Sphärenklänge (Música de las esferas)

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Donde en un tiempo se abrían las puertas de los cielos, se encuentran ahora los agujeros negros, dispuestos a tragarlo todo en el olvido. Esa es la visión que muchos tienen de la muerte: la entrada a la extinción permanente de la conciencia.


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Donde antaño los ángeles de los planetas conducían sus carros astrales, ahora unas fuerzas sin sentido impulsan a estrellas y planetas hacia su sino inexorable. 


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El canto o la palabra de Dios se reduce a un big bang mitológico que ni siquiera los científicos comprenden.

(Joscelyn Godwin, Armonía de las Esferas)

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Pero algún día, lejano tal vez -acaso lo veremos desde otra esfera- todo este horror antipoético hecho de explosiones y de agujeros se irá al basurero, como se han ido otros últimos gritos de la ciencia.

Si ese día viéramos otra vez la luz, ¿bailaríamos entonces al compás de este vals? ¿Su título? Música de las esferas (Sphärenklänge), de Josef Strauss.


© 2014
Lino Althaner

Ser para siempre

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En mi espacio en la blogósfera, todo está relacionado. Como partes de un gran Uno. La música de la esferas se vincula a la dorada proporción. El arte gótico está relacionado con el pensamiento judío y este con la poesía del Japón, que ahora se hace presente. Se han borrado las fronteras.  Todas son partes del mismo intrincado y maravilloso rompecabezas, la vida y la obra del hombre sobre la Tierra.

La poesía del haiku. Finura. Delicadeza. Amor a la naturaleza. Profunda comprensión. Esta selección ha sido motivada por una visita al recinto virtual de mi amigo J. A. Giménez Mas:


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No pisoteéis este lugar.

Anoche había luciérnagas
por aquí.

Issa


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No ahuyentes al tábano:

ha venido a visitar
las flores del cerezo.

Issa


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Una gota de rocío.

Una hormiga enloqueciendo
por ella.

Bôsha

Prune_sur_paravent_par_Kanō_Sanraku (5)


Como si fuera mi alma

se abre la magnolia.
Me siento mejor.

Kawabata Bozo


Prune_sur_paravent_par_Kanō_Sanraku


Del tiempo viejo, del hombre nuevo

Yacer
ya ser
para siempre

J.A. Giménez Mas

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La pintura sobre el biombo es del pintor japonés Kano Sanraku. Los haikus han sido seleccionados del libro Hormigas sin Sombra – El libro del Haiku, de Maurice Coyaud (DVD ediciones, Barcelona 2005). El poema de J. A. Giménez Mas, de su obra “21 poemas para el largo viaje”, disponible en su blog.

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Lino Althaner

El sueño de Jacob

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Hay música en el movimiento de las esferas…

Hay geometría en el zumbido de las cuerdas.

Pitágoras

Mutus Liber (El libro mudo): Dos ángeles con trompetas llaman al Jacob durmiente para que vea la escalera que se extiende desde la Tierra hasta el cielo. La imagen sugiere también las trompetas del Apocalipsis y el viaje espiritual del alquimista (Joscelyn Godwin, Armonía de las esferas, Atalanta 2009

Portada del Mutus Liber (El libro mudo, 1677): Dos ángeles con trompetas llaman a Jacob durmiente para que vea la escalera que se extiende desde la Tierra hasta el cielo. La imagen sugiere también las trompetas del Apocalipsis y el viaje espiritual del alquimista (Joscelyn Godwin, Armonía de las esferas, Atalanta 2009).

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El brillante clamor de las trompetas angelicales alerta a Jacob en su sueño acerca de la maravillosa epifanía que se despliega a su alrededor. Solo así es capaz de apreciar y de entender el significado de esa escalera maravillosa, que se le ofrece como puerta de los cielos, como acceso a la casa de Dios. Jacob ya no volverá a ser el mismo luego de haber experimentado este vislumbre de realidad.

Lo que las trompetas angelicales en el caso de Jacob, puede hacerlo por nosotros la música. Experimentándola en profundidad, somos de pronto capaces de despertar a toda la Armonía y contemplar con ojos despiertos las mil armonías del universo, repartidas por doquier. Las que antes pasábamos por alto, expresión de la única Armonía. Después de haberla vislumbrado una vez, ya nunca más volveremos a ser los mismos.

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Todas las cosas están llenas de signos: un hombre sabio puede saber una cosa a partir de otra.

Plotino

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Lino Althaner

Sectio aurea = Φ (1.618033…) = Divina proportio

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Vivimos rodeados de armonía. Más aún, somos parte de un sistema de armonías: visibles e invisibles. Frente a las visibles, solemos comportarnos comos si fuéramos ciegos. Las pasamos de largo como si no existieran. Y las invisibles las damos simplemente como no existentes.

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Espiral áurea

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Sin embargo, la reflexión acerca de las esferas cósmicas, de la música de las esferas y su relación con la música humana y con la divina, no solamente nos ha hecho ver la importancia de esta idea de armonía en el pensamiento precopernicano y geocéntrico, sino que nos ha permitido intuir, además,  que en esa concepción armónica del mundo palpita una idea que no depende de esta o de aquella visión cosmológica. Y la verdad es que esta concepción tradicional del universo como un conjunto relacionado de elementos ordenados de acuerdo al número pitagórico, separados entre sí por tonos, semitonos o intervalos y suscitadores de acordes análogos a los de la octava musical; como un conjunto de consonancias y correspondencias, denso de referencias mitológicas, astrológicas y teológicas, sigue vigente de alguna manera en el pensamiento de algunos científicos contemporáneos, y particularmente en el de algunos eminentes musicólos, empeñados en la especulación acerca de la música como espejo del entero universo. Entre ellos, por ejemplo, Hans Kayser, Marius Schroeder y Rudolf Haase.

Dibujo de Le Corbusier, basado en la proporción áurea

Dibujo de Le Corbusier, basado en la proporción áurea


Pues bien, es asimismo la afirmación de la armonía universal, esto es, la reunión organizada de los componentes del cosmos -incluido en él el ser humano- en un sistema proporcional de interrelaciones y de correspondencias, por doquier presentes en los distintos reinos de la naturaleza, el que da su maravilloso sentido a la proporción áurea a que ya me refiriera en el anterior artículo de este blog.

Resulta admirable que dicha proporción pueda ser expresada en una fórmula matemática bastante simple y, más aún, que ella pueda ser aplicada en los más distintos campos del quehacer humano -y particularmente en las artes plásticas y la arquitectura- para habilitar al experto para acercar a su obra a la perfección de aquella divina relación.

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Euclides parece haber sido el primero en exponer la idea de sección áurea. En la forma simple en que suelen ser expresadas las intuiciones geniales:

   \Phi=\frac{a }{ b} = \frac{a + b}{ a}

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En una línea recta, la parte mayor (a) se encuentra con la parte menor (b) en la misma proporción que la totalidad (a+b) con la parte mayor (a).  

Calculada esta razón matemáticamente se expresa en un número irracional, es decir, que está integrado por una secuencia infinita de cifras decimales no periódicas cuyo patrón jamás se repite, por lo cual no puede ser expresado en fracciones. Ese número es 1.618033988749895…, el número áureo en que se dice la divina proporción. Susceptible de ser expresado en una razón divina,

Φ = (1+√5)
   2

que puede ser comprobada con una simple calculadora de bolsillo.

En ella se reflejan muchos de los diseños que inventa la naturaleza para cautivarnos. Están en ella implícitos los principios de armonía, crecimiento, y dinamismo que advertimos tanto en la arquitectura de un nautilus fosilizado como en la cóclea del oído humano o en el ser humano en gestación. O en la figura de una galaxia.

Escalera de acceso a los Museos Vaticanos

Escalera de acceso a los Museos Vaticanos

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De ella se auxiliaron los arquitectos de las grandes pirámides egipcias y del Partenón ateniense. También, los constructores geniales de las increíbles catedrales góticas. Giuseppe Momo diseñó conforme a ese número la bellísima escalera de acceso a los Museos Vaticanos.

Y es del todo razonable pensar que el mismo Creador lo utilizó para dibujar el universo.  Este conjunto maravilloso en el cual, como afirmaba Heráclito de Éfeso, todas las cosas no son, de alguna manera, sino una única cosa. 


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Lino Althaner

Grandes de España

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El aire se serena
y viste de hermosura y luz no usada,
Salinas, cuando suena
la música extremada,
por vuestra sabia mano gobernada.

A cuyo son divino
el alma, que en olvido está sumida,
torna a cobrar el tino
y memoria perdida
de su origen primera esclarecida.


Ha de haber sido un músico eminente Francisco de Salinas (1513-1590), si se hizo merecedor a que su ilustre contemporáneo Fray Luis de León (1527-1591) compusiera en homenaje suyo un hermosísimo poema. Ciego desde los once años, estudió humanidades y música en la Universidad de Salamanca, permaneció más de dos decenios en Roma donde trabó amistad con Orlando di Lasso y Tomás Luis de Victoria. Más tarde fue colega académico de Fray Luis de León en Salamanca, donde el poeta pudo apreciar las dotes del músico excelente,  y entusiasmarse hasta el punto de dedicarle aquellos versos.

 

Francisco de Salinas - Musica libri septem

Francisco de Salinas – De Musica libri septem


De su actividad como compositor casi nada se ha conservado. Si una obra sobre música teórica –De Musica libri septem-, que, según la información de que dispongo, trataría preferentemente de los temperamentos musicales y de las relaciones entre melodía y verso en el canto. Suele Salinas ser calificado como músico especulativo, pero su empeño principal fue el de compatibilizar la música -entonces tan ligada a los números pitagóricos y a las cosmologías medievales- con su condición de ciencia. No podría, por lo tanto, asegurar cuan apegado estaba a la noción de la música como espejo en el que se reflejan las omnipresentes armonías del microcosmos y del macrocosmos, relacionadas unas con otras. 

¿Qué nos dice Fray Luis en su poema? Lo primero que afirmaba nos hace imaginar a Salinas como un músico de música extremada. Una música tan bella que, como la de Orfeo, conmueve a los mismos elementos -hace que el aire se serene y se vista de hermosura y luz no usada-, y tan honda que permite al alma, sumida en el olvido, recordar su origen divino. Que hace al hombre acordarse de sí mismo.

Sabemos de Salinas que era un eximio organista. Fray Luis parece darnos una pista cuando agrega unas palabras que sí se relacionan con nuestro anhelo por la música que se empina por encima del firmamento de las estrellas fijas.

Traspasa el aire todo
hasta llegar a la más alta esfera,
y oye allí otro modo
de no perecedera
música, que es la fuente y la primera.

Ve cómo el gran maestro,
a aquesta inmensa cítara aplicado,
con movimiento diestro
produce el son sagrado,
con que este eterno templo es sustentado.

Y como está compuesta
de números concordes, luego envía
consonante respuesta
y a entrambas a porfía
se mezcla en dulcísima armonía.

No solamente hemos entrado en la más alta esfera. Entramos además en el mundo de los números, que sabiamente integrados en fórmulas inefables, son instrumentos del Poeta y Músico Supremo, el que pulsa la lira divina para acordar los ritmos, las melodías y las armonías cósmicas. Como en el grabado del libro de Fludd Utriusque Cosmi Historia, maneja Dios el monocordio cósmico. Prueba de que si Salinas no era demasiado pitagórico ni aficionado a contemplar en la música armonías cósmicas, Fray Luis sí que lo era, como era también un idealista neoplatónico, igual que los místicos poetas de su tiempo.

 

Francisco de Salinas - Musica de libri septem - praefatio

Francisco de Salinas – Musica de libri septem


Se trata de un ámbito en que impera una belleza que parece casi incompatible con la condición humana. Pues

 

Aquí la alma navega
por un mar de dulzura, y finalmente
en él ansí se anega
que ningún accidente
estraño y peregrino oye o siente.

 

En el océano de la música, de la música más alta, el alma se rinde al éxtasis. En el recuerdo de sí mismo, el hombre se olvida de todo accidente, de todo oropel o gloria pasajera, de toda imperfección.


¡Oh, desmayo dichoso!

¡Oh, muerte que das vida! ¡Oh, dulce olvido!
¡Durase en tu reposo,
sin ser restituido
jamás a aqueste bajo y vil sentido!

¡Oh, suene de contino,
Salinas, vuestro son en mis oídos,
por quien al bien divino
despiertan los sentidos
quedando a lo demás adormecidos!


Así, pues, termina este muy magnífico poema con una renovada apología a Francisco de Salinas.

Música compuesta por él, ya lo dije, es poca la que se ha conservado. Pero como este artículo esta necesitado de un complemento musical, busco y rebusco hasta que encuentro uno que me parece digno de figurar junto a estos grandes. 

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Juan del Encina (1468-1530) es el autor de este canto de amor incluido en el Cancionero de Palacio. Grande de España también él.

Interpreta el Ensemble Gilles Binchois.


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Lino Althaner

El centro y la periferia

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Dios es un ser armónico. Insufló un alma viva en el hombre a su propia imagen y dispuso las estrellas en una bella armonía, ordenando sus trayectorias, movimientos e influencias. Así, el hombre, que es un ser constituido por Dios a su imagen, esto es, que se halla armónicamente constituido, pudo descubrir y cultivar la música. Si el hombre posee es capaz de cultivar este arte -el arte de la armonía musical- y estos dones -los de la especulación y la creación, la interpretación y la escucha de la música- es porque proceden de Dios. Pero para que el cultivo del arte musical sea el que Dios espera del hombre, debe este permanecer atento a la disposición de las estrellas en el firmamento, pues sus variadas figuras, conjunciones y medidas conforman una armonía   -la armonía de las esferas- más próxima que el hombre a la música suprema, la que cantan los coros angélicos.
Andreas Werckmeister (1645-1706)

 

El cosmos según las Crónicas de Nürenberg (1493)

El cosmos según las Crónicas de Nürenberg (1493)


Pero no solo debe atender el hombre a la armonía de las esferas. El rastro de aquellas armonías, la huella de la suprema Armonía, se encuentra por doquier. Pues

En todas las cosas reposa una canción
(Schläft ein Lied in allen Dingen)
Joseph von Eichendorff (1788-1857)

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Sigo divagando en torno a las relaciones entre las armonías sublunares, las cósmicas y las divinas. Entre la música humana e instrumental, la música de las esferas y la música que los ángeles cantan en torno a Dios. Una manera perdida de ver el mundo se manifiesta en estas ideas, teñidas de misticismo, de visión esotérica, es decir, de misterio. Un modo en que la astronomía, la cosmología, las matemáticas y la música se dan la mano para encantar al mundo, Para llenarlo de poesía. Para intuir imaginativa e intelectualmente una profunda verdad.

 

Nicolás de Oresme - Libro del cielo y del mundo (1377) -  En esta imagen las esferas no se ubican en torno a la Tierra sino en torno a Dios. La esfera inmediata a Dios es la de las estrellas fijas. La más externa, la de la Luna

Nicolás de Oresme – Libro del cielo y del mundo (1377) – En esta imagen las esferas no se ubican en torno a la Tierra sino en torno a Dios. La esfera inmediata a Dios es la de las estrellas fijas. La más externa, la de la Luna


La verdad, ciertamente, se hallá más allá de las figuras de esferas superpuestas y de divinas periferias que hemos visto representadas en las obras de tantos autores medievales y renacentistas, e incluso en las de algunos modernos. Hace mal quien se toma las ilustraciones gráficas al pie de la letra. Más bien es preciso atender a ellas como símbolos, esto es, como apariencias visibles y entendibles de realidades invisibles e ininteligibles.  Es preciso ser también comprensivos con la imperfección de esos esfuerzos. ¿Cómo hacer visible la tremenda pequeñez del hombre y de la Tierra si a ellos en cambio los visualizamos como centro de la creación? ¿Cómo no errar al imaginar a Dios como periferia sin al mismo tiempo poder representarlo como centro de todo lo creado?

Al margen de todo ello, la verdad es que a mí, como a la generalidad de las personas de temperamento platónico, neoplatónico, plotínico, aeropagítico o místico, la conmovedora ingenuidad de estas ilustraciones nos alcanza con mucha fuerza. Nos insinúa lo que se esconde en el misterio del mundo. Si, además de neoplatónicos y afectos a la espiritualidad mística, somos amantes de la música, nos dirán también de las armonías naturales como reflejo de las divinas  y de la música como instrumento para que el hombre se adentre en el ámbito espiritual de las esferas. 

Lo dice Antoine Fabre d’Olivet (1767-1825):

Elevada  a su más alto grado de perfección, formando una especie de vínculo analógico entre lo visible y lo inteligible, la música representa un medio sencillo de comunicación entre ambos mundos. Fue un lenguaje intelectual el aplicado a las abstracciones metafísicas, y gracias a ellas fueron conocidas las leyes armónicas.


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Lino Althaner

El gran acorde

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La imagen que del mundo tenía el hombre del Medioevo era como la de una gran cadena que desde la tierra y los elementos primordiales, ascendía a través de las ocho esferas planetarias, vibrantes de armonía musical, y de las jerarquías angelicales, hasta los cielos en que Dios impera y la Santa Trinidad. Una serie de planos horizontales, superpuestas o sucesivas, en que imperan las correspondencias que dan su sentido unitario al conjunto que tiene como centro a la tierra, rodeada por las esferas planetarias y cósmicas, y por los poderes hipercósmicos de que depende el movimiento ordenado de tan increíble conjunto de equivalencias.  La forma en que los autores figuran gráficamente esta cadena, ya lo hemos dicho, es variable.

 

Robert Fludd - Utriusque Cosmi Historia

Robert Fludd – Utriusque Cosmi Historia – Dios y su mente creadora, luego las jerarquías angelicales, la esfera de las estrellas fijas y las de los siete planetas, el fuego, el aire, el agua y el orbe terrestre.


Una cadena que es también una escala. La oración o la magia pueden hacer que las influencias superiores se sirvan de ella para influenciar y bendecir las circunstancias de la vida terrena, haciendo que esta se ponga de acuerdo con el cielo. Puede auxiliar asimismo al místico e iluminado, para ascender espiritualmente hasta la cercanía de Dios.  También la música, con su escala de ocho peldaños, susceptible de dar origen a infinitas variables y a las más ricas combinaciones, tiene un poder semejante. Mientras no perdamos la capacidad de apreciar sus abstractas armonías, que parecen ser reflejo de un orden superior indecible, hay esperanza para el ser humano. 

La doctrina de las armonías musicales y de las correspondencias macro y microcósmicas tiene uno de sus más recientes exponentes en el multifacético Robert Fludd, intelectual inglés cuyos intereses por las matemáticas, la óptica y la arquitectura, no fueron inconciliables con la pasión que experimentaba por la alquimia, la cábala, la astrología y la música de las esferas.

La escala cósmica que describe en su obra Utriusque Cosmi Historia, escrita entre 1617 y 1619, consta en verdad de varias escalas u octavas que sirven para ilustrar las correspondencias existentes entre el órden terrenal y sus elementos con los órdenes planetario y angélico, todos ellos reflejados en el Hombre (V. imagen superior).

Un instrumento simbólico, el monocordio celestial, cuyas cuerdas unen a la Tierra con la mano de Dios, sirve también a Fludd para ilustrar la armonía musical de las esferas.

 

Robert Fludd - Utriusque Cosmi Historia

Robert Fludd – Utriusque Cosmi Historia – El instrumento está dividido en una octava superior, ideal, activa, y una octava inferior, material, pasiva. Ambas octavas se dividen a su vez en cuartas y quintas. El principio inmaterial superior se mueve a lo largo de los intervalos hasta la materia sombría, y el sol, en el punto de intersección, recibe una fuerza transformadora (Alexander Roob, Alquimia y Mística, Taschen 1997).


Escribe Robert Fludd:

Aquí podemos contemplar con los ojos abiertos la admirable armonía obrada por los dos extremos, lo más precioso y lo más vil, y cómo uno concuerda con el otro. Vemos cómo el espíritu intermedio del mundo, el vehículo del alma, es el nexo que los mantiene en un pacífico acuerdo y armonía; y que es Dios quien da aliento a la música humana, toca la cuerda del monocordio, y es el principio interno que produce, como desde el centro, los movimientos consonantes de todas las cosas y las actividades vitales del Hombre, el microcosmos.

El monocordio sirve de cósmico diapasón. Mediante su pulsación, tensando o destensando la única cuerda, la mano de Dios consigue el gran acorde, la concordia indisoluble de todas las cosas, la música inexplicable que acaricia los oídos del alma y del intelecto.

La música es de Wim Mertens.

© 2014
Lino Althaner

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