Mariposas

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Stéphane Hette - Papillon Hanashikomu

Stéphane Hette – Papillon Hanashikomu


En la campana del templo
duerme una mariposa

profundamente.

Buson

 

Stéphane Hette - Papillon Saichuu hana

Stéphane Hette – Papillon Saichuu hana


Con qué sueñan, en las flores,

las mariposas
mudas.

Reikan 

 

Stéphane Hette - Papillon Kochaku

Stéphane Hette – Papillon Kochaku


¡Cómo se aman las mariposas!

Ojalá pudiera renacer
en la llanura de las mariposas.

Issa



© 2014
Lino Althaner

Bebé llorando

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Yin-jun - bebé llorando - imagen de cuadernoderetazos.wordpress.com

Yin-jun – bebé llorando – imagen de cuadernoderetazos.wordpress.com

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Estos versos epigrámaticos, de Friedrich von Logau (1605-1655), los he encontrado citados en el libro ‘El estado oculto de la salud’, del filósofo Hans-Georg Gadamer, discípulo de Heidegger:

Tan pronto un nuevo niño
encuentra el primer aire
ya comienza a llorar.
Debe brillar el sol
unos cuarenta días
para que, al fin, sonría.
¡Mundo mío en tus prisas
hay más llantos que risas!
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Yin Jun - bebé llorando - imagen de cuadernoderetazos.wordpress.com

Yin Jun – bebé llorando – imagen de cuadernoderetazos.wordpress.com

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Alsbald ein neues Kind / Die erste Luft enfindt, / So hebt es an zu weinen;
Die Sonne muss ihm scheinen / Den viermahl zehnten Tag, / Eh als es lachen mag.
O Welt, bei deinen Sachen / Ist Weinen mehr als Lachen!
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Yin Jun - Bebé llorando - imagen de cuadernoderetazos.wordpress.com

Yin Jun – Bebé llorando – imagen de cuadernoderetazos.wordpress.com

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El pintor chino Yin Jun (1974) se ha hecho famoso con estas pinturas, que quieren decir de algo más que de insatisfacciones parvularias.
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Yin Jun - bebé llorando - imagen de cuadernoderetazos.wordpress.com

Yin Jun – bebé llorando – imagen de cuadernoderetazos.wordpress.com

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Es el mundo entero, que llora por sus prisas. 
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© Lino Althaner
2012

El poder del vacío

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Como a una partícula cualquiera
que atraviesa la mínima espesura.
A la cual el vacío interpela
y de pronto la inunda
la arrastra y la captura.

Que a su ámbito la arrastra
más allá de ilusiones que ensombrecen
o iluminan.
La arrebata y la pierde de sí misma.
La rescata.

Así suele arrastrar el vacío
al hombre que corre la necia maratón
por un premio homicida.
El vacío lo salva y lo remite
más allá de sí mismo.

Lo llena de una suerte de inconciencia
de una rara sinrazón
de una falta de urgencia
y de más que evangélica humildad.
Humildad en la locura.

Y en la profundidad.
El hombre que atraviesa la espesura
prisionero de pronto del vacío
recuerda que no es pura superficie.
Lo seduce la tierra prometida.
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Física. Mística. Pintura. Poesía.


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© Lino Althaner
2012

Rosa íntima

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La rosa que es la Idea de la rosa. Sin espacio ni tiempo. La rosa de Silesius. La rosa que comprende a todas las demás. Que es símbolo de Amor, de Verdad y de Belleza. La rosa que es astro matutino, arca de la alianza y torre de David. La estrella del mar. La rosa que es la sangre de la cruz, el peso de la muerte que se vuelve en Vida. Sin espacio ni tiempo. La vida que es la Idea de la vida.

La rosa del poeta.
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Juan Ramón Jiménez suma su voz a la de tantos otros que han cantado a la Rosa de verdad, que le han cantado con verdad y con belleza. Rosa última la nombra: La rosa de llama, / la rosa del oro, / la rosa ideal. Desnudez hecha alma, hecha agua, hecha gracia, la rosa que espera. La rosa de gloria, la rosa de sueño, la rosa final. La del eterno resplandor.  Rosa secreta le dice. Rosa perdida en apariencia. Y también rosa íntima. Mitad de consuelo único, / mitad de placer eterno / contra la luz de lo otro. // De lo otro que es un dios.

Van saliendo estas palabras de un recorrido por las páginas de La estación total (con Las canciones de la nueva luz), poesía pura, transparente, de Juan Ramón Jiménez, editada por Tusquets (Barcelona, 1994) en su colección de Nuevos textos sagrados.

Poesía toda para paladearla con el gusto interior. Tanto como esta otra:

Rosa íntima

(Todas las rosas son la misma rosa
¡amor! la única rosa.
Y todo queda contenido en ella
breve imagen del mundo
¡amor! la única rosa.)


Rosa, la rosa … (Pero aquella rosa …)

La primavera vuelve
con la rosa
grana, rosa, amarilla, blanca, grana;
y todos se embriagan con la rosa,
la rosa igual a la otra rosa.
¿Igual es una rosa que otra rosa?
Sí (pero aquella rosa …)

La rosa que se aísla en una mano,
que se huele hasta el fondo de ella y uno,
la rosa para el seno del amor,
para la boca del amor y el alma.
(… Y para el alma era aquella rosa
que se escondía dulce entre las rosas,
y que una tarde ya no se vio más.
¿De qué amarillo aquella fresca rosa?)

Todo, de rosa en rosa, loco vive,
la luz, el ala, el aire,
la onda y la mujer,
y el hombre, y la mujer y el hombre.
La rosa pende, bella
y delicada, para todos,
su cuerpo sin penumbra y sin secreto,
a un tiempo lleno y suave,
íntimo y evidente, ardiente y dulce.
Esta rosa, esa rosa, la otra rosa …
Sí (pero aquella rosa …)
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Todas rosas las comprende aquella Rosa. En aquella todas se originan y en ella se mantienen. Para nuestro deleite. Para nuestra enseñanza.

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Las imágenes corresponden a pinturas de Giorgia O’Keefe.

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©  Lino Althaner
2012

La pintura como imagen de una imagen

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El retrato de un ser humano, la representación pictórica o escultórica de su cuerpo o de su rostro, es sólo una imagen de lo que representa. Pero lo representado, ese cuerpo o ese rostro, no son tampoco sino imagen de su forma ideal. El retrato es, pues, la imagen de una imagen, muy lejana a la auténtica realidad del individuo retratado. Con este fundamento, Plotino, el filósofo neoplatónico, se negó invariablemente a posar para un artista. Y decía al respecto, según testimonia Porfirio, su discípulo y biógrafo:

‘¿No basta con llevar esta imagen de la que nos ha revestido la naturaleza, acaso es preciso además permitir que dejemos tras nosotros una imagen de esta imagen, más duradera aún que la primera, como si se tratara de una obra digna de ser vista?’

La mera reproducción no es arte. Sólo merece nuestra atención la belleza de la forma ideal. Así, pues, solamente lo es aquél en el cual se revela  el modelo eterno y se descubre la idea cuya realidad sensible -un rostro o un cuerpo- es nada más que una imagen, un reflejo. El verdadero retrato debe, pues, superar la mera apariencia para alcanzar al verdadero yo, tal como es en sí mismo. Si el resultado es bello, que predomine en él la representación de la belleza interna, de tal modo que pueda decirse que la obra de arte reúne todo lo auténticamente hermoso que el artista ha podido encontrar en su modelo.
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Mohan – Rights reserved – image from Cuaderno de Retazos

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Con arreglo a tal concepto, mucha de la pintura que responde al calificativo de realista podría ser un tanto menospreciada, si es que se limita a la mera representación superficial, al efectismo exterior, más no se preocupa de ahondar en las profundidades de su modelo, en la hermosura interna, en la riqueza psicológica, ni reproducir los ecos del alma del modelo. 

Pero excepcionalmente ocurre el portento. La representación puede ser realista hasta casi el extremo verista de la reproducción fotográfica. Sin embargo, unos toques magistrales en el tratamiento pictórico del rostro, de la mirada, del gesto de las manos y del cuerpo en su conjunto, nos transportan de alguna forma a otra dimensión. Y se agregan el movimiento sugerido, el color de la vestimenta, el entorno humano y paisajistico de la pintura, para decirnos no de mera y externa apariencia, sino que también del espíritu que pugna por aflorar y decirnos de algo todavía más verdadero pero oculto, que es lo que presta su hermosura a la representación.

Como en la flor del poeta místico Angelus Silesius:

‘La rosa que aquí
contempla tu ojo exterior
ya ha ella florecido
en el seno de Dios.’

(Die Rose welche hier/dein äusseres Auge sieht/sie hat von Ewigkeit/in Gott also geblüht)
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♣.

©  Lino Althaner
2012

Resistiendo a los cantos de sirenas (John William Waterhouse)

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Ulises escucha el canto de las sirenas pero no se rinde a ellos. Ni permite que los suyos se pierdan. Para ello el astuto ha sellado sus oídos con cera de abejas. Y él mismo se ha hecho atar fuertemente al navío con inexpugnables nudos, pues sabe de su humana flaqueza y no quiere sucumbir a la poderosa seducción que le dice que ya no se esfuerce más, que cese su viaje, que descanse en la ilusión y se detenga.

JoUhn William Waterhouse – Ulises y las sirenas (1891) – wikipaintings.org


Entretanto la sólida nave en su curso ligero

se enfrentó a las Sirenas: un soplo feliz la impelía,
más de pronto cesó aquella brisa, una calma profunda
se sintió alrededor: algún dios alisaba las olas.
Levantáronse entonces mis hombres, plegaron la vela,
la dejaron caer en el fondo del barco y, sentándose al remo,
blanqueaban de espumas el mar con las palas serenas.

Yo entretanto cogí el bronce agudo, corté un pan de cera
y partiéndolo en trozos pequeños, los fui pellizcando
con mi mano robusta: ablandáronse pronto, que eran
poderosos mis dedos y el fuego del sol de lo alto.
Uno a uno a mis hombres con ellos tapé los oídos
y, a su vez, a la nave me ataron de piernas y manos
en el mástil, derecho, con fuertes maromas y, luego,
a azotar con los remos volvieron el mar espumante.



Ya distaba la costa no más que el alcance de un grito
y la nave crucera volaba, mas bien percibieron
las Sirenas su paso y alzaron su canto sonoro:´
‘Llega acá, de los dánaos honor, gloriosísimo Ulises,
de tu marcha refrena el ardor para oír nuestro canto,
porque nadie en su negro bajel pasa aquí sin que atienda
a esta voz que en dulzores de miel de los labios nos fluye.
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Quien la escucha contento se va conociendo mil cosas:

los trabajos sabemos que allá por la Tróade y sus campos
de los dioses impuso el poder a troyanos y argivos
y aun aquello que ocurre doquier en la tierra fecunda’.

Tal decían exhalando dulcísima voz y en mi pecho
yo anhelaba escucharlas. Frunciendo mis cejas mandaba
a mis hombres soltar mi atadura; bogaban doblados
contra el remo y en pie Perímedes y Euríloco, echando
sobre mi nuevas cuerdas, forzaban cruelmente sus nudos.



Cuando al fin las dejamos atrás y no más se escuchaba

voz alguna o canción de Sirenas, mis fieles amigos 
se sacaron la cera que yo en sus oídos había
colocado al venir y libráronme a mi de mis lazos


Homero, Odisea XII, 166-200 (Gredos, Madrid 2000)

La pintura es de John William Waterhouse (1849-1917), pintor inglés asociado al neoclasicismo y luego al movimiento artístico prerrafaelita.


© 2012
Lino Althaner

Un pintor del Alto Renacimiento italiano (Gaudenzio Ferrari)

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El camino del conocimiento de las artes está sembrado de sorpresas. Ésta ha sido una importante para mí. Gaudenzio Ferrari (1471-1546), pintor del Alto Renacimiento italiano, fuertemente influido, según empiezo a informarme, por Leonardo y de Bramantino, desplegó su obra por las ciudades del Piamonte y  la Lombardía. Él mismo fue conocido con el apodo de “il milanese”. En Saronno, le cupo participación principal en la pintura y diseño de la cúpula de la iglesia de Santa Maria dei Miracoli, pues es el autor del Concierto angelical de que me ocupo en esta entrega.


Las grandes cúpulas eclesiales se acomodan para pintar el cielo. En ellas el artista suele, como en este caso, conceder al espectador el acceso a un mundo  más elevado, simbólicamente representativo de las realidades divinas. La Asunción de la Virgen, que es el motivo principal de esta obra grandiosa, se estructura mediante la relación de una serie de esculturas en madera, obra de Giulio Oggione, con las pinturas al fresco de Ferrari. Una de dichas esculturas, ubicada en el cimborrio, corresponde a la Virgen misma. La rodean profetas y sibilas.

Dios Padre, en la corona de la cúpula, la espera con los brazos abiertos.  Lo circundan círculos de fuego y de luz, luego un entorno de típicos putti, y en fin, un enorme concierto angelical de ángeles que cantan y tocan sus instrumentos. Es posible identificar decenas de ellos en la grandiosa representación. Flautas, trompetas, zampoñas, cítaras, arpas, violines y violas con sus tantas derivaciones, arpas y laúdes .  Así logra Ferrari, que era también músico, integrar en la composición, junto a la pintura y la escultura, la belleza de la melodía y la canción.

G. Ferrari – Concierto angelical – detalle

Al contemplar esta gran obra pictórica que es el Concierto Angelical, me vienen a la mente visiones de una visión del cielo con sus jerarquías angelicales ubicadas en círculos concéntricos. Un poco al estilo de Pseudo Dionisio Areopagita, que inspirado en la Biblia, las dividió en los tres coros, el primero de los cuales lo inician los serafines, casi inmediatos a Dios, y termina el último con los ángeles propiamente tales, que conforman la jerarquía más cercana a los hombres. 

G. Ferrari - Concierto angelical - detalle

Un autor en cuyo conocimiento habría que profundizar. Esta es nada más que una primera aproximación, a lo mejor un anzuelo capaz de cautivar a algún lector de este blog.

© Lino Althaner
2014

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