Las islas del Mediterráneo

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Múltiple es el panorama insular del Mediterráneo. Advertimos en él primeramente la presencia de las grandes islas, como Córcega, Cerdeña y Sicilia, pero las hay también de más reducida extensión, e inclusive pequeñísimas, promontorios apenas asomados a la visibilidad marinera, en medio de la vastedad del mar. A veces se agrupan en archipiélagos, familias de islas en que unas se potencian a otras para constituir un conjunto mayormente significativo.

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El mar Egeo, que encierra los archipiélagos de las Espóradas, las Cïcladas y el Dodecaneso, limitado al sur por la isla de Creta. Al oeste, Grecia, al este Turquía. Arriba, hacia el levante, el estrecho de los Dardanelos y el mar de Mármara,  entrada a Estambul, el Bósforo y el Mar Negro; abajo, en el extremo del mapa, la isla de Chipre

Son las islas con frecuencia “indispensables escalas a lo largo de los caminos del mar y … forman entre sí, y a veces entre ellas y el continente, aguas relativamente tranquilas, siempre preferidas por la navegación”. Tal es el caso del archipiélago egeo (Cícladas, Espóradas, Dodecaneso) en la parte levantina, y de las islas que, en el sector medio del Mediterráneo, se hallan entre la costa de África y Sicilia (Malta, Pantelleria, Lampedusa).

Tal es el también el de las islas dálmatas del Adriático que, junto a las jónicas (Cefalonia y Corfú entre ellas), facilitan notablemente la navegación que une a Venecia con Creta, punto clave de la gran ruta comercial, que pasando por Chipre, llega a las costas de Siria y luego se extiende más allá de Estambul. Afirma Fernand Braudel que para la potencia veneciana estas islas constituyen “una verdadera flota inmóvil de Venecia”. Parecida es también la virtud, para los efectos de facilitar las comunicaciones en el oeste, del eslabón de que forman parte Sicilia y las islas de las proximidades (Stromboli, Sotavento, Lípari), las del archipiélago toscano (siete islas, Elba ciertamente la más conocida), las islas ubicadas a lo largo de las costas de Provenza, y más todavía hacia el poniente las Baleares.

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Capri, jardines romanos, vista de los farallones

Entre las islas pequeñas y minúsculas, algunas se han hecho famosas: por ejemplo, las islas venecianas -Murano y Burano entre otras-, el islote de If, en el archipiélago de Frioul, frente a Marsella, que nos recuerda la prisión del novelesco conde de Montecristo, o Capri, residencia del emperador Tiberio, sucesor de Augusto. Muchas de ellas, áridas, inhóspitas, aunque nunca despreciables para el navegante en apuros. “Por muy limpio que aparezca dibujado su contorno en los mapas…, no hay una sola porción del litoral mediterráneo… que no se halle flanqueado por gran número de islotes y rocas”.

No obstante la precariedad de la vida insular, muy difícilmente autosuficiente, casi siempre amenazada por la falta de abastecimientos elementales, a veces por el hambre, por los piratas, por la guerra; no obstante la tendencia refractaria a los cambios que suele manifestarse en ellas, a quedarse en las formas tradicionales de la vida rural, tanto más primitivas cuanto se avanza hacia el interior de las islas, suelen ellas tener una presencia significativa en la historia.

Para el tráfico marítimo en caso de guerra, las islas pueden ser de importancia decisiva . También, por supuesto, según ya ha quedado sugerido, para el intenso intercambio comercial que se desarrolla en el Mediterráneo.

Juegan ellas, además, un papel trascendente en las transferencias de cultivos, de técnicas, de artes, de costumbres y de modas. Braudel ejemplifica lo primero con el caso de la caña de azúcar, que llega a Egipto de la India, de donde pasa a Chipre, lugar en que se implanta en el siglo X para luego transferirse a Sicilia en el siglo XI y de allí seguir expandiéndose hacia el oeste y más allá del estrecho de Gibraltar.

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Rutas de la seda: entre el Extremo Oriente y las islas del Mediterráneo

En la expansión de la sericultura, esto es, de la industria de la seda a partir de las técnicas para criar los gusanos de la morera y aprovechar sus capullos, también las islas juegan un rol importante, como asimismo en la difusión de las modas y los gustos de Oriente. “Sí, -nos confirma el historiador francés- los zapatos de punta remangada y las tocas triangulares, que para nosotros marcan con tanta fuerza una época de nuestra historia, que evocan por sí solos la vida un poco alocada de la Francia monárquica y señorial, la de Carlos VI y las Ricas Horas del duque de Berry, todo esto había hecho ya las delicias de los chinos del siglo V… Pues bien, esta lejana herencia llegó al Occidente por conducto de los reyes de Chipre”. Los ejemplos se podrían multiplicar.

Pero si las islas juegan un papel en la economía mediterránea, no es siempre para su beneficio, sino más bien para el de las necesidades de las potencias que marcan la gran historia y para los poderosos intereses mercantiles y financieros, que se precian de ser capaces de derribar cualquier obstáculo.  “¡Cuántas islas fueron invadidas de este modo por cultivos foráneos que no tienen razón de ser sino en relación con el mercado mediterráneo, y aún con el del mercado mundial. Estos cultivos destinados a la exportación -como consecuencia de decisiones económicas foráneas- amenazan con frecuencia el equilibrio de la vida insular” y suelen ser responsables del insuficiente abastecimiento de productos esenciales y de la hambruna. Y así, lo que, por ejemplo, lo que para Sicilia significa el cultivo invasor del trigo, es para Chipre el algodón, la vid y el azúcar, la vid nuevamente para Candia (Creta) y Corfú. Djerba, la isla del litoral tunecino, es un gran productor de aceite de oliva excelente, barato y adecuado a todos los usos, exportado principalmente a España y a partir de 1591, también a Inglaterra.

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Corfú (Kerkyra en griego), frente a Albania y Grecia

Aunque no siempre esta clase de actividades merece ser calificada de ajena al interés de las economías isleñas.  Suelen ser desarrolladas en gran escala como riqueza esencial necesaria para su provecho, como lo muestran, según Fernand Braudel, los casos de Ibiza, que es la isla de la sal; de Naxos, famosa por sus vinos blancos y claretes;  de Elba con sus yacimientos de hierro. Como también el de Rodas, que tanto bajo dominio veneciano como turco -éste, a partir de 1522- pudo aprovecharse de su posición para ejercer a su vez hegemonía sobre otras islas, en provecho de su economía.

Y el de Patmos, que en el Archipiélago del Dodecaneso como Rodas, tiene una producción atípica, ya que es la patria del “pueblo más pendenciero de todos los insulares, después de Samos”, que vivía al parecer del producto de sus rapiñas, en detrimento tanto de cristianos como de turcos.

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Patmos, nido de piratas en el siglo XVI. En esta isla, en la cual estaba desterrado, habría tenido San Juan la experiencia del apocalipsis del Nuevo Testamento

© Lino Althaner

A la cabeza de la economía (en el siglo XIII)

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De la mano de Georges Duby, retorno a la época de las catedrales.

Siglo XIII. Mientras en Francia se construyen catedrales, se emprenden cruzadas y se conquistan territorios meridionales, limpiándolos despiadadamente de la influencia cátara, Italia prosigue su empresa constructora de naves. Más que caballeros cruzados, aquí proliferan los aventureros de los mares. Los navíos italianos ya habían alcanzado las riberas del Mediterráneo oriental, donde habrían de acceder a unos puertos importantes y a mercados repletos de exquisitos productos.

 

Sitio de Jerusalén por los cruzados - Manuscrito del siglo XIII

Sitio de Jerusalén por los cruzados – Manuscrito del siglo XIII


Ya dos centurias antes, desde que en el occidente cristiano se despierta el interés por Jerusalén, esas naves habían servido también para conducir, por cierto que no gratuitamente, a los peregrinos a Tierra Santa. Y si bien los ejércitos cruzados hacen principalmente su trayecto por vía terrestre, las embarcaciones pisanas, genovesas y venecianas, ayudan también a la conquista de Palestina. En el siglo XIII es importante el número de  caballeros que hacen el trayecto por mar. Muchos son también los que quedan fuertemente endeudados con los armadores y marinos comerciantes y que deben negociar a favor de éstos la concesión de factorías y franquicias aduaneras en los puertos comerciales de Levante que han pasado a manos cristianas. Como resultado del asalto de Constantinopla, maquinado según Georges Duby por los venecianos, manos occidentales se ubican en la inmediatez del enorme tesoro bizantino.

 

Llegada de navíos occidentales a Constantinopla - Paris, Biblioteca Nacional, s. XIV

Llegada de navíos occidentales a Constantinopla – Paris, Biblioteca Nacional, s. XIV


Por si fuera poco, los lombardos compiten en Francia con los judíos en el negocio de prestar dinero a interés. Los príncipes caen en sus manos y empiezan a encargarse de las finanzas reales. Tanto estos banqueros italianos como los navieros y comerciantes ultramarinos amasan inmensas fortunas, que retornan a la tierra de los Apeninos para contribuir en ella más adelante al florecimiento renacentista.  No hay que olvidar la importancia que tiene también para los efectos de este desarrollo el contacto con Bizancio, que facilitaría el acceso del mundo ilustrado occidental a muchos monumentos de la filosofía y de la ciencia de los antiguos griegos.  

Las naves se hacen cada vez más sólidas. Se aventuran más lejos. En 1251, una nave genovesa transporta a Túnez doscientos pasajeros y doscientos cincuenta toneladas de mercaderías. Otra, en 1277, bordea por primera vez la España atlántica y arriba a Flandes, inaugurando un nueva ruta comercial, nada de ventajosa en definitiva para la prosperidad de Francia. Se empieza a preparar así el ambiente para la época de los grandes descubrimientos, uno de cuyos principales protagonistas será también un genovés.

Mientras tanto, Marco Polo se interna por la famosa ruta de la seda para atravesar el Asia Central y llegar hasta la China de Kublai Khan.  Actualiza de este modo otro importante itinerario mercantil y cultural.

A mediados del siglo XIII, los mercaderes italianos estaban a la cabeza de la economía mundial. Los resortes de la creación cultural empiezan a dirigirse hacia ellos. El santo más importante de la época es el hijo de un comerciante: Francisco de Asís. La fascinación que ejerce en su época y en todo tiempo se debe, sin embargo, a que es un “poverello”, un pobrecillo de Dios.

 

El puerto de Génova en 1481

El puerto de Génova en 1481


Por aquellos años, en los puertos del Mediterráneo, los hijos de los comerciantes solían aprender árabe.  Algunos llegaron a saber lo suficiente como para estudiar algunos tratados de aritmética escritos en esa lengua. En 1202, Leonardo de Pisa, llamado Fibonacci, conocido también por la secuencia numérica que lleva su nombre y su relación con la proporción áurea, escribe un Liber abaci en el cual da a conocer al mundo occidental la riqueza del álgebra musulmana, en la cual están incorporados los números árabigos, que por su funcionalidad matemática, empiezan a ser usados en reemplazo de los números romanos, bastante incómodos para efectuar operaciones de cierta complejidad.  

Quienes primero aprovechan las ventajas de la nueva notación numérica no son, claro está, ni científicos, ni artistas, ni constructores de catedrales. Son los tenedores de libros de los grandes hombres de negocios -comerciantes y prestamistas, principalmente- los que usan con entusiasmo el nuevo instrumento para calcular usuras, determinar márgenes de utilidad, y precisar ganancias con mayor exactitud.

 

Leonardo de Pisa, conocido como Fibonacci

Leonardo de Pisa, conocido como Fibonacci


El dinero se multiplica en las arcas de nobles y de burgueses. Su prosperidad abrirá caminos, hechos nuevamente y como siempre de luces y tinieblas.

© Lino Althaner
2014

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