Mariposas

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Stéphane Hette - Papillon Hanashikomu

Stéphane Hette – Papillon Hanashikomu


En la campana del templo
duerme una mariposa

profundamente.

Buson

 

Stéphane Hette - Papillon Saichuu hana

Stéphane Hette – Papillon Saichuu hana


Con qué sueñan, en las flores,

las mariposas
mudas.

Reikan 

 

Stéphane Hette - Papillon Kochaku

Stéphane Hette – Papillon Kochaku


¡Cómo se aman las mariposas!

Ojalá pudiera renacer
en la llanura de las mariposas.

Issa



© 2014
Lino Althaner

Haiku

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En la montaña se ocultan

detrás de las flores
otras flores.

Tôfu 

 

Hiroo Isono (1945)

Hiroo Isono (1945)


Junto al arroyo

una libélula vuela
detrás de su reflejo.

Chiyo-ni 

*

Los poetas se esfuerzan por hallar realidad tras la apariencia. Se presta para ello la expresiva economía del haiku.

© Lino Althaner
2014

Del anecdotario familiar

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Un recuerdo amoroso de mis padres.

Mi padre era un hombre de mucho humor. Le debo los primeros versos que aprendí:

Era de noche
y sin embargo
llovía.

Los hipopótamos revoloteaban
de rama en rama
de flor en flor.

El primer verso forma parte del acervo cultural hispánico, del folklore del absurdo, según he aprendido por Google y la Wikipedia. No así el segundo, que es fantástico como complemento del primero.


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Mi madre no era seria. Por el contrario, se caracterizaba por su alegría. Sin embargo, carecía de humor, y sobre todo del tipo de humor que cultivaba mi padre, muy distinto al que se refleja en los versos anónimos de arriba, decididamente surrealistas. A su juicio, era ello producto de la formación extremadamente puritana y germana de mi progenitora, tan distante de la chispa y del doble sentido que impera en el humor iberoamericano. Por lo cual, había que evitar contarle algún chiste los sábados por la tarde: era muy posible, según él, que tras una noche de seria y analítica vigilia, mi madre lo llegara a comprender al día siguiente y se pusiera a reir en lo más solemne de la misa dominical. Pero mi madre era una mujer muy inteligente.

Yo heredé de ella el sentido del humor.

Pero volviendo a mi padre, ahora recuerdo otro de los poemitas que él me enseñó, y que yo tomaba para la chacota, cuando recién empezaba a tener uso de razón:

A la luz de un farol apagado
un ciego leía un libro cerrado.

Pues si se quiere encontrar a estos versos un sentido profundo, incluso uno metafísico, es posible hacerlo con fundamento.

Años más tarde, un gran poeta chileno, de vivo ingenio criollo, llevaría endecasílabos como el que sigue a una apoteosis antipoética de fama universal: 

Nicanor Parra - Artefactos

Nicanor Parra – Artefactos


Nicanor Parra ha cumplido hace unas semanas cien años. Su hermana Violeta, que, tal como mis padres queridos, pasó hace años a mejor vida, todavía tiene fuerzas para rendirle este homenaje:

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© Lino Althaner
2014 

El jardín que satisface cualquier ansia

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Como los muros de un baluarte

espeso de verdor
los árboles circundan el jardín
por los cuatro costados.

Aquí nacen las palabras
sin quererlas
sin pensarlas
y nacen tan solo para mí
las palabras que nadie podría refutar.
Pues son esas palabras lo que soy.

El cielo está ciego
u hoy día muy lejano.
Mas las flores de este mi jardín
satisfacen cualquier ansia.


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© 2014
Lino Althaner

Como una novia negra

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Hurgando entre mis libros, he redescubierto una antología de poesía árabe (La poesía árabe clásica, Hiperión, Madrid 2002), en la cual he conocido la obra de más de un personaje interesante, Abu al ʿAla Al-Maʿarri, pensador y poeta sirio que viviera entre los años 973 y 1058.  No era precisamente un personaje religioso. Por el contrario, rechazaba la pretensión del Islam o de cualquiera otra religión de poseer exclusivamente la verdad. Se caracterizaba, además, por su respeto por la naturaleza, reflejado tanto en su vegetarianismo como en su extremada conciencia ecológica.


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Forma parte del exclusivo círculo de literatos ciegos, integrado, entre otros, por Homero, John Milton y José Luis Borges, y en el mundo arábigo por Bassar Ibn Burd, Ibn Sida de Murcia y el contemporáneo Taha Husayn. La ceguera de Abu al ‘Ala, unida a su profundo escepticismo, lo llevan a recluirse en su morada de Maarat al- Nu’ man. 

Lo absurdo puedo decirlo en voz alta,
más cuando digo algo cierto,
lo hago en un suave murmullo de voz.

Tal vez las consecuencias de no haber respetado esta máxima, esto es, el haber dicho la verdad en voz alta y no en un suave o ambiguo murmullo, se siguen manifestando casi mil años después de su muerte. Grupos fundamentalistas islámicos, después de haber perpetrado ataques en contra de estatuas del poeta en territorio sirio, decapitaron 3l año 2013 un busto suyo ubicado en su ciudad natal.


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Las cadenas de su ceguera motivaron algunos de sus versos más hermosos:

Me veo en mis tres cárceles
y no preguntes por la funesta elección:
he perdido la vista.
Permanezco recluido en casa
y en el vil cuerpo está recluida el alma.

O este otro:

Esta noche mía es como una novia negra con collares de perlas

Su noche, la ceguera. Collares de perlas, sus visiones poéticas, joyas de su imaginación.


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En el ejemplo siguiente, su poesía es reflejo de su respeto amoroso hacia la naturaleza, de su precursora conciencia ecológica:

No comas injustamente lo que procede del mar.
No apetezcas comer la carne tierna, recién matada,
ni la que murió de muerte natural.
No atrapes a los pájaros, en su ignorancia, tendiéndoles trampas,
pues la opresión es el mal de los abominables,
y deja la miel de las abejas para las que se abren las aromáticas plantas
pues no la producen para otros ni la elaboran para repartirla.
Me he lavado las manos de todo eso.
Ojalá hubiera reparado en ello antes de que encaneciesen mis sienes.
¡Hijos de mi época!:
¿Acaso conocéis, como yo, estos secretos pensamientos,
que sin embargo antes no divulgué?

Su visión pesimista de la vida:

Pisa ligero.
No creo que la superficie de la Tierra esté hecha
sino de restos de cuerpos.

El primer verso, en la traducción, me recuerda uno inolvidable de W. B. Yeats:Tread softly because you tread on my dreams (Pisa ligero, que pisas sobre mis sueños).


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Y la pregunta del escéptico, con su dejo de ironía:

Sabemos que el cuerpo no siente nada tras la muerte.
Pero, ¿siente el espíritu tras abandonar el cuerpo?

Abu-l-Ala’ al-Maarri, poeta filósofo por excelencia. Uno de los grandes de la literatura clásica árabe.


© 2014
Lino Althaner

El rey enamorado

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En la entrada inmediatamente anterior dejamos a Sócrates y a sus platónicos amigos -entre ellos Fedro- congregados bajo la generosa sombra de un plátano y dialogando acerca del alma, la palabra y la memoria. 

Es el plátano el que me trae a la memoria la siguiente anécdota, reporteada nada menos que por Heródoto, el llamado padre de la historia –o tal vez más apropiadamente, de la historiografía. Nos ubica en el Libro VII de sus Historias, en una época cercana a aquella en que tiene lugar supuestamente el Fedro, cuando se produce el segundo intento que hacen los persas, al mando de Jerjes, hijo de Darío, para invadir Grecia. Hérodoto cuenta, en su estilo tan sabroso, todo el desarrollo de esas famosas guerras médicas, que pusieron tan duramente a prueba el temple guerrero de los griegos. Pero para los efectos de este artículo, solo me interesa el pequeño episodio que se narra en el capítulo 31, estando Jerjes por ingresar en los dominios griegos del Asia Menor:


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“Al entrar en Lidia -nos dice-, el camino que procede de Frigia se bifurca, conduciendo el de la izquierda a Caria y el de la derecha a Sardes. Pues bien, tomando este último camino es de todo punto necesario cruzar el río Meandro y pasar por las inmediaciones de la ciudad de Calatebo, donde hay artesanos especializados que fabrican miel artificial con jugo de tamarisco y trigo. En su avance por ese camino, Jerjes se encontró con un plátano al que, por su belleza, obsequió con un aderezo de oro y lo puso bajo la custodia de un ‘Inmortal’ -esto es, un arquero de la guardia del monarca-, y al día siguiente llegó a la capital de los lidios (Sardes)”.

Es preciso decir, desde luego, que los persas sentían una especial atracción, y hasta veneración al parecer, por los árboles y por los jardines. Entonces, el comportamiento de Jerjes nos empieza a parecer bastante menos curioso, sobre todo si se considera, además, la época en que tiene lugar, alrededor de quinientos años antes de nuestra era, en tiempos en que la naturaleza era entendida como una cierta aunque misteriosa manifestación de lo divino, encantada por el mito.


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Jerjes 
es una de las tantísimas óperas del genial George Frederick Haendel, no tal vez de las mejores, pero muy digna sí de su genio como compositor musical. En todo caso, tal vez sería aún menos conocida de lo que es si no fuera por la recreación que hace Haendel, auxiliado por un anónimo libretista, del episodio del plátano que regala su sombra al monarca guerrero. 

Se ha pretendido ver a Jerjes como un ridículo enamorado de un árbol. Yo lo veo más bien como un hombre proveniente de una tierra más bien escasa en árboles e integrante de un pueblo que venera grandemente la naturaleza vegetal. Más que un enamorado es un idólatra, agradecido también por la benéfica y generosa sombra que el plátano le proporciona después de una larga jornada bajo el sol.

Pero todo lo antedicho no es sino minucia frente a la maravilla de la música. La ópera en general, ya lo he dicho, música y libreto, no es de las más brillantes de su autor. Pero lo que canta Jerjes a la sombra de su plátano amado, da origen a una de las piezas más famosas del músico germano-inglés.

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Recitativo

Frondi tenere e belle
del mio platano amato
per voi risplenda il fato.
Tuoni, lampi, e procelle
non v’oltraggino mai la cara pace,
né giunga a profanarvi austro rapace.

Aria

Ombra mai fu
di vegetabile,
cara ed amabile
soave più.

Recitativo: Frondas tiernas y bellas/ de mi plátano amado,/ que el destino os sonría./ Ni truenos, ni rayos, ni tormentas/ disturben vuestra querida paz/ ni seas profanado por los vientos feroces.

Aria: Sombra jamás hubo/ de planta alguna/ más querida y amable/ y más dulce.

*

Se ha querido ver una suerte de contradicción entre la rareza un tanto pequeña del episodio y la grandiosidad de la música. No estoy tan seguro de ello. Pero lo que sí es cierto es que la parte instrumental del aria -el famoso Largo-, despojada de su declaración amorosa o idolátrica, es usada con mucha frecuencia como música de circunstancia para ocasiones ceremoniales que ninguna relación tienen con el episodio operático, supuestamente histórico.  Esa versión sin canto es la que hecho popularmente conocida a esta aria.

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Handel - Largo (Xerxes) - Preview (2).
Esta partitura es de la versión para piano a cuatro manos. Pero como yo prefiero la versión cantada a cualquier variante, he aquí otro ejemplo de interpretación de esta hermosísima aria:

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Al plátano debemos los santiaguinos la frondosidad umbrosa de algunas de nuestras más hermosas avenidas. Sirva por lo tanto esta entrada, de homenaje a árbol tan noble y hermoso. Y que los alérgicos a los plátanos guarden respetuoso silencio.

© 2014
Lino Althaner

Como una novia negra

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Hurgando entre mis libros, he redescubierto una antología de la poesía árabe clásica (La poesía árabe clásica, Hiperión,Madrid 2002), en la cual he conocido la obra de más de un personaje interesante, Abu al ʿAla Al-Maʿarri, pensador y poeta sirio que viviera entre los años 973 y 1058.  No era precisamente un personaje religioso. Por el contrario, rechazaba la pretensión del Islam o de cualquiera otra religión de poseer exclusivamente la verdad. Se caracterizaba, además, por su respeto por la naturaleza, reflejado tanto en su vegetarianismo como en su extremada conciencia ecológica.


Arte_islámico_–_Tazhib_Turco_(Ornamentación_a_través_de_la_pintura_o_miniatura)-18 (2)


Forma parte del exclusivo círculo de literatos ciegos, integrado, entre otros, por Homero, John Milton y José Luis Borges, y en el mundo arábigo por Bassar Ibn Burd, Ibn Sida de Murcia y el contemporáneo Taha Husayn. La ceguera de Abu al ‘Ala, unida a su profundo escepticismo, lo llevan a recluirse en su morada de Maarat al- Nu’ man. 

Lo absurdo puedo decirlo en voz alta,
más cuando digo algo cierto,
lo hago en un suave murmullo de voz.

Tal vez las consecuencias de no haber respetado esta máxima, esto es, el haber dicho la verdad en voz alta y no en un suave o ambiguo murmullo, se siguen manifestando casi mil años después de su muerte. Grupos fundamentalistas islámicos, después de haber perpetrado ataques en contra de estatuas del poeta en territorio sirio, decapitaron 3l año 2013 un busto suyo ubicado en su ciudad natal.


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Las cadenas de su ceguera motivaron algunos de sus versos más hermosos:

Me veo en mis tres cárceles
y no preguntes por la funesta elección:
he perdido la vista.
Permanezco recluido en casa
y en el vil cuerpo está recluida el alma.

O este otro:

Esta noche mía es como una novia negra con collares de perlas

Su noche, la ceguera. Collares de perlas, sus visiones poéticas, joyas de su imaginación.


Arte_islámico_–_Tazhib_Turco_(Ornamentación_a_través_de_la_pintura_o_miniatura)-44_4


En el ejemplo siguiente, su poesía es reflejo de su respeto amoroso hacia la naturaleza, de su precursora conciencia ecológica:

No comas injustamente lo que procede del mar.
No apetezcas comer la carne tierna, recién matada,
ni la que murió de muerte natural.
No atrapes a los pájaros, en su ignorancia, tendiéndoles trampas,
pues la opresión es el mal de los abominables,
y deja la miel de las abejas para las que se abren las aromáticas plantas
pues no la producen para otros ni la elaboran para repartirla.
Me he lavado las manos de todo eso.
Ojalá hubiera reparado en ello antes de que encaneciesen mis sienes.
¡Hijos de mi época!:
¿Acaso conocéis, como yo, estos secretos pensamientos,
que sin embargo antes no divulgué?

Su visión pesimista de la vida:

Pisa ligero.
No creo que la superficie de la Tierra esté hecha
sino de restos de cuerpos.

El primer verso, en la traducción, me recuerda uno inolvidable de W. B. Yeats: Tread softly because you tread on my dreams (Pisa ligero, que pisas sobre mis sueños).


Arte_islámico_–_Tazhib_Turco_-Toranj-54_2


Y la pregunta del escéptico, con su dejo de ironía:

Sabemos que el cuerpo no siente nada tras la muerte.
Pero, ¿siente el espíritu tras abandonar el cuerpo?

Abu-l-Ala’ al-Maarri, poeta filósofo por excelencia. Uno de los grandes de la literatura clásica árabe.

© 2014
Lino Althaner

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