La verdad en el mito

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El universo es un misterio. La naturaleza es la imprecisa epifanía de una enorme potencia que se oculta. La vida parece un milagro, un milagro en que el hombre está en el centro, sin poder dar razón de sí, maravillado a la vez que temeroso, abismado.

El mundo sigue siendo el mismo. Pero nuestros ojos han cambiado. El positivismo racionalista predominante, aplastante más bien, trata de cerrar cada vez más nuestros sentidos al encanto. La ciencia, equivocadamente, dicta una pauta que es incompatible con el mito. Nuestra forma de pensar y de percibir el mundo ha cambiado. Ya no son los mismos nuestra forma de mirar y de escuchar. Cuando de pronto despertamos, es quizás tan solo para horrorizarnos del inmenso vacío que nos rodea. Vacío y sin sentido, productos del desencanto.

Esto ha ocurrido en todos los ámbitos de la cultura, incluso en aquellos que exigen una mayor apertura a lo invisible, esto es, a lo que se intuye como perteneciente a la esfera espiritual, como es el caso de la religión, de la poesía o de la música.

 

Thorvaldsen - Danza de las Musas

Bertel Thorvaldsen – Danza de las Musas


Pero el ser humano no está desprovisto de anticuerpos para combatir la maligna marea. La razón y la ciencia no son incompatibles con la visión espiritual. Así, pues, es deber de quienes esperamos, promover el retorno de las visiones del encantamiento. Y mientras nos sea permitido, regocijémonos en ellas.

El mito es una forma de encanto. Los antiguos recurrían a él preferentemente para intentar, encantándolo,  entender lo misterioso y lo invisible, lo inexplicable. Lo que parece carecer de sentido. Hasta el horror, el sufrimiento y las tinieblas los veían reflejados en el espejo del mito.  Así, hasta lo más insoportable lo apreciaban revestido de un manto de sentido y de belleza.  En esta experiencia, los griegos eran unos expertos. 

Los filósofos recurrían al mito para hacer entendibles sus teorías. Y a veces, cuando se hacía difícil la argumentación, sobre todo en asuntos metafísicos, se acordaban del mito para hermosear sus ideas con un justo barniz de poesía. Así lo hacía Platón, para quien el mito no era incompatible ni con la filosofía ni con la ciencia. 

 

Baldassarre Peruzzi -Apollo y las Musas

B. Peruzzi -Apollo y las Musas


Y para comprobarlo el Fedro, uno de sus diálogos más reconocidos, tanto por la altura de los temas que aborda como por la admirable dialéctica que en él se despliega y por la hermosura literaria del discurso. Compuesto en la época de madurez del genio filosófico de Platón, se trata en el de la inmortalidad del alma y de las ideas, de los dioses, del delirio amoroso en la inmediatez de la belleza, de la memoria  y de la escritura como medio para preservar la memoria. Y nada menos, como el mismo lo explica, para sembrar con su poderoso razonamiento en sus lectores la semilla inmortal de la sabiduría, que da felicidad al que la posee.

Para discurrir sobre estas materias, ubica Platón a Sócrates y a sus interlocutores a las orillas del Iliso, en las inmediaciones de Atenas, bajo la sombra de un gran plátano. Allí va a tener lugar el díálogo, en la compañía del canto de las cigarras. Pues es un mediodía de verano, y entonces el canto interminable de las cigarras se manifiesta en toda su intensidad.

Uno de los mitos que se exponen en este diálogo es precisamente el de las cigarras. Sócrates lo recuerda en el momento en que se disponen a hablar de la retórica, que no es aquí un arte orientado principalmente a conmover o convencer a un auditorio, ni menos para condicionarlo negativamente ni para desorientarlo, sino que es considerado como disciplina dialéctica al servicio del conocimiento serio y de la incesante persecución de la verdad.  

 

Virgil Solis - La Metamorfosis de Ovidio, 1562

Virgil Solis – La Metamorfosis de Ovidio, 1562


Imagina Sócrates que las cigarras que cantan incansables, entre ellas mismas dialogaran y mirando a los miembros del grupo, se preguntasen si no se tratara sino de unos hombres comunes que se han acercado a la sombra del plátano para echarse una siesta al arrullo de su canto.  Aunque espera que si las cigarras los ven dialogando sin ceder al efecto de aquél, sino perseverando en la indagación dialéctica, tal vez se allanen a otorgarles complacidas el don que han recibido de los dioses.

Fedón pregunta entonces acerca de la naturaleza de ese don. Para decir de él narra Sócrates el mito de las cigarras.

Y cuenta que, en otros tiempos, antes de que existieran las Musas, las cigarras eran hombres. Pero al aparecer las Musas y con ellas la música y el canto, algunos de ellos quedaron hasta tal punto embelesados de gozo, que se pusieron ellos mismos a cantar ininterrumpidamente, hasta el punto de olvidarse de comer y de beber, por lo cual pasaron de la vida a la muerte sin siquiera darse cuenta. Sin embargo, se originó en ellos la especie de las cigarras, “que recibieron de las Musas ese don de no necesitar alimento alguno desde que nacen y, sin comer ni beber, no dejan de cantar hasta que mueren”, con ocasión de lo cual ascienden a la morada de las Musas para contarles en qué medida las honran los seres humanos, y especialmente para comunicar a Calíope y a Urania quiénes son los que “pasan la vida en la filosofía y honran su música”. Pues, por ser ellas las que tienen que ver con el cielo  y con los discursos divinos y humanos son también las que dejan oir la voz más bella”.

¿Cuál es la enseñanza de este mito? Pues Sócrates se limita a decir al término de su relato: “De mucho hay, pues que hablar, en lugar de sestear, al mediodía”.

 

Simon_Vouet Las Musas Urania y Caliope

Simon_Vouet Las Musas Urania y Caliope


El significado del mito es, más o menos, el siguiente. Imitemos a aquellos hombres que se volvieron cigarras en su perseverancia por no cejar en la búsqueda de la belleza que simbolizan con su canto persistente. Como ellos, no cedamos al sueño cuando debiéramos estar bien despiertos. Pero no nos olvidemos de nosotros mismos, hasta el punto de dejar de alimentarnos. Porque así como amamos la música, debemos también dejarnos conducir por el amor a la sabiduría, esto es, por la filosofía. Tendamos un puente entre ambos, el arte de la música y la filosofía, para que puedan estar presentes armónicamente en nuestras vidas. Cerremos, por lo tanto, los oídos a la música, cuando suena hechicera y adormecedora como el canto de las sirenas. Recordemos que las cigarras, después de muertas, acudirán al Parnaso a contarles a las Musas, y especialmente a Calíope y Urania, de cuan efectivo y equilibrado ha sido nuestro honrar a la música y a la filosofía. Y, por cierto, entre el diálogo o el estudio y la siesta al mediodía, prefiramos el primero.

Platón nos incita a interpretar el mito nosotros mismos. Pues él, por intermedio de Sócrates, es muy poco lo que dice para explicarlo. Como todos los mitos, encierra éste una verdad y una enseñanza. 

Además, éste nos recuerda el origen del refrán según el cual “el que nace chicharra muere cantando”. Chicharra es sinónimo de cigarra o grillo. Los refranes son como los mitos. También están abiertos a la interpretación.

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Este canto de alabanza a Mnemosyne, la madre de las Musas, nos hace imaginar como tal vez sonaría la música en la Grecia de Sócrates y de Platón.

© 2014
Lino Althaner

Casa de Dios y Puerta del Cielo

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Pitágoras relata cómo ascendió tan alto su alma hasta llegar al mundo superior. Dada la pureza de su ser y el poder adivinatorio de su corazón, podía escuchar las melodías de las esferas y las sonoridades causadas por los movimientos de los cuerpos celestes
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Suhravardi (1155-c.1200)


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Jacob tuvo un sueño. Soñó con una escalera que estaba apoyada en la tierra y cuya cima tocaba los cielos. Y observó que los ángeles de Dios subían y bajaban por ella… Despertó luego de su sueño… y pensó…:
“Qué temible es este lugar! ¡Esto no es otra cosa sino la casa de Dios y la puerta del cielo!”

(Génesis, 28, 12)


William Blake pensaba en los canales del oído humano como una “escalera en espiral sin fin que lleva hasta el último cielo”. Se refiere más que a nuestro puro oído físico, a nuestro oído interior, el único apto para captar la armonía de las esferas superiores. Para su contemporáneo Swedenborg, la apertura del oído interno era una condición necesaria para la toma de contacto con los mundos superiores. 

Imposible no imaginarse a esos ángeles que suben y bajan la escalera de Jacob, sino en el entorno de una música inconcebiblemente bella y cantando himnos sublimes de alabanza al Creador. Jacob los ha de haber oído, a no dudarlo, y no solamente los sonidos emitidos por los cuerpos celestes en su incesante giro sino también la misma música de la casa de Dios. Quedándose asustado de tanta belleza. Tal vez Pitágoras también.


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Blake aspiraba a escuchar los sones de esas divinas armonías e inefables melodías.

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En el Poimandres, libro emparentado con el gnosticismo que es atribuido al mítico Hermes Trismegisto, se dice acerca del viaje póstumo del alma en su intento por regresar a su patria de origen, con ayuda de la Armonía. Y, por supuesto, también ese viaje ascensional tiene una relación con la música. Es el más alto Intelecto, personificado aquí en el Pastor de los Hombres -que tal es el significado de Poimandres-, el que describe como el alma se desplaza a través de las esferas armónicas de los siete planetas, tratando de superar el peso de los vicios y tendencias negativas que la limitaron en su vida terrenal.
 

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Hermes Trismegisto (D. Stolcius von Stolzenberg, Viridarium chymicum)

Una vez superadas las pruebas a que es sometida, entonces, el alma

desvestida de cuanta energía le fue conferida por la Armonía, y enfundada en su propio poder, entra en la Octava Esfera. Canta ahora con los seres que allí se encuentran, loando al Padre, y regocijándose por su llegada. Una vez hecho igual a sus compañeros, puede también oír los Poderes por encima de la Octava Esfera cantando su hermoso himno a Dios.

Hay que suponer que tales Poderes son equivalentes a las Musas y otros sublimes testigos del Dios Uno, “que habitan en una región sin tiempo más allá de las estrellas fijas. El alma desencarnada atraviesa entonces dos reinos musicales: primero el de la música mundana -esto es, de los mundos superiores- y luego un cuarto reino, al cual puede llamársele inteligible, arquetipo o angélico” (Joscelyn Godwin, La cadena áurea de Orfeo, Siruela, 2009).

Creo que habría que llamarlo divino.

Pues allí se escucha la música como Dios manda.

© 2014
Lino Althaner

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