Erasmo en España

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En nuestro intento por visualizar el ambiente espiritual que se vive en Europa a comienzos del siglo XVI, me he topado con el monumental estudio de Marcel Bataillon sobre el erasmismo en España. Por esa vía he llegado a incursionar en las vicisitudes de un libro de Erasmo de Rotterdam en particular, el Enchiridio militis christiani o Manual del caballero cristiano, que según ya veremos, va a tener en el ámbito hispánico una gran acogida. Escudriño así, de alguna forma, lo que Fernand Braudel llamaría la historia social de la época, que rebosa entonces de la agitación propia de una poderosa corriente que se impone a los individuos y que es manifestación del espíritu del tiempo en el devenir de los pueblos.

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Erasmo de Rotterdam (1466-1536), por Hans Holbein

En España, como en el resto de los países de Europa, la sociedad arde en inquietudes intelectuales y espirituales, que parecen ser producto de una suerte de incongruencia, la que se da entre el modelo imperante de religiosidad, que empieza a aparecer como impuesto totalitariamente, y la mentalidad renacentista que va imponiéndose progresivamente. Es así cada vez más patente el contraste entre aquel modelo y las ansias humanistas de plenitud, de libertad y de belleza. El libro de Erasmo no puede ser más oportuno, pues calza a la perfección con tales inquietudes.

La idea de escribir esta obra había surgido en la mente de Erasmo cuando, luego de un periodo para él desilusionante de vida monacal, se pone en contacto con la ilustración de un círculo muy destacado de intelectuales, para intercambiar ideas acerca del momento espiritual y temporal que Europa experimenta, y arribar luego con ellos a la convicción de que es necesario renovar profundamente la religiosidad imperante. Se impone en tal ambiente el consenso de que es preciso  transformar esa espiritualidad, pues ha sido eclesiásticamente conducida por las vías del dogmatismo, la superstición y la pura exterioridad de un minucioso ritualismo. Es preciso sanarla de la desnaturalización que ha experimentado para volverla experiencia auténtica del cristianismo eterno como expresión de vida interior y de consecuencia entre obras y fe. Producto de la consiguiente reflexión, planifica entonces el libro y se pone a escribirlo.

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Portada del original en latín

Erasmo quiere recordarle a los cristianos la esencia de su religión, a través de una serie de postulados que asumen la forma de lo que él denomina una philosophia Christi, esto es una doctrina que enfatiza las exigencias de conocimiento de sí mismo que pesan sobre todo cristiano, las cuales, paralelas al contacto con la palabra y el ejemplo de Jesús de Nazaret, deben mover su alma hacia Dios. La efectividad de tal doctrina deriva, a juicio de Erasmo de Rotterdam, de la capacidad que tiene para transformar al que la profesa  en un caballero cubierto con una invulnerable armadura, resplandeciente de fuerza y de fe, que cabalga con la visera levantada sin temer a la Muerte ni al Diablo que lo acosan. Tal como el caballero que magistralmente ha concebido el arte de Durero.

Grande es el revuelo que produce en toda Europa el original en latín, lo que es natural en una obra que es un muy explícito manifiesto contra la religiosidad y la institucionalidad religiosa imperante. Se impone por lo tanto la traducción a las principales lenguas modernas, con el objeto de hacerlo accesible a círculos más amplios de lectores. Ello ocurre a partir de 1518. Ve la luz el Manual en España en 1524. El éxito del Manual supera todo pronóstico optimista. Ningún libro lo había tenido semejante, nos dice Bataillon,  desde la introducción de la imprenta en España.

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Portada de una edición española

Ya lo he sugerido. Sucede que al esbozar en el Enchiridion una doctrina cristiana fundamentada más en la palabra misma de Jesús de Nazaret que en las elaboraciones de la teología escolástica, a la sazón bastante venida a menos, o en el dogma definido por la Iglesia, a veces sin fundamento alguno en los evangelios,  Erasmo sintoniza a la perfección con los deseos de la mayoría de los españoles de la época. Lo mismo ocurre cuando se rebela contra de las prebendas, los abusos  y el decaimiento moral del clero de su tiempo.

Dicha sintonía se produce, por lo demás, en todos los ámbitos de esa sociedad. Nada mejor tal vez para probarlo que la defensa y el patrocinio oficial que el libro recibe, frente a quienes lo tachan de herético, de parte de la autoridad política y religiosa. La introducción del Manual del Caballero Cristiano deja constancia, en efecto, de haber sido “visto y aprobado por el muy Ilustre y Reverendísimo Señor Don Alonso Manrique, Arzobispo de Sevilla, Inquisidor General en estos reinos, y por los señores de su consejo”, y salido a la luz “con privilegio imperial”.

Pero tal benévola realidad no iba a durar demasiado, ni para los libros de Erasmo, ni para el erasmismo en general, ni menos para los iluminados ansiosos de una espiritualidad de nuevo cuño. El elemento que hace cambiar las cosas se llama Lutero, que es también producto de la convulsa realidad del momento europeo, y cuyos planteamientos, no carentes a veces de fundamento, se agudizan hasta el extremo de conducir al cisma de la Iglesia cristiana. Consecuencia de tal radicalización sería la de los puntos de vista de la institución eclesiástica, que se traducirían en un recrudecimiento de la actividad inquisitorial, con sus procesos implacables, sus cazas de brujas y de herejes, sus censuras absurdas y sus oscuras prisiones, sus hogueras inhumanas.

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El Caballero, el Diablo y la Muerte, por Durero

Así las cosas, los libros de Erasmo terminarían siendo prohibidos y perseguidos sus partidarios. Peor sería la suerte de los acusados de iluminismo: muchos de ellos tienen que huir para escapar a la prisión o a la muerte. Sobre ello seguiremos conversando.

© Lino Althaner

Siervo y señor

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La subordinación y la autonomía absolutas tienen lugar al unísono. Así, en su ensayo La libertad del cristiano pudo afirmar Martín Lutero:

El cristiano es un hombre libre, señor de todo y no sometido a nadie,


y al mismo tiempo


El cristiano es un siervo, al servicio de todo y a todos sometido.

Ford Madox Brown (1821-1893) - Jesús lava los pies a Pedro

Ford Madox Brown (1821-1893) – Jesús lava los pies a Pedro


Comenta sobre el particular el filósofo japonés Keiji Nishitani en su obra La religión y la nada:

Porque, sólo quien regresa a la fe en el fundamento de Dios y recibe la libertad como señor sobre todas las cosas, puede convertirse en siervo de todas ellas allí donde niega su yo y su autonomía como sujeto. Y a la inversa: sólo aquel que ha negado su yo y puede ser siervo de todas las cosas, es capaz de ser, en el fundamento de Dios, señor de todas las cosas…

Un punto de vista como éste se revela a través de una negación absoluta que hace del yo una nada cuando regresa al fundamento de Dios, y a través de una afirmación absoluta por la que recibe la vida en el amor de Dios. 

Ford Madox Brown (1821-1893) - Jesús lava los pies a Pedro


La razón y la intuición me dicen de la verdad de las afirmaciones anteriores. De serlo, no serían válidas tan solo para el cristiano: que sometido al suave yugo de la negación de sí mismo y del servicio a los demás, sería capaz de alcanzar la suprema realidad, la que otorga el dominio sobre todas las cosas y la completa libertad.  Que el anonadamiento en el inefable fundamento de la divinidad engendra señorío. Que el completo señorío exige anonadamiento y genera máxima disponibilidad.

Una voz potente me dice que sí:

Que en el vacío de mí mismo, allí puedo encontrarme con el reino de los cielos.

Que en la servidumbre descubriría la entera libertad.

Que solo hallaría auténtica plenitud  en el anonadamiento.


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La paradoja está en la esencia de la fe, y no sólo de la cristiana. La violencia de la paradoja, de la cual tantos ejemplos se podrían traer a colación  -posiblemente, en un artículo futuro, sirve al propósito de entender la extremidad de la exigencia religiosa cimentada en el amor y la compasión.  

Imitar al Señor es vivir la sublime paradoja,, la redentora contradicción.

© Lino Althaner
2014

La rosa inmarcesible

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Simbolismo inagotable el de la rosa. Representa la rosa la perfección, la completa realización de lo que, por lo tanto, puede retornar a su origen, pues es del todo semejante a la Idea. La rosa es la belleza y la verdad, la pureza, lo sublime inmaculado.  Pero también está asociada a la pasión, la pasión amorosa y la pasión del que sufre, del que padece, física y espiritualmente.
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En el cristianismo, la rosa está asociada a María, Mater Dei, la rosa mística de la Letanía lauretana. También a a la pasión de Jesús de Nazaret. Así la adopta Martín Lutero como emblema -por el mismo diseñado- del movimiento reformista protestante. El símbolo del que padece, del que ha muerto, pero vive –vivit, dice el emblema.

Varias cosas nos dice sobre la rosa la poesía mística de Angelus Silesius, el poeta germano del siglo XVII, en un libro tan hermoso y poco conocido como es su Peregrino Querubínico. Una versión bilingüe en alemán y francés, de 1945, que adquirí en Buenos Aires a mi amigo Hernán Silva, de la librería Aletheia, se encuentra entre los tesoros de mi biblioteca.

Desde luego, para Silesius la rosa es un símbolo cristiano cargado de idealismo platónico o mejor neoplatónio. Esa rosa perfecta que ven nuestros ojos simboliza a aquella que florece en la eternidad divina, en el Empíreo, en el Paraíso:

La rosa que aquí admira tu mirada exterior
florece asimismo en la eternidad de Dios.
(I, 108)

(Die Rose, welche hier dein äusseres Auge sieht, / Die hat von Ewigkeit in Gott also geblüht).
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En esa intemporalidad inespacial en que las cosas se consuman en belleza, en perfección, en bien y en verdad. En que los opuestos desaparecen. En que las cosas pierden apariencia para ser lo que son.

Insiste Silesius en que lo Absoluto carece de razón de ser. Es simplemente porque es, porque allí mora el puro Ser original, increado, sin causa, del cual brotan las Ideas platónicas, las Formas del neoplatonismo.

Así, puede decir:

La rosa carece de porqué, simplemente florece.
Sin turbarse por sí misma, ni preguntarse si alguien la observa.
(1,289)

(Die Ros’ ist ohn warum, sie blühet weil sie blühet, / Sie acht nicht ihrer selbst, fragt nicht ob man sie sieht).

En la morada del Ser, no hay lugar para aparentar ni para poseer. Ni para adquirir o para intercambiar. Allí es suficiente con ser.

Este poema de Silesius, lo cita Jorge Luis Borges en la última de sus Siete Noches para referirse a la esencia de la poesía. Por cierto que no tendrá mucho sentido para  quienes son incapaces de sentir la poesía, o sea, según el mismo escritor argentino, maestro de la ironía y de la paradoja, para quienes deben generalmente contentarse con enseñarla. 

Y también nos dice el Peregrino Querubínico que ante Dios, que es el que es, nos debemos abrir como una rosa, para acercarnos a él:

A Dios recibirás con toda su bondad
si te abres a él como una rosa.
(III, 87)

(Dein Herz empfänget Gott mit allem seinen Gut, / Wann es sich gegen ihm wie eine Ros’ auftut).
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Vincent van Gogh – rosas rosadas (imagen de wikipaintings.org)

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Es esta la rosa inmarcesible, o sea, la que no se marchita. ¡Qué desgracia imaginar que esta rosa pudiera decaer, ajarse, ser presa del mal! La mayor pesadilla.

Pero William Blake tiene un poema sobre La rosa enferma:

Oh rosa, estás enferma;
El gusano invisible
que vuela por la noche,
en la tormenta ululante

ha encontrado tu lecho
de purpúreo goce.
y su amor oscuro y secreto
destruye tu vida.

(The sick rose // O rose, thou art sick; / The invisible worm / That flies in the night, /In the howling storm, // Has found out thy bed of crimson joy, / And his dark secret love / Does thy life destroy.)
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                              William Blake – The sick rose (imagen – wikipedia)

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Algo bello, algo grande, está siendo amenazado en este poema. ¿Es tan solo una beldad fugitiva, del mundo de carne y hueso? ¿Es algo más bien espiritual? ¿Es la centella sepultada, es la chispa que casi no brilla, es el fuego que amenaza con apagarse? ¿El espíritu del mundo que declina? ¿Es el gusano de las miserables apariencias que trata de imponerse sobre el espíritu inmortal?
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© Lino Althaner
2012 

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