Casa de Dios y Puerta del Cielo

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Pitágoras relata cómo ascendió tan alto su alma hasta llegar al mundo superior. Dada la pureza de su ser y el poder adivinatorio de su corazón, podía escuchar las melodías de las esferas y las sonoridades causadas por los movimientos de los cuerpos celestes
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Suhravardi (1155-c.1200)


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Jacob tuvo un sueño. Soñó con una escalera que estaba apoyada en la tierra y cuya cima tocaba los cielos. Y observó que los ángeles de Dios subían y bajaban por ella… Despertó luego de su sueño… y pensó…:
“Qué temible es este lugar! ¡Esto no es otra cosa sino la casa de Dios y la puerta del cielo!”

(Génesis, 28, 12)


William Blake pensaba en los canales del oído humano como una “escalera en espiral sin fin que lleva hasta el último cielo”. Se refiere más que a nuestro puro oído físico, a nuestro oído interior, el único apto para captar la armonía de las esferas superiores. Para su contemporáneo Swedenborg, la apertura del oído interno era una condición necesaria para la toma de contacto con los mundos superiores. 

Imposible no imaginarse a esos ángeles que suben y bajan la escalera de Jacob, sino en el entorno de una música inconcebiblemente bella y cantando himnos sublimes de alabanza al Creador. Jacob los ha de haber oído, a no dudarlo, y no solamente los sonidos emitidos por los cuerpos celestes en su incesante giro sino también la misma música de la casa de Dios. Quedándose asustado de tanta belleza. Tal vez Pitágoras también.


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Blake aspiraba a escuchar los sones de esas divinas armonías e inefables melodías.

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En el Poimandres, libro emparentado con el gnosticismo que es atribuido al mítico Hermes Trismegisto, se dice acerca del viaje póstumo del alma en su intento por regresar a su patria de origen, con ayuda de la Armonía. Y, por supuesto, también ese viaje ascensional tiene una relación con la música. Es el más alto Intelecto, personificado aquí en el Pastor de los Hombres -que tal es el significado de Poimandres-, el que describe como el alma se desplaza a través de las esferas armónicas de los siete planetas, tratando de superar el peso de los vicios y tendencias negativas que la limitaron en su vida terrenal.
 

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Hermes Trismegisto (D. Stolcius von Stolzenberg, Viridarium chymicum)

Una vez superadas las pruebas a que es sometida, entonces, el alma

desvestida de cuanta energía le fue conferida por la Armonía, y enfundada en su propio poder, entra en la Octava Esfera. Canta ahora con los seres que allí se encuentran, loando al Padre, y regocijándose por su llegada. Una vez hecho igual a sus compañeros, puede también oír los Poderes por encima de la Octava Esfera cantando su hermoso himno a Dios.

Hay que suponer que tales Poderes son equivalentes a las Musas y otros sublimes testigos del Dios Uno, “que habitan en una región sin tiempo más allá de las estrellas fijas. El alma desencarnada atraviesa entonces dos reinos musicales: primero el de la música mundana -esto es, de los mundos superiores- y luego un cuarto reino, al cual puede llamársele inteligible, arquetipo o angélico” (Joscelyn Godwin, La cadena áurea de Orfeo, Siruela, 2009).

Creo que habría que llamarlo divino.

Pues allí se escucha la música como Dios manda.

© 2014
Lino Althaner

Dios, el hombre y el cosmos

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Hildegarda de Bingen (1098-1179) Liber Divinorum Operum

Hildegarda de Bingen (1098-1179) – Liber Divinorum Operum


El mundo es en su primera acepción la totalidad de lo que hay,
consistente en cielo y tierra…

Pero en su segunda acepción mística se lo denomina atinadamente hombre.
Pues al igual que todo lo que está hecho de los cuatro elementos,
el hombre se compone de cuatro temperamentos…

San Isidoro de Sevilla
560-636

 

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Robert Fludd (1574-1637) – Utriusque Cosmi Historia

 

No hubo forma ni mundo que tuviera consistencia
antes de que existiera la forma del hombre.

Pues esa forma lo contiene todo y todo lo que hay existe por ella.

Sefer ha- Zohar 
Libro del Esplendor
(siglo XI)

 

William Blake - La danza de Albión

William Blake (1757-1827) – La danza de Albión


El campo de la naturaleza humana abarca en su humana contingencia
a Dios y el cosmos.

Nicolás de Cusa
(1401-1464)

 

Hildegarda de Bingen - Scivias - La Trinidad (con Jesús al centro)

Hildegarda de Bingen – Scivias – La Trinidad (con Jesús al centro)

 

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales,
en los cielos, en Cristo;
por cuanto nos ha elegido en él
antes de la fundación del mundo,
para ser santos en su presencia,
en el amor…

En él tenemos por medio de su sangre la redención,…
según la riqueza de su gracia
que ha prodigado sobre nosotros
en toda sabiduría e inteligencia,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad
según el benévolo designio
que en él se propuso de antemano,

para realizarlo en la plenitud de los tiempos:

hacer que todo tenga a Cristo por cabeza,
lo que está en los cielos y
lo que está en la tierra.

San Pablo
Efesios 1, 4-14
(c. 5-67)

 

© 2014
Lino Althaner

Los tres males de la humanidad (Guía de Perplejos 3c)

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Vimos en el artículo anterior de esta serie que, según Maimónides, existen en el mundo tres clases de males: El mal natural, el mal que se ocasionan los hombres unos a otros y el que se causan a sí mismos.

El mal natural. Ya lo dijimos. La naturaleza del hombre lleva consigo el límite, la imperfección. La materia de que está compuesto determina su debilidad. Su vida pende de un hilo. Lo acechan los accidentes, las enfermedades, los achaques de la edad y la muerte. Y como ser dotado de conciencia, sabe y sufre su vulnerabilidad.  De esta condición humana, materia dotada de conciencia, deriva la primera clase de males que suelen afectarlo. Son ellos, no obstante, los menos frecuentes, explica el sabio cordobés en la “Guía de Perplejos”.

Albrecht Dürer, Los cuatro jinetes del Apocalipsis

Albrecht Dürer, Los cuatro jinetes del Apocalipsis

El mal que los hombre se hacen unos a otros. El abuso de la fuerza, la injusticia, las mil caras -tantas veces enmascaradas- de la explotación, la tiranía, la guerra: el mal que un hombre inflige a otro hombre, que a su vez quiere vengarse o se desquita en un tercero. Estos males, nos dice Maimónides, son bastante más frecuentes que los de la primera especie. Un examen de la prensa diaria, nacional o internacional, lo confirma. Allí hallamos las crónicas del crimen abierto o encubierto, ejemplos de la violencia injusta, de la rutina inestable de tantos pueblos, de la realidad que todo pueblo ha vivido alguna vez en su historia.

Aunque Maimónides no es del todo pesimista a este respecto. Y afirma: “Sin embargo, en ninguna ciudad del mundo hallarás que los males de esta clase estén generalizados entre los habitantes de la misma, sino que su existencia es también rara, como el individuo que sorprende por la noche a otro para matarle a robarle. Solamente en las grandes conflagraciones de esta especie de males alcanza a cuantioso número de gentes; pero ni aun esto es frecuente en toda la tierra”.

Es este el tipo de conflagraciones en que se especializó exquisitamente la humanidad civilizada en el siglo XX: carnicerías bestiales en unas estúpidas guerras, genocidios, campos de concentración de diverso signo, masivas hambrunas, exilios colectivos, bombas atómicas, decenas de millones de muertos inocentes. Todo en nombre de insensatas utopías, Difícil para nosotros, el optimismo del filósofo judío.

Plaza Tiberiades en el barrio judío, Córdoba

Plaza Tiberiades en el barrio judío, Córdoba

Los males que el hombre se ocasiona a sí mismo. Estos, los del tercer tipo, son los más comunes. Sobrevienen a la persona por su obra u omisión y lo arruinan por su propia voluntad. Derivan de la desmesura en el actuar y en el ambicionar lo innecesario, aquello de lo cual se puede prescindir sin detrimento de la realización personal, esto es las cosas difícilmente alcanzables, por lo tanto escasas y onerosas. Por ellas los hombres se desviven en engañoso espejismo, compitiendo torpemente entre sí,  pagando un precio descomedido.

“De éstos males se lamentan todos los hombres, y pocos se encontrarán que no sean responsables de ellos ante sí mismos”. Cita Maimónides el Libro de los Proverbios (6,32):

“La necedad del hombre tiene sus caminos”.

También el Eclesiastés (Ecl 7,29):

“Lo que hallé fue sólo esto: Que Dios hizo recto al hombre, pero él se complicó con muchísimas maquinaciones”.

Pues “no brota del polvo la iniquidad, ni es el suelo el que produce el infortunio”, sino que “es el hombre quien engendra la desventura”. (Job 5,6.7)

William Blake, Los Ángeles del Bien y del Mal

William Blake, Los Ángeles del Bien y del Mal

Esta clase de males -asevera Maimónides- es consecuencia de todos los vicios, esto es, por ejemplo, del apetito excesivo por la comida y la bebida, especialmente si estas son de mala calidad, o de la práctica desmedida del acto sexual.  Tanto las dolencias perniciosas del cuerpo como las del alma derivan de tales desmesuras. Por una parte, la alteración experimentada por el cuerpo influye necesariamente en el espíritu, en el ánimo o en el sistema nervioso, Desde otro punto de vista, el alma suele inclinarse a las apetencias por lo innecesario, por el lujo y la ostentación, por el exceso, desequilibrándose a sí mismo y ocasionando la ruina del cuerpo y del espíritu.

“Así, todo hombre ignorante, de torcidos pensamientos, siempre anda triste y apesarado porque le es inasequible el lujo conseguido por otro, y a menudo arrostra grandes riesgos… con el fin de lograr estos lujos inútiles; mas cuando adentrado por esos caminos experimenta contrariedades, se queja del decreto de Dios y sus preceptos, empieza a murmurar contra su fortuna y se asombra de su poca justicia, porque no le ayudó a conseguir gran riqueza con que agenciarse vino en abundancia para estar siempre embriagado, y numerosas concubinas ataviadas con oro y pedrería de variadas clases, que le sirvan de incentivo para disfrutar del placer sexual más de la cuenta, como si en ello se cifrara el objetivo de la existencia de ese miserable”.

El hombre suele precipitarse al abismo ciegamente. Y si no logra la consecución hasta el punto de hacer asequible a su alma perversa la satisfacción de sus pasiones rastreras y apetitos suicidas, incurre en la adicional insensatez de culpar a Dios de impedirle alcanzarla. O, en caso de alcanzarla, de los males -enfermedades, accidentes y desolaciones- que son consecuencia directa o indirecta de tan desmesurada satisfacción.

Ephraim Lilien, La Alianza de Abraham

Ephraim Lilien, La Alianza de Abraham

Por el contrario, nos dice, “los virtuosos y sensatos conocen y penetran la sabiduría que resplandece en el universo, como lo proclamó David (¡la paz sea sobre él!): ‘Todas las sendas de יהוה son benevolencia y verdad, para los que guardan su alianza y sus mandamientos’ (Sal 25,10), dando a entender que quienes se acomodan a la naturaleza de las cosas y a los preceptos de la Ley, percatados de la finalidad de entrambas, contemplan claramente la bondad y la verdad universal; por ello cifran su ideal en lo que constituye su destino como hombres… En cuanto a las necesidades corporales, buscan lo preciso, pan para comer y vestido para cubrirse” y desprecian lo innecesario, pues la sed de cosas superfluas deviene, más ordinariamente de lo que se pudiera pensar, en carencia de lo rigurosamente necesario.

Como se puede ver, la sabiduría de estas orientaciones sigue siendo válida en estos días, quizás más válidas que nunca en una sociedades mercantiles que hacen lo imposible por crear necesidades del todo artificiales, por promoverlas y por facilitar al hombre la satisfacción de las mismas a cambio de un precio demasiado elevado: primero la pérdida de rumbo, luego la adicción y el extravío; con frecuencia la ruina o el vacío, o ambos a la vez.

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Opino, en todo caso, que misteriosamente, cualquiera que sea el mal que lo aflige, siempre queda para el ser humano la intuición de una fuerza capaz de redimirlo, de una plenitud que se puede sobreponer a cualquier contrariedad. Que se hace presente en las peores condiciones, haciendo realidad el famoso verso de Hölderlin:

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“Donde impera el peligro, crece también lo que nos salva”
(“Wo aber Gefahr ist, wächst das Rettende auch”).

© 2014
Lino Althaner

 

En la bodega del Amado bebí

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A propósito del ensayo poético que publicara en el artículo “En la oscura bodega”, un amigo puertorriqueño –César– me comentó el parentesco de esos versos con losde un poema de Alfred Tennyson (1809-1892):

Lord Alfred Tennyson

Lord Alfred Tennyson

Flower in the crannied wall

Flower in the crannied wall,
I pluck you out of the crannies,
I hold you here, root and all, in my hand,
Little flower—but if I could understand
What you are, root and all, and all in all,
I should know what God and man is.

Que podría traducirse así:

Flor en el muro agrietado,/ Yo te arranco de tu tumba y te sostengo,/ Raíz con raíz, tu todo con el todo./ Pequeña flor, si pudiera captar tu esencia,/ Entendería qué es el hombre, qué es Dios.

Bellísimo por cierto. Confieso que desconocía estos versos, por lo cual agradezco doblemente a César su comentario.

La sensibilidad del poeta que intuye en lo más pequeño y humilde, en su dignidad, en su belleza, una huella de lo sublime, de lo inefable, es el motivo del poema. Si el misterio de la flor pudiera ser desentrañado -el misterio de su dignidad, de su resplandor, de lo indecible que sugiere- quedaría también desvelado el misterio del hombre y el misterio de Dios. Es que en la flor y en el hombre vibra oculta la chispa divina. Como vibra en toda la Creación. Que hay un Uno que todo lo comprende. El uno que iguala en Dios al hombre y a la flor.

William Blake

William Blake

Bastante anterior a Lord Tennyson es William Blake (1757-1827), de quien son el par de versos inaugurales de su extenso poema “Auguries of Innocence” (Augurios de Inocencia) que sirvieran de epígrafe al poema publicado en aquella entrada. Ahora extenderé un tanto la cita a los cuatro primeros versos:

To see a World in a Grain of Sand
And a Heaven in a Wild Flower:
Hold Infinity in the palm of your hand
And Eternity in an hour.

En español:

Ver un Mundo en un Grano de Arena/ y un Cielo en una Flor Silvestre:/ Tener el Infinito en la palma de tu mano/ y la Eternidad en una hora.

Discípulo de Emmanuel Swedenborg -el científico sueco vuelto visionario, que decía conversar con los ángeles y pasearse por los caminos del cielo-, William Blake era un poeta cuya obra -tanto literaria como pictórica, ambas eminentes- dice no solo de visiones de la esfera celestial, sino que también de un espíritu profético independiente del mundo bíblico, de una espiritualidad y de una ética con frecuencia no convencional. En estos versos, con todo, ya se revela portador de una tradición poética y mística similar a la que luego se expresaría en la poesía de Tennyson. Aunque en Blake ella se manifiesta en forma todavía más poderosa. La visión del mundo en un grano de arena y de la eternidad en una hora parece ser más que una mera aspiración y sugiere más que una posibilidad, la afirmación de una experiencia vivida por el poeta.

San Juan de la Cruz

San Juan de la Cruz

Por cierto, que el poema de “La oscura bodega” dice solo de soñada aspiración, de aspiración a una certeza solo alcanzable en un ámbito distinto.

El otro referente importante de esos versos míos es, desde luego, el gran poeta español del siglo XVI -calificado por alguno, con quien yo podría estar de acuerdo, como el más grande poeta en lengua española- San Juan de la Cruz (1542-1591). En el Cántico Espiritual, como también en la Noche oscura y en la Llama de amor viva, el fraile carmelita da un paso todavía más avanzado en la aventura mística, que no queda plasmado tan solo en versos sino que también en varios tratados en los cuales, junto con edificar una teoría de la experiencia mística, explica el significado de los dichos poemas. Juan de la Cruz reclama la autoría de algo así como un método para llegar el alma humana a la unión con Dios en que culmina el éxtasis místico. En su expresión poética, dicho método se expresa en un canto de amor muy al estilo del amor humano.

De él proviene la imagen de la oscura bodega. En la cercanía de la divinidad que está por encontrar, el alma exclama que su Amado lo es todo: …las montañas,/ los valles solitarios nemorosos,/ los ríos sonorosos,/ el silbo de los aires amorosos,/ la noche sosegada,/ en par de los levantes de la aurora,

la música callada.
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora.

Luego dice de las excelencias del lecho florido, edificado de paz, en que goza del más sublime amor.

Y algo más adelante:

En la interior bodega de mi Amado
bebí, y cuando salía,
por toda aquesta vega
ya cosa no sabía
y el ganado perdí que antes seguía.

Pero continúa, para no dejar nada escondido, que allí, en la oscura bodega,

Allí me dio su pecho,
allí me enseño ciencia muy sabrosa,
y yo le di de hecho,
a mí, sin dejar cosa,
allí le prometí de ser su esposa.

Marc Chagall - Amoureux de Vence

Marc Chagall – Amoureux de Vence

Y todavía más, insiste:

Gocémonos, Amado,
y vámonos a ver en tu hermosura,
al monte y al collado,
do mana el agua pura;
entremos más adentro en la espesura.

Y luego a la subidas
cavernas de piedra nos iremos,
que están bien escondidas;
y allí nos entraremos
y el mosto de granadas gustaremos.

Y recuerda:

Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía;
y luego me darías
allí tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día:

el aspirar de el aire,
el canto de la dulce filomena,
el soto y su donaire,
en la noche serena,
con llama que consume y no da pena.

Es esta la llama de amor viva a que Juan de la Cruz se refiere en otro grandísimo poema, el más bello poema amoroso que conozco, no solamente en lengua española.

Antigua edición del tratado sobre los poemas del Cántico Espiritual

Antigua edición del tratado sobre los poemas del Cántico Espiritual

En ese poema, como también en la Noche oscura, se renuevan con fuerza inusitada estas imágenes explícitas de amor humano como símbolo de amor a lo divino: de la unión amorosa que tiene lugar entre el alma y Dios. Surge entonces la pregunta: ¿cómo pudo el fraile poeta, en pleno siglo XVI español, superar la poderosa censura entonces vigente, tan propicia a ver el mal en toda alusión al Eros, y tan recelosa del antidogmatismo tan frecuente en los místicos. Afirma la tradición que los versos del mismo Cántico Espiritual fueron escritos en la cárcel a que lo llevara su intervención en el proceso de reforma carmelitano. Superaron, sin embargo los escollos, tal vez merced a su precedente bíblico -el Cantar de los Cantares-, a las numerosísimas citas del Antiguo y del Nuevo Testamento que aduce el poeta para fundamentar sus imágenes, o adicionalmente, a alguna buena influencia política o eclesiástica con capacidad para ayudarlo.

La verdad es que, al asimilar metafóricamente la unión mística con la unión erótica, San Juan asegura al sexo la dignidad que le corresponde como culminación del amor y como vehículo de la procreación, enseñándonos a alejarlo, tanto de los prejuicios estigmatizadores como del emporcamiento a manos, por ejemplo, de los medios masivos o de la pornografía, actualmente tan frecuentes.

Todo esto a propósito del comentario de mi amigo César, de Puerto Rico. ¡Cómo puede ser de fructífero el diálogo en la blogósfera!

Ahora sólo faltaría que leyeramos nuevamente el poema de La oscura bodega, homenaje a San Juan de la Cruz, con más referencias a su poesía que las que menciono en este artículo. Además de las que hago a los versos de los “Augurios de Inocencia”, de William Blake.

© 2014
Lino Althaner

En la oscura bodega

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Memoria de Juan de la †

La música callada,
la soledad sonora.
San Juan de la Cruz

To see a World in a Grain of Sand
And a Heaven in a Wild Flower
William Blake

Las vasijas de vino aromado
con clavo y canela
en la oscura bodega.
Un néctar que tempera el alma
en las noches de invierno
curando olvidos y malos recuerdos.
La llaga que vive.
El toque de la única centella.

El gusano de seda
y la mariposa que no cesa.
La lira que acaricia.
La guirlanda de flores y esmeraldas
que corona mi cabeza.
El collar de margaritas
que circunda mi cuello.

Subida del Monte Carmelo, por San Juan de la Cruz

Subida del Monte Carmelo, por San Juan de la Cruz

En una flor silvestre el paraíso.
El mundo en un grano de arena.
Una fuente de agua diamantina
y el alma que se vuelve una escalera
que asciende  hacia un castillo
con habitaciones suficientes.
La cercana presencia.

La llama y el cauterio.
La esperada locura
y el santo alumbramiento.
El lunar en la mejilla.
El rizo del cabello del Amado.
El toque de la única centella.
El aroma del clavo y la canela.
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© 2014
Lino Althaner

La rosa inmarcesible

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Simbolismo inagotable el de la rosa. Representa la rosa la perfección, la completa realización de lo que, por lo tanto, puede retornar a su origen, pues es del todo semejante a la Idea. La rosa es la belleza y la verdad, la pureza, lo sublime inmaculado.  Pero también está asociada a la pasión, la pasión amorosa y la pasión del que sufre, del que padece, física y espiritualmente.
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En el cristianismo, la rosa está asociada a María, Mater Dei, la rosa mística de la Letanía lauretana. También a a la pasión de Jesús de Nazaret. Así la adopta Martín Lutero como emblema -por el mismo diseñado- del movimiento reformista protestante. El símbolo del que padece, del que ha muerto, pero vive –vivit, dice el emblema.

Varias cosas nos dice sobre la rosa la poesía mística de Angelus Silesius, el poeta germano del siglo XVII, en un libro tan hermoso y poco conocido como es su Peregrino Querubínico. Una versión bilingüe en alemán y francés, de 1945, que adquirí en Buenos Aires a mi amigo Hernán Silva, de la librería Aletheia, se encuentra entre los tesoros de mi biblioteca.

Desde luego, para Silesius la rosa es un símbolo cristiano cargado de idealismo platónico o mejor neoplatónio. Esa rosa perfecta que ven nuestros ojos simboliza a aquella que florece en la eternidad divina, en el Empíreo, en el Paraíso:

La rosa que aquí admira tu mirada exterior
florece asimismo en la eternidad de Dios.
(I, 108)

(Die Rose, welche hier dein äusseres Auge sieht, / Die hat von Ewigkeit in Gott also geblüht).
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En esa intemporalidad inespacial en que las cosas se consuman en belleza, en perfección, en bien y en verdad. En que los opuestos desaparecen. En que las cosas pierden apariencia para ser lo que son.

Insiste Silesius en que lo Absoluto carece de razón de ser. Es simplemente porque es, porque allí mora el puro Ser original, increado, sin causa, del cual brotan las Ideas platónicas, las Formas del neoplatonismo.

Así, puede decir:

La rosa carece de porqué, simplemente florece.
Sin turbarse por sí misma, ni preguntarse si alguien la observa.
(1,289)

(Die Ros’ ist ohn warum, sie blühet weil sie blühet, / Sie acht nicht ihrer selbst, fragt nicht ob man sie sieht).

En la morada del Ser, no hay lugar para aparentar ni para poseer. Ni para adquirir o para intercambiar. Allí es suficiente con ser.

Este poema de Silesius, lo cita Jorge Luis Borges en la última de sus Siete Noches para referirse a la esencia de la poesía. Por cierto que no tendrá mucho sentido para  quienes son incapaces de sentir la poesía, o sea, según el mismo escritor argentino, maestro de la ironía y de la paradoja, para quienes deben generalmente contentarse con enseñarla. 

Y también nos dice el Peregrino Querubínico que ante Dios, que es el que es, nos debemos abrir como una rosa, para acercarnos a él:

A Dios recibirás con toda su bondad
si te abres a él como una rosa.
(III, 87)

(Dein Herz empfänget Gott mit allem seinen Gut, / Wann es sich gegen ihm wie eine Ros’ auftut).
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Vincent van Gogh – rosas rosadas (imagen de wikipaintings.org)

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Es esta la rosa inmarcesible, o sea, la que no se marchita. ¡Qué desgracia imaginar que esta rosa pudiera decaer, ajarse, ser presa del mal! La mayor pesadilla.

Pero William Blake tiene un poema sobre La rosa enferma:

Oh rosa, estás enferma;
El gusano invisible
que vuela por la noche,
en la tormenta ululante

ha encontrado tu lecho
de purpúreo goce.
y su amor oscuro y secreto
destruye tu vida.

(The sick rose // O rose, thou art sick; / The invisible worm / That flies in the night, /In the howling storm, // Has found out thy bed of crimson joy, / And his dark secret love / Does thy life destroy.)
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                              William Blake – The sick rose (imagen – wikipedia)

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Algo bello, algo grande, está siendo amenazado en este poema. ¿Es tan solo una beldad fugitiva, del mundo de carne y hueso? ¿Es algo más bien espiritual? ¿Es la centella sepultada, es la chispa que casi no brilla, es el fuego que amenaza con apagarse? ¿El espíritu del mundo que declina? ¿Es el gusano de las miserables apariencias que trata de imponerse sobre el espíritu inmortal?
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© Lino Althaner
2012 

Aurora

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Morning

To find the western path,
Right through the gates of Wrath,
I urge my way.
Sweet Mercy leads me on
With soft repentant moan.
I see the break of day.

The war of swords and spears,
Melted by dewy tears,
Exhales on high.
The sun is freed from fears,
And with soft grateful tears
Ascends the sky.

Suscitan en mi mente ecos gnósticos, estos versos de William Blake, el gran artista pintor y poeta inglés.

No es fácil el camino de la redención. Para alcanzar la meta es preciso, dice la filosofía perenne, surcar rutas nunca antes exploradas –the western path, ‘la ruta de occidente’- y superar peligrosos desfiladeros –the gates of Wrath, ‘las puertas de la Ira’-, en los cuales acecha el peligro oscuro. Pero aparece la Misericordia, la Piedad. Iluminado por ella, el peregrino acopia las fuerzas necesarias para ver el nuevo día. Su llanto y el del rocío funde las espadas y las lanzas. Así, puede captar el brillo del sol sin las opacidades que lo atenuaban. Es capaz de apreciarlo libre de los temores y limitaciones que lo opacaban. De admirar cómo reemprende su camino a través del cielo.
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William Blake – El sol en la puerta de oriente (imagen de wikipaintings.org)

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El sol se ha despojado de sus velos; resplandece con nuevo fulgor e ilumina con luz increada.

En busca de la ruta occidental
a través de las puertas de la Ira,
he acelerado el paso.
Mi suave gemido de arrepentimiento
lo conduce con dulzura la Piedad.
Veo el despertar de un nuevo día.

La lucha de espadas y de lanzas
fundidas con el llanto del rocío
fluye a las alturas.
El sol se libra de sus miedos,
y con lágrimas de agradecimiento
asciende por el cielo.

Así ha de ser la senda del hombre, si opta por ser redimido de su imperfecta condición. También debe recorrer sendas peligrosas y enfrentar azarosas encrucijadas en la oscuridad. Si vence es que ha sido capaz de despojarse de todo egoísmo y de resistir a toda malévola inclinación o maquinación; es que se ha liberado de toda esclavizadora concupiscencia, de la arrogancia y del ansia de poseer y dominar, que lo hacen mentir, envidiar y ambicionar. Sólo así es capaz de trascender las apariencias y enfrentarse a lo Absoluto, de recuperar en comunión con el Todo su condición beatífica primordial. De hacerse igual a Dios.

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© 2012 Lino Althaner

Vivir con los animales

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‘En el rostro de hombres y mujeres, veo a Dios’.  No siempre los entendía. Más aún, afirmaba Walt Whitman. ‘Veo a Dios en cada objeto, pero no lo entiendo en lo más mínimo’.
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Feng Daozhong – Rights reserved – Image from cuadernoderetazos.wordpress.com

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Más que a Dios y a los hombres, sí que entendía, en cambio, a los animales:

‘Creo que podría vivir con los animales. ¡Son tan plácidos y autosuficientes!
Me detengo y los observo largamente.
No se impacientan, ni se quejan de su condición;
no se quedan por la noche sin dormir, ni lloran por sus pecados.
No me fastidian discutiendo sobre sus deberes para con Dios.
No hay ninguno descontento, ni enloquecido por la furia de poseer.
No se inclinan unos ante otros, ni ante  arcaicos antepasados.
Ni uno solo se siente desdichado o digno de veneración.

Me muestran la relación que tienen conmigo, que yo acepto.
Me traen pruebas de mí mismo, que ellos evidencian poseer.

¿En dónde las hallaron?
¿Pasé por su camino hace ya tiempo y las dejé caer sin darme cuenta?
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Feng Dazhong – Rights reserved – image from cuadernoderetazos.wordpress.com

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(‘I think I could turn and live with animals, they are so placid and  self-contain’d,/ I stand and look at them long and long.// They do not sweat and whine about their condition,/They do not lie awake in the dark and weep for their sins, /They do not make me sick discussing their duty to God,/Not one is dissatisfied, not one is demented with the mania of  owning things, /Not one kneels to another, nor to his kind that lived thousands of  years ago, /Not one is respectable or unhappy over the whole earth.// So they show their relations to me and I accept them,/ They bring me tokens of myself, they evince them plainly in their  possession.// I wonder where they get those tokens,/ Did I pass that way huge times ago and negligently drop them?’)
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Feng Dazhong – Rights reserved – image from cuadernoderetazos.wordpress.com

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Recordé este poema (número 32 de Hojas de hierba) en una visita reciente al sitio Poesiaoggi (poesiedomani.wordpress.com), del poeta ítalo-argentino Marco Saya), por lo cual no puedo sino transcribir su traducción, que suena muy bella ciertamente en la lengua de Dante:  

‘Credo che potrei vivere con gli animali, sono così placidi e pieni di decoro.
Rimango ad osservarli per ore e ore.

Non si affannano e non si lamentano della loro condizione,
Non stanno svegli nel buio piangendo per i loro peccati,
Non m’infastidiscono discutendo dei loro doveri verso Dio,
Nessuno è insoddisfatto, nessuno impazzisce per la mania di possedere cose,
Nessuno s’inginocchia davanti all’altro, o a un suo simile vissuto migliaia di anni fa,
Nessuno è rispettabile o infelice su tutta la terra.

Così mi palesano i loro rapporti con me e io li accetto,
Portano segni di me, e chiaramente ne dimostrano il possesso.

Mi chiedo dove presero quei segni,
Ho forse percorso quella strada tanto tempo fa e li ho lasciati sbadatamente cadere?’
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Feng Dazhong – Rights reserved – image from cuadernoderetazos.wordpress.com

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Sucede que los animales viven en plena armonía con la naturaleza. Son parte de ella, sin saberlo. Nosotros, humanos, por la gracia ambigua de nuestra consciencia, sí que lo sabemos. Por ello es que, a pesar de ser parte de la naturaleza, nos sentimos frente a ella como observadores. Nos hemos escapado a construir un mundo que está en pugna con la naturaleza. Y pagamos las consecuencias. Hacemos teología, hacemos filosofía y poesía, para tratar de entender nuestra extraña condición, tan magnífica y tan lamentable. En la octava de sus Elegías de Duino, Rilke medita con profunda poesía sobre este particular:

‘No tenemos jamás, ni un solo día,
el espacio puro ante nosotros, en el que las flores
se abren sin cesar.’

(Wir haben nie, nicht einen einzigen Tag,/ den reinen Raum vor uns, in den die Blumen/ unendlich aufgehn’)

Y nuestra máxima envidia es que el animal no le teme a la muerte:

‘… Libre de la muerte.
A ella sólo nosotros la vemos; el animal libre
tiene siempre tras de sí su ocaso
y ante sí a Dios …’

(‘… Frei von Tod./ Ihn sehen wir allein; das freie Tier hat seinen untergang stets hinter sich/ und vor sich Gott …’)
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Feng Dazhong – Rights reserved – image from cuadernoderetazos.wordpress.com

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Volviendo a Walt Whitman, es sin duda un gran poeta, tan grande como William Blake, a juicio de Ernesto San Epifanio, el personaje de Los Detectives Salvajes, expresado en la irreverente clasificación de la literatura y de los poetas  contenida en la entrada correspondiente al 22 de noviembre de la novela de Roberto Bolaño (Anagrama, Barcelona 1998, página 83).  Esta novela tiene páginas memorables, inigualables por cierto en la literatura chilena, e incluso, tal vez, en toda la literatura americana en idioma español. Aunque es mucho decir.
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© 2012 Lino Althaner

William Blake – The Lamb

9 comentarios

La entrega del blog correspondiente al 15 de noviembre estuvo dedicada a “El tigre”, ese gran poema en que Blake se formula la interrogante concerniente a la misteriosa convivencia, en la naturaleza, del bien y la bondad con el mal y la crueldad, aún más, a la presencia de la extremada belleza y del horror, en un mismo ser: en el tigre, deslumbrantemente bello y a la vez fríamente feroz. La pregunta que el poeta dirige a la magnífica bestia va dirigida, en último término, al Creador, que en Blake algo tiene del demiurgo gnóstico, celoso y egoísta, rigurosamente dominante, imperfecto:

¿sonrió él al admirar su obra?
¿Fue quien hizo al Cordero tu hacedor?

William Blake - The Lamb (The William Blake Archive, copyright)


El cordero es la contrapartida del tigre. Así como este es la belleza en su potencia dominante y destructora, autoafirmativa, el cordero lo es en su debilidad, en su indefensión y en su disposición al sacrificio. Por eso es el símbolo de Jesús, el Agnus Dei, el Cordero de Dios dispuesto a dar la vida por los hombres, sus hermanos. Este Cordero es a la vez el Buen Pastor. En el artículo del día de ayer lo veíamos representado por el pincel de Zurbarán. Hoy lo vemos en otra de las iluminaciones magníficas de William Blake, que en sus “Cantos de Inocencia” incluyó también un poema al Cordero, claramente simbólico de aquél a que alude Juan Evangelista cuando lo presenta en 1, 29: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.

El Cordero

Oh Corderillo, ¿quién te ha hecho?
¿Aún no sabes quién te ha hecho?
Te ha dado vida y alimento
junto al arrollo y sobre el prado;
te ha dado ropas deliciosas,
suavísima lana brillante;
y te ha dado una voz tan tierna
que el valle todo se alboroza.
Oh Corderillo, ¿quién te ha hecho?
¿Aún no sabes quién te ha hecho?

Oh Cordero, yo he de decirlo,
Oh Cordero, yo he de decirlo:
se llama por tu mismo nombre,
pues que Cordero a sí se llama:
es apacible y bondadoso,
de un niño tuvo la apariencia:
a nosotros, niño y cordero,
por su nombre nos llaman todos.
Cordero que Dios te bendiga.
Cordero que Dios te bendiga.

La traducción es de Jordi Doce (William Blake, Ver un mundo en un grano de arena, Visor, Madrid 2009).

William Adolphe Bouguerau - The virgin lamb (wikipaintings.org)


Se trata de una suerte de canción infantil que respira inocencia: la circunstancia de que el niño le hable al cordero aparece como algo naturalmente creíble y no como simple retórica. El niño le pregunta acerca de su origen, de quien le dio sus ropas deliciosas y su tierna voz. La pregunta repetida “¿quién te ha hecho?” es muy simple: no obstante, se interna en lo profundo e intemporal, y así se hace interrogante concerniente al origen del hombre y a la naturaleza de la creación, válida para toda la humanidad.

En la segunda estrofa está la respuesta. Quien se llama a sí mismo el Cordero, él te creó; quien se parece a un niño y a un cordero, por su carácter apacible y bondadoso. Mientras que la primera estrofa es bucólica y descriptiva, la segunda se sumerge en el mundo del espíritu con intervención del simbolismo y la analogía.  La respuesta suena como la solución de un acertijo y opera como recurso poético que revela la confianza del niño en su fe. Tanto la imagen del cordero como la del niño están asociadas con Jesús.

William Adolphe Bouguereau - Song of the angels (wikipaintings.org)

El poema no ahonda en la cuestión relativa a la presencia de lo terrible y malévolo junto al bien y a la belleza. “El tigre” –perteneciente a los “Cantos de experiencia” sí que lo hace, aunque sin resolver definitivamente el problema, que permanece en su falta de resolución.

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Ahora les entrego la versión original en inglés:

The Lamb

Little Lamb who made thee?
Dost thou know who made thee ?
Gave thee life & bid thee feed
By the stream & o’er the mead;
Gave thee clothing of delight,
Softest clothing wooly bright;
Gave thee such a tender voice,
Making all the vales rejoice!
Little Lamb who made thee ?
Dost thou know who made thee?

Little Lamb I’ll tell thee,
Little Lamb I’ll tell thee:
He is called by thy name,
For he calls himself a Lamb:
He is meek & he is mild,
He became a little child:
I a child & thou a lamb,
We are called by his name.
Little Lamb God bless thee.
Little Lamb God bless thee.

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¿Está el hombre poniéndose obsoleto? (3)

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Edith Stein

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¿Por qué no decir, a pesar de nuestra falta de objetividad en esta materia, que el argumento del homo sapiens, expresado con tanta poesía en el artículo anterior, parece válido y conmovedor? ¿Y que es una razón, aunque eventualmente remota,  para tener esperanzas en que en unos cuantos años más – cientos, miles, millones – unos pies más finos y sutiles pisen esta tierra? 

Por otra parte, no es posible olvidar que el motivo de la decadencia, de los peligrosos acercamientos del ser humano a la condición de la bestia bruta, se ha repetido, yo diría que a lo largo de toda la historia. Siempre el hombre quejándose de la degeneración de las costumbres, de las malas maneras de los jóvenes, de la violencia, de que el mundo ya no es el de antes, de los desastres, de que encima se vienen atroces acontecimientos, de que el tiempo y el espacio están por concluir. Los predicadores de este tipo de revelaciones siempre han dispuesto, por lo demás, de un número suficiente de terremotos y tsunamis, de hambrunas, de pestes y matanzas, para respaldar sus afirmaciones. Tampoco nunca han faltado el descontento, las protestas, las crisis financieras, las caídas de la bolsa.

Por lo tanto, con mucha compasión por nosotros mismos, dejaremos por ahora pendiente la pregunta, que formula Günther Anders en su libro, de si el hombre está o no obsoleto, sin insistir por ahora en dilucidar si nuestra decadencia es peor que las de antes.

La cuestión que me inquieta sigue siendo válida, cualquiera que sea la respuesta. Ella concierne al camino para rescatar de la perdición a nuestra especie humana tan contradictoria, unas veces tan magnífica en sus realizaciones, otras tan detestable en su crueldad y siempre tan insoportablemente contradictoria y difícil de fiar. Es esta una evidencia de todos los tiempos, al parecer. Enfrentado al hombre-bestia, uno no puede dejar de preguntarse si se trata verdaderamente de una criatura de Dios.  Reconozco que estoy tentado en ocasiones a pensar en el demiurgo, el tremendo y en ocasiones inexperto o perverso creador del universo y del hombre, que los gnósticos – competidores del cristianismo ortodoxo en los primeros siglos de esta era – identificaban, no con el Padre de la Luz, el Dios bueno, cuyo hijo unigénito es Jesús, sino con el dios egoísta y racista y vengativo del Antiguo Testamento.

¿Es posible imaginarse la salvación a través de un medio que no sea la espera de una futura y lenta evolución o de una directa intervención, no demiúrgica sino divina?

Pienso ahora en la imagen que ilumina el encabezado de esta entrada. Edith Stein (1891-1942), filósofa judía discípula de Husserl y monja carmelita discípula de Jesús de Nazaret, conocida en esta última condición como santa Teresa Benedicta de la Cruz. Muerta en el calvario de Auschwitz, ella creía en la experiencia interna del contacto personal con Dios, más importante que cualquier saber y conocimiento. Cuando esa relación, decía, “se convierte en vivencia personal, no comunicada mediante imágenes y parábolas, ni a través de ideas ni mediante algo a lo que se pueda dar nombre, entonces, y sólo entonces, tenemos la ‘misteriosa revelación’ en el sentido más propio, la ‘teología mística’, la autorrevelación de Dios en el silencio. Ella es la cima a la que conducen los escalones del conocimiento de Dios”.

Ella, como admiradora que era de San Juan de la Cruz y no sólo teorizadora de la experiencia mística sino practicante de la misma, había logrado tener al alcande de la mano, como todos sus auténticos hermanos en el misticismo, lo que nosotros tenemos enclaustrado en lo más profundo del alma: la chispa divina, la centella espiritual que es elixir de vida, la perla que el hombre extravió en su contaminación con la naturaleza y con la vida. Yo siempre he tenido la fuerte intuición de que en personas como Edith se revela una fuerza sobrehumana, la sola   capaz de procurar un cambio en la conciencia de la humanidad. ¿Cómo? Trayendo a la luz imperfecta de los hombres la imagen de la Luz, mostrándola a los hombres ordinarios como nosotros y dándoles prueba de su poder.

Sepultado tras capas espesas de ilusión, de ambición distorsionada, de pequeños anhelos y apegos materiales, de mentiras que nos quitan libertad, una partícula de la Luz original yace la aletargada, despreciada, empapada de nostalgia, primero, por volver a la faz de la tierra, y luego, por volver a ser una con Dios. Disponible para sólo unos cuantos, cuya misión es la de difundirla, para que obre prodigios. Sin la chispa del espíritu brillando en nuestros pensamientos, en nuestras miradas y en nuestros pasos, nos sentimos de repente como víctimas del más espantoso naufragio, del peor de los sinsentidos.

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Grandes místicos nos hacen falta. No sólo por cierto los místicos cristianos. Hay una mística judía – la cábala – y una mística islámica – el sufismo -, como también en el oriente budista e hinduista. Hay filósofos místicos, Plotino entre los  neoplatónicos, que vivía iluminado, llegando a tener experiencias extáticas en varias ocasiones. Y místicos laicos, como Dag Hammarksjold (1905-1961), quien fuera en Suecia ministro de hacienda y presidente del Banco Central, y luego Secretario General de las Naciones Unidas. En un manuscrito suyo encontrado en su departamento de Nueva York, hay testimonio de  la vía de espiritualidad recorrida por él, primero marcada preferentemente por la inquietud ética y luego por una profunda convicción acerca de la presencia de Dios que experimenta como a otro en sí mismo, estupefacto ante ‘lo inaudito de estar en sus manos’  en un instante que le parece estar situado en la eternidad. “Para el que vela  – escribe – lo lejano está presente, presente en esta humanidad en la que Jesús muere a cada instante en quien haya seguido hasta el fondo la huella interior del camino”. Dag Hammarksjold, místico y mártir de la paz.

Unos tipos que pueden ayudarnos, yo creo que son los místicos. Serían sin duda objeto de mofa, despreciados como todo lo que vale la pena. Pero ellos insistirían, santos, místicos y monjes de todas las confesiones.  Uno del tipo del maestro Eckhart le haría falta a nuestro tiempo. Un Rumi, un Juan de Yepes, una Teresa Ahumada. Yo creo que terminarían por convencer al mundo y contagiarlo de su santa locura. Además, las iglesias deberían impulsar un florecimiento de las órdenes monásticas y ponderar como es debido la fuerza del retiro de los cenobitas y de los anacoretas. Ellas procurarían la renovación de las otras órdenes, las que llaman a la acción.  Un nuevo Benito de Nursia, un nuevo Antonio Abad, serían precisos para infundir entusiasmo. Una educación renovada, como la que necesitarían las nuevas generaciones, requeriría que en los hogares y en las escuelas se difundieran, en vez de las gestas oscuras y mundanas de los llamados padres de la patria, la vida y la obra y milagros de los santos y de los místicos.

Ya lo sé. Siento vuestras miradas  socarronas. Algunas teñidas de lástima, otras de horror. No faltan las miradas iracundas. Pero, no me miréis con ira. Todo esto os parece una locura. Y os lo concedo, tenéis razón. Os parece una locura porque es una locura, en eso estamos de acuerdo. Pero después del vergonzoso siglo XX que tuvimos, con sus cimas de cordura -las guerras, las bombas, las pestes, las hambrunas, las servidumbres multiplicadas, las tenebrosas promesas de la tecnología-, y después del no menos promisorio siglo XXI que estamos teniendo, qué nos resta si no es un recurso deseperado. El recurso a la cordura, en eso estaréis de acuerdo, está por completo desprestigiado. Sólo resta la locura. Una santa locura.

También podrían ayudarnos poetas visionarios y artistas que tocaran el cielo con sus manos, o bien con sus cinceles o pinceles o partituras. Los hombres no pueden seguir ignorando a Emanuel Swedenborg, que conversaba con los ángeles del cielo, ni a William Blake que decía su experiencia en estos versos:


Ver un mundo en un Grano de Arena
y un Cielo en una Flor Silvestre:
tener al Infinito en la palma de tu mano
y la Eternidad en una hora.

A ellos quiere este blog dedicarles una parte importante de su contenido, en el convencimiento de que en ellos está la fuerza necesaria para impulsar el regreso del Espíritu a la faz de la tierra. Amigos de la chispa divina, ellos traen de vuelta la Luz capaz de enceguecernos para darnos la visión de la verdad.

Me comprometo a una entrada a la semana dedicada al mundo de los místicos y santos y poetas visionarios.

© 2012
Lino Althaner 

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