Grandes de España

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El aire se serena
y viste de hermosura y luz no usada,
Salinas, cuando suena
la música extremada,
por vuestra sabia mano gobernada.

A cuyo son divino
el alma, que en olvido está sumida,
torna a cobrar el tino
y memoria perdida
de su origen primera esclarecida.


Ha de haber sido un músico eminente Francisco de Salinas (1513-1590), si se hizo merecedor a que su ilustre contemporáneo Fray Luis de León (1527-1591) compusiera en homenaje suyo un hermosísimo poema. Ciego desde los once años, estudió humanidades y música en la Universidad de Salamanca, permaneció más de dos decenios en Roma donde trabó amistad con Orlando di Lasso y Tomás Luis de Victoria. Más tarde fue colega académico de Fray Luis de León en Salamanca, donde el poeta pudo apreciar las dotes del músico excelente,  y entusiasmarse hasta el punto de dedicarle aquellos versos.

 

Francisco de Salinas - Musica libri septem

Francisco de Salinas – De Musica libri septem


De su actividad como compositor casi nada se ha conservado. Si una obra sobre música teórica –De Musica libri septem-, que, según la información de que dispongo, trataría preferentemente de los temperamentos musicales y de las relaciones entre melodía y verso en el canto. Suele Salinas ser calificado como músico especulativo, pero su empeño principal fue el de compatibilizar la música -entonces tan ligada a los números pitagóricos y a las cosmologías medievales- con su condición de ciencia. No podría, por lo tanto, asegurar cuan apegado estaba a la noción de la música como espejo en el que se reflejan las omnipresentes armonías del microcosmos y del macrocosmos, relacionadas unas con otras. 

¿Qué nos dice Fray Luis en su poema? Lo primero que afirmaba nos hace imaginar a Salinas como un músico de música extremada. Una música tan bella que, como la de Orfeo, conmueve a los mismos elementos -hace que el aire se serene y se vista de hermosura y luz no usada-, y tan honda que permite al alma, sumida en el olvido, recordar su origen divino. Que hace al hombre acordarse de sí mismo.

Sabemos de Salinas que era un eximio organista. Fray Luis parece darnos una pista cuando agrega unas palabras que sí se relacionan con nuestro anhelo por la música que se empina por encima del firmamento de las estrellas fijas.

Traspasa el aire todo
hasta llegar a la más alta esfera,
y oye allí otro modo
de no perecedera
música, que es la fuente y la primera.

Ve cómo el gran maestro,
a aquesta inmensa cítara aplicado,
con movimiento diestro
produce el son sagrado,
con que este eterno templo es sustentado.

Y como está compuesta
de números concordes, luego envía
consonante respuesta
y a entrambas a porfía
se mezcla en dulcísima armonía.

No solamente hemos entrado en la más alta esfera. Entramos además en el mundo de los números, que sabiamente integrados en fórmulas inefables, son instrumentos del Poeta y Músico Supremo, el que pulsa la lira divina para acordar los ritmos, las melodías y las armonías cósmicas. Como en el grabado del libro de Fludd Utriusque Cosmi Historia, maneja Dios el monocordio cósmico. Prueba de que si Salinas no era demasiado pitagórico ni aficionado a contemplar en la música armonías cósmicas, Fray Luis sí que lo era, como era también un idealista neoplatónico, igual que los místicos poetas de su tiempo.

 

Francisco de Salinas - Musica de libri septem - praefatio

Francisco de Salinas – Musica de libri septem


Se trata de un ámbito en que impera una belleza que parece casi incompatible con la condición humana. Pues

 

Aquí la alma navega
por un mar de dulzura, y finalmente
en él ansí se anega
que ningún accidente
estraño y peregrino oye o siente.

 

En el océano de la música, de la música más alta, el alma se rinde al éxtasis. En el recuerdo de sí mismo, el hombre se olvida de todo accidente, de todo oropel o gloria pasajera, de toda imperfección.


¡Oh, desmayo dichoso!

¡Oh, muerte que das vida! ¡Oh, dulce olvido!
¡Durase en tu reposo,
sin ser restituido
jamás a aqueste bajo y vil sentido!

¡Oh, suene de contino,
Salinas, vuestro son en mis oídos,
por quien al bien divino
despiertan los sentidos
quedando a lo demás adormecidos!


Así, pues, termina este muy magnífico poema con una renovada apología a Francisco de Salinas.

Música compuesta por él, ya lo dije, es poca la que se ha conservado. Pero como este artículo esta necesitado de un complemento musical, busco y rebusco hasta que encuentro uno que me parece digno de figurar junto a estos grandes. 

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Juan del Encina (1468-1530) es el autor de este canto de amor incluido en el Cancionero de Palacio. Grande de España también él.

Interpreta el Ensemble Gilles Binchois.


© 2014
Lino Althaner

El gran acorde

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La imagen que del mundo tenía el hombre del Medioevo era como la de una gran cadena que desde la tierra y los elementos primordiales, ascendía a través de las ocho esferas planetarias, vibrantes de armonía musical, y de las jerarquías angelicales, hasta los cielos en que Dios impera y la Santa Trinidad. Una serie de planos horizontales, superpuestas o sucesivas, en que imperan las correspondencias que dan su sentido unitario al conjunto que tiene como centro a la tierra, rodeada por las esferas planetarias y cósmicas, y por los poderes hipercósmicos de que depende el movimiento ordenado de tan increíble conjunto de equivalencias.  La forma en que los autores figuran gráficamente esta cadena, ya lo hemos dicho, es variable.

 

Robert Fludd - Utriusque Cosmi Historia

Robert Fludd – Utriusque Cosmi Historia – Dios y su mente creadora, luego las jerarquías angelicales, la esfera de las estrellas fijas y las de los siete planetas, el fuego, el aire, el agua y el orbe terrestre.


Una cadena que es también una escala. La oración o la magia pueden hacer que las influencias superiores se sirvan de ella para influenciar y bendecir las circunstancias de la vida terrena, haciendo que esta se ponga de acuerdo con el cielo. Puede auxiliar asimismo al místico e iluminado, para ascender espiritualmente hasta la cercanía de Dios.  También la música, con su escala de ocho peldaños, susceptible de dar origen a infinitas variables y a las más ricas combinaciones, tiene un poder semejante. Mientras no perdamos la capacidad de apreciar sus abstractas armonías, que parecen ser reflejo de un orden superior indecible, hay esperanza para el ser humano. 

La doctrina de las armonías musicales y de las correspondencias macro y microcósmicas tiene uno de sus más recientes exponentes en el multifacético Robert Fludd, intelectual inglés cuyos intereses por las matemáticas, la óptica y la arquitectura, no fueron inconciliables con la pasión que experimentaba por la alquimia, la cábala, la astrología y la música de las esferas.

La escala cósmica que describe en su obra Utriusque Cosmi Historia, escrita entre 1617 y 1619, consta en verdad de varias escalas u octavas que sirven para ilustrar las correspondencias existentes entre el órden terrenal y sus elementos con los órdenes planetario y angélico, todos ellos reflejados en el Hombre (V. imagen superior).

Un instrumento simbólico, el monocordio celestial, cuyas cuerdas unen a la Tierra con la mano de Dios, sirve también a Fludd para ilustrar la armonía musical de las esferas.

 

Robert Fludd - Utriusque Cosmi Historia

Robert Fludd – Utriusque Cosmi Historia – El instrumento está dividido en una octava superior, ideal, activa, y una octava inferior, material, pasiva. Ambas octavas se dividen a su vez en cuartas y quintas. El principio inmaterial superior se mueve a lo largo de los intervalos hasta la materia sombría, y el sol, en el punto de intersección, recibe una fuerza transformadora (Alexander Roob, Alquimia y Mística, Taschen 1997).


Escribe Robert Fludd:

Aquí podemos contemplar con los ojos abiertos la admirable armonía obrada por los dos extremos, lo más precioso y lo más vil, y cómo uno concuerda con el otro. Vemos cómo el espíritu intermedio del mundo, el vehículo del alma, es el nexo que los mantiene en un pacífico acuerdo y armonía; y que es Dios quien da aliento a la música humana, toca la cuerda del monocordio, y es el principio interno que produce, como desde el centro, los movimientos consonantes de todas las cosas y las actividades vitales del Hombre, el microcosmos.

El monocordio sirve de cósmico diapasón. Mediante su pulsación, tensando o destensando la única cuerda, la mano de Dios consigue el gran acorde, la concordia indisoluble de todas las cosas, la música inexplicable que acaricia los oídos del alma y del intelecto.

La música es de Wim Mertens.

© 2014
Lino Althaner

Dios, el hombre y el cosmos

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Hildegarda de Bingen (1098-1179) Liber Divinorum Operum

Hildegarda de Bingen (1098-1179) – Liber Divinorum Operum


El mundo es en su primera acepción la totalidad de lo que hay,
consistente en cielo y tierra…

Pero en su segunda acepción mística se lo denomina atinadamente hombre.
Pues al igual que todo lo que está hecho de los cuatro elementos,
el hombre se compone de cuatro temperamentos…

San Isidoro de Sevilla
560-636

 

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Robert Fludd (1574-1637) – Utriusque Cosmi Historia

 

No hubo forma ni mundo que tuviera consistencia
antes de que existiera la forma del hombre.

Pues esa forma lo contiene todo y todo lo que hay existe por ella.

Sefer ha- Zohar 
Libro del Esplendor
(siglo XI)

 

William Blake - La danza de Albión

William Blake (1757-1827) – La danza de Albión


El campo de la naturaleza humana abarca en su humana contingencia
a Dios y el cosmos.

Nicolás de Cusa
(1401-1464)

 

Hildegarda de Bingen - Scivias - La Trinidad (con Jesús al centro)

Hildegarda de Bingen – Scivias – La Trinidad (con Jesús al centro)

 

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales,
en los cielos, en Cristo;
por cuanto nos ha elegido en él
antes de la fundación del mundo,
para ser santos en su presencia,
en el amor…

En él tenemos por medio de su sangre la redención,…
según la riqueza de su gracia
que ha prodigado sobre nosotros
en toda sabiduría e inteligencia,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad
según el benévolo designio
que en él se propuso de antemano,

para realizarlo en la plenitud de los tiempos:

hacer que todo tenga a Cristo por cabeza,
lo que está en los cielos y
lo que está en la tierra.

San Pablo
Efesios 1, 4-14
(c. 5-67)

 

© 2014
Lino Althaner

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