Las montañas del Mediterráneo (2)

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Las montañas han solido ser tenidas como los barrios pobres del Mediterráneo. Sin embargo, esto es relativo. Advierte Fernand Braudel que en el siglo XVI había también lugares pobrísimos en comarcas no montañosas: tales las estepas de Aragón o las marismas pontinas del Lacio; pero tampoco faltaban en las serranías los sectores bastante favorecidos por la  naturaleza: por ejemplo, los valles situados en las alturas de los Pirineos. Las lluvias abundantes son, en las alturas, un factor de riqueza. Allí suelen abundar, por lo tanto, las tierras verdegueantes, dotadas de jugosos pastos y de espesos bosques. En otros sectores, la fortuna montañesa la hacen los recursos minerales del subsuelo.

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Pirineo aragonés 

Hay casos extremos, es cierto, de aridez y de pobreza. Fernand Braudel menciona algunos: el de la desolación que puede comprobar el embajador de Venecia cuando atraviesa la Alta Calabria en 1572 para reunirse en Sicilia con don Juan de Austria, el ilustre hermano de Felipe II; o del desamparo que se impone en la sierra Morena o en las sierras de Espadán; recuerda el paisaje abrupto de la Sierra de Bernia, en la cordillera Bética, que la hacía propicia a convertirse en centro de levantamientos moriscos como el ocurrido en 1526, con bastante anticipación a la rebelión y posterior guerra de las Alpujarras; y también se refiere a la inhospitalidad de los montes del interior de Sicilia. Casos semejantes podrían mencionarse unos cuantos más, de montañas estériles y hostiles incluso a la vida pastoril. Señala, sin embargo, el historiador francés, que no serían la regla general.

Se ha dicho que mientras la llanura es la zona en que prosperan las poblaciones de tipo urbano, la montaña sería la comarca del hábitat disperso y de las pequeñas aldeas. Afirmación que tampoco es válida sino de manera relativa. Hay ocasiones en que la llanura, como consecuencia de la agresión del invasor, del pirata o de la peste, se ve amenazada de saqueo, de devastación o de mortandad, se vuelve insegura. Entonces, qué le queda al habitante de la planicie sino preparar las maletas para refugiarse en el que ha elegido como su baluarte montañés, difícilmente accesible para el adversario de turno.

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Peillon, en Provenza, a 13 km. de Niza

Una cosa es con todo segura: “tanto si se habita en pequeñas aldeas como en pueblos grandes, la población montañesa resulta, por lo general, insignificante en comparación con los vastos espacios, de difícil tránsito, que la circundan, … y carentes, por tanto, de contactos e intercambios… La montaña se ve forzada a vivir de sí misma en cuanto a lo esencial; debe producirlo todo, como sea: cultivar la vid, el trigo y el olivo, aunque ni el clima ni el suelo sirvan para ello. Sociedad, civilización, economía: todo presenta aquí un carácter acusado de arcaísmo y de pobreza”. Pero también aquí es difícil proclamar una ley absoluta. Para ello bastaría traer a la memoria la cultura artística que florece en los Alpes o la civilización pirenaica, que florece por ejemplo en la forma de la vigorosa arquitectura románica que allí nace en los siglos XI y XII.

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San Clemente de Tahull, en el valle de Bohí, Cataluña

Se advierte en estas tierras encumbradas una tendencia general a  permanecer “al margen de las grandes corrientes civilizadoras, que discurren lentamente, pasando de largo” ante su presencia. “Capaces de extenderse ampliamente en sentido horizontal, estas corrientes parecen impotentes para ascender en sentido vertical ante un obstáculo de varios centenares de metros de altura”. Ni la misma Roma y su civilización triunfante significa mucho para estos mundos encaramados, reacios a dejarse impregnar con la corriente histórica imperante en la llanura.  La cultura latina, salvo excepciones, no se atreve a penetrar en tales parajes. Una situación que no se altera sustancialmente cuando la Roma de los Césares se muda en la de San Pedro y de los papas. Sólo con muchas dificultades y con mucha perseverancia puede avanzar el cristianismo en la tarea de evangelizar a los indómitos pastores y campesinos, la cual está todavía pendiente en el siglo XVI. En el Mediterráneo conquistado por el Islam, advierte Fernand Braudel, sucede algo parecido. De los bereberes del norte de África o de los kurdos del Asia Menor difícilmente podría decirse, aún hoy día, que hayan sido ganados del todo por la fe de Mahoma.

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Paisaje de Luberón

En otros sitios la montaña representa una zona de disidencia religiosa. Recordemos lo ya dicho acerca de la sierra de Bernia o de la sierra Nevada granadina. Algo parecido ocurre en Aragón. Cuando la llanura ha sido ya consolidada para el cristanismo, la fe y la cultura musulmana encuentran en las estribaciones montañosas la manera de susbsistir de alguna manera. Por otro lado, los esmirriados restos de los cátaros y de los valdenses perseguidos y exterminados de manera tan violenta durante la cruzada antihéretica del siglo XIII, encuentran refugio en el Luberón provenzal.

Hilos muy tenues suelen unir a las montañas con las creencias dominantes. La civilización se instala con dificultades en las alturas.Tiene en ellas un valor poco seguro. Confirma Braudel estas afirmaciones con varios ejemplos, demostrativos todos ellos del desajuste y del extraordinario rezagamiento de la vida montañesa, tanto en lo espiritual como en los demás aspectos de la civilización.

No es de extrañar que el folklore de estas comarcas este impregnado de una credulidad del todo primitiva, muy relacionada con la magia y la superstición que propician toda suerte de supercherías. “Extensas y virulentas epidemias diabólicas se extienden de un extremo a otro entre las aniguas poblaciones europeas, aterrándolas, sobre todo en las zonas altas, cuyo aislamiento las mantiene en estadios muy primitivos. Brujos, hechiceros, prácticas mágicas, misas negras: floración de un antiguo subconsciente cultural del que la civilización de Occidente no consigue liberarse”.

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Monte Brocken en el Harz

Montañas mágicas las hay por todas partes, de Alemania y Francia a los Alpes y a los Pirineos. El aquelarre es una forma misteriosa de catarsis, y también “una compensación social y cultural, revolución mental a falta de una revolución social llevada adelante con coherencia”.  La lectura de Braudel me recuerda en este punto la escena de la primera parte del Fausto en que Mefistófeles conduce a su víctima al monte Brocken, en las alturas Harz, para participar en el desenfreno de la Noche de Walpurgis.  En esta parte de su obra Goethe ha recreado de alguna manera esa realidad recargada de seres diabólicos, que impera sobre todo, aunque no exclusivamente, en las comarcas elevadas de una Europa no  lejana del bajo medioevo.

“El diablo recorre todos los caminos de Europa en el momento en que el siglo XVI toca a su fin, y más todavía durante las primeras décadas del siglo siguiente. Y parece que se adentra en España a través de los elevados pasos de los Pirineos. En Navarra, en 1611, la Inquisición castiga con severidad a una secta de más de 12.000 adeptos, los cuales adoran al diablo, le levantan altares y tienen trato familiar con él“.

© Lino Althaner

Erasmo en España

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En nuestro intento por visualizar el ambiente espiritual que se vive en Europa a comienzos del siglo XVI, me he topado con el monumental estudio de Marcel Bataillon sobre el erasmismo en España. Por esa vía he llegado a incursionar en las vicisitudes de un libro de Erasmo de Rotterdam en particular, el Enchiridio militis christiani o Manual del caballero cristiano, que según ya veremos, va a tener en el ámbito hispánico una gran acogida. Escudriño así, de alguna forma, lo que Fernand Braudel llamaría la historia social de la época, que rebosa entonces de la agitación propia de una poderosa corriente que se impone a los individuos y que es manifestación del espíritu del tiempo en el devenir de los pueblos.

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Erasmo de Rotterdam (1466-1536), por Hans Holbein

En España, como en el resto de los países de Europa, la sociedad arde en inquietudes intelectuales y espirituales, que parecen ser producto de una suerte de incongruencia, la que se da entre el modelo imperante de religiosidad, que empieza a aparecer como impuesto totalitariamente, y la mentalidad renacentista que va imponiéndose progresivamente. Es así cada vez más patente el contraste entre aquel modelo y las ansias humanistas de plenitud, de libertad y de belleza. El libro de Erasmo no puede ser más oportuno, pues calza a la perfección con tales inquietudes.

La idea de escribir esta obra había surgido en la mente de Erasmo cuando, luego de un periodo para él desilusionante de vida monacal, se pone en contacto con la ilustración de un círculo muy destacado de intelectuales, para intercambiar ideas acerca del momento espiritual y temporal que Europa experimenta, y arribar luego con ellos a la convicción de que es necesario renovar profundamente la religiosidad imperante. Se impone en tal ambiente el consenso de que es preciso  transformar esa espiritualidad, pues ha sido eclesiásticamente conducida por las vías del dogmatismo, la superstición y la pura exterioridad de un minucioso ritualismo. Es preciso sanarla de la desnaturalización que ha experimentado para volverla experiencia auténtica del cristianismo eterno como expresión de vida interior y de consecuencia entre obras y fe. Producto de la consiguiente reflexión, planifica entonces el libro y se pone a escribirlo.

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Portada del original en latín

Erasmo quiere recordarle a los cristianos la esencia de su religión, a través de una serie de postulados que asumen la forma de lo que él denomina una philosophia Christi, esto es una doctrina que enfatiza las exigencias de conocimiento de sí mismo que pesan sobre todo cristiano, las cuales, paralelas al contacto con la palabra y el ejemplo de Jesús de Nazaret, deben mover su alma hacia Dios. La efectividad de tal doctrina deriva, a juicio de Erasmo de Rotterdam, de la capacidad que tiene para transformar al que la profesa  en un caballero cubierto con una invulnerable armadura, resplandeciente de fuerza y de fe, que cabalga con la visera levantada sin temer a la Muerte ni al Diablo que lo acosan. Tal como el caballero que magistralmente ha concebido el arte de Durero.

Grande es el revuelo que produce en toda Europa el original en latín, lo que es natural en una obra que es un muy explícito manifiesto contra la religiosidad y la institucionalidad religiosa imperante. Se impone por lo tanto la traducción a las principales lenguas modernas, con el objeto de hacerlo accesible a círculos más amplios de lectores. Ello ocurre a partir de 1518. Ve la luz el Manual en España en 1524. El éxito del Manual supera todo pronóstico optimista. Ningún libro lo había tenido semejante, nos dice Bataillon,  desde la introducción de la imprenta en España.

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Portada de una edición española

Ya lo he sugerido. Sucede que al esbozar en el Enchiridion una doctrina cristiana fundamentada más en la palabra misma de Jesús de Nazaret que en las elaboraciones de la teología escolástica, a la sazón bastante venida a menos, o en el dogma definido por la Iglesia, a veces sin fundamento alguno en los evangelios,  Erasmo sintoniza a la perfección con los deseos de la mayoría de los españoles de la época. Lo mismo ocurre cuando se rebela contra de las prebendas, los abusos  y el decaimiento moral del clero de su tiempo.

Dicha sintonía se produce, por lo demás, en todos los ámbitos de esa sociedad. Nada mejor tal vez para probarlo que la defensa y el patrocinio oficial que el libro recibe, frente a quienes lo tachan de herético, de parte de la autoridad política y religiosa. La introducción del Manual del Caballero Cristiano deja constancia, en efecto, de haber sido “visto y aprobado por el muy Ilustre y Reverendísimo Señor Don Alonso Manrique, Arzobispo de Sevilla, Inquisidor General en estos reinos, y por los señores de su consejo”, y salido a la luz “con privilegio imperial”.

Pero tal benévola realidad no iba a durar demasiado, ni para los libros de Erasmo, ni para el erasmismo en general, ni menos para los iluminados ansiosos de una espiritualidad de nuevo cuño. El elemento que hace cambiar las cosas se llama Lutero, que es también producto de la convulsa realidad del momento europeo, y cuyos planteamientos, no carentes a veces de fundamento, se agudizan hasta el extremo de conducir al cisma de la Iglesia cristiana. Consecuencia de tal radicalización sería la de los puntos de vista de la institución eclesiástica, que se traducirían en un recrudecimiento de la actividad inquisitorial, con sus procesos implacables, sus cazas de brujas y de herejes, sus censuras absurdas y sus oscuras prisiones, sus hogueras inhumanas.

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El Caballero, el Diablo y la Muerte, por Durero

Así las cosas, los libros de Erasmo terminarían siendo prohibidos y perseguidos sus partidarios. Peor sería la suerte de los acusados de iluminismo: muchos de ellos tienen que huir para escapar a la prisión o a la muerte. Sobre ello seguiremos conversando.

© Lino Althaner

El punto Omega de la evolución

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Impulsados por el amor,
los fragmentos del mundo se buscan mutuamente,
de manera que el mundo pueda llegar a ser.
 Pierre Teilhard de Chardin

… os habéis revestido del hombre nuevo,
que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto,
según la imagen de su Creador …
Col 3, 10

 

En medio de la inmensidad del universo misterioso, en el centro mismo de la contradicción permanente que palpita en la condición humana, extremada en la tensión entre sus bestiales imperfecciones y sus magníficas potencias, nada nos es más natural que plantearnos la pregunta acerca del fin de la existencia que nos ha sido regalada.

La ciencia y la religión no siempre se han esforzado por hacer confluir sus puntos de vista sobre una realidad tan alucinante y enigmática, lo que ha sido negativo para ambas y frustrante para una humanidad que debe conformarse con visiones parciales y a veces contradictorias sobre el origen, el desarrollo y el futuro del cosmos, de la vida y del hombre, cuando de lo que de verdad está sedienta es de un panorama integral conciliador. Particularmente interesante en este sentido es la propuesta formulada por el geólogo y paleontólogo Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955), sacerdote jesuita.

Según Teilhard el universo se explica en términos de una transformación evolutiva que se inicia con la extrema simplicidad derivando hacia estructuras crecientemente complejas, en un proceso que da origen a la materia y al cosmos, a las especies  de la vida vegetal y animal, y más adelante al hombre consciente y pensante.  En esto se ajusta plenamente a las modernas teorías científicas. Pero la evoluteilhardción no es un proceso que sólo sea producto del azar. Lo anima una potencia superior, la cual hace posible su creciente diversificación y su maravillosa complejidad,  que llega a un momento decisivo con la aparición del hombre y el desarrollo progresivo de su mente y de su conciencia, que continúan creciendo en finura y profundidad, hasta convertirse en lo que ya hoy día podemos atisbar como el surgimiento de un alma, de una mente de la entera Humanidad y de una conciencia planetaria. Es que la misma potencia que ha llevado al universo a su expansión y a su multiplicidad, lo hace converger hacia una totalidad unitaria que es pleromática consumación. Tal es la base de la teoría del ilustre científico y místico francés.

Recapitulo: se impone a la observación una ley según la cual la trama cósmica, crecientemente compleja, se enrolla cada vez más estrechamente sobre sí misma, siguiendo un proceso de organización medido tanto por una creciente complejidad de las estructuras físicas y de las formas de vida, como también y sobre todo por un progresivo refinamiento de la potencia psíquica, que tiene un momento muy significativo en la mente del Hombre reflexivo, es decir, de aquel que a través de la introspección y del ejercicio espiritual ha llegado a ser capaz de concebirse a sí mismo, más que como un simple individuo, como parte de un todo destinado a realizarse en una armonía y una plenitud que son totalidad y unidad. Ahora bien, para que ello sea posible es preciso que, por encima del Hombre individual, la convergencia cósmica se manifieste también como fenómeno social y psicológico en la Humanidad inmersa en un colectivo proceso de reflexión, previo a la consumación en un centro trascendente de unificación, que es lo que Teilhard denomina el punto Omega.

La creación tiene un un punto Alfa (Α), que corresponde al principio -míticamente simplificado en el Génesis-, un desarrollo progresivo, y un punto Omega (), equivalente a la consumación final, alegóricamente expuesta en el Apocalipsis de Juan. De este libro, nada más apropiado que recordar las palabras de Jesucristo en su capítulo primero: Yo soy el A y la Ω, el Primero y el Último, el que es, que era y que ha de venir, el Todopoderoso (Apoc 1, 8.17).   La potencia creadora y reveladora de Cristo, que existe con anterioridad a todo (Col 1), opera al comienzo de los tiempos, ilumina a la creación entera atrayéndola hacia la plenitud, que alcanza su realización en la parusía, el advenimiento glorioso merced al cual el cosmos entero y la Humanidad alcanzan su plenitud unitaria en el mismo Mesías y con él en Dios.

Por cierto, Teilhard asocia tanto el punto A con el Ω con Cristo-Universal de la Revelación. Él es también la presencia permanente que impulsa al universo hacia su momento culminante. En su manifestación reflexiva sobre la conciencia humanaLa evolución entera, al verse llamada a un proceso de unión (de comunión) con Dios, se vuelve integralmente amante y amable en lo más íntimo y lo más terminal de nuestro desarrollo.En su manifestación reflexiva sobre la conciencia humana es la influencia de la gracia divina que conduce al ser humano a la redención.

El pensamiento de Teilhard no ha dejado de seducirme desde aquellos lejanos tiempos universitarios en que por primera vez llegó a mis manos El fenómeno humano, que como las demás obras de este autor, no contaba precisamente con el beneplácito del Santo Oficio romano. En próximos artículos allegaré antecedentes y puntos de vista adicionales con el objeto de profundizar en los fundamentos científicos de su teoría como también en su eventual disconformidad -que por ahora no advierto- con la revelación cristiana. Habría que decir que para fundamentar la ortodoxia de la visión de Teilhard, se han invocado diversos pasajes de las epístolas paulinas, los cuales parecen ciertamente iluminadores de la cuestión.

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El que sigue, por ejemplo:

Él (Jesucristo) es imagen de Dios invisible,
Primogénito de toda la creación,
porque en él fueron hechas todas las cosas,
 en los cielos y en la tierra,
las visibles y las invisibles,
tronos, dominaciones, principados, potestades:
todo fue creado por él y para él,
él existe con anterioridad a todo,
y todo tiene en él su consistencia.
Él es el Principio,
el Primogénito de entre los muertos,
para que sea él el primero en todo,
pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud,
y reconciliar por él y para él todas las cosas,
pacificando mediante la sangre de su cruz,
los seres de la tierra y de los cielos.

Col 1, 15-20

(Dios) nos ha dado a conocer el misterio de su voluntad
según el benévolo designio
que en él (esto es, en Cristo) se propuso de antemano,
para realizarlo en la plenitud de los tiempos:
hacer que todo tenga a Cristo por cabeza,
lo que está en los cielos y lo que está en la tierra
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Ef 1, 9-10

© Lino Althaner
2015

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Debe nacer en tí

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Si Cristo naciere mil veces en Belén,
y no en ti, seguirás perdido eternamente.”

(Wird Christus tausendmal in Betlehem geboren,/ und nicht in dir, du bleibst noch ewiglich verloren (1.61).

 

Filippo Lippi

Filippo Lippi


¡Oíd el milagro! Cristo es el cordero y también el pastor,

cuando Dios nace hombre en mi alma.

(Hört Wunder! Christus ist das Lamb und auch der Hirt,/ Wenn Gott in meiner Seel’ ein Mensch geboren wird (1,101).

 

Georges de la Tour

Georges de La Tour


¡De qué me sirve Gabriel, que saludes a María

si no tienes el mismo mensaje para mí!

(Was hilft michs Gabriel, dass du Mariam grüsst,/ Wenn du nicht auch bei mir derselbe Botte bist. (2,102).

Angelus Silesius, Cherubinischer Wandersman, El peregrino querubínico, 

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For unto us a Child is born,/ unto us a Son is given,/ and the government shall be upon his shoulder;/ and his name shall be called Wonderful,/ Counsellor, the Mighty God,/ the Everlasting Father, the Prince of Peace.


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Porque un niño nos ha nacido,

nos ha sido dado un hijo,
que tiene sobre su hombro el señorío
y llevará por nombre
maravilloso consejero, Dios fuerte,
Padre sempiterno, Príncipe de la paz.

(Isaías, 9,6)

 

© Lino Althaner
2014

Un villancico de Lope de Vega (reedición)

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Algo de lo más importante está por ocurrir. Lo vamos a celebrar. Tal vez conmemoraremos con una cena en familia, unos bellos ornamentos apropiados para la ocasión, un pino emperifollado o, mejor, un pesebre con el Niño, María y José, ángeles, pastores, magos venidos de oriente. Muchos animalitos que observan el acontecimento del nacimiento del Salvador. Quizás una música apropiada para la ocasión. Yo elegiría probablemente el hermoso concierto fatto per la notte di Natale, de Arcangelo Corelli (1653-1713). Si le tomaramos el peso a lo que todo ello representa, sería verdaderamente una enormidad. Si estuviéramos plenamente conscientes de lo que este Nacimiento significa, tendríamos motivos para exultar de gozo de manera indefinida. Sobre ello tendríamos que meditar.

B.E. Murillo – Virgen y Niño – wikipaintings.org


Pero sucede algo todavía más significativo. Para ello, claro, tendremos que preparar un rincón muy humilde en nuestros corazones y allí disponer un pesebre. Entonces sí que ocurrirá un portento. No la sola celebración y conmemoración sino un hecho actual: nacerá el Niño Dios en el sancta sanctorum de nuestra intimidad. Al centro del amor y de la paz que le hemos preparado, allí él se instalará y no más lo podremos olvidar.

Pero habremos de mantener una rigurosa disciplina, si queremos que permanezca a nuestro lado. No molestarlo con el ruido, con las disputas, con las pequeñeces que suelen hacer nuestro diario quebranto. Si estamos seguros de que está con nosotros ¿no seremos capaces de mantener la calma, de sosegar la ira, de avivar la llama del amor?

En el siguiente villancico, Lope de Vega (1562-1635) les pide a los ángeles que sujeten las ramas de las palmas de Belén, conmovidas por el viento, para que el Niño pueda dormir en su paz. Es la paz que tendremos que imponer a nuestras inquietudes y nuestros reclamos, al ruido sin sentido que se enseñorea de pronto de nosotros, hasta hacernos parecer enajenados. Si queremos no olvidarlo. Como los ángeles, aquietemos las palmas.


Pues andáis en las palmas,

ángeles santos,
que se duerme mi Niño,
tened los ramos.

Palmas de Belén
que mueven airados
los furiosos vientos
que suenan tanto;
no le hagáis ruido,
corred más paso.
Que se duerme mi Niño,
tened los ramos.

El Niño divino
que está cansado
de llorar en la tierra
por su descanso,
sosegaros quiere un poco
del tierno llanto.
Que se duerme mi Niño,
tened los ramos.

Rigurosos hielos
le están cercando;
ya veis que no tengo
con qué guardarlo.
Ángeles divinos
que vais volando,
que se duerme mi Niño,
tened los ramos.


Este villancico lo conozco en tres versiones musicalizadas. Una es la española, flamenca, que interpretada por el cantante español Fernando Terremoto, suena muy emotiva y auténtica. Hermosa versión.

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La segunda es de  la madurez de Johannes Brahms (1833-1897), una obra maestra (opus 91, número 2) de este músico, basada en una adaptación de Lope por el poeta alemán Emanuel von Geibel. La versión que adjunto la interpreta la soprano estadounidense Jessye Norman.

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(Die ihr schwebet/ Um diese Palmen/ In Nacht und Wind,/ Ihr heilgen Engel,/ Stillet die Wipfel!/ Es schlummert mein Kind.// Ihr Palmen von Bethlehem/ Im Windesbrausen,/ Wie mögt ihr heute/ So zornig sausen!/ O rauscht nicht also!/ Schweiget, neiget/ Euch leis und lind;/ Stillet die Wipfel!/ Es schlummert mein Kind.//Der Himmelsknabe/ Duldet Beschwerde,/ Ach, wie so müd er ward/ Vom Leid der Erde./ Ach nun im Schlaf ihm/ Leise gesänftigt/ Die Qual zerrinnt,/ Stillet die Wipfel!/ Es schlummert mein Kind.// Grimmige Kälte/ Sauset hernieder,/ Womit nur deck ich/ Des Kindleins Glieder!/ O all ihr Engel,/ Die ihr geflügelt/ Wandelt im Wind,/ Stillet die Wipfel!/ Es schlummert mein Kind).

La tercera es la del músico austríaco de origen esloveno Hugo Wolf (1860-1903), basada también en el texto de Emanuel von Geibel. Aquí la interpreta la gran cantante alemana Elisabeth Schwarzkopf.

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Si no olvidamos a Corelli y a tantos otros músicos, muchos de ellos anónimos, que han creado música bella para la Navidad, tendremos desde ya la posibilidad de crear un ambiente sonoro propicio para celebrar a Jesús que vuelve a nacer en nuestros hogares y en nuestros corazones. Sin petardos ni gritos ni otras estridencias. Para protegerlo de los metafóricos hielos, que lo están cercando, que sirvan las bellas melodías navideñas y el fuego de nuestro amor.

Está entrada la he editado varias veces: la primera vez fue a fines de 2011. He debido hacerlo para poner de manifiesto los avances tecnológicos del blog, que ahora acepta los videos, y también para incluir el nuevo material concerniente a este villancico de Lope, que he ido descubriendo. En esta ocasión incorporé el video de Elisabeth Schwarzkopf interpretando la música de Hugo Wolf.

© Lino Althaner
2014

Y brotará una rosa…

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Ha brotado una rosa,

de una tierna raíz.
Decían los ancianos
que venía de Jesse.
Y surgió este capullo
en medio del invierno
justo a la medianoche.

De esta florecilla
profetizó Isaías.
Por la Virgen María,
por ella nos llegó.
Sin perder su pureza
dio ella a luz un niño
cuando Dios lo ordenó.

Jesús, mientras sigamos
en este triste valle
que tu guía nos lleve
a la eterna morada. 
Que en el reino del Padre
por siempre te alabemos 
permítenos, oh Dios.

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Es ist ein’ Ros’ entsprungen,

aus einer Wurzel zart.
Als uns die Alten sungen,
von Jesse war die Art.
Und hat ein Blüm’lein ‘bracht;
mitten im kalten Winter,
wohl zu der halben Nacht.

Das Röslein, das ich meine,
davon Jesaia sagt,
hat uns gebracht alleine
Marie die reine Magd.
Aus Gottes ew’gem Rat,
hat sie ein Kind geboren,
welches uns selig macht.

O Jesu, bis zum scheiden
aus diesem Jammertal
lass dein Hilf uns geleiten
hin in den Freudensaal.
In deines Vaters Reich
Da wir Dich ewig loben.
O Gott, uns das verleih.

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Cantoral de Speyer

Cantoral de Speyer


Esta canción navideña, una de las más hermosas que conozco, fue compuesta en el siglo XVI. Aparece ya en el Cantoral de Speyer, impreso en Colonia en 1599. Fue luego armonizada por Michael Praetorius (1571-1621) en 1609, alcanzando así la forma en que hoy día se la conoce. La letra, que tiene muchas variantes, es de autor desconocido.  Es cantada tanto en la liturgia católica como en la protestante. 

La versión que arriba presente es de The King’s Singers (Los cantores del Rey), un conjunto inglés merecedor de su nombre. Enseguida adjunto la del Ensemble Amarcord, con sede en Leipzig.

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La melodía fue usada por Johannes Brahms (1833-1897) como base para su preludio coral para órgano, transcrito luego para orquesta por Erich Leinsdorf. También por Hugo Distler (1908-1942) en su oratorio Die Weinachtsgeschichte (La historia de Navidad), y por el músico sueco Jan Sandström (1954) para una composición para dos coros a capella. 

© Lino Althaner
2014

Sugerencias para Navidad

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Comenzamos diciembre, el mejor mes del año.

Lo que en diciembre se celebra, su sentido, cada vez se nos vuelve menos claro. Prontos estamos, en cambio, para morder el anzuelo que nos tienden los comerciantes, que ya desde fines de octubre comienzan a preparar su propia celebración a costa nuestra. Cosa que hacen con gran generosidad, abriendo ampliamente las puertas al consumo y al endeudamiento (¡miel sobre hojuelas!), al pago diferido (mientras más diferido, más suculento para el comerciante y más oneroso y usurario para su cliente).

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Albrecht Durer – Cervus lucanus (wikipaintings.org)


Bueno, la verdad es que los comerciantes no celebran la gran fiesta del mes de diciembre. Lo de ellos es más bien una gran contracelebración, que repetida año tras año, ha terminado por hacer que nos olvidemos de la verdadera fiesta. Ella no es la llegada del Viejo Pascuero ni el pino iluminado por ampolletitas intermitentes, rodeado de regalos con que engañamos a los niños y nos hacemos lesos a nosotros mismos. No es esta la fiesta de la competencia y de la ostentación, éste no es un evento farandulero. Es esta la fiesta del Nacimiento, del Renacimiento, de la Redención. Es la fiesta del tiempo que se renueva, que algún día se renovará completamente. Es por ello propicio que se halle tan cercana al Año Nuevo. 

Si celebramoas, hagámoslo como es debido. Celebremos con sentido. Sabiendo lo que estamos celebrando. Tratando de recuperar esta fiesta para nosotros, arrebatándola de las manos de quienes la han disminuido y desnaturalizado,  y multiplicado para su intereses. No es esta la fiesta del mercado, no es la fiesta del comercio, de los bancos, de los supermercados. Es esta la fiesta del hombre, del niño, es esta la gran fiesta de la familia, que es el lugar en que se encuentran el hombre, la mujer, el niño y el anciano, que debieran juntarse especialmente en esta ocasión, para recordar y festejar lo que se celebra de verdad.

No es este el mes de las urgencias. Aunque a veces parece que lo fuera. En el ciego afán de cumplir con los roles que el mercado liberal nos ha asignado, corremos como nunca este mes. Como consecuencia de lo cual aumentan los tropezones, los pisotones, los codazos y los choques. Aumentan los clientes de las postas de urgencia y de la morgue. Crece el descontrol, la agresividad, está la ira a flor de piel. El entorno presiona a las personas hasta lo insoportable, obligándolas a comportarse contrariando su naturaleza. Urgiéndose sin sentido plausible. Ocurre mucho en diciembre. Aumentan los síntomas de enfermedades que aparecen porque es demasiada la presión: delirios, alucinaciones, manías (las típicas “enfermedades de la cabeza” de Kant) y nuestras conocidas depresiones. En este mes de diciembre, en que celebramos al Hombre que nace, tengámonos respeto, acordémonos que somos nada menos que hijos de Dios. Este no es el mes del ajetreo y de la prisa, sino el del retiro, la meditación y la calma, la paz. Así me lo enseñaron quienes sabían lo que en ese ambiente había que festejar.

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Albrecht Durer – Joven liebre (wikipaintings.org)


El espíritu profundo de este mes nos dice, en cambio, que no nos apuremos. O que nos apuremos sin prisa. Festina lente reza el lema.  Caminad lentamente si queréis llegar más pronto a un trabajo bien hecho. Una vez más se los recuerdo, pues resulta especialmente válido para el mes de Navidad. El oro del mundo, que nos llega a raudales este mes, se pierde en la prisa.

Rainer Maria Rilke, el poeta bohemio, comenta sobre el particular en sus Sonetos de Orfeo (XXII):

Wir sind die Treibenden.
Aber den Schritt der Zeit,
nehmt ihn als Kleinigkeit
im immer Bleibenden.

Alles das Eilende
wird schon vorüber sein;
denn das Verweilende
erst weiht uns ein.

Knaben, o werft den Mut
nicht in die Schnelligkeit,
nicht in den Flugversuch.

Alles ist ausgeruht:
Dunkel und Helligkeit,
Blume und Buch.

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Albrecht Durer – Retrato de un joven (wikipaintings.org)


Lo que en español debería sonar más o menos así:


Somos hombres inquietos.

Pero el paso del tiempo
no es  más que pequeñez
en lo eternamente perdurable.

Todo lo que apremia
pronto habrá pasado;
pues sólo es capaz de consagrarnos
lo que permanece.

Oh, no pongáis, muchachos,
el valor en la urgencia
ni en el querer volar.

Está todo en reposo:
la sombra y también la claridad,
la escritura y la flor.


Para finalizar esta entrega, resumo estas pequeñas sugerencias para el mes de diciembre:

no agitarse comprando,
no endeudarse,
no participar en la competencia que el mercado nos impone,
no hacer ostentación,
no dejarse llevar por la urgencia .

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Albrecht Durer – Manos en oración (wikipaintings.org)


y todo posponerlo para acordarse de lo que hay que celebrar.

Para ponerse en sintonía con la fiesta, que sirva este concierto de Arcangello Corelli, fatto per la notte di Natale. La pastoral maravillosa con que termina, ¡qué manera de impregnarnos del espíritu de la Navidad!
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Esta entrada es reedición de una anterior.

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© Lino Althaner
2014

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