Las montañas del Mediterráneo (3)

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Según Fernand Braudel la historia del mundo mediterráneo comenzaría en la montaña. La montaña es sobre todo la tierra de los pastores. La civilización mediterránea no ha sido capaz de encubrir y disimular sus elementos pastoriles y cazadores, trashumantes, que son propios de las primeras etapas de la historia. El autor de El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II los vincula predominantemente con la vida que se desarrolla en las regiones altas del espacio que es objeto de su estudio. Esas regiones montañosas serán aquí, en primer lugar, el objeto del poblamiento, explotación y organización humanas.

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Bandujo, Asturias

¿Cuáles son los factores que influyen en tal acontecer? Destaca Braudel la fama de las llanuras como “reino de las aguas estancadas y de la malaria” y ámbito de los ríos cuyos cursos inciertos no han sido aún regulados por obra humana alguna. Sólo de manera más bien lenta y mediando muchos padecimientos esas “tierras bajas febriles, brillantes de aguas muertas”, incubadoras de la peste, han podido ser disciplinadas, y saneadas las comarcas aledañas, posibilitando poco a poco el poblamiento de las mismas.

Hechos. En Provenza. Una mirada investigadora sobre los establecimientos prehistóricos del Bajo Ródano, permitirá advertir que todos los centros reconocidos aparecen situados en las altas regiones calcáreas que dominan la depresión del Delta. Miles de años después, tan solo en el siglo en el siglo XV se da inicio a las labores de saneamiento de las marismas.

En Portugal. No hay constancia de depósitos prehistóricos en las cuencas ni en los valles, mientras que las montañas aparecen pobladas desde la Edad del Bronce, consecuencia de lo cual es una remotísima deforestación de las alturas, que hace lugar a la presencia humana y sus requerimientos de sustento. Las localidades más antiguas que se conocen, de la época de los reyes asturoleoneses (siglos X y XI), están ubicadas en tierras encumbradas.

Toscana, Sorano

Toscana, Sorano

En Toscana, en el mismo corazón del mundo Mediterráneo: “Región de estrechas llanuras, naturalmente pantanosas, cortadas por valles encajonados entre las colinas que se elevan más y más a medida que vamos hacia el este y hacia el sur; y, en él las ciudades. ¿Dónde encontramos las primeras, las más antiguas de todas? Exactamente en el último piso, sobre las pendientes medias, hoy cubiertas de viñedos y olivares. Allí se alzaban las ciudades etruscas, las oppida, escalonadas a muchos centenares de metros sobre los valles, colgadas sobre las colinas. En cambio, Pisa, Luca y Florencia, ciudades de la llanura, adquieren rango tardíamente en la época romana”.

La amenaza de los pantanos que rodean Florencia no es ninguna broma, persistirá durante mucho tiempo, siendo posible observar de pronto peligrosas subidas de nivel de las aguas perniciosas. En el siglo XVI, todavía no se encontraban del todo saneadas las bajas tierras toscanas. “Las fiebres se extienden en las marismas, en la llanura triguera de Grossetto, donde todos los esfuerzos de la política de los Médicis… no llegaron a desarrollar el cultivo intensivo del trigo necesario para la gran exportación”.

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Asturias, Covadonga

Por lo tanto, hablar en el Mediterráneo de tierras viejas sería tanto como hablar de alturas mientras que si se dice de llanuras habría que entender que se habla de tierras nuevas. Quien desee comprender la vida mediterránea, concluye en esta parte Fernand Braudel, “debe encuadrarla dentro del marco de esta antítesis: sólo ella le da su sentido histórico y humano”..

Un motivo más para no dejarse engañar, entendiendo en términos demasiado unilaterales la afirmación de que la montaña es adusta. Lo es ciertamente. Por el clima, por las dificultades inherentes a la comunicación y a la disponibilidad de recursos, por el mayor esfuerzo que es preciso hacer para arrancarle en ella los frutos a la tierra. Es verdad también que a veces es elegida como guarida de bandoleros, compañía no deseada para los habitantes de las encumbradas villas.

Pero ella tiene también su faz acogedora, que se muestra, según se ha visto, en la historia primitiva de las tierras aledañas al mar Mediterráneo, cuando el hombre busca ante todo el lugar seguro y saludable necesario para asentar una cultura duradera. A mayor abundamiento, ya se ha visto como también ampara al habitante de las tierras bajas en los tiempos difíciles en que su paz y su libertad son amagadas precisamente por el bandolerismo cuando este se impone en la llanura, si no por la tiranía del gobernante, por la rapiña del conquistador foráneo o por la peste desatada.

La montaña del mundo mediterráneo, símbolo de civilización naciente. Símbolo de rigor y de esfuerzo. Símbolo de autonomía y de libertad.

© Lino Althaner

Las montañas del Mediterráneo (2)

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Las montañas han solido ser tenidas como los barrios pobres del Mediterráneo. Sin embargo, esto es relativo. Advierte Fernand Braudel que en el siglo XVI había también lugares pobrísimos en comarcas no montañosas: tales las estepas de Aragón o las marismas pontinas del Lacio; pero tampoco faltaban en las serranías los sectores bastante favorecidos por la  naturaleza: por ejemplo, los valles situados en las alturas de los Pirineos. Las lluvias abundantes son, en las alturas, un factor de riqueza. Allí suelen abundar, por lo tanto, las tierras verdegueantes, dotadas de jugosos pastos y de espesos bosques. En otros sectores, la fortuna montañesa la hacen los recursos minerales del subsuelo.

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Pirineo aragonés 

Hay casos extremos, es cierto, de aridez y de pobreza. Fernand Braudel menciona algunos: el de la desolación que puede comprobar el embajador de Venecia cuando atraviesa la Alta Calabria en 1572 para reunirse en Sicilia con don Juan de Austria, el ilustre hermano de Felipe II; o del desamparo que se impone en la sierra Morena o en las sierras de Espadán; recuerda el paisaje abrupto de la Sierra de Bernia, en la cordillera Bética, que la hacía propicia a convertirse en centro de levantamientos moriscos como el ocurrido en 1526, con bastante anticipación a la rebelión y posterior guerra de las Alpujarras; y también se refiere a la inhospitalidad de los montes del interior de Sicilia. Casos semejantes podrían mencionarse unos cuantos más, de montañas estériles y hostiles incluso a la vida pastoril. Señala, sin embargo, el historiador francés, que no serían la regla general.

Se ha dicho que mientras la llanura es la zona en que prosperan las poblaciones de tipo urbano, la montaña sería la comarca del hábitat disperso y de las pequeñas aldeas. Afirmación que tampoco es válida sino de manera relativa. Hay ocasiones en que la llanura, como consecuencia de la agresión del invasor, del pirata o de la peste, se ve amenazada de saqueo, de devastación o de mortandad, se vuelve insegura. Entonces, qué le queda al habitante de la planicie sino preparar las maletas para refugiarse en el que ha elegido como su baluarte montañés, difícilmente accesible para el adversario de turno.

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Peillon, en Provenza, a 13 km. de Niza

Una cosa es con todo segura: “tanto si se habita en pequeñas aldeas como en pueblos grandes, la población montañesa resulta, por lo general, insignificante en comparación con los vastos espacios, de difícil tránsito, que la circundan, … y carentes, por tanto, de contactos e intercambios… La montaña se ve forzada a vivir de sí misma en cuanto a lo esencial; debe producirlo todo, como sea: cultivar la vid, el trigo y el olivo, aunque ni el clima ni el suelo sirvan para ello. Sociedad, civilización, economía: todo presenta aquí un carácter acusado de arcaísmo y de pobreza”. Pero también aquí es difícil proclamar una ley absoluta. Para ello bastaría traer a la memoria la cultura artística que florece en los Alpes o la civilización pirenaica, que florece por ejemplo en la forma de la vigorosa arquitectura románica que allí nace en los siglos XI y XII.

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San Clemente de Tahull, en el valle de Bohí, Cataluña

Se advierte en estas tierras encumbradas una tendencia general a  permanecer “al margen de las grandes corrientes civilizadoras, que discurren lentamente, pasando de largo” ante su presencia. “Capaces de extenderse ampliamente en sentido horizontal, estas corrientes parecen impotentes para ascender en sentido vertical ante un obstáculo de varios centenares de metros de altura”. Ni la misma Roma y su civilización triunfante significa mucho para estos mundos encaramados, reacios a dejarse impregnar con la corriente histórica imperante en la llanura.  La cultura latina, salvo excepciones, no se atreve a penetrar en tales parajes. Una situación que no se altera sustancialmente cuando la Roma de los Césares se muda en la de San Pedro y de los papas. Sólo con muchas dificultades y con mucha perseverancia puede avanzar el cristianismo en la tarea de evangelizar a los indómitos pastores y campesinos, la cual está todavía pendiente en el siglo XVI. En el Mediterráneo conquistado por el Islam, advierte Fernand Braudel, sucede algo parecido. De los bereberes del norte de África o de los kurdos del Asia Menor difícilmente podría decirse, aún hoy día, que hayan sido ganados del todo por la fe de Mahoma.

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Paisaje de Luberón

En otros sitios la montaña representa una zona de disidencia religiosa. Recordemos lo ya dicho acerca de la sierra de Bernia o de la sierra Nevada granadina. Algo parecido ocurre en Aragón. Cuando la llanura ha sido ya consolidada para el cristanismo, la fe y la cultura musulmana encuentran en las estribaciones montañosas la manera de susbsistir de alguna manera. Por otro lado, los esmirriados restos de los cátaros y de los valdenses perseguidos y exterminados de manera tan violenta durante la cruzada antihéretica del siglo XIII, encuentran refugio en el Luberón provenzal.

Hilos muy tenues suelen unir a las montañas con las creencias dominantes. La civilización se instala con dificultades en las alturas.Tiene en ellas un valor poco seguro. Confirma Braudel estas afirmaciones con varios ejemplos, demostrativos todos ellos del desajuste y del extraordinario rezagamiento de la vida montañesa, tanto en lo espiritual como en los demás aspectos de la civilización.

No es de extrañar que el folklore de estas comarcas este impregnado de una credulidad del todo primitiva, muy relacionada con la magia y la superstición que propician toda suerte de supercherías. “Extensas y virulentas epidemias diabólicas se extienden de un extremo a otro entre las aniguas poblaciones europeas, aterrándolas, sobre todo en las zonas altas, cuyo aislamiento las mantiene en estadios muy primitivos. Brujos, hechiceros, prácticas mágicas, misas negras: floración de un antiguo subconsciente cultural del que la civilización de Occidente no consigue liberarse”.

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Monte Brocken en el Harz

Montañas mágicas las hay por todas partes, de Alemania y Francia a los Alpes y a los Pirineos. El aquelarre es una forma misteriosa de catarsis, y también “una compensación social y cultural, revolución mental a falta de una revolución social llevada adelante con coherencia”.  La lectura de Braudel me recuerda en este punto la escena de la primera parte del Fausto en que Mefistófeles conduce a su víctima al monte Brocken, en las alturas Harz, para participar en el desenfreno de la Noche de Walpurgis.  En esta parte de su obra Goethe ha recreado de alguna manera esa realidad recargada de seres diabólicos, que impera sobre todo, aunque no exclusivamente, en las comarcas elevadas de una Europa no  lejana del bajo medioevo.

“El diablo recorre todos los caminos de Europa en el momento en que el siglo XVI toca a su fin, y más todavía durante las primeras décadas del siglo siguiente. Y parece que se adentra en España a través de los elevados pasos de los Pirineos. En Navarra, en 1611, la Inquisición castiga con severidad a una secta de más de 12.000 adeptos, los cuales adoran al diablo, le levantan altares y tienen trato familiar con él“.

© Lino Althaner

Las montañas del Mediterráneo (1)

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Las montañas del Mediterráneo. Son casi omnipresentes. Salvo en el sector norafricano y levantino comprendido entre el sur de Túnez y Siria, sus elevaciones dominan el paisaje. Pensemos, con Fernand Braudel como guía, en las cordilleras españolas, en los Pirineos y en los Alpes, en los Alpes dináricos, los Apeninos y el Cáucaso, en las montañas de Anatolia, el Líbano y el Atlas. Es del todo evidente que la tierra que circunda al mar Mediterráneo es mucho más que los paisajes de viñedos y olivares, las zonas urbanizadas y las franjas frondosas: es también “ese otro país alto y macizo; ese mundo erguido, erizado de murallones, con sus extrañas viviendas y sus caseríos”, en el cual “nada recuerda al Mediterráneo clásico y risueño en el que florece el naranjo”.

Su potencia demarcadora y obstaculizadora está allí siempre presente. También su imponente majestad, su fuerza metafísicamente evocadora, su carácter espectacular  que hace las delicias del turista, tanto cuando observa sus moles desde la llanura como cuando capta desde las cimas la belleza del paisaje.

Pero las montañas prefieren las estaciones frías para manifestarse en toda su fuerza, los inviernos que suelen ser cosa de temer en estos ámbitos. Por lo demás, ¿qué viajero de estas tierras -se pregunta el historiador francés- no ha conocido los tremendos aludes de la época invernal, los caminos bloqueados por la nieve, los paisajes siberianos y polares a unos cuantos kilómetros solamente de la costa despejada, los espantosos torbellinos en lugares en los cuales llegan a caer cuatro metros de nieve en una sola noche?

La Sierra Nevada y el palacio de La Alhambra

Las nevadas tardías suelen darse ya bien entrado en verano. Y así, “las nieves perpetuas salpican de manchas blancas la cimas del Mulhacén, mientras a sus pies Granada se asfixia bajo un calor sofocante; se amontonan en el Taigeto, a la vista de la cálida planicie de Esparta; se conservan sin fundirse en los ventisqueros de las montañas libanesas…”

Para dar vida a sus explicaciones concernientes al tiempo geográfico, Braudel las matiza con unas pinceladas de indudable atractivo. Así nos explica, a propósito de las montañas y de cómo ellas hacen especialmente presente la nieve en la zona del Mediterráneo, lo apreciada que era ella en el siglo XVI. El ‘agua de nieve’ se vuelve objeto de un comercio bastante importante, que se extiende desde el levante hasta el poniente. Tenía fama de poseer propiedades reconstituyentes. Ya Saladino la habría dado de beber a Ricardo Corazón de León en tierras levantinas. Y se cuenta que los caballeros de Malta padecían cuando no les llegaba la nieve proveniente de Nápoles, “pues, por lo que parece, sus enfermedades requerían ese ‘remedio soberano’. Como también, que el hijo de Felipe II, el príncipe Carlos -el héroe a la fuerza de Schiller y de Verdi- habría abusado de ella hasta encontrar la muerte en 1568 mientras estaba preso en el palacio real madrileño.

“Tan productiva era la venta de “agua de nieve en Roma que se convirtió en monopolio. En España, se metía la nieve en pozos, donde se conservaba hasta el verano”.

Café Procope (Paris) - Placa conmemorativa

Café Procope-Paris-placa conmemorativa

Se hacen entonces más eficientes los procedimientos para conservar la nieve y el hielo,  lo cual hace que florezca la industria de los sorbetes y los helados. Italia, cuya industria gelatera es hasta hoy día proverbial por su maestría, se lleva la palma en esta materia. Catalina de Médicis habría llevado la moda y las recetas italianas a la corte francesa, con motivo de su matrimonio con Enrique II en 1533, y así no tardarían los helados en adquirir fama en todo el país. Se dice, a propósito, que poco más de un siglo después se habría abierto la primera heladería parisina, el famosísimo -no solamente por sus helados- Café Procope.

Una cara optimista de la montaña, ésta que la muestra induciendo a los hombres a inventar con el producto de las nevadas frutosos sorbetes que refrescan en las horas calurosas y cremas heladas que acarician el olfato y la lengua, y atemperan el ánimo.

Aunque es preciso no olvidarse nunca de la otra cara, más bien adusta, que tienen las montañas.  El siglo XVI no sabe de carreteras o ferrocarriles como los que actualmente permiten a los mercaderes o a los turistas esquivar cómodamente los obstáculos y los peligros que acechan en las alturas. Además, los hombres que habitaba esas regiones no eran exclusivamente pastores. Eran menos civilizados que los hombres de abajo, y no faltaban entre ellos antisociales, los que bogan contra la corriente civilizada, ni tampoco los bandidos.

Estatua de don Pelayo en Covadonga (Asturias)

En memoria de don Pelayo y la batalla de Covadonga

Así, pues, “el viajero, cuando puede, procura sortear los obstáculos, circular, por así decirlo, sin salir del piso bajo, de planicie en planicie, pasando de un valle a otro. Sólo cuando no tiene más remedio se aventura por ciertas sendas escarpadas, por desfiladeros de siniestro nombre. Pero sale de ellos lo antes posible. El viajero se siente, se sentía sobre todo hasta ayer, prisionero de las tierras llanas, de los jardines, del deslumbrante litoral, de la vida abundosa del mar”.

Al viajero le es lícito esquivar las montañas, altas y cercanas. Más no al historiador, que peca a veces en no alejarse de las ciudades y de sus archivos. Pero, se pregunta Fernand Braudel, “cómo es posible que pasen inadvertidos esos grandes y encumbrados actores de la historia, esas montañas pobres, medio salvajes, pero en donde el hombre brota como una planta vivaz, y, al mismo tiempo, sin embargo, semidesiertas, puesto que el hombre siente el impulso de abandonarlas continuamente?” Porque, las montañas tienen aspectos misteriosos y esconden secretos que de pronto revelan su importancia en la historia cultural, en el desarrollo de la espiritualidad, en los afanes por la independencia y por la libertad, en la historia política, para quien desee dilucidarlos. No es admisible, por lo tanto, que el historiador las evite, o se deje engañar por su carácter desértico. Tampoco lo es que razone de forma simplista con respecto a los hombres que allí habitan, como los cretenses, que ya según  Homero, desconfiaban de los salvajes montañeses, ni como Telémaco que evoca el Peloponeso en que le tocó vivir entre mugrientos aldeanos “comedores de bellotas”.

Ya veremos cómo se manifiesta en los ámbitos montañeses una parte no despreciable de la historia trifacética que Braudel estudia  en su “Historia del Mediterráneo y del mundo mediterráneo en la época de Felipe II”.

© Lino Althaner

Erasmo en España

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En nuestro intento por visualizar el ambiente espiritual que se vive en Europa a comienzos del siglo XVI, me he topado con el monumental estudio de Marcel Bataillon sobre el erasmismo en España. Por esa vía he llegado a incursionar en las vicisitudes de un libro de Erasmo de Rotterdam en particular, el Enchiridio militis christiani o Manual del caballero cristiano, que según ya veremos, va a tener en el ámbito hispánico una gran acogida. Escudriño así, de alguna forma, lo que Fernand Braudel llamaría la historia social de la época, que rebosa entonces de la agitación propia de una poderosa corriente que se impone a los individuos y que es manifestación del espíritu del tiempo en el devenir de los pueblos.

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Erasmo de Rotterdam (1466-1536), por Hans Holbein

En España, como en el resto de los países de Europa, la sociedad arde en inquietudes intelectuales y espirituales, que parecen ser producto de una suerte de incongruencia, la que se da entre el modelo imperante de religiosidad, que empieza a aparecer como impuesto totalitariamente, y la mentalidad renacentista que va imponiéndose progresivamente. Es así cada vez más patente el contraste entre aquel modelo y las ansias humanistas de plenitud, de libertad y de belleza. El libro de Erasmo no puede ser más oportuno, pues calza a la perfección con tales inquietudes.

La idea de escribir esta obra había surgido en la mente de Erasmo cuando, luego de un periodo para él desilusionante de vida monacal, se pone en contacto con la ilustración de un círculo muy destacado de intelectuales, para intercambiar ideas acerca del momento espiritual y temporal que Europa experimenta, y arribar luego con ellos a la convicción de que es necesario renovar profundamente la religiosidad imperante. Se impone en tal ambiente el consenso de que es preciso  transformar esa espiritualidad, pues ha sido eclesiásticamente conducida por las vías del dogmatismo, la superstición y la pura exterioridad de un minucioso ritualismo. Es preciso sanarla de la desnaturalización que ha experimentado para volverla experiencia auténtica del cristianismo eterno como expresión de vida interior y de consecuencia entre obras y fe. Producto de la consiguiente reflexión, planifica entonces el libro y se pone a escribirlo.

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Portada del original en latín

Erasmo quiere recordarle a los cristianos la esencia de su religión, a través de una serie de postulados que asumen la forma de lo que él denomina una philosophia Christi, esto es una doctrina que enfatiza las exigencias de conocimiento de sí mismo que pesan sobre todo cristiano, las cuales, paralelas al contacto con la palabra y el ejemplo de Jesús de Nazaret, deben mover su alma hacia Dios. La efectividad de tal doctrina deriva, a juicio de Erasmo de Rotterdam, de la capacidad que tiene para transformar al que la profesa  en un caballero cubierto con una invulnerable armadura, resplandeciente de fuerza y de fe, que cabalga con la visera levantada sin temer a la Muerte ni al Diablo que lo acosan. Tal como el caballero que magistralmente ha concebido el arte de Durero.

Grande es el revuelo que produce en toda Europa el original en latín, lo que es natural en una obra que es un muy explícito manifiesto contra la religiosidad y la institucionalidad religiosa imperante. Se impone por lo tanto la traducción a las principales lenguas modernas, con el objeto de hacerlo accesible a círculos más amplios de lectores. Ello ocurre a partir de 1518. Ve la luz el Manual en España en 1524. El éxito del Manual supera todo pronóstico optimista. Ningún libro lo había tenido semejante, nos dice Bataillon,  desde la introducción de la imprenta en España.

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Portada de una edición española

Ya lo he sugerido. Sucede que al esbozar en el Enchiridion una doctrina cristiana fundamentada más en la palabra misma de Jesús de Nazaret que en las elaboraciones de la teología escolástica, a la sazón bastante venida a menos, o en el dogma definido por la Iglesia, a veces sin fundamento alguno en los evangelios,  Erasmo sintoniza a la perfección con los deseos de la mayoría de los españoles de la época. Lo mismo ocurre cuando se rebela contra de las prebendas, los abusos  y el decaimiento moral del clero de su tiempo.

Dicha sintonía se produce, por lo demás, en todos los ámbitos de esa sociedad. Nada mejor tal vez para probarlo que la defensa y el patrocinio oficial que el libro recibe, frente a quienes lo tachan de herético, de parte de la autoridad política y religiosa. La introducción del Manual del Caballero Cristiano deja constancia, en efecto, de haber sido “visto y aprobado por el muy Ilustre y Reverendísimo Señor Don Alonso Manrique, Arzobispo de Sevilla, Inquisidor General en estos reinos, y por los señores de su consejo”, y salido a la luz “con privilegio imperial”.

Pero tal benévola realidad no iba a durar demasiado, ni para los libros de Erasmo, ni para el erasmismo en general, ni menos para los iluminados ansiosos de una espiritualidad de nuevo cuño. El elemento que hace cambiar las cosas se llama Lutero, que es también producto de la convulsa realidad del momento europeo, y cuyos planteamientos, no carentes a veces de fundamento, se agudizan hasta el extremo de conducir al cisma de la Iglesia cristiana. Consecuencia de tal radicalización sería la de los puntos de vista de la institución eclesiástica, que se traducirían en un recrudecimiento de la actividad inquisitorial, con sus procesos implacables, sus cazas de brujas y de herejes, sus censuras absurdas y sus oscuras prisiones, sus hogueras inhumanas.

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El Caballero, el Diablo y la Muerte, por Durero

Así las cosas, los libros de Erasmo terminarían siendo prohibidos y perseguidos sus partidarios. Peor sería la suerte de los acusados de iluminismo: muchos de ellos tienen que huir para escapar a la prisión o a la muerte. Sobre ello seguiremos conversando.

© Lino Althaner

La formación humanista (H.-G. Gadamer – Verdad y Método 2)

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Lo que hace que las ciencias humanas -llamadas también ciencias del espíritu o simplemente humanidades- sean tales, no se comprende, a juicio de Hans-Georg Gadamer, si se trata de sujetarlas a la estrechez gnoseológica de las ciencias exactas.  Así, es preciso que la tendencia universalista de éstas retroceda frente al carácter de unas disciplinas que persiguen una verdad distinta, no susceptible de alcanzarse por la vía metódica, y que supone otras formas de pensamiento, de expresión y de comprensión.

Ahora bien, en busca de un modelo que refleje en forma fiel lo que es propio del conocimiento de tales disciplinas y se acerque a unos parámetros que sirvan para expresar la idoneidad que requiere la experiencia en ese ámbito, recurre el filósofo alemán al medio cultural humanista, en el cual halla valores que lo orientan en ambas direcciones. Por una parte, en la de entender y explicar la forma en que se despliega el saber y el comprender necesarios para acceder a la verdad en ámbitos específicos de las ciencias humanas, que es por lo demás el objetivo primario de Verdad y Método, pero también, además, en la de pensar en las características ideales del ser humano que pretenda competencia idónea  en disciplinas tales como la historia, la lingüística y  la filología, el arte, la psicología, la filosofía, la teología o el derecho.

Específicamente los encuentra Gadamer preferentemente en la herencia humanista del clasicismo alemán y, en su ideal de formación humana, entendido por J. G. Herder (1744-1803) como el proceso por el cual el hombre asciende a su plena humanidad. Un proceso que, a juicio de W. von Humboldt (1767-1835), culmina en algo superior e íntimo, que es el modo de percibir que procede del conocimiento de toda la vida espiritual y ética y se derrama armoniosamente sobre la sensibilidad y el carácter. No se trata solamente de educación. Se trata también del cuidado de las capacidades y talentos que hacen del hombre un ser integral, dotado de sabiduría práctica, capacidad de juicio, tacto y gusto, no sólo en sentido estético sino también en el moral.

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Un concepto, el de formación, que ciertamente tiene precedentes. Se hace en él presente la antigua tradición mística -no exclusiva del cristianismo- conforme a la cual el hombre lleva en su alma la imagen conforme a la cual fue creado, la cual debe reconstruir en sí. Pero también hay que relacionarlo, ciertamente, con el modelo de hombre del renacimiento y con uno todavía anterior, el de la cultura griega clásica, tan magistralmente caracterizado por Werner Jaeger en su Paideia.

La formación es, a juicio de H.-G. Gadamer, un proceso -un devenir del deber ser al ser- en el curso del cual el ser humano se apropia por entero de aquello valioso en lo cual se forma, integrándolo en su personalidad. En el proceso de formación nada de lo valioso que tiene la experiencia humana, nada de lo eminente que se hace presente en la historia y que se plasma en la tradición, nada debería perderse para la persona, todo se guardaría para ser conservado cuidadosamente y para relucir naturalmente en el momento requerido. Para manifestarse, por ejemplo, cuando se trata de comprender y de explicar un texto, de encontrarle sentido a un acontecimiento histórico, de optar por una alternativa vital significativa o de resolver un conflicto con prudencia y ecuanimidad.

Se trata, según Gadamer, de la tendencia del espíritu que permite al hombre ocuparse interesadamente tanto de lo inmediato como de lo extraño que intenta volver familiar, como también de aquello que pertenece al recuerdo, a la memoria, al pensamiento, e ir siempre más allá de lo que sabe y experimenta para aprender otras cosas y entender otros puntos de vista, sin buscar el interés material y actuando con entera libertad en su esfuerzo por crecer humanamente.

En ese esfuerzo, el hombre va conociéndose a sí mismo, convirtiéndose paso a paso en otro más completo y equilibrado a medida que crece en la experiencia de la cultura y en el ejercicio del humanismo como solidaridad.

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Hans-Georg Gadamer

Esta es la sabiduría que interesa para los efectos del ejercicio de la comprensión en el ámbito de las ciencias humanas. La que es capaz de elevar al hombre a lo general, por encima de la frecuente pequeñez de las contingencias, de los deseos, arrebatos y egoísmos, esto es, de las circunstancias que pudieran intentar determinarlo negativamente en lo concreto. La que lo pone en una situación desde la cual le es más fácil resolver en lo particular consideradamente y con la debida mesura. Tal es la virtud del ser humano que sabe, además, integrar el trabajo en el proceso de su formación, volviéndolo algo propio y siendo capaz, por lo tanto, de desempeñarlo idóneamente, aunque sin renunciar a los intereses culturales y a las tendencias espirituales que reclaman también atención.

Estamos en presencia de un proceso que no termina nunca y que importa también un afinamiento del tacto, esa sensibilidad indefinible que permite percebir casi automáticamente las características de una situación para comportarse en ella libremente, sin la atadura de prejuicios cercenadores del pensamiento, sabiendo valorar con seguridad pero dejando de expresar lo que puede evitarse, manteniendo la distancia y evitando lo chocante, sobre todo en lo que puede afectar a la esfera íntima de las personas.

Se trata de una forma de sabiduría que supone, además, ejercitar tanto la memoria como el olvido. La memoria tiene que ser formada: pues memoria no es memoria en general y para todo. Pero, a la capacidad de retener y de acordarse, debe agregarse, a juicio de H.-G. Gadamer, la de olvidar, que lo hace pensar en Nietzsche, para quien el olvido no es únicamente un defecto sino también una condición necesaria de la vida espiritual: sólo por el olvido obtiene el espíritu la posibilidad de su total renovación, la capacidad de verlo todo con ojos nuevos, tan importante para transformar en primaveras los otoños e inviernos de la existencia.  

Todo esto parece bastante obvio. Sin embargo, suena de alguna manera raro en estos tiempos. Y la verdad es que valores como éstos, que son los que acercan existencialmente al hombre a la comprensión de la verdad que se manifiesta en el arte y en las ciencias o disciplinas del espíritu en general, suelen estar crecientemente alejados de los conceptos educativos y formativos predominantes actualmente.

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Porque algo hay en el espíritu del tiempo presente que mira con antipatía las riquezas del humanismo, tan poco útiles, tan escasamente eficaces y rentables si son observadas con la estrechez de visión que suele caracterizar a aquellos en quienes se encarnan los fríos poderes e intereses dirigentes. Nadie parece entender que hay también en las virtudes humanistas una fuerza capaz de hacer mejores políticos, mejores empresarios, mejores ciudadanos, hábiles también a la hora de promover la armonía y la paz, de poner los fundamentos de una bien entendida y creciente libertad y de una mayor creatividad. Y que su actualización podría también servir para vitalizar el menguado ámbito del magisterio, y potenciarlo en su importancia como formador de la infancia y de la juventud. 

No sería la primera vez que los ideales humanistas son repensados con el objeto de ser luego objeto de inserción en un cuerpo social necesitado. Y nuestras sociedades, sí que lo están, en demasía.

 

© Lino Althaner
2015

 

 

A la cabeza de la economía (en el siglo XIII)

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De la mano de Georges Duby, retorno a la época de las catedrales.

Siglo XIII. Mientras en Francia se construyen catedrales, se emprenden cruzadas y se conquistan territorios meridionales, limpiándolos despiadadamente de la influencia cátara, Italia prosigue su empresa constructora de naves. Más que caballeros cruzados, aquí proliferan los aventureros de los mares. Los navíos italianos ya habían alcanzado las riberas del Mediterráneo oriental, donde habrían de acceder a unos puertos importantes y a mercados repletos de exquisitos productos.

 

Sitio de Jerusalén por los cruzados - Manuscrito del siglo XIII

Sitio de Jerusalén por los cruzados – Manuscrito del siglo XIII


Ya dos centurias antes, desde que en el occidente cristiano se despierta el interés por Jerusalén, esas naves habían servido también para conducir, por cierto que no gratuitamente, a los peregrinos a Tierra Santa. Y si bien los ejércitos cruzados hacen principalmente su trayecto por vía terrestre, las embarcaciones pisanas, genovesas y venecianas, ayudan también a la conquista de Palestina. En el siglo XIII es importante el número de  caballeros que hacen el trayecto por mar. Muchos son también los que quedan fuertemente endeudados con los armadores y marinos comerciantes y que deben negociar a favor de éstos la concesión de factorías y franquicias aduaneras en los puertos comerciales de Levante que han pasado a manos cristianas. Como resultado del asalto de Constantinopla, maquinado según Georges Duby por los venecianos, manos occidentales se ubican en la inmediatez del enorme tesoro bizantino.

 

Llegada de navíos occidentales a Constantinopla - Paris, Biblioteca Nacional, s. XIV

Llegada de navíos occidentales a Constantinopla – Paris, Biblioteca Nacional, s. XIV


Por si fuera poco, los lombardos compiten en Francia con los judíos en el negocio de prestar dinero a interés. Los príncipes caen en sus manos y empiezan a encargarse de las finanzas reales. Tanto estos banqueros italianos como los navieros y comerciantes ultramarinos amasan inmensas fortunas, que retornan a la tierra de los Apeninos para contribuir en ella más adelante al florecimiento renacentista.  No hay que olvidar la importancia que tiene también para los efectos de este desarrollo el contacto con Bizancio, que facilitaría el acceso del mundo ilustrado occidental a muchos monumentos de la filosofía y de la ciencia de los antiguos griegos.  

Las naves se hacen cada vez más sólidas. Se aventuran más lejos. En 1251, una nave genovesa transporta a Túnez doscientos pasajeros y doscientos cincuenta toneladas de mercaderías. Otra, en 1277, bordea por primera vez la España atlántica y arriba a Flandes, inaugurando un nueva ruta comercial, nada de ventajosa en definitiva para la prosperidad de Francia. Se empieza a preparar así el ambiente para la época de los grandes descubrimientos, uno de cuyos principales protagonistas será también un genovés.

Mientras tanto, Marco Polo se interna por la famosa ruta de la seda para atravesar el Asia Central y llegar hasta la China de Kublai Khan.  Actualiza de este modo otro importante itinerario mercantil y cultural.

A mediados del siglo XIII, los mercaderes italianos estaban a la cabeza de la economía mundial. Los resortes de la creación cultural empiezan a dirigirse hacia ellos. El santo más importante de la época es el hijo de un comerciante: Francisco de Asís. La fascinación que ejerce en su época y en todo tiempo se debe, sin embargo, a que es un “poverello”, un pobrecillo de Dios.

 

El puerto de Génova en 1481

El puerto de Génova en 1481


Por aquellos años, en los puertos del Mediterráneo, los hijos de los comerciantes solían aprender árabe.  Algunos llegaron a saber lo suficiente como para estudiar algunos tratados de aritmética escritos en esa lengua. En 1202, Leonardo de Pisa, llamado Fibonacci, conocido también por la secuencia numérica que lleva su nombre y su relación con la proporción áurea, escribe un Liber abaci en el cual da a conocer al mundo occidental la riqueza del álgebra musulmana, en la cual están incorporados los números árabigos, que por su funcionalidad matemática, empiezan a ser usados en reemplazo de los números romanos, bastante incómodos para efectuar operaciones de cierta complejidad.  

Quienes primero aprovechan las ventajas de la nueva notación numérica no son, claro está, ni científicos, ni artistas, ni constructores de catedrales. Son los tenedores de libros de los grandes hombres de negocios -comerciantes y prestamistas, principalmente- los que usan con entusiasmo el nuevo instrumento para calcular usuras, determinar márgenes de utilidad, y precisar ganancias con mayor exactitud.

 

Leonardo de Pisa, conocido como Fibonacci

Leonardo de Pisa, conocido como Fibonacci


El dinero se multiplica en las arcas de nobles y de burgueses. Su prosperidad abrirá caminos, hechos nuevamente y como siempre de luces y tinieblas.

© Lino Althaner
2014

Eterno lamento

8 comentarios


Está todo hecho trizas, perdida toda coherencia; 

todo cargo y justa relación; príncipe, súbdito,
padre, hijo, son cosas del pasado.

*

Tis all in pieces, all coherence gone;
All just supply, and all Relation;
Prince, Subject, Father, Sonne, are things forgot.

John Donne
(1572-1631)


La incansable queja, a cada paso. Ya los profetas se lamentaban. Homero también se lamentaría de lo mismo. Del pasado perdido. De las tradiciones que se disuelven. De los usos que cambian. De las instituciones que vacilan. De las columnas que se desmoronan. De cómo lo que ayer se veneraba hoy día es pisoteado.

Pero sigue la vida como antes. ¿Ha sido algún día mejor o peor, la estancia del hombre sobre la tierra?

Albrecht Dürer - Melancolía

Albrecht Dürer – Melancolía

Las cosas se disgregan, cede el centro,
se abate la anarquía  sobre el mundo.
La marea sangrienta se desboca
y se ahogan por doquier los ritos de inocencia;
Carecen los mejores de toda convicción;
mientras lucen los peores feroz energía.

*

Things fall apart; the centre cannot hold;
Mere anarchy is loosed upon the world,
The blood-dimmed tide is loosed, and everywhere
The ceremony of innocence is drowned;
The best lack all conviction, while the worst
Are full of passionate intensity.

W. B. Yeats
(1865-1939)


Es que, como de costumbre, Los mejores, mal guiados, suelen perder sus convicciones. Habría que decirles:  No son tanto los guías quienes importan; el que importa de verdad es el maestro. El verdadero Maestro, el que vive en nosotros, el que todos conocemos.  Los guías, por desviados que en algún momento pudieran estar, no pueden escamotearnos al Maestro.

Los peores, aunque no lo crean, tienen al mismo Maestro, también al alcance de la mano. En cualquier momento también se vuelven buenos.

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Thomas Tallis (1505-1585), el gran compositor inglés, es el autor de la música, basada en las Lamentaciones del profeta Jeremías.  Interpreta, el conjunto estonio Ensemble Heinevanker, famoso por la exquisitez de su calidad vocal, su entonación y su concertación, especialmente en el canto a cappella.

© Lino Althaner
2014

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