und liessest mich in jedem ein ganzes sehen. Du nahmst wo ich festzuhalten gedachte und du gabst mir wo ich nichts entwartete; und immer wieder von neu und unerwarteten Seiten führtest du Schicksale herbei. Wo ich säete raubtest du mir die Ernte, und wo ich nicht säete gabst du mir hundertfältige Frucht.



© Lino Althaner

2014

El niño dentro de nosotros

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El niño se encuentra siempre delante y detrás de nosotros. Detrás, es la sombra infantil que debemos abandonar, la niñez a la que debemos renunciar, aquello que siempre tira de nosotros regresivamente y nos hace infantiles, dependientes, perezosos y traviesos y que nos impulsa a eludir los problemas, las responsabilidades y la vida. Por otro lado, si el niño aparece delante nuestro, significa renovación, juventud eterna, espontaneidad y nuevas posibilidades -el flujo de la vida hacia un futuro creativo-. El gran problema consiste en decidir, ante cada situación, si se trata de un impulso infantil meramente regresivo o si se trata de un impulso de apariencia infantil pero que, en realidad, debería aceptarse y vivirse, porque nos impulsa hacia adelante.

Marie-Louise von Franz


En la introducción a su libro Así habló Zarathustra, explica Nietzsche que en la vida del espíritu se distinguen tres etapas. En la primera, es el espíritu como el camello, que se arrodilla y dice ‘deposita la carga sobre mí’. Pero cuando el camello está bien cargado, se levanta y parte en dirección al desierto, donde se descubrirá a sí mismo y se transformará en un león. La función del león consiste en matar a un dragón cuyo nombre es ‘Obedece’. Así, pues, después de hallarse sometido a la obediencia y al aprendizaje externo, el espíritu encuentra una fuerza y una energía que le eran desconocidas, la necesaria para matar al dragón. Una vez muerto el dragón, el león que ha alcanzado la libertad, se transforma en un niño.

El niño representa la espontaneidad, la autenticidad. El espíritu ha recuperado la inocencia y despreocupación propias de la infancia y tiene el valor de seguir sus impulsos. Es el estado que alcanza luego de matar al dragón ‘Obedece’.

El hombre que ha matado al dragón y se ha transformado en un niño, debe comenzar por vivir según sus propias normas, no según las de los demás. No se trata de que necesariamente deba despreciarlas o ponerse a la tarea de violarlas sistemáticamente, aquéllas que no calzan con su voz interior. Debe respetarlas, por último, como se respetan las luces del semáforo. Y manteniendo a raya la soberbia, en espíritu de silencio y de humildad.

El hombre que ha matado al dragón respeta las normas que están conformes con su concepto del orden, de la decencia, de la libertad, de la dignidad humana. Las demás, si agreden a la chispa de su espíritu, las rechazará. O, forzado, será obligado a cumplirlas como un prisionero las de la cárcel en que ha sido recluido. Pues carecen para él de autoridad. El hombre que ha matado al dragón no encuentra la autoridad fuera de sí mismo. Sino sólo en su interior, donde suena la voz de la verdad y de la vida. La voz que identifica con la de su Arquetipo. El hombre que ha matado al dragón se vuelve niño.

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En el Evangelio se exige a los hombres volverse como niños.  Pues dice Jesús: ‘Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el reino de los cielos’ (Mt 18, 3). Y en Juan: ‘Quien no nazca de lo alto no podrá ver el reino de Dios’ (3,3). Surge, sin embargo, la paradoja, cuando luego dice Pablo en 1 Cor 13, 11: ‘Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño y razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño’. ¿En qué sentido nos llama la Palabra a ser como niños? ¿Es acaso posible hacernos como niños y dejar las cosas de la infancia? ¿Hay, en el hacerse como niños, un aspecto positivo junto a otro negativo? Así parece ser. A ello se refiere Marie-Louise von Franz en el epígrafe de este artículo.

Porque alcanzar la madurez es consumar una síntesis en la cual se vuelven a hacer presentes la sensación de plenitud, la alegría de ser, la confianza ilimitada, la capacidad de soñar y ensoñar, propias de la infancia. Aunque los ideales y los sueños deban ser  integrados en el acto real de vivir.  ¡Qué maravilla de experiencia! Entonces, ‘uno se siente lleno de asombro sin ser ingenuo, reverente sin ser cándido, humilde sin ser sumiso’, pues lo invade ‘una concentración, una integridad, una sabiduría y una compasión’ que son propios de la experiencia, del camino recorrido. ‘Entonces, uno se encuentra con la objetividad y el conocimiento real, uno se maravilla con los auténticos misterios y confía en la auténtica bondad del ser’.

Pero si en el tránsito de la niñez a la juventud y luego a la adultez y a la madurez, el hombre se queda en la pura inocencia o se vuelve irresponsablemente a los goces de la infancia, al puro vuelo de ensueños sin raigambre en la realidad, pone en riesgo su realización como persona. Si se niega a los desafíos y los enfrentamientos consigo mismo, a los compromisos, a los avances, conversiones y transformaciones, se vuelve uno también niño, aunque ahora en forma negativa. Si renunciamos a la tarea de crear nuestro propio universo de creencias y de valores, si nos agotamos en el trabajo de pulir nuestra personalidad, si  nos apartamos de las exigencias, los sacrificios y los esfuerzos o incurrimos en el expediente reiterado de achacar nuestros fracasos a la acción u omisión de los demás, nos volvemos también como niños, pero de manera indeseable, y nos engañamos a nosotros mismos.

Sin volver a la infancia, hacernos como niños.

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Volviendo al texto de Nietzsche, no puede olvidarse que el niño es imagen auténtica de Jesús de Nazaret, supremo modelo a que aspira lo más propio y lo más íntimo del hombre occidental. Como lo afirma la psicología junguiana, Jesucristo es el Arquetipo, resplandeciente en lo profundo de nuestras almas, como la máxima meta o el solo destino por alcanzar. Que aquí se nos muestra en su imagen de niño Dios. Porque ¿volvernos como niños, no es acaso un poco volvernos como Dios?

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Estas notas las hice paralelamente a la lectura de Recuperar el niño interior, una obra colectiva en que colaboran Carl Gustav Jung, Gaston Bachellard, M-L. von Franz, J. Hillman, entre otross (ed. Jeremiah Abrams, Kairós, Barcelona 2001).

 


Poderosas palabras son también las que dice Carl Gustav Jung sobre la imagen arquetípica del niño en su Libro Rojo, como luego se verá.

Esta entrada es reedición de una del año 2012, motivada por mi actual dedicación a la lectura y estudio del Libro Rojo.


 © Lino Althaner
2014

Las palabras de la profundidad

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Mi lengua es imperfecta. Hablo en imágenes, no porque quiera lucirme con palabras sino por la incapacidad para encontrar aquellas palabras. Pues no puedo pronunciar las palabras de la profundidad de otra manera.

Carl Gustav Jung, El Libro Rojo (Das Rote Buch), folio 1 recto.

(Meine Sprache ist unvollkommen. Nicht weil ich mit Worten glänzen will, sondern aus Unvermögen jene Worte zu finden, rede ich in Bildern. Denn nicht anders vermag ich die Worte der Tiefe auszusprechen).
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Muy expresivas son las palabras de Jung para describir el experimento que emprendió consigo mismo con el fin de atender al intensísimo flujo visionario e imaginativo por él experimentado a partir de los meses inmediatamente anteriores al comienzo de la primera guerra mundial y hasta por lo menos el año 1930. Ya tendremos ocasión de fijarnos en ellas con mayor atención.

Este proceso introspectivo, que comienza desarrollándose en paralelo a un estado anímico de gran inseguridad y angustia, y a partir de una voluntad que no es la suya consciente, es el que queda plasmado en el manuscrito que denominó el Libro Rojo. En este texto, el psicólogo suizo dejó constancia de la serie de fantasías propias de su imaginación activa, como asimismo de los productos de su actividad onírica y de sus recuerdos de infancia, hilvanado todo ello en un conjunto expositivo y narrativo, riquísimo en símbolos y en figuras mitológicas, con frecuencia expresadas en la forma de polícromas ilustraciones.


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La experiencia, que significa para él ahondar en lo más profundo de sus luces y de sus tinieblas, es tan fuerte que lo pone en el límite de la normalidad mental. Se suceden las alucinaciones y las imágenes catastrofistas, que luego adquirirán carácter premonitorio. Jung no sabe qué le pasa ni cuál es el origen de todo ese ejército de increíbles y vivísimas visiones. Pero trata con esfuerzo de poner orden en su mente hasta que de pronto adquiere consciencia de la relación de su actividad con sus ideas sobre el inconsciente psíquico del ser humano, concepción en torno a la cual ya adivina tal vez que habrán de girar sus futuras investigaciones científicas y sus preclaras teorías.

Comienza el libro explicando lo esencial de la experiencia vivida. Tal como se comentó en el artículo anterior dedicado al Libro Rojo, dice Jung de la fuerza poderosa que hizo presa de él para escribir este libro, la que le permitió imponerse al espíritu del tiempo, que le decía de su inutilidad.  Dice, entonces, del espíritu de la profundidad, que no cambia con las generaciones como el espíritu del tiempo, el cual le dio su fuerza y le permitió renunciar a su soberbia científica para bajar a las cosas más simples y primitivas del ser humano. Continúa diciendo:


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El espíritu de la profundidad tomó mi entendimiento y todos mis conocimientos, y los puso al servicio de lo inexplicable y de lo contrario al sentido. Me robó el habla y la escritura para todo lo que no estuviera al servicio de esto, es decir, de la fusión mutua de sentido y contrasentido, que da por resultado el contrasentido.

(Der Geist der Tiefe nahm meinen Verstand und alle meine Kenntnisse und stellte sie in den Dienst des Unerklärbaren und des Widersinnigen. Er raubte mir Sprache und Schrift, für alles das nich im Dienste dieses eines stand, nähmlich, der ineinander Schmelzung von Sinn und Widersinn welche den Übersinn ergibt).

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La síntesis de los contrarios -sentido y contrasentido- nos recuerda el ideal gnóstico. Es la que se lleva a cabo en el suprasentido, que es “es la vía, el camino y el puente hacia lo venidero” (Der Übersinn ist die Bahn, der Weg und die Brücke zum Kommenden).  Es también el suprasentido, ya lo dirá Jung, la vía hacia Dios, el camino del conocimiento de la imagen de Dios.

Luego seguiremos comentando lo que sigue del texto.


 © Lino Althaner
2014

El Libro Rojo – Das Rote Buch – The Red Book

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Entre los años 1913 y 1930 realizó el psicólogo Carl Gustav Jung (1875-1961) un trabajo de introspección que le dio la oportunidad de observar y analizar las imágenes de su mente inconsciente, según se manifestaban en sus recuerdos, sueños, visiones y fantasías. No fue una labor fácil ni exenta de riesgos para su normalidad psíquica. Con todo, la experiencia de esa época decidió, según confiesa, lo esencial de toda su obra futura. Toda su actividad científica posterior -que se concretaría, por ejemplo, en su teoría sobre el inconsciente psíquico, tanto individual como colectivo, y en su concepción de los arquetipos- no habría consistido sino en la elaboración de las figuras que en esos años irrumpieron, precisamente desde su inconsciente.

Esa “materia originaria de una obra de vida”, como el mismo la califica, quedó plasmada en un volumen in folio que encuadernó con unas sólidas tapas rojas, trabajoso volumen, minucioso y exento en su factura de toda concesión a la prisa, en cuyas páginas maravillosamente iluminadas e ilustradas, se despliega el comienzo numinoso de todos sus desarrollos futuros.


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Tal es el  Novus Liber, comúnmente conocido como El Libro Rojo.

Es uno de los volúmenes de hechura más hermosa que haya tenido en mis manos. El cuerpo del libro, enteramente manuscrito por el autor en una impecable caligrafía alemana al estilo del siglo XV, primorosamente miniado e ilustrado también de su propia mano, ha sido editado fiel, exhaustiva y cuidadosamente en facsímil. La edición española -de responsabilidad del sello El Hilo de Ariadna– va acompañada de un estudio del historiador de la psiquiatría y la psicología Sonu Shamdasani, de un importante aparato de notas a cargo del mismo, como asimismo de los comentarios de Bernardo Nante, filósofo argentino especialista en la obra junguiana.

Luego de permanecer resguardado de toda publicidad tras la muerte de su autor en 1961, casi medio siglo después fue autorizada su edición, el año 2009. Llega ahora llega a mis manos esta joya editorial, cuya apariencia es ni más ni menos que la de un iluminado manuscrito medieval, pero que también tiene algo de los grandes libros ilustrados de William Blake.

 

página 148 del manuscrito - la figura de Philemon

página 154 del manuscrito – la figura de Philemon

 

Comienza Jung su libro en estilo profético, diciendo que si bien nada justifica lo que tiene que anunciar, a la luz del espíritu del tiempo, una fuerza más poderosa hace que se vea compelido a darlo a conocer.

Explica, en tal sentido, haber “aprendido que además del espíritu de este tiempo -que sólo quiere oír acerca de la utilidad y el valor- aun está en obra otro espíritu, a saber, aquel que domina la profundidad de todo lo presente…” Este es el espíritu que lo “obliga a hablar más allá de la justificación y del sentido”, el espíritu de la profundidad, que “posee, desde antaño y en todo el futuro, más poder que el espíritu de este tiempo que cambia con las generaciones.”

Este buen espíritu, asociado a la philosophia perennis y a la tradición espiritual de todos los tiempos, confiesa, “ha sometido todo el orgullo y toda la altanería del juicio. Me quitó la fe en la ciencia, me robó la alegría del explicar y el clasificar, y dejó que se extinguiera en mí la entrega a los ideales de este tiempo. Me forzó a bajar hacia las cosas últimas y más simples”. Lo que nos está diciendo Jung no es menor: que todo su trabajo científico se basó en intuiciones y conclusiones derivadas de un modo de ver despojado de todo cientificismo. Que un científico reconozca esto, no es poco decir.


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Libro en extremo atractivo. Pero libro difícil, sobre todo para quien no esté medianamente interiorizado en la psicología de Jung y en sus principales concepciones.

Sin duda que su contenido, de suma importancia para interpretar los tiempos que corren y para saber distinguir los signos de los que deberían venir, será objeto de más algún análisis en los artículos futuros de este blog.

Carl Gustav Jung tiene cosas importantes comunicarnos a nosotros, habitantes de este aún temprano siglo XXI.

© Lino Althaner
2014

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