Se pregunta el Gran Depredador…

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… si de verdad es merecedor del nombre de homo sapiens que le ha atribuido cierta ciencia. Y el mismo tiene el valor de responderse, hay que reconocer que con cierta ecuanimidad:

La armonía de cierta passacaglia,
los iluminados muros
de una capilla paduana,
los tercetos no menos luminosos
cantados a la dama incomparable
en la cual se sustenta toda espera,
dirían por cierto que sí,
pues dirían de imagen verdadera
y de real semejanza.

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Wu Hufan – ‘Celebremos la explosión de nuestra gloriosa bomba atómica’

Sin embargo mis pasos mañosos
en la rutina implacable,
en medio de la urgencia y el estruendo;
más que mis dichos, mis hechos,
y los juegos de niños
jugados con armas verdaderas,
claman con fuerza que no.
Que soy no más que un proyecto.
Y me veo de pronto tan pequeño
como un niño en el trance de nacer.

♣♣♣

Acerca de la pintura, su autor es el artista chino Wu Hufan (1894-1968). La temática del cuadro, cuyo carácter panegírico parece determinado -podría ser que con cierta ironía- por su título –Celebremos la explosión de nuestra gloriosa bomba atómica– llama la atención en un autor conocido por la delicadeza de sus motivos, asociados casi siempre a la naturaleza y al paisajismo en el estilo tradicional de la gran pintura china.

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Según he podido investigar someramente, el gobierno de Mao Zedong habría presionado reiteradamente a Wu Hufan para que se volcara a un estilo y una temática más compatibles con el servicio del estado y de la revolución. Nada mejor, entonces, que la ‘gloriosa celebración’ de la primera bomba china en 1964, que se concreta pictóricamente un año después y se produce en un ambiente de creciente hostilidad entre los dos gigantes comunistas. La propaganda del gran triunfo tecnológico chino es necesaria: la posesión del siniestro poder atómico es un motivo más para que la república popular no se sienta menos que su rival soviético. Quizás sería preciso considerar asimismo, para entender el vuelco en el delicado de arte de Wu Hufan, que China vivía entonces en vísperas de la no menos siniestra Revolución Cultural (1967-1976), que tan sangrientas consecuencias tendría, precisamente, para la cultura china, para los intelectuales, los artistas y el pueblo en general, y que por cierto constituye un hito de gran relevancia en la memoria del Gran Depredador.

Desde el punto de vista puramente artístico, la pintura no merece reproches, al parecer. En su importante estudio sobre la relación entre la pintura y la política en China, Julia F. Andrews recalca que la ‘pintura del hongo nuclear es una de las muestras pictóricas más hermosas que se pueden encontrar de ese período’. Destaca especialmente sus ‘pinceladas despreocupadas y vivas, y los tonos sutilmente variados de la tinta’.

♣♣♣

© 
Lino Althaner
2017

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Arya (2)

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Era entonces preciso que despertáramos y que refináramos la vigilia, tratando de acercarla cada vez un poco más a sus auténticas posibilidades. Sólo lo alcanzaban unos pocos, se decía, que mediante un deseo inquebrantable de gozo y de sufrimiento, los más intensos, y la fe inquebrantable, habían llegado a familiarizarse con lo indecible hasta el punto de ser dignos de beber el licor divino.

Elefante al estilo de Kalamkari en Andra Pradesh

Pintura en tela al estilo Kalamkari de Andra Pradesh, India

No nos inquietaba perpetuar nuestros hechos en crónicas o anales. Nos marcaba un enorme escepticismo acerca de todo simulacro de inmortalidad. Si medimos el tiempo de alguna manera, no lo hicimos por años sino por eones. Una arcana disciplina nos iluminaba, despertando la conciencia, procurando un conocimiento refinado. Los videntes aumentaban nuestra fortaleza, ardiendo en la experiencia de la lucidez, de la cercanía del dominio trasparente. Y quedábamos signados con un aura soberana, que nos ahorraba instrumentos de persuasión. Después de beber nuestros sacerdotes el divino licor -el soma, la ambrosía, el supremo objeto del deseo- la tierra y sus criaturas se volvían nuestros subordinados. Podían aquéllos matar con la mirada, hacer que se abriera la tierra, incendiar el universo. Accedían a la profecía. Y quienes eran poetas a la revelación.

Era toda nuestra vida una especie de liturgia. Llegamos a pensar que los dioses se acomodaban en torno a los altares de nuestros sacrificios. Que las ninfas celestiales nos visitaban y que a los dioses se unían nuestras mujeres, que daban a luz semidioses y santos. Nuestro océano más grande era el cielo. El camino del cielo se prolongaba en esta tierra como un inmenso torrente, que luego fluía desde la cumbre nevada eternamente y desde el otro río, el torrente que se desparrama por la cabellera divina. De la unión de la tierra con los cielos quería hacerse nuestro mundo, nuestra  vida, continua ceremonia sagrada. Una fiesta, un banquete en que los dioses y los antepasados bebieran con nosotros, con todo el pueblo, bajo la mirada atenta del que ve sin ser visto. Como había ocurrido alguna vez, según contaban los viejos.

Recordaban con pena el día en que los dioses dejaron de ser visibles a todo el pueblo. Yo en cambio soy testigo de cómo la presencia invisible de los dioses se vuelve cada vez más tenue. Y se transforma en ausencia. Y la ausencia se hace muerte. En poder de los monstruosos enanos que se han apoderado de la tierra, que de dioses casi se han quedado huérfanos.

 

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Es esta la segunda parte de un artículo en que he pretendido registrar muy libremente la impresión derivada de la lectura de dos libros de Roberto Calasso –Ka (Anagrama, 1999) y El ardor (Anagrama, 2016)- que incursionan de manera fascinante en los mitos y creencias de los Arya (nobles), esto es, el pueblo de los indoarios, en el seno de cuya cultura se producen los Vedas, los Brahmanas y los Upanishads, libros sagrados de las religiones de la India, hinduísmo y budismo.

 

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© Lino Althaner
2017

 

 

 

 

 

 

Grossmutter

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Aunque el sol se ha ocultado tras la montaña y empieza a hacerse difuso el contorno de las cosas, la figura de la anciana avanzando lentamente por el camino de tierra, ya de lejos me resulta familiar, la forma en que camina apoyada en su bastón, toda vestida de negro, la extrema delgadez de sus tobillos, el fulgor que enmarca sus blancos cabellos como una aureola e ilumina su rostro, y para hacer indudable la reminiscencia, cuando ya se aproxima, su sonrisa, el encanto cristalino de su risa que me lleva a su mirada, tan brillante como entonces de alegría, aunque ahora indicadora de mayor conocimiento. Me encadenan sus ojos, que son el portal de acceso a otro camino, al que soy transportado, cogido en una suerte de desmayo, como enceguecido por la luz. Es de noche, sin embargo, y la luna se ha escondido. Pero se acentúa el resplandor en el rostro de la abuela, que me toma de la mano. Yo me veo como un niño, protegido por su hechizo para siempre.

 

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Lino Althaner

La formación humanista (H.-G. Gadamer – Verdad y Método 2)

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Lo que hace que las ciencias humanas -llamadas también ciencias del espíritu o simplemente humanidades- sean tales, no se comprende, a juicio de Hans-Georg Gadamer, si se trata de sujetarlas a la estrechez gnoseológica de las ciencias exactas.  Así, es preciso que la tendencia universalista de éstas retroceda frente al carácter de unas disciplinas que persiguen una verdad distinta, no susceptible de alcanzarse por la vía metódica, y que supone otras formas de pensamiento, de expresión y de comprensión.

Ahora bien, en busca de un modelo que refleje en forma fiel lo que es propio del conocimiento de tales disciplinas y se acerque a unos parámetros que sirvan para expresar la idoneidad que requiere la experiencia en ese ámbito, recurre el filósofo alemán al medio cultural humanista, en el cual halla valores que lo orientan en ambas direcciones. Por una parte, en la de entender y explicar la forma en que se despliega el saber y el comprender necesarios para acceder a la verdad en ámbitos específicos de las ciencias humanas, que es por lo demás el objetivo primario de Verdad y Método, pero también, además, en la de pensar en las características ideales del ser humano que pretenda competencia idónea  en disciplinas tales como la historia, la lingüística y  la filología, el arte, la psicología, la filosofía, la teología o el derecho.

Específicamente los encuentra Gadamer preferentemente en la herencia humanista del clasicismo alemán y, en su ideal de formación humana, entendido por J. G. Herder (1744-1803) como el proceso por el cual el hombre asciende a su plena humanidad. Un proceso que, a juicio de W. von Humboldt (1767-1835), culmina en algo superior e íntimo, que es el modo de percibir que procede del conocimiento de toda la vida espiritual y ética y se derrama armoniosamente sobre la sensibilidad y el carácter. No se trata solamente de educación. Se trata también del cuidado de las capacidades y talentos que hacen del hombre un ser integral, dotado de sabiduría práctica, capacidad de juicio, tacto y gusto, no sólo en sentido estético sino también en el moral.

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Un concepto, el de formación, que ciertamente tiene precedentes. Se hace en él presente la antigua tradición mística -no exclusiva del cristianismo- conforme a la cual el hombre lleva en su alma la imagen conforme a la cual fue creado, la cual debe reconstruir en sí. Pero también hay que relacionarlo, ciertamente, con el modelo de hombre del renacimiento y con uno todavía anterior, el de la cultura griega clásica, tan magistralmente caracterizado por Werner Jaeger en su Paideia.

La formación es, a juicio de H.-G. Gadamer, un proceso -un devenir del deber ser al ser- en el curso del cual el ser humano se apropia por entero de aquello valioso en lo cual se forma, integrándolo en su personalidad. En el proceso de formación nada de lo valioso que tiene la experiencia humana, nada de lo eminente que se hace presente en la historia y que se plasma en la tradición, nada debería perderse para la persona, todo se guardaría para ser conservado cuidadosamente y para relucir naturalmente en el momento requerido. Para manifestarse, por ejemplo, cuando se trata de comprender y de explicar un texto, de encontrarle sentido a un acontecimiento histórico, de optar por una alternativa vital significativa o de resolver un conflicto con prudencia y ecuanimidad.

Se trata, según Gadamer, de la tendencia del espíritu que permite al hombre ocuparse interesadamente tanto de lo inmediato como de lo extraño que intenta volver familiar, como también de aquello que pertenece al recuerdo, a la memoria, al pensamiento, e ir siempre más allá de lo que sabe y experimenta para aprender otras cosas y entender otros puntos de vista, sin buscar el interés material y actuando con entera libertad en su esfuerzo por crecer humanamente.

En ese esfuerzo, el hombre va conociéndose a sí mismo, convirtiéndose paso a paso en otro más completo y equilibrado a medida que crece en la experiencia de la cultura y en el ejercicio del humanismo como solidaridad.

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Hans-Georg Gadamer

Esta es la sabiduría que interesa para los efectos del ejercicio de la comprensión en el ámbito de las ciencias humanas. La que es capaz de elevar al hombre a lo general, por encima de la frecuente pequeñez de las contingencias, de los deseos, arrebatos y egoísmos, esto es, de las circunstancias que pudieran intentar determinarlo negativamente en lo concreto. La que lo pone en una situación desde la cual le es más fácil resolver en lo particular consideradamente y con la debida mesura. Tal es la virtud del ser humano que sabe, además, integrar el trabajo en el proceso de su formación, volviéndolo algo propio y siendo capaz, por lo tanto, de desempeñarlo idóneamente, aunque sin renunciar a los intereses culturales y a las tendencias espirituales que reclaman también atención.

Estamos en presencia de un proceso que no termina nunca y que importa también un afinamiento del tacto, esa sensibilidad indefinible que permite percebir casi automáticamente las características de una situación para comportarse en ella libremente, sin la atadura de prejuicios cercenadores del pensamiento, sabiendo valorar con seguridad pero dejando de expresar lo que puede evitarse, manteniendo la distancia y evitando lo chocante, sobre todo en lo que puede afectar a la esfera íntima de las personas.

Se trata de una forma de sabiduría que supone, además, ejercitar tanto la memoria como el olvido. La memoria tiene que ser formada: pues memoria no es memoria en general y para todo. Pero, a la capacidad de retener y de acordarse, debe agregarse, a juicio de H.-G. Gadamer, la de olvidar, que lo hace pensar en Nietzsche, para quien el olvido no es únicamente un defecto sino también una condición necesaria de la vida espiritual: sólo por el olvido obtiene el espíritu la posibilidad de su total renovación, la capacidad de verlo todo con ojos nuevos, tan importante para transformar en primaveras los otoños e inviernos de la existencia.  

Todo esto parece bastante obvio. Sin embargo, suena de alguna manera raro en estos tiempos. Y la verdad es que valores como éstos, que son los que acercan existencialmente al hombre a la comprensión de la verdad que se manifiesta en el arte y en las ciencias o disciplinas del espíritu en general, suelen estar crecientemente alejados de los conceptos educativos y formativos predominantes actualmente.

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Porque algo hay en el espíritu del tiempo presente que mira con antipatía las riquezas del humanismo, tan poco útiles, tan escasamente eficaces y rentables si son observadas con la estrechez de visión que suele caracterizar a aquellos en quienes se encarnan los fríos poderes e intereses dirigentes. Nadie parece entender que hay también en las virtudes humanistas una fuerza capaz de hacer mejores políticos, mejores empresarios, mejores ciudadanos, hábiles también a la hora de promover la armonía y la paz, de poner los fundamentos de una bien entendida y creciente libertad y de una mayor creatividad. Y que su actualización podría también servir para vitalizar el menguado ámbito del magisterio, y potenciarlo en su importancia como formador de la infancia y de la juventud. 

No sería la primera vez que los ideales humanistas son repensados con el objeto de ser luego objeto de inserción en un cuerpo social necesitado. Y nuestras sociedades, sí que lo están, en demasía.

 

© Lino Althaner
2015

 

 

La tradición humanista (H.-G. Gadamer – Verdad y método 1)

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¿Es hoy la cultura humanista un tesoro reservado para unos pocos?

¿Es acaso un valor incompatible con las exigencias de un mundo contemporáneo acicateado por la urgencia del dominio y del crecimiento material a toda costa?

¿Qué peso tienen en nuestra civilización valores tales como la formación humana integral, la sabiduría práctica de raigambre aristotélica, la capacidad de juicio y el gusto como concepto no tan solo estético sino que también moral? Son valores como estos los que califican a un hombre de culto y cabal, en concepto de la tradición humanista.

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El análisis de estas preguntas parece enfrentarnos a un panorama desolador. Basta con fijarse,  por ejemplo, en las características de los modelos educativos  que tienden a imponerse en la actualidad desde el jardín infantil hasta la universidad. Parecieran diseñados no más que para moldear técnicos especialistas y mano de obra eficiente, ciudadanos domesticados y consumidores activos, en el contexto de un ideal uniformador encaminado a desincentivar la crítica a las formas políticas, económicas y culturales imperantes y a no perderse en inútiles divertimentos. Si se consideran adicionalmente las dimensiones de la labor deformativa complementaria, de que se ocupan, por supuesto, los medios de comunicación, y no solamente por medio de la propaganda pagada, se podrá ver más claramente a qué extremos nos ha traído la creciente decadencia de lo humano. El fenómeno, aunque admite variantes y acentos, es universal.

¿Qué es la tradición de la cultura humanista en un ambiente determinado por factores como los indicados? ¿Qué más podría ser, en una época determinada impositivamente por la urgencia de crecer a toda velocidad, marginando y desacreditando el cultivo del espíritu y de la creatividad artística, sino un pelo de la cola para una sociedad crecientemente alienada, para una humanidad cada vez más olvidada de sí misma, de sus auténticas riquezas y de sus mayores glorias?

Este tipo de preguntas se habrá hecho, muy probablemente, Hans-Georg Gadamer (1900-2002), para inicar la crítica que formula al cientificismo imperante en el mundo, que respaldado por sus éxitos impresionantes en el ámbito de la tecnología,  insiste en cimentar una  sociedad crecientemente materialista y cibernética, manifiestamente deshumanizadora. Discípulo de Martin Heidegger, en quien encuentra los antecedentes conceptuales para proceder a elaborar un pensamiento propio,  Gadamer procede a exponerlo en su obra Verdad y Método (1960), de gran repercusión en todos los ámbitos del saber por el modelo universal, aunque no exclusivo, de comprensión que plantea. De este libro seguiré ocupándome en artículos futuros, pues es grande la variedad de temas que en él se abordan con el objeto de servir de respaldo al planteamiento principal.  Se trata, a mi entender, de uno de los textos de lectura y estudio ineludibles para quien desee interiorizarse en el movimiento de las ideas en el mundo contemporáneo.

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La crítica de Gadamer parte de tomar conciencia de las pretensiones de universalidad del método científico impuesto por la modernidad como modelo exclusivo de que dispondría el ser humano para alcanzar la verdad. Este modelo de acceso al conocimiento se caracteríza, como es sabido,  por la duda cartesiana y el rechazo de toda validación que no halle en una experimentación sometida a riguroso control, como también por un objetivismo que intenta soslayar la inevitable presencia e influencia en el proceso metódico del sujeto que investiga e intenta comprender. Que este método aspire a la universalidad significa nada menos que, impuesto en el ámbito de la humanidades -tales como la historia, la filología, la teología y el derecho-, podría terminar por desvirtuar totalmente la  esencia misma de las ciencias del espíritu en su pretensión de mostrar lo verdadero con colores propios.  Aquella aspiración le parece al filósofo alemán tan insoportable como la paralela pretensión racionalista de desplazar el mundo de la creación artística a un sector del quehacer humano incapaz de aspirar a la verdad.

Gadamer pone en juego todo su conocimiento filosófico e histórico y toda su capacidad de razonamiento para rechazar tales pretensiones cientificistas omnicomprensivas, entendiendo que no dan cuenta de los rasgos esenciales del conocimiento humano, particularmente cuando se pone a prueba en el contacto con las disciplinas humanistas. Lo que Gadamer intenta probar es que, aparte de la vía métodica cartesiana, cuya validez relativa no discute, existe otra forma de comprensión y de acercamiento a la verdad. Esta forma paralela de conocimiento y de comprensión, para la cual reclama reconocimiento filosófico, se fundamenta tanto en la condición fáctica y finita del existir, crudamente limitado en toda aspiración a conocer de manera absoluta, como en la realidad hermenéutica y lingüística del pensamiento. Tal es el conocimiento hermenéutico, que tiene una matizada validez en todos los ámbitos del saber -tanto limitadamente en el de las ciencias naturales como de manera más amplia en el de las ciencias humanas- y pretende como hermenéutica filosófica -o filosofía hermenéutica- una validez en toda experiencia existencial.

La tradición humanista es para Gadamer una fuente de inspiración muy poderosa, pues ve en ella un conjunto de valores que deben ser actualizados con el objeto de aportar un elemento de equilibrio en una humanidad tan maltratada por modelos sociales que parecen no ver en el hombre nada más que un número o un instrumento al servicio de los intereses que los sostienen. La idea misma de la hermenéutica se relaciona con esa tradición. Es por ello que dedica todo un apartado de la parte introductoria de su obra a analizar los conceptos básicos del humanismo.

Quizás aún es tiempo de resucitar en alguna medida el modelo humanista del ser humano, un modelo que supone cultura verdadera y formación integral, que supone filosofía práctica y prudencia, que exige capacidad de juicio certero y buen gusto estético y moral. Sería una forma de volver al centro de lo que es el ser humano por encima de sus accidentes.

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Pero el hombre se ha olvidado de Dios. Se ha olvidado de la pregunta por el ser, tal como lo explica Heidegger al comienzo de Ser y tiempo. Mientras no se olvide de sí mismo, es tal vez posible recuperar la vigencia de tanto saber preterido.

¿Es tiempo todavía?

© Lino Althaner
2015

Un villancico de Lope de Vega (reedición)

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Algo de lo más importante está por ocurrir. Lo vamos a celebrar. Tal vez conmemoraremos con una cena en familia, unos bellos ornamentos apropiados para la ocasión, un pino emperifollado o, mejor, un pesebre con el Niño, María y José, ángeles, pastores, magos venidos de oriente. Muchos animalitos que observan el acontecimento del nacimiento del Salvador. Quizás una música apropiada para la ocasión. Yo elegiría probablemente el hermoso concierto fatto per la notte di Natale, de Arcangelo Corelli (1653-1713). Si le tomaramos el peso a lo que todo ello representa, sería verdaderamente una enormidad. Si estuviéramos plenamente conscientes de lo que este Nacimiento significa, tendríamos motivos para exultar de gozo de manera indefinida. Sobre ello tendríamos que meditar.

B.E. Murillo – Virgen y Niño – wikipaintings.org


Pero sucede algo todavía más significativo. Para ello, claro, tendremos que preparar un rincón muy humilde en nuestros corazones y allí disponer un pesebre. Entonces sí que ocurrirá un portento. No la sola celebración y conmemoración sino un hecho actual: nacerá el Niño Dios en el sancta sanctorum de nuestra intimidad. Al centro del amor y de la paz que le hemos preparado, allí él se instalará y no más lo podremos olvidar.

Pero habremos de mantener una rigurosa disciplina, si queremos que permanezca a nuestro lado. No molestarlo con el ruido, con las disputas, con las pequeñeces que suelen hacer nuestro diario quebranto. Si estamos seguros de que está con nosotros ¿no seremos capaces de mantener la calma, de sosegar la ira, de avivar la llama del amor?

En el siguiente villancico, Lope de Vega (1562-1635) les pide a los ángeles que sujeten las ramas de las palmas de Belén, conmovidas por el viento, para que el Niño pueda dormir en su paz. Es la paz que tendremos que imponer a nuestras inquietudes y nuestros reclamos, al ruido sin sentido que se enseñorea de pronto de nosotros, hasta hacernos parecer enajenados. Si queremos no olvidarlo. Como los ángeles, aquietemos las palmas.


Pues andáis en las palmas,

ángeles santos,
que se duerme mi Niño,
tened los ramos.

Palmas de Belén
que mueven airados
los furiosos vientos
que suenan tanto;
no le hagáis ruido,
corred más paso.
Que se duerme mi Niño,
tened los ramos.

El Niño divino
que está cansado
de llorar en la tierra
por su descanso,
sosegaros quiere un poco
del tierno llanto.
Que se duerme mi Niño,
tened los ramos.

Rigurosos hielos
le están cercando;
ya veis que no tengo
con qué guardarlo.
Ángeles divinos
que vais volando,
que se duerme mi Niño,
tened los ramos.


Este villancico lo conozco en tres versiones musicalizadas. Una es la española, flamenca, que interpretada por el cantante español Fernando Terremoto, suena muy emotiva y auténtica. Hermosa versión.

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La segunda es de  la madurez de Johannes Brahms (1833-1897), una obra maestra (opus 91, número 2) de este músico, basada en una adaptación de Lope por el poeta alemán Emanuel von Geibel. La versión que adjunto la interpreta la soprano estadounidense Jessye Norman.

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(Die ihr schwebet/ Um diese Palmen/ In Nacht und Wind,/ Ihr heilgen Engel,/ Stillet die Wipfel!/ Es schlummert mein Kind.// Ihr Palmen von Bethlehem/ Im Windesbrausen,/ Wie mögt ihr heute/ So zornig sausen!/ O rauscht nicht also!/ Schweiget, neiget/ Euch leis und lind;/ Stillet die Wipfel!/ Es schlummert mein Kind.//Der Himmelsknabe/ Duldet Beschwerde,/ Ach, wie so müd er ward/ Vom Leid der Erde./ Ach nun im Schlaf ihm/ Leise gesänftigt/ Die Qual zerrinnt,/ Stillet die Wipfel!/ Es schlummert mein Kind.// Grimmige Kälte/ Sauset hernieder,/ Womit nur deck ich/ Des Kindleins Glieder!/ O all ihr Engel,/ Die ihr geflügelt/ Wandelt im Wind,/ Stillet die Wipfel!/ Es schlummert mein Kind).

La tercera es la del músico austríaco de origen esloveno Hugo Wolf (1860-1903), basada también en el texto de Emanuel von Geibel. Aquí la interpreta la gran cantante alemana Elisabeth Schwarzkopf.

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Si no olvidamos a Corelli y a tantos otros músicos, muchos de ellos anónimos, que han creado música bella para la Navidad, tendremos desde ya la posibilidad de crear un ambiente sonoro propicio para celebrar a Jesús que vuelve a nacer en nuestros hogares y en nuestros corazones. Sin petardos ni gritos ni otras estridencias. Para protegerlo de los metafóricos hielos, que lo están cercando, que sirvan las bellas melodías navideñas y el fuego de nuestro amor.

Está entrada la he editado varias veces: la primera vez fue a fines de 2011. He debido hacerlo para poner de manifiesto los avances tecnológicos del blog, que ahora acepta los videos, y también para incluir el nuevo material concerniente a este villancico de Lope, que he ido descubriendo. En esta ocasión incorporé el video de Elisabeth Schwarzkopf interpretando la música de Hugo Wolf.

© Lino Althaner
2014

Sugerencias para Navidad

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Comenzamos diciembre, el mejor mes del año.

Lo que en diciembre se celebra, su sentido, cada vez se nos vuelve menos claro. Prontos estamos, en cambio, para morder el anzuelo que nos tienden los comerciantes, que ya desde fines de octubre comienzan a preparar su propia celebración a costa nuestra. Cosa que hacen con gran generosidad, abriendo ampliamente las puertas al consumo y al endeudamiento (¡miel sobre hojuelas!), al pago diferido (mientras más diferido, más suculento para el comerciante y más oneroso y usurario para su cliente).

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Albrecht Durer – Cervus lucanus (wikipaintings.org)


Bueno, la verdad es que los comerciantes no celebran la gran fiesta del mes de diciembre. Lo de ellos es más bien una gran contracelebración, que repetida año tras año, ha terminado por hacer que nos olvidemos de la verdadera fiesta. Ella no es la llegada del Viejo Pascuero ni el pino iluminado por ampolletitas intermitentes, rodeado de regalos con que engañamos a los niños y nos hacemos lesos a nosotros mismos. No es esta la fiesta de la competencia y de la ostentación, éste no es un evento farandulero. Es esta la fiesta del Nacimiento, del Renacimiento, de la Redención. Es la fiesta del tiempo que se renueva, que algún día se renovará completamente. Es por ello propicio que se halle tan cercana al Año Nuevo. 

Si celebramoas, hagámoslo como es debido. Celebremos con sentido. Sabiendo lo que estamos celebrando. Tratando de recuperar esta fiesta para nosotros, arrebatándola de las manos de quienes la han disminuido y desnaturalizado,  y multiplicado para su intereses. No es esta la fiesta del mercado, no es la fiesta del comercio, de los bancos, de los supermercados. Es esta la fiesta del hombre, del niño, es esta la gran fiesta de la familia, que es el lugar en que se encuentran el hombre, la mujer, el niño y el anciano, que debieran juntarse especialmente en esta ocasión, para recordar y festejar lo que se celebra de verdad.

No es este el mes de las urgencias. Aunque a veces parece que lo fuera. En el ciego afán de cumplir con los roles que el mercado liberal nos ha asignado, corremos como nunca este mes. Como consecuencia de lo cual aumentan los tropezones, los pisotones, los codazos y los choques. Aumentan los clientes de las postas de urgencia y de la morgue. Crece el descontrol, la agresividad, está la ira a flor de piel. El entorno presiona a las personas hasta lo insoportable, obligándolas a comportarse contrariando su naturaleza. Urgiéndose sin sentido plausible. Ocurre mucho en diciembre. Aumentan los síntomas de enfermedades que aparecen porque es demasiada la presión: delirios, alucinaciones, manías (las típicas “enfermedades de la cabeza” de Kant) y nuestras conocidas depresiones. En este mes de diciembre, en que celebramos al Hombre que nace, tengámonos respeto, acordémonos que somos nada menos que hijos de Dios. Este no es el mes del ajetreo y de la prisa, sino el del retiro, la meditación y la calma, la paz. Así me lo enseñaron quienes sabían lo que en ese ambiente había que festejar.

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Albrecht Durer – Joven liebre (wikipaintings.org)


El espíritu profundo de este mes nos dice, en cambio, que no nos apuremos. O que nos apuremos sin prisa. Festina lente reza el lema.  Caminad lentamente si queréis llegar más pronto a un trabajo bien hecho. Una vez más se los recuerdo, pues resulta especialmente válido para el mes de Navidad. El oro del mundo, que nos llega a raudales este mes, se pierde en la prisa.

Rainer Maria Rilke, el poeta bohemio, comenta sobre el particular en sus Sonetos de Orfeo (XXII):

Wir sind die Treibenden.
Aber den Schritt der Zeit,
nehmt ihn als Kleinigkeit
im immer Bleibenden.

Alles das Eilende
wird schon vorüber sein;
denn das Verweilende
erst weiht uns ein.

Knaben, o werft den Mut
nicht in die Schnelligkeit,
nicht in den Flugversuch.

Alles ist ausgeruht:
Dunkel und Helligkeit,
Blume und Buch.

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Albrecht Durer – Retrato de un joven (wikipaintings.org)


Lo que en español debería sonar más o menos así:


Somos hombres inquietos.

Pero el paso del tiempo
no es  más que pequeñez
en lo eternamente perdurable.

Todo lo que apremia
pronto habrá pasado;
pues sólo es capaz de consagrarnos
lo que permanece.

Oh, no pongáis, muchachos,
el valor en la urgencia
ni en el querer volar.

Está todo en reposo:
la sombra y también la claridad,
la escritura y la flor.


Para finalizar esta entrega, resumo estas pequeñas sugerencias para el mes de diciembre:

no agitarse comprando,
no endeudarse,
no participar en la competencia que el mercado nos impone,
no hacer ostentación,
no dejarse llevar por la urgencia .

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Albrecht Durer – Manos en oración (wikipaintings.org)


y todo posponerlo para acordarse de lo que hay que celebrar.

Para ponerse en sintonía con la fiesta, que sirva este concierto de Arcangello Corelli, fatto per la notte di Natale. La pastoral maravillosa con que termina, ¡qué manera de impregnarnos del espíritu de la Navidad!
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Esta entrada es reedición de una anterior.

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© Lino Althaner
2014

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