Las luminosas tinieblas de Dios

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Porque ésta es la visión y conocimiento verdaderos: alabar sobrenaturalmente al Supraesencial renunciando a todas las cosas. Como los escultores esculpen las estatuas. Quitan todo aquello que a modo de envoltura impide ver claramente la forma encubierta. Basta este simple despojo para que se manifieste la oculta y genuina belleza … Quitamos todo aquello  que impide conocer desnudamente al Incognoscible, conocido solamente a través de las cosas que lo envuelven.’
Pseudo Dionisio Areopagita,  La Teología Mística

Antes de entrar propiamente en materia, quisiera decirles que acerca del motivo del escultor que cincela el mármol para hallar la obra de arte escondida, ya he tratado en entradas anteriores. Así, pues, les ofrezco el enlace para acceder a ellas.

Dicho lo cual les recuerdo que en el capítulo 17 del libro de los Hechos de los Apóstoles se dice de la estancia de Pablo de Tarso en Atenas y de los discursos que dirigía a los habitantes de la ciudad, centro cultural del mundo helénico, con el objeto de abrirles los ojos al mensaje de Jesús de Nazaret. Según la narración, una de las doctrinas cristianas que a los griegos resultaba especialmente difícil de entender era de la de la resurrección de los muertos, tanto así que muchos se habrían burlado por tal motivo de la prédica paulina. 

Con todo, algunos atenienses se manifestaron favorables al cristianismo. Entre ellos, un tal Dionisio Areopagita (Hch 17, 34). De este personaje, se dice también que su fe estaba relacionada con la circunstancia de que, años antes, encontrándose en Egipto, donde proseguía los estudios que había comenzado en Atenas, había advertido el eclipse solar acontecido a la muerte de Jesús.
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Antoine Caron – Dionisio Areopagita y el eclipse de sol (Museo Getty. Los Ángeles).

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Fueron atribuidas, durante mucho tiempo, a este Dionisio Areopagita varias obras teológicas de enorme interés y de gran influencia en el pensamiento cristiano posterior: tales son los libros titulados Los nombres de Dios, la Jerarquía Celeste, la Jerarquía Eclesiástica y la Teología Mística, que integran, junto con otros escritos menores, el llamado Corpus Dionisiacum. Son obras en que la doctrina cristiana es entendida a la luz del pensamiento idealista de Platón y del neoplatonismo posterior. Durante casi un milenio, estos libros fueron considerados doctrina revelada, nada menos que a un discípulo de Pablo el Apóstol, pocos años después de la muerte de Jesús. 

La investigación histórica parece haber demostrado, sin embargo, que el Corpus Dionisiacum fue compuesto con fecha bastante posterior, probablemente en el curso de los siglos IV o V, por un monje del ámbito bizantino, tal vez sirio o alejandrino, muy influenciado por las sublimes enseñanzas de Ammonio Saccas, de Plotino y sobre todo de Proclo, uno de los últimos filósofos neoplatónicos. Hoy día es frecuentemente mencionado como el Pseudo Dionisio Areopagita, para enfatizar la necesidad de no confundirlo con el Dionisio del libro de los Hechos de los Apóstoles.

Uno de los aspectos que enfatiza la doctrina teológica y mística de Dionisio se relaciona con la imposibilidad de revestir a Dios de atributos humanos, por lo cual no es posible hablar de Él por la afirmación de lo que es sino más bien por la negación, por lo que no es.  Su absoluta trascendencia lo hace inalcanzable a los sentidos y a la mente humana, incapaz de compararlo a cosa alguna, ni de atribuirle semejanza o desemejanza con ningún fenómeno humano o terrenal. Esta doctrina, que Dionisio hereda de Platón y de Plotino por vía de Proclo, habría de ejercer una gran influencia en la mística cristiana -la de Eckhart, por ejemplo, o de San Juan de la Cruz-, y se puede encontrar también su huella en los escritos místicos vinculados a otras religiones, por ejemplo, en el sufismo musulmán y en la mística judía.
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La única posibilidad de acercamiento a las luminosas tinieblas de la divinidad se halla, según Dionisio, en la total humildad, en el despojo evangélico de toda posesión y afición y en la convicción  de la insuficiencia de la visión humana, además por cierto de la creencia en la hermandad con el Señor Jesús y en la fidelidad a su enseñanza de caridad y de misericordiosa.

Dios es la Supraesencia, la Causa Primera. ¿Qué nos dice de ella Dionisio el Pseudo Areopagita? Su lenguaje tiene el estilo sublime y paradojal que será también el de una buena parte de la mística cristiana posterior. Toda palabra se hace insuficiente ante la trascendencia divina, a la vez simple y despojada de limitación. La suerte de perplejidad de quien escribe se traspasa al lector, que intenta comprender:

‘Esta Causa no es alma ni inteligencia; no tiene imaginación, ni expresión, ni razón de entendimiento. No es palabra por sí misma … ‘No podemos hablar de ella ni entenderla. No es número ni orden ni magnitud ni pequeñez, ni igualdad ni semejanza ni desemejanza. No es móvil ni inmóvil, ni descansa. No tiene potencia ni es poder. No es luz, ni vive ni es vida. No es sustancia ni eternidad ni tiempo. No puede el entendimiento comprenderla, pues no es conocimiento ni verdad. No es reino, ni sabiduría, ni uno, ni unidad. No es divinidad, ni bondad, ni espíritu en el sentido que nosotros lo entendemos. No es filiación ni paternidad ni nada que nadie ni nosotros conozcamos. No es ninguna de las cosas que son ni de las que no son. Nadie la conoce tal cual es … Y toda negación se queda corta ante la trascendencia de quien es absolutamente simple y despojado de toda limitación. Nada puede alcanzarlo.’ (Teología Mística, capítulo 5).

Más allá de toda luz, de todo conocimiento, afirma Dionisio, ‘los misterios de la Palabra de Dios son simples, absolutos, inmutables en las tinieblas más que luminosas del silencio que muestra los secretos. En medio de las más negras tinieblas, fulgurantes de luz ellos desbordan. Absolutamente intangibles e invisibles, los misterios de hermosísimos fulgores inundan nuestras mentes deslumbradas’ (idem, capítulo 1).

Aquí describe con acierto lo que es el éxtasis místico.
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Recomienda, por lo tanto, a su amigo Timoteo, el único camino que procura cierta, segura más siempre indefinible cercanía:

‘Renuncia a los sentidos, a las operaciones intelectuales, a todo lo sensible y a lo inteligible. Despójate de todas las cosas que son y aun de las que no son. Deja de lado tu entender y esfuérzate por subir lo más que puedas hasta unirte con aquel que está más allá de todo ser y de todo saber. Porque por el libre, absoluto y puro apartamiento de ti mismo y de todas las cosas, arrojándolo todo y del todo, serás elevado espiritualmente hasta el divino Rayo de tinieblas de la divina Supraesencia,

‘… la misericordiosa Causa de todas las cosas’, que es ‘elocuente y silenciosa , en realidad callada. No hay en ella palabra ni razón, pues es supraesencial a todo ser. Verdaderamente se manifiesta sin velos, sólo a aquellos que dejan a un lado ritualismos de cosas impuras … y se abisman en las Tinieblas donde, como dice la Escritura, tiene realmente su morada aquel que está más allá de todo ser.’ (Ibidem).

Algo así como la ‘noche oscura’ a que aluden con frecuencia los grandes místicos.

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Y eleva su oración para obtener la gracia y la fuerza necesaria para perseverar en la renuncia que hará posible al hombre acercarse a la ‘luminosa oscuridad’ de Dios:

‘¡Que podamos también nosotros penetrar en esta más que luminosa oscuridad! ¡Renunciemos a toda visión y conocimiento para ver y conocer lo invisible e incognoscible: a Aquel que está más allá de toda visión y conocimiento!  Porque ésta es la visión y conocimiento verdaderos: alabar sobrenaturalmente al Supraesencial renunciando a todas las cosas. Como los escultores esculpen las estatuas. Quitan todo aquello que a modo de envoltura impide ver claramente la forma encubierta. Basta este simple despojo para que se manifieste la oculta y genuina belleza … Quitamos todo aquello  que impide conocer desnudamente al Incognoscible, conocido solamente a través de las cosas que lo envuelven.’ (Teología Mística, capítulo 2).

En artículos recientes hemos dicho de ciencia y de mística. He comentado las reflexiones de algunos de los más grandes científicos del siglo XX acerca de la forma de pensar de los místicos y de sus frutos intelectuales, de las intuiciones surgidas de las profundidades de la mente -consciente e inconsciente- de sabios como Dionisio. Conocedores de los grandes escritos  producidos por el pensamiento místico, los estudiaron con mucha detención con el objeto de indagar en la posibilidad de encontrar en estas formas de razonar una ayuda capaz de auxiliar a la ciencia en su tal vez interminable búsqueda.

Las tres imágenes intercaladas corresponden a ilustraciones de uno de los libros visionarios –Scivias-de Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179), recientemente proclamada por el papa Benedicto doctora de la Iglesia.
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© 2012 Lino Althaner

Hablemos de lo inefable (Ciencia y mística 4)

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Si ustedes se entregan al gozoso trabajo de comparar la obra escrita de los grandes místicos, se encontrarán más de una vez con un fenómeno sorprendente: el de un lenguaje conceptual compartido, el de unos mismos fines, el de similares alegorías y formas de expresión,  el de cuestiones y respuestas que a todos es común.
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William Blake – El Anciano de los Días (imagen de wikipaintings.org)

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En Oriente y en Occidente, sea que la experiencia mística se dé en el ámbito del budismo o del taoísmo, del judaísmo, del cristianismo o del sufismo musulmán, o incluso en el de una espiritualidad sin religión o puramente poética, lo que se quiere decir es lo mismo. Es siempre la misma la dirección del pensamiento; sea la que asume en el siglo XXI, sea la que mostró siglos antes de la Era Cristiana. Me da la impresión de ver reflejada en tales escritos una espiritualidad muy profunda, inherente tal vez a la condición humana, que dice de la misma intuición, de la misma inclinación o apertura a una realidad que se encuentra más allá del aquí y del ahora, tan distinta a la fugitiva contingencia, pero que es la que explica a la convicción mística el origen del cosmos y da sentido a la existencia humana.

Una característica suele unir de manera especial a los místicos. Es la tendencia a expresar un saber que parece trascender los dogmas y las historias sagradas con que los hombres suelen institucionalizar la espiritualidad  para transformarla en religión esclerotizada, definida de una vez y para siempre; un saber más profundo y por lo mismo más impreciso, menos susceptible de encerrarse en los artículos de un catecismo que pretende decirle al ser humano cuál es su fe.  Un saber inefable, que vacila al momento de querer revestir de atributos a la divinidad, y que, más aún, intuye en el mundo de lo divino una realidad tan sustancialmente distinta a la que conoce por las vías habituales de los sentidos y de la mente, que prefiere asociar esa esfera mejor con la Nada que con el Ser de que participan los entes, las criaturas y los eventos mundanos. Porque la realidad suprema no es una entidad. Es algo más. Es el origen y la razón del orden natural, como lo expresa, por ejemplo, el Tao Te King.
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William Blake – Los ángeles se aparecen a los pastores (wikipaintings.org)

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De allí proviene, precisamente, a mi entender, que haya más posibilidades de entendimiento real de la ciencia con la mística que con la religión. La mística es humilde. Reconoce que su visión, por profunda que sea, se refiere a lo sublime, sí, pero inexpresable. Que de lo que dice es de una realidad imposible de caracterizar o de expresar con claridad. El místico, me parece, suele referirse a los dogmas un poco a regañadientes. De allí que tenga una tendencia a violentarlos y a vérselas con los tribunales de la ortodoxia. Como se las vieron el Maestro Eckhart o Juan de la Cruz.

El científico también ha de ser humilde. Los hechos lo obligan a serlo. La ciencia está en proceso de cambio permanente. Lo prueban las visiones tan distintas del mundo que han tenido los filósofos presocráticos, Platón y Aristóles, más adelante Ptolomeo, luego Copérnico y Kepler, enseguida Newton, recientemente Einstein, ahora la física cuántica, y quizás también la nueva física que ha de estar siendo pensada en estos momentos. Y su búsqueda, a mi lego y modesto entender, no debería tener fronteras, como las que postulan los físicos o astrónomos positivistas. Es en esta ausencia de fronteras que la ciencia y la mística pueden darse la mano para avanzar en el camino a la Verdad: aquélla tal vez en que la materia y el espíritu son aspectos de una misma Unidad. Es lo que parecen entender hombres de ciencia tan eminentes como aquellos a que me he referido en los tres artículos anteriores de esta bitácora virtual -Wolfgang Pauli, Werner Heisenberg,  Erwin Schrödinger- y muchos otros.
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William Blake – El Juicio Final (wikipaintings.org)

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Seguiremos hablando de afinidades sorprendente entre la ciencia, la mística, la filosofía y la poesía.

Ejemplos del mundo inefable de los místicos auténticos, seguirán en las próximas entradas.

William Blake, el autor de las imágenes, era también un gran poeta y un visionario muy especial. Él no calza precisamente con lo dicho en estas notas, pues sí que tenía unos dogmas y unas visiones muy precisas de lo absoluto. Que eran, por si fuera poco, de su propia creación. Muchas de sus obras pictóricas son producto de su propia mitología, salpicada alguna vez de un poco de cristianismo. ¡Pero que era un genio, quién podría discutirlo!
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© 2012 Lino Althaner 

Amigo de Dios, amigo de los hombres

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De las religiones semíticas heredamos el concepto de un Dios terrible, legislador de rigurosos mandamientos y juez implacable, amante del rito, del sacrificio y de la venganza. ¿Era el dios que hacía falta para conducir al pueblo elegido por el camino elegido por sus gobernantes? Pues las sociedades jurídicamente estructuradas, esto es, los estados, o son ateas o suelen hacerse dioses a la medida de sus intereses. Para que las leyes estatales se cumplan es mejor que lleguen al pueblo revestidas de la autoridad divina. El dios iracundo, difícil de contentar, inclemente con quien se aparta del camino trazado, dice el decálogo que le dictan el rey y el sacerdote. Un decálogo que se multiplica en minucioso despliegue de normas, crecientemente invasivo de las libertades, de las privacidades, y de la misma divinidad.
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Cortezas concéntricas – M.C. Escher (wikipaintings.org)

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Este concepto de Dios es, por cierto, bastante ajeno al espíritu de los místicos.  Por una sencilla razón: porque tal no es el Padre Bueno, el padre de Jesús. Y el Espíritu que anima a Jesús de Nazaret es el del amor incondicional que no es negado a ser humano alguno. Si tienen alguna duda al respecto, revisen los Evangelios, sobre todo el de San Juan.

Lo hemos visto en Juan de la Cruz. También en Rumi, el místico sufí. Y asimismo lo encontraremos en la mística judía. El místico tiende a desviarse del camino institucional. Tiende a la herejía. No puede sino tener problemas con los guardianes del dogma, instrumento para distinguir a ‘nuestro’ Dios del Dios de los demás, trazando inflexible y definitivamente su figura y sus circunstancias; las del inefable, el extraño, el desconocido. Esa pretensión, no la tienen los místicos.

No la tenía el Maestro Eckhart, que aprendió en la profunda meditación que el camino para alcanzar la redención supone, más que sujeción a los dogmas, las doctrinas y los preceptos, el anonadamiento de sí mismo en el amor divino, para hacer de sí mismo un intermediario y publicista de ese amor. Creía el maestro que Dios moraba en su intimidad y que a través de una disciplina basada en la entrega, en la  renuncia, en la oración y en la bienaventurada y amorosa aceptación de su vida, podía llegar a experimentar esa profunda presencia.
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Círculo con mariposas – M.C. Escher (wikipaintings.org)

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Vaciarse de las cosas para llenarse de Dios. Esto lo desarrolla el maestro renano de diversas maneras, pero una de ellas llama la atención por su fuerza, por su audacia, por la convicción acerca de la cercanía de Dios, que revela. Para llenarse de Dios el hombre de Dios, nos dice, debe querer nada menos que la felicidad del mismo Dios. Cuando el hombre vive en el amor y en la pureza,  Dios retoza y se ríe, explicaba en hermosa metáfora. Lo que quería decir es que cuando Dios ríe en el alma del hombre, el hombre puede reir en Dios. Al reir el hombre en Dios, alcanza su plenitud.

No, ciertamente, en el Dios de los Ejércitos, el Jehová tremendo del Antiguo Testamento, el Dios asociado a la muerte más que a la vida, en el que se nos ha querido hacer creer. El Maestro Eckhart nos hace pensar más bien en un Dios que se ríe, que tiene buen humor, que no necesita imponerse sobre los hombres como legislador, juez o verdugo, que lo único que quiere es amar y ser correspondido. Pues el Dios de los místicos no se asocia en términos de exclusividad con pueblo o nación alguna, ni siquiera con una religión o institución religiosa en particular. Dios no es modelo para ejercer poder sobre los hombres, ni para dividir a los hombres. Es modelo para amar a los hombres, para unirlos, para borrar las diferencias que torpemente los separan.

Este es el Dios en que debe creer el ser humano.

Se cuenta de Meister Eckhart una anécdota que recuerda la atmósfera espiritual de un cuento jasídico. Relata que en uno de sus paseos por el jardín conventual, se habría encontrado con un niño desnudo:

¿De dónde vienes? le preguntó.

     Vengo de Dios, respondió el niño.
¿Dónde le encontraste?
     Allí donde abandoné todo lo demás.
¿Dónde lo pusiste?
     En los corazones virtuosos.
¿Y quién eres tú?
     Soy un rey.
¿Pues dónde está tu reino?
     En tu corazón.
Entonces, compadecido de su desnudez, el Maestro le habría ofrecido que tomara de su celda todo el abrigo que quisiera. Mas el niño le contestó:
     Con tu abrigo, dejaría de ser rey.
Y luego desapareció. Porque el niño era el mismo Dios, que había descendido a pasar un rato ameno con sus amigos.
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Planetoide tetraédrico – M.C. Escher (wikipaintings.org)

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El niño, en sí mismo, es ya un símbolo de divinidad. La desnudez del niño se refiere, a mi entender, por lo menos a dos aspectos. Por una parte, simboliza la desnudez, la pureza y el anonadamiento del hombre que aspira a que su alma alcance la unión suprema, la meta sublime. Pero, además, la desnudez nos dice de un Dios carente de atributos e historias pensadas o inventadas por los hombres, de un Dios inefable, del que casi todo lo desconocemos, salvo su amor. 

Que tal fuera mi Dios, es lo que quisiera.
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© 2012 Lino Althaner 

¿Más allá de las estrellas?

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Algo echa de menos el hombre. Lo que una vez poseyó, ya no lo tiene. Es por ello que busca. Busca en las cumbres nevadas. Busca en el fondo de los mares. Busca en el conocimiento, en los libros. Se fabrica utopías para calmar la sed. Paraísos e islas encantadas, pobladas por ángeles y hadas. ¿Qué es lo que busca el hombre? La verdad. La belleza. Una sola palabra, que le explique el misterio. Y lo busca más allá de las estrellas, allí donde imagina no hay espacio ni tiempo. 

¿No lo busca tal vez demasiado lejos?  Parece que eso es lo que tratan de decirnos

el Tao Te King,
https://todoelorodelmundo.wordpress.com/2012/02/17/conocete-a-ti-mismo-tao-te-king-8/,

Plotino
https://todoelorodelmundo.wordpress.com/2012/04/27/plotino-el-maestro-eckhart-y-miguel-angel/,

el Maestro Eckhart
https://todoelorodelmundo.wordpress.com/2012/04/15/el-tesoro-escondido/.
Y también, por cierto, la palabra de Jesús.

¿Qué nos dicen? Que no busquemos tan lejos. Que hurguemos más bien en nuestro interior, que nos conozcamos a nosotros mismos. Que eliminemos de nosotros lo accesorio, lo que nos vela la visión. La visión de la perla, del tesoro escondido que se halla en el íntimo centro de nosotros mismos. Allí esta la verdad esperando. Allí esta la belleza.

Veamos cómo lo dice Hiperión, el héroe de Hölderlin, que así se dirige a su amigo Belarmino:

‘He visto una vez lo único, lo que mi alma buscaba, y la perfección que situamos lejos, más allá de las estrellas, que relegamos al final del tiempo, yo la he sentido presente. ¡Estaba aquí, lo más elevado estaba aquí, en el círculo de la naturaleza humana y de las cosas!

‘Ya no pregunto dónde está; estaba en el mundo, puede volver a él, sólo que ahora está más oculto en él. Ya no pregunto qué es; lo he visto lo he conocido.

‘¡Oh vosotros, los que buscáis lo más elevado y lo mejor en la profundidad del saber, en el tumulto del comercio, en la oscuridad del pasado, en el laberinto del futuro, en las tumbas o más arriba de las estrellas! ¿Sabéis su nombre? ¿el nombre de lo que es uno y todo?

‘Su nombre es belleza.’

Pues, nos dice más adelante Hölderlin, ‘lo más hermoso es también lo más sagrado’.

Para encontrar lo hermoso y sagrado, lo auténtico dentro de nosotros mismos, lo transparentemente verdadero, hemos de recorrer un camino que, por cierto, no está en las carreteras de la tierra, ni se halla más allá de las estrellas.

Pues no está más allá sino más bien más acá. ¿Lo recuerdan?
https://todoelorodelmundo.wordpress.com/2012/04/25/mas-alla-o-mas-aca/
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Dante Gabriel Rosetti - Retrato de Jane Burden - wikipaintings.org

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¿Alguien ha de ayudarnos? Un maestro podría ser. O tal vez un amigo. O tal vez la hermosura de una mujer. En el caso de Hiperión, fue su amada Diótima, la que le indicó el camino. ¡Tantas cosas pueden ayudarnos a descubrir la belleza, a intuir la verdad! Pero, recordémoslo siempre. Ella no se encuentra en el maestro. Ni en el amigo. Ni en la hermosura de la mujer. Se halla dentro de nosotros mismos, allí donde se muestra en todo su esplendor la divina semejanza del hombre.
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© 2012 Lino Althaner

Plotino, el Maestro Eckhart y Miguel Ángel

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En un artículo reciente (https://todoelorodelmundo.wordpress.com/2012/04/15/el-tesoro-escondido/) hice un comentario acerca del motivo del escultor que despoja al mármol de todo lo superfluo hasta encontrar en su seno pétreo  la belleza de la forma estatuaria, que se va perfilando a medida que la piedra bruta desaparece de su entorno. Recordé entonces cómo Miguel Ángel Buonarroti (1475-1564), en su faz menos conocida de poeta, hace un símil de esa imagen, en unos versos suyos, con la del alma que se va purificando y fortaleciendo a medida que se libra de los vínculos carnales. 

Me encontré entonces con que el Maestro Eckhart (c.1260-c. 1327), doscientos años antes de Miguel Ángel había usado de la misma imagen en uno de sus sermones para aludir al proceso de perfeccionamiento espiritual que se produce en el ser humano a medida que se va desprendiendo de lo accesorio, de lo burdo y superficial que hay en él, para así encontrarse con el tesoro escondido que se halla en su más honda intimidad, que es su esencia semejante al mismo Dios. Dicho tesoro lo vincula el místico alemán con el de la escritura contenida en Mt. 13, 45: es el preciado hallazgo a cambio del cual el hombre sabio está dispuesto a dar todos los bienes mundanos.

Ahora, hojeando las páginas de un libro sobre Plotino (205-270), el filósofo neoplatónico, en cuyo pensamiento se sustenta teóricamente, una buena parte de la mística occidental como también la árabe y judía, encuentro una cita de sus Enéadas (1.6.9.7) que nos dice de un precedente todavía anterior de la misma idea.
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Así expresa Plotino, con la hermosura literaria que es propia de su estilo, el mismo concepto que luego encontramos en el Maestro Eckhart y más tarde todavía en Miguel Ángel:

‘Regresa a ti mismo y mira: si aún no te ves bello, haz como el escultor de una estatua que ha de salirle hermosa: quita, raspa, pule y limpia hasta que hace aparecer un bello rostro en la estatua. También tú, quita todo lo que sea superfluo, endereza todo lo que sea tortuoso, limpia todo lo que esté oscuro, abrillántala y no ceses de esculpir tu propia estatua hasta que resplandezca en ti el divino esplendor de la virtud, hasta que veas la Sabiduría en pie sobre su sagrado pedestal. ¿Has llegado a esto? ¿Has visto esto? … Si ves que te has convertido en ésto, convirtiéndote tú mismo en una visión al adquirir confianza en ti mismo y ascender hacia lo alto, al tiempo que permaneces en este mundo, sin necesidad ya de quien te guíe, ¡fija intensamente los ojos y mira!’

‘¡Fija intensamente los ojos y mira!, nos dice Plotino, que encontrarás en torno a ti una realidad transfigurada, reveladora del espíritu que antes escondía.

Es lógico pensar que esté en Plotino el origen de la idea. Es el maestro de los místicos. Es el maestro de los artistas que intuyen la forma escondida en la piedra y la sacan a la luz. Sin embargo, no me atrevería a afirmarlo tan contundentemente. En la borgeana Biblioteca de Babel, con su catálogo infinito, los autores se copian sin cesar unos a otros, algunas veces a sabiendas pero la mayoría de las veces sin siquiera imaginarlo.
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© 2012 Lino Althaner 

En busca del Otro (Hölderlin)

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¡Oh, tú!, a quien llamaba como si estuvieras sobre las estrellas, a quien llamaba creador del cielo y de la tierra, ídolo amigo de mi infancia, ¡no te enfades porque te haya olvidado! … ¿No es el mundo lo bastante mezquino, como para buscar todavía fuera de él a Algún Otro?

¡Oh!, si la naturaleza soberana es hija de un padre, ¿no es el corazón de la hija su corazón? Lo más interno de ella, ¿no es Él? ¿Pero acaso lo he resuelto? ¿Es que lo conozco?

Es como si viera, pero entonces me asusto otra vez, como si fuera mi propio rostro lo que hubiera visto; es como si lo sintiera, al espíritu del mundo, como la cálida mano de un amigo, pero despierto y son los míos, son mis propios dedos los que he asido.

Friedrich Hölderlin
(Hiperión o El Eremita en Grecia)
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Jan van Eyck - Dios Padre (detalle del altar de Gante) - wikipaintings.org

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El Dios extraño y trascendente, el Padre bueno de los gnósticos, el inefable e inconcebible del Maestro Eckhart, mal se aviene con su imagen humana, minuciosamente definida, vestida con el máximo lujo, coronada en toda majestad. Solemos los hombres sentir nostalgia por el Dios de la infancia, tan familiar y al alcance de la mano. Sin embargo, la mente crecida del adulto, su conciencia más desarrollada, no se contenta con esa imagen. No es compatible con la chispa divina que ve crecer en su alma. Además, le recuerda a un dios riguroso y necesitado como es el del Antiguo Testamento, que no lo ve muy parecido al Padre de Jesús. El hombre busca entonces ‘Algún Otro’, como dice Hölderlin, el que es completamente Otro, inimaginable, imposible de representar.

El poeta cree intuir a Dios en el corazón de la naturaleza, a la cual ve como una hija de aquel Padre. Éste se encuentra, entonces, en lo más interior de su hija.

Tan poderosa es su intuición que cree verlo de verdad. Más luego se horroriza: lo que ha visto no ha sido sino su propio rostro. Los dedos cariñosos que ha creído palpar no son sino sus propios dedos. Teme que su intuición no haya sido una jugarreta de su imaginación.

Pero la sed de Dios que siente, es del todo real. Sigue estando presente.

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© 2012 Lino Althaner

Por testigo a la verdad y por prenda a mi alma

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El sermón eckhartiano que ahora comento me recuerda cierta enseñanza gnóstica. Creían los gnósticos cristianos en la chispa espiritual que tiene su morada bajo la corteza corporal, en el inconquistable castillo del alma humana; la centella que es la esencia sublime del hombre, su semejanza al mismo Dios inefable, indeterminado, simple, sin modo ni cualidad, de que nos habla el Maestro Eckhart: anterior a la misma creación. También me trae a la memoria el concepto del Tao en la metafísica china: del Uno sin forma, del todo inaccesible para el hombre, que es anterior a todas las cosas y el origen de todo lo creado; que sin embargo de su absoluta trascendencia todo lo atraviesa -y también al ser humano- con la inexpresable eficacia de su espontánea virtud.

Veamos sucintamente qué nos dice el Maestro Eckhart sobre el particular en este homilía, que versa sobre la escritura de Lucas 10, 38. 

‘En el alma -nos dice- hay una potencia que no es tocada ni por el tiempo ni por la carne; emana del espíritu y permanece en él y es completamente espiritual’

‘en ella se halla Dios en todo su esplendor y floreciente, en la plenitud de su alegría y de su gloria’. 

Lo más hondo del alma -allí donde está radicada esa potencia- es como el reino de los cielos. Allí el Padre, el Hijo y el Espíritu, recíprocamente se comunican su misterio maravilloso -y el misterio del hombre- por toda la eternidad. En dicha potencia del alma ‘se halla Dios de continuo, fosforeciendo y ardiendo con toda su riqueza, con toda su dulzura y todo su deleite’, una alegría y un deleite tan grandes que nadie sabría explicarlos ni revelarlos propiamente.

Si Dios le concediera a un hombre echar un solo vistazo a la forma en que Él se encuentra presente en esa potencia, señala enseguida nuestro fraile dominico,  su alegría sería tan grande que podría soportar toda pobreza y todo sufrimiento. Ninguna pena tendría para él significado alguno luego de la dicha que entonces experimentaría.  ¡Qué podría importarle después de hallar a Dios en esa potencia como en el ahora que no cesa, esto es, en la eternidad!

Y enfatiza todavía más: En tal caso, todo sufrimiento, toda privación, serían para ese hombre únicamente alegría y sosiego. Pues lo sufriría por Dios. Entonces sabría que ‘cualquier cosa que el hombre sufre por Dios y sólo por Él, Dios se la convierte en liviana y dulce‘.

Tal es la chispa, la centella del alma, la suprema potencia espiritual encerrada en la cárcel del cuerpo, habitando en el alma hombre.

Y si se profundiza todavía más en el dominio de esta potencia, continua el Maestro, hay todavía un misterio mayor, aún más profundo e insondable. Allí, en el núcleo mismo del castillo espiritual, Dios mismo, el Dios creador, tendría que renunciar a todos sus nombres divinos y a toda atribución y cualidad, todos insuficientes, para acercarse siquiera remotamente a lo que allí se encuentra. Lo Uno y el Todo en su común simplicidad, el Ser que es como la Nada, tan distinto al ser que los hombres vislumbramos, lo anterior a la creación del mundo, lo que ‘es’ desde siempre, aquello en que el hombre y Dios son iguales en su espíritu indestructible, florece allí, siempre verde y fecundo. Lo que asegura al alma humana la eternidad.
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El Tao que tiene nombre no es el Tao verdadero - Lao Tse
Dios no es ni esto ni aquello
Él es lo absolutamente simple, sin nombre ni cualidad - Meister Eckhart

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Es tal la seguridad del Maestro de lo que ha dicho, que pone término a su homilía afirmando:

‘Lo que es os he dicho es verdad; os pongo por testigo a la verdad y por prenda a mi alma’.

¿Es que ha experimentado él mismo la verdad de lo que afirma, iluminado y despierto del todo en la consiguiente unión mística?

Admirable coincidencia de espiritualidades: La gnosis. El taoísmo. La teología mística del Maestro Eckhart.
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© 2012 Lino Althaner

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