Arya (2)

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Era entonces preciso que despertáramos y que refináramos la vigilia, tratando de acercarla cada vez un poco más a sus auténticas posibilidades. Sólo lo alcanzaban unos pocos, se decía, que mediante un deseo inquebrantable de gozo y de sufrimiento, los más intensos, y la fe inquebrantable, habían llegado a familiarizarse con lo indecible hasta el punto de ser dignos de beber el licor divino.

Elefante al estilo de Kalamkari en Andra Pradesh

Pintura en tela al estilo Kalamkari de Andra Pradesh, India

No nos inquietaba perpetuar nuestros hechos en crónicas o anales. Nos marcaba un enorme escepticismo acerca de todo simulacro de inmortalidad. Si medimos el tiempo de alguna manera, no lo hicimos por años sino por eones. Una arcana disciplina nos iluminaba, despertando la conciencia, procurando un conocimiento refinado. Los videntes aumentaban nuestra fortaleza, ardiendo en la experiencia de la lucidez, de la cercanía del dominio trasparente. Y quedábamos signados con un aura soberana, que nos ahorraba instrumentos de persuasión. Después de beber nuestros sacerdotes el divino licor -el soma, la ambrosía, el supremo objeto del deseo- la tierra y sus criaturas se volvían nuestros subordinados. Podían aquéllos matar con la mirada, hacer que se abriera la tierra, incendiar el universo. Accedían a la profecía. Y quienes eran poetas a la revelación.

Era toda nuestra vida una especie de liturgia. Llegamos a pensar que los dioses se acomodaban en torno a los altares de nuestros sacrificios. Que las ninfas celestiales nos visitaban y que a los dioses se unían nuestras mujeres, que daban a luz semidioses y santos. Nuestro océano más grande era el cielo. El camino del cielo se prolongaba en esta tierra como un inmenso torrente, que luego fluía desde la cumbre nevada eternamente y desde el otro río, el torrente que se desparrama por la cabellera divina. De la unión de la tierra con los cielos quería hacerse nuestro mundo, nuestra  vida, continua ceremonia sagrada. Una fiesta, un banquete en que los dioses y los antepasados bebieran con nosotros, con todo el pueblo, bajo la mirada atenta del que ve sin ser visto. Como había ocurrido alguna vez, según contaban los viejos.

Recordaban con pena el día en que los dioses dejaron de ser visibles a todo el pueblo. Yo en cambio soy testigo de cómo la presencia invisible de los dioses se vuelve cada vez más tenue. Y se transforma en ausencia. Y la ausencia se hace muerte. En poder de los monstruosos enanos que se han apoderado de la tierra, que de dioses casi se han quedado huérfanos.

 

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Es esta la segunda parte de un artículo en que he pretendido registrar muy libremente la impresión derivada de la lectura de dos libros de Roberto Calasso –Ka (Anagrama, 1999) y El ardor (Anagrama, 2016)- que incursionan de manera fascinante en los mitos y creencias de los Arya (nobles), esto es, el pueblo de los indoarios, en el seno de cuya cultura se producen los Vedas, los Brahmanas y los Upanishads, libros sagrados de las religiones de la India, hinduísmo y budismo.

 

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© Lino Althaner
2017

 

 

 

 

 

 

Arya (1)

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Después de cruzar los más áridos desiertos, llegamos desde más allá de las montañas, las más altas. Encontramos el gran río y más allá la espesura, que parecía no tener fin. Nuestra primera tarea: hacer claros en la selva, espacio para los altares, pasto para los rebaños. El fuego nos abrió camino. Eramos devotos del fuego.

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No eran duraderas nuestras moradas. No hicimos palacios ni templos. Nuestro templo estaba en todas partes, dondequiera fuera posible erigir un altar y celebrar una liturgia que como pájaros nos impulsara, como ángeles hacia el cielo, en un viaje certero. No construimos murallas defensivas. Solía hacernos escolta una tropa de guerreros escogidos, amedrentadores en sus armaduras y en sus espadas, en sus aladas cabalgaduras, en sus carros de fuego. Pero eramos en esencia pacíficos pastores; además, vagabundos incansables, cazadores de horizontes, de océanos, de soles, buscadores inquietos, no tanto de cetros ni de coronas, sino más bien de regiones interiores, aquellas que alentaban en la mente de los hombres según nuestros videntes. Soñábamos en construir un imperio sobre ellas.

Es verdad que no dejamos vestigios materiales. Aunque sí la memoria de unos ritos, unos himnos, unas sabias aproximaciones, unas bellas historias: un todo hecho de sueños, de visiones, de reflejos. Y también la memoria de una lengua, con la cual nos hacíamos naves capaces de alcanzar el cielo por el torrente del canto y de la melodía.

Prescindimos de iconos, de piedra, de metal o de madera. Veíamos en nuestro pensamiento la imagen de todos los dioses. Pero solo percibíamos como un reflejo, luminoso pero incierto, la presencia del desconocido, el ser inmanifiesto a que todo está sujeto, cuyos ojos nos miran, que es la trama sobre la cual están tejidos el espacio y el tiempo. Adivinábamos su aliento en las piedras, en los bosques de mangos, pipales y tamarindos, en los animales, antílopes, caballos, elefantes, hormigas. ¿Pero ver a los dioses cara a cara, percibir a lo menos su aliento, escuchar el eco de sus voces o posar nuestros pies sobre sus huellas? ¿Contemplar las espaldas del desconocido? Tampoco era entonces cosa fácil. Para ello debíamos dejar de ser lo que somos los hombres de ordinario: espectros soñolientos, sumidos en la pequeña rutina como aturdidos, rodeados de las cosas y los casos ilusorios e inciertos de la existencia, miedosos y confundidos.

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Este texto es la primera parte de un artículo en el que he pretendido registrar libremente la impresión derivada de la lectura de dos libros de Roberto Calasso –Ka (Anagrama, 1999) y El ardor (Anagrama, 2016)- que incursionan de manera fascinante en los mitos y creencias de los Arya (nobles), esto es, el pueblo de los indoarios, en el seno de cuya cultura se producen los Vedas, los Brahmanas y los Upanishads, libros sagrados de las religiones de la India, hinduísmo y budismo.

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De Buda se dice que pronunció las siguientes palabras:

“Oh Rey, hay un país en las pendientes nevadas del Himalaya cuyo pueblo está dotado de riqueza y valor, y se ha asentado en la frontera de Kosala. Por clan son arios de la raza solar, shakyas por nacimiento. De esa familia procedo, y no deseo cosas mundanas …”

 

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© Lino Althaner

 

 

La canción de Kabir (The song of Kabir)

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Poco se sabe de la vida de Kabir (1440-1518), el poeta místico de la India. Se crió en un medio musulmán, pero luego se hizo discípulo del asceta hindú Ramananda. Tanto entre los sufis como entre los brahmines es considerado santo, y su influencia espiritual se mantiene el día de hoy. Su poesía, como la de tantos otros grandes místicos, suele volar por encima de las denominaciones y los cánones religiosos.

Brahma Vishnú Mahesh Trimurti

Brahma Vishnú Mahesh Trimurti


He aquí una de ellas:


Oh alma mía, que vas y que vienes

por las sendas del espacio y del tiempo.
En el juego inútil no hallarás el camino.
Fija tus metas y anda.

Entona un canto con toda tu alma
para que no tengas que cantar otra vez.
Ámalo a él con todo el corazón
para que no tengas que amar otra vez.

Oh alma mía…

Camina el sendero con total confianza
para que no tengas de nuevo que andar.
Entrégate a un tal Maestro
que no tengas que buscar otra vez.

Oh alma mía…

Eleva una oración con toda tu alma
para que no tengar que rezar otra vez.
Muere a la vida a los pies de Dios,
que no tengas que morir otra vez.

Oh alma mía…

Respira mi Amor
Respira mi Amor
en el inmóvil centro.

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Snatam Kaur es una cantante estadounidense especializada en la música devocional de la India. Es ella quien interpreta los versos de Kabir, hechos canción:
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Oh my Soul, you come and you go/ Through the paths of time and space./ In useless play you’ll not find the way/ 
So set your goals and go.// Sing such a song with all your life/ You will never have to sing again./ Love such a one with all your heart/ You will never need to love again.// Oh my Soul you come and you go… // Walk such a path with all your faith/ You will never have to wander again./ Give yourself to such a Guru/ You will never have to seek again.// my Soul … // Pray such a prayer with all your soul/ You will never have to pray again./ Die such a death at the feet of God/ You will never have to die again.// Breathe my Love/ Breathe my Love/ Breathe in the quiet centre.


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Otra hermosa expresión poética de este gran místico indio la hallamos en los siguientes versos. En ellos se manifiesta otro aspecto del sentimiento de absoluta negación del yo en aras de una entrega absoluta a un Dios innombrable.


No vendré

Ni iré
No viviré
ni moriré.

Seguiré murmurando
el nombre
y en él
me entregaré.

Soy la copa
Soy el plato
Soy el hombre
y la mujer.

Soy la dulce lima
y el pomelo.
Soy hindú
y musulmán.

Soy el pez
y soy la red
Soy el pescador
y el tiempo.

Yo soy nada
dice Kabir
yo no estoy entre los vivos
ni estoy entre los muertos.


I won’t come/ I won’t go/ I won’t live/ I won’t die// I’ll keep uttering/ The name/ And lose myself/ In it// I’m bowl/ And I’m platter/ I’m man// And I’m woman// I’m grapefruit/ And I’m sweet lime/ I’m Hindu/ And I’m Muslim// I’m fish/ And I’m net/ I’m fisherman/ And I’m time// I’m nothing/ Says Kabir/ I’m not among the living/ Or the dead.


© 2014
Lino Althaner

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