Tomemos el pincel y las pinturas

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Suele ocurrir que despertemos con una sensación de indefinible desasosiego, con una pesadez en la cabeza o en todo el cuerpo, y a veces afectados por una suerte de inseguridad, física y metafísica. Me solía ocurrir con alguna frecuencia cuando en mis días de sometimiento a la alarma estridente en las mañanas, seguida del presentimiento de una jornada más, con frecuencia rutinaria y sin sentido.

Preferentemente me ocurría los lunes.

Uno de esos días encontré estos versos de Yalal-ad-Din Muhammad Rumi, el poeta místico persa del siglo XIII, uno de los grandes representantes de la espiritualidad sufi. Según él, en la medida que el hombre se desarrolla en la invención de cosas necesarias para alimentar su ego -ese puro fantasma- ansioso de poder, de riqueza, de fama, se aleja cada vez más de sí mismo y hace cada vez más densa la muralla que lo separa de lo Uno, de lo Absoluto, que no solo parece sino que es. 

Encuentro de Rumi con místicos persas

Encuentro de Rumi con místicos persas

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Sus palabras son las de un sabio entre los sabios:

Hoy día, como cualquiera otro,
despertamos vacíos y asustados.
Entonces, no nos afanemos. 
No abramos la puerta al estudio.
No empecemos a leer.
Tomemos mejor un instrumento musical.

Hoy día, como cualquiera otro,
despertamos vacíos y asustados.
No nos entreguemos entonces a nuestros afanes.
Tomemos el pincel y las pinturas.
Y que la belleza que amamos
sea lo que hacemos.

Hoy día como cualquier otro
despertamos vacíos y asustados.
Pero no nos apuremos.
Lancemos la red al pozo de los sueños.
Sintamos tan solo y escuchemos.
Hay mil formas de inclinarse a besar la tierra.

Y que sea lo que hacemos
la belleza que amamos.

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La versión que muestra el vídeo es del poeta estadounidense Coleman Barks, gran difusor de la poesía de Rumi en los países de habla inglesa. 

Rumi, sabio entre los sabios. Sabio de una sabiduría que no se basa en la pura razón del intelecto. El intelecto es un sentido más. Se apoya también entonces, su sabiduría, en el mensaje iluminado de los cinco restantes sentidos. Y, además, en la muy iluminada intuición, fuente de vera imaginatio. Un poco como todos los místicos. Que hallan en esos siete pilares el fundamento de la armonía.

 


© 2014
Lino Althaner

Esa nada soy yo (Un cuento de Rumi)

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De Dios nada se puede afirmar, del Uno que todo lo trasciende, de aquel a quien no se puede ver ni nombrar. Pues se halla muy por encima de toda palabra, pensamiento o atributo que quisiera asignarle la razón. Sólo es posible conocerlo mediante la docta ignorancia o el saber no sabiendo propio de los místicos; sólo se lo puede hallar en la nube del desconocimiento. Si alguno, viendo a Dios, comprende lo que ve – afirma Dionisio Areopagita, quien tomó esta doctrina de los filósofos neoplatónicos – no es a Dios a quien ha visto, sino algo cognoscible de su entorno.

Él sobrepasa todo ser y conocer.

Pues Dios es inaccesible, inefable, indescriptible, inconmensurable, infinito. Dios es, pues, lo del todo distinto, lo Otro. En relación con el ser de las cosas del espacio y del tiempo , de los entes accesibles a nuestros sentidos y a nuestra inteligencia, Dios es la Nada. La idea es heredada por muchos místicos cristianos, Eckhart y San Juan de la Cruz, entre muchos otros.

Un poeta persa, Rumi, expresa esta idea a través de los labios de un hombre privado de fortuna, casi un mendigo. El cuento tiene el encanto de la paradoja con que frecuentemente se expresan las cosas importantes. Dice más o menos así:

Se celebra un gran banquete en el palacio real. Mientras se aguarda la llegada del rey, cada uno de los invitados se instala en el lugar apropiado a su rango. El mayordomo vigila que cada cual quede ubicado en el lugar que le corresponde. De pronto ingresa un hombre en la sala un hombre de lo más humilde, de pobrísima vestimenta, y se sienta en el sitio más importante.

Horrorizado por su desfachatez, se acerca a él el mayordomo: -¿Eres acaso un visir?
-Mucho más que un visir,  replica el  desconocido.
-¿Entonces, un primer ministro?
-Mi rango es muy superior.
-¿Acaso pretendes ser el rey, tú pobre desventurado?
-Estoy por encima de él.
-¿Estás loco que pretendes ser un profeta?
-Soy más que un profeta.
-¿No me digas que estás del todo enajenado y te crees Dios?
-Yo estoy sobre Dios.
-Sobre Dios sólo está la nada.
-Esa nada soy yo, le responde el mendigo, que es un sufi a no dudarlo, un místico consciente de su unión con la divinidad.

Este cuento no dice sólo acerca de la naturaleza inefable de Dios sino que también acerca de la esencia divina del hombre, que para traerla a la luz solo sabe de un camino: el del anonadamiento.

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Un enorme complemento: una excelente selección de música clásica persa basada en los versos de dos grandes poetas místicos de esa cultura: Rumi (1207-1273) y Hafiz (1325-1389). La excelente interpretación es de Mohammed Reza Lofti y Mohammed Ghavi-Helm. La grabación es de Kereshmeh Records (1996).

Música para la meditación y la elevación espiritual.


© 2014
Lino Althaner

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