La lucha contra la malaria

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Dos grandes imperios caminan hacia su culminación en el siglo XVI. Es este el siglo de Carlos I y de Felipe II, reyes de España, y de Solimán el Magnífico, soberano de los turcos otomanos, con quienes se reparte la potencia española la hegemonía sobre el Mediterráneo y sus tierras adyacentes. SolimánLas potencias secundarias -Francia, Inglaterra, Alemania- observan, intrigan, esperan su momento y preparan su ingreso al primer plano. Y yo me demoro en arribar a esa historia apasionante pero engañosa que es la de los acontecimientos, de las batallas y de los tratados, de los personajes y de sus acciones. Algunos lectores preferirían tal vez que me decidiera de una vez por todas a incursionar en esas aventuras y desventuras con actores, fecha y lugar de ocurrencia, en vez de insistir en este despacioso transitar previo por el medio geográfico, necesario para indagar en la forma en que el hombre se relaciona con los beneficios y males asociados a su medio ambiente físico,  y por el devenir social, tal como se manifiesta en la evolución de los grupos y de los estados, económica y culturalmente determinados.

Mantendré, sin embargo, el curso trazado, que es el elegido por Fernand Braudel en su obra sobre el mundo mediterráneo en la época de Felipe II. Me olvidaré por ahora de los celos y temores de ingleses y franceses, del rechazo alemán a las pretensiones hegemónicas de España, de las guerras de religión, de las preocupaciones del Rey Católico en los Países Bajos, de la insubordinación de los moros granadinos, apoyados por Argel con el beneplácito del imperio turco. Postergaré a los papas y a los reyes, a los guerreros y a los diplomáticos. Seguiré con el análisis del medio ambiente geografico, y luego con el del social, en que se desarrolla la trama, lo que debería servir para entender las limitaciones de los grandes hechos de los individuos, enfrentados al poderoso devenir.

En la entrada anterior (7.2.16) decíamos de la malaria, el desgraciado “mal aire” que tan duramente afligiera a Europa en el curso de las centurias, limitando al hombre en sus empresas y obligándolo a tomar las medidas para poner término a su amenaza. Convenciéndolo de que la conquista de las tierras llanas de la planicie supone sobre todo triunfar sobre el medio malsano del que emana el paludismo, impidiendo el estancamiento de las aguas y esforzándose por volverlas aguas corrientes, amigas del hombre, buenas para el regadío. Todo depende del grado en que el hombre se compromete en el saneamiento de las marismas, tierras impregnadas de humedad. “Si drena el agua, si conquista la planicie para los cultivos, extrayendo de ella la mayor parte de sus alimentos, el paludismo retrocede… Si, por el contrario, descuida la construcción de los canales de drenaje y las acequias de riego, si a su lado se desbordan las torrenteras de la montañas cegando las vías de circulación del agua; si, por una u otra razón, la población de la llanura disminuye y se relaja el dominio que sobre ella ejerce el campesino, la malaria se extiende sin remedio y todo lo paraliza”.

Ello podría haber ocurrido, afirma Braudel, con dramáticas consecuencias, en Grecia, como también en la antigua Roma. Se sostiene, incluso, que la malaria podría haber sido una de las causas de la decadencia del Imperio Romano. Porque cuando se multiplica la imdisciplina y afloja la constancia en el esfuerzo por detener a los factores generadores del mal, es inevitable que el paludismo se afirme y progrese en sus perniciosas consecuencias.

200px-Pope_Alexander_ViSe suele afirmar, en todo caso, que a partir de los últimos años del siglo XV, se produjo en Europa un recrudecimiento de las fiebres palúdicas, como consecuencia de nuevos elementos patógenos, provenientes tal vez de la América recién descubierta. En efecto, esta pudo hacer unos regalos indeseados al mundo mediterráneo: tal vez el treponema pallidum, causante de la sifílis; quizás también la malaria tropicalis o perniciosa, una de cuyas primeras vícitima europeas habría sido, en 1503, Rodrigo de Borja,que llegaría a ser conocido como Alejandro VI, el papa famoso, padre de César y de Lucrecia Borgia.

Habría que considerar también que durante los siglos XV y XVI los afanes del hombre europeo por adentrarse en las tierras bajas, sanearlas y hacerlas aptas para el cultivo y para ser habitadas, asumen una intensidad difícilmente observable con anterioridad. Porque el primer contacto con la marisma puede ser fatal. “Colonizar la planicie equivale con frecuencia a morir”. Y parece probarlo el caso de Italia, donde fueron especialmente intensas y sostenidas las tareas orientadas a bonificar los suelos. A propósito de lo cual Fernand Braudel afirma que “si Italia falla en la conquista de colonias lejanas, si permanece al margen de ese gran movimiento -en que España, Portugal, Francia, Inglaterra y Holanda muestran tanta actividad-  ¿no es, entre otras razones, porque estaba ocupada en conquistar dentro de sus propias fronteras todo el espacio susceptible de aprovechamiento según las técnicas de la época, las planicies inundadas …?”

Múltiples esfuerzos se han requerido en la tarea bonificadora de las planicies, algo nada fácil, si se considera que ha continuado sin interrupción y muy intensamente hasta los siglos XIX y XX. El hombre del Mediterráneo no deja de estar confrontado a las tierras bajas: “vaciarlas de aguas malsanas, dotarlas de un riego fertilizador, surcarlas de caminos, sin los cuales el transporte y la agricultura serían imposibles: tal ha sido su permanente tarea. Mucho más dura y penosa que la lucha contra el bosque y la maleza, esta colonización ha sido el rasgo verdadero y original de su historia natural. Así como la Europa del Norte se ha constituido, o por lo menos ensanchado, a expensas de sus bosques cenagosos, el Mediterráneo ha encontrado en las planicies nuevas, sus Américas interiores.”

La empresa es onerosísima. No hay que esperar una compensación pronta de las grandes inversiones realizadas. Y no siempre las labores son coronadas por el éxito. En ellas colaboran tanto los gobernantes -el emperador, el estado pontificio, los grandes duques y señores- como los grandes capitalistas de la época, conscientes de la importancia del negocio. El empeño de las ciudades suele ser fructífero, cuando se ponen a plantar en las inmediaciones de sus lonjas y de sus mercados, los huertos de hortalizas, las vegas y los campos trigales que tanto necesitaban.

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Orillas del Pisuerga

Alrededor de las ciudades castellanas, por ejemplo comienzan a abundar las manchas verdes de los cultivos de regadío. En Valladolid, los huertos y plantíos cubrían las orillas del Pisuerga. Un lazo similar entre el esfuerzo urbano y el agrícola, se observan en otras regiones. “Unos de los méritos del gobierno ilustrado de Pedro de Toledo en Nápoles fue el haber saneado, cerca de la gran ciudad, la región pantanosa de la Terra di Lavoro entre Nola, Aversa y el mar; el haberla convertido, al decir de un cronista, en la più sana terra del mondo, con sus acequias y sus canales de desagüe, sus fértiles tierras labrantías y sus campos desecados”.

Otros casos de bonificación de tierras en el siglo XVI son los que se llevan a cabo en Lombardía, en el Véneto y en la campiña romana.

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Canal de la Martesana en Milán

La gran planicie aluvial enclavada entre las tierras altas de la Baja Lombardía y las colinas que anuncian la cercanía de los Apeninos,  ha sido transformada por el hombre, cuya obra ordenadora, que se remonta por lo menos al siglo XII,  domestica las aguas por medio de diques, facilita el transporte mediante canales y hace desaparecer los pantanos nefastos, que se vuelven tierras en que abundan los arrozales y las praderas artificiales. De estos trabajos se encuentran también ejemplos en el siglo XVI. El más importante es realizado por el Francisco Sforza, duque de Milán, quien complementando obras de su antecesor Ludovico el Moro, hace abrir, en 1546, el canal de la Martesana, que lleva a Milán las aguas del Adda por un trayecto de más de treinta kilómetros, que una ampliación realizada en 1573 hace navegable, permitiendo así la unión de los dos grandes lagos lombardos, el Como y el Mayor.

Mientras tanto, Venecia se vuelca hacia sus dominios de Terra Ferma, para bonificar tierras en provecho de la agricultura  y encauzar las aguas que amenazan a la misma ciudad capital, ubicada ella misma en el corazón de un pantano potencial.También se despliegan esfuerzos en la campiña romana. Con todo, la situación en el siglo XVI deja todavía mucho que desear. “Benvenuto Cellini, a quien le gustaba salir de caza por los alrededores de Roma, refiere detalladamente cómo se salvo por milagro, según asegura, de una larga enfermedad que bien pudo ser un ataque agudo de paludismo.” Y la situación no mejora con el tiempo. No faltan los testimonios, en los siglos siguientes, de las angustias y miserias de estas tierras, del abandono de sus propietarios y de las fiebres que azotaban la región. Sólo en la primera mitad del siglo XX serían definitivamente drenadas las Lagunas Pontinas, que lo fueron por el gobierno fascista, que las limpió de vegetación y las urbanizó.

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Andalucía – Doñana: la marisma se vuelve parque

A Andalucía dedica Braudel unos párrafos muy interesantes. La trata como un caso especial. Andalucía era en el siglo XVI una de las zonas más ricas del Mediterráneo. También esta región hubo de ser conquistada trozo a trozo. En los primeros tiempos romanos, todo el Bajo Guadalquivir era una marisma. Pero muy pronto, la Bética se volvería, en el corazón de la España romana, en un vergel de ciudades hermosísimas, aunque demasiado pobladas y difíciles de mantener. Conquistada y reconquistada, pasa a ser florón de cada nueva corona hispana. Córdoba llega a ser escuela de toda España, de todo el Occidente musulmán y cristiano. Junto a Sevilla, es también capital del arte y centro de civilización. A Sevilla, que pasa a ser sede de la Casa Contratación, reguladora nada menos que del comercio con América, proveedor de la plata de México y de Perú, entre otras riquezas. Andalucía es señalada por el historiador francés en paradigma de la potencialidad agrícola de la gran planicie mediterránea cercana al mar, que la obliga a salir de sus fronteras para aprovechar los espacios que el océano le abre y proyectarlos hacia el resto de España y de Europa.

Una planicie de esta especie “acaba convirtiéndose en potencia económica humana, en una fuerza. Pero no vive para sí misma: ha de vivir y producir para el exterior. Y esto, condición de su grandeza, es también – en un siglo XVI donde nadie tenía asegurado el plan cotidiano- la causa de su dependencia y miserias. Ya lo veremos en el caso de Andalucía, forzada, desde antes de 1580, a importar trigo nórdico”.

El caso de Andalucía merecería sin duda un capítulo adicional.

© Lino Althaner

La llanura: el lugar de la malaria

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Sigamos ahora a Fernand Braudel en algunas de sus reflexiones acerca de las llanuras mediterráneas.

Están, para empezar, las planicies ubicadas entre los pliegues de las grandes cadenas montañosas, Alpes o Pirineos. En ellas se hace evidente un natural contraste. No tienen, en relación con las alturas que las circundan, ni “la misma luz, ni los mismos colores, ni las mismas flores, ni el mismo calendario”.

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Provenza – campo de lavanda

Mientras en la Alta Provenza el invierno se eterniza, en el Delfinado no dura más que un mes. En Siria, si se comparan las alturas del Líbano con las costas de Trípoli, ocurre algo parecido: “Aquí (en las alturas) viñas y olivos apenas estaban comenzando a florecer y el trigo a amarillear, cuando en Trípoli ya se veían uvas, las olivas estaban gordas, el trigo segado y los demás frutos muy adelantados”, comenta un ilustre personaje que viaja en busca de los famosos cedros. Mientras otros, aventurándose en el cruce de las montañas de Esclavonia, en camino hacia Grecia, o saliendo del ámbito de los nevados montes albaneses para arribar a las amenas planicies de la Tracia, dan cuenta análoga de la medida en que se han sentido conmovidos “ante la gracia de las cálidas planicies que parecen propicias al hombre”. Este no ha tenido mayores dificultades en someter tales planicies a su voluntad. En ellas ha plantado sin tanta dificultad grandes aldeas y hasta ciudades.

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Tracia – montaña y planicie

Pero llegar por esta vía a la conclusión de que la montaña es el lugar de la adustez y la llanura el del agrado, sería un gran error. Primero, porque ya se ha visto que la montaña suele también ser el sitio en que encuentra amparo el hombre que busca la libertad. Luego, porque en las grandes llanuras mediterráneas la realidad no se ha correspondido siempre con esa imagen amena y acogedora.. No han sido estas planicies de fácil conquista. Durante mucho tiempo el hombre no ha podido aprovecharlas sino de manera intermitente e imperfecta. Nos advierte Fernand Braudel que, en el siglo XVI, presentaban ellas, con cierta frecuencia, cuadros de tristeza y desolación. Hay que pensar, al efecto, que sólo en 1922 logra triunfar la colonización griega, en la llanura de Salónica, sobre las marismas. Hasta la segunda guerra mundial no se daba cima a los trabajos de saneamiento en el delta del Ebro y en las lagunas pontinas.

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Aquiles Vertunni – Lagunas pontinas

La campiña romana era en el siglo XVI un semidesierto, no obstante las poblaciones fundadas allí en dicha centuria, tal como había ocurrido en la precedente.  “¿Las marismas pontinas? Una cañada para unos cuantos centenares de pastores, y refugio de hordas de búfalos salvajes; en esta comarca abundaba la caza de toda especie, incluyendo el jabalí, índice seguro de una esporádica ocupación humana”. Las tierras del bajo Ródano, igualmente desiertas. Vacía la llanura de Durazzo -hoy Durrës, en la costa balcánica. Hasta el mismo delta del Nilo estaba insuficientemente poblado. En cuanto al del Danubio, nos dice el historiador francés, era “un impresionante pantano, un mundo anfibio, casi inextricable, con islas flotantes de vegetación, bosques cenagosos, tierras febriles”, una tierra hostil en la que pululaba la vida salvaje de algunos miserables pescadores. En Anatolia, en Córcega, Cerdeña y Chipre, en Corfú, era dable hallar panoramas similares. Por doquier la llaga pantanosa, difícilmente domesticable.

Pues los problemas de las llanuras nacen con las inundaciones. En ellas se acumula el agua que se despeña desde las montañas por el estrecho curso de los arroyos. “Las aguas de la montaña descienden como torrentes embravecidos, sin que nada las contenga. Cauces secos en el estiaje se convierten muchas veces, durante el invierno, en torrentes impetuosos.

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Puente Mostar sobre el río Neretva, en Bosnia Herzegovina

En los Balcanes, los puentes turcos son muy altos, construidos en arco y sin pilares centrales, con el fin de ofrecer la menor resistencia posible a las súbitas crecidas de los ríos”.

La situación se complica cuando estas aguas abundantes no encuentran un paso fácil hacia el mar.  Entonces, si no se han tomado medidas, tales como la construcción de presas, embalses y canales de desagüe, el estancamiento de las aguas genera la peligrosísima humedad de la marisma. El agua que daba la vida, ofrece ahora la muerte. El pantano genera el mal aire (mal aria), la enfermedad relacionada con la proliferación de los mosquitos anofeles y de los hematozoarios del género plasmodium, de los que aquellos son portadores. Es la malaria, precisa Braudel, una patología típicamente vinculada a las regiones bajas del Mediterráneo, al revés de la peste y el cólera, que son azotes extranjeros, pues encuentran sus raíces en India y la China. La malaria, frecuentemente mortal, aun en sus formas benignas provocaba una disminución de la vitalidad y del rendimiento de los afectados por ella, y tenía, aparte del dolor de las pérdidas de vidas y de los sufrimientos involucrados, significativas consecuencias económicas, vinculadas, por ejemplo, a la disponibilidad de mano de obra.

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Marisma de Camarga

Así como en el Norte europeo, ha debido lucharse contra el bosque para encontrarl terrenos aptos para el cultivo, veremos que en el Sur ha sido preciso librar una dura lucha en las planicies con el agua malsana en ellas depositada, para volverla corriente, saludable y útil para el regadío. Y para hacer de las llanuras tierras cultivables.

De la historia mediterránea de la malaria tratará nuestra próxima entrada. Como también de los esfuerzos desplegados en el siglo XVI para ganarle tierras a la marisma.

© Lino Althaner

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