Hablemos de lo inefable (Ciencia y mística 4)

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Si ustedes se entregan al gozoso trabajo de comparar la obra escrita de los grandes místicos, se encontrarán más de una vez con un fenómeno sorprendente: el de un lenguaje conceptual compartido, el de unos mismos fines, el de similares alegorías y formas de expresión,  el de cuestiones y respuestas que a todos es común.
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William Blake – El Anciano de los Días (imagen de wikipaintings.org)

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En Oriente y en Occidente, sea que la experiencia mística se dé en el ámbito del budismo o del taoísmo, del judaísmo, del cristianismo o del sufismo musulmán, o incluso en el de una espiritualidad sin religión o puramente poética, lo que se quiere decir es lo mismo. Es siempre la misma la dirección del pensamiento; sea la que asume en el siglo XXI, sea la que mostró siglos antes de la Era Cristiana. Me da la impresión de ver reflejada en tales escritos una espiritualidad muy profunda, inherente tal vez a la condición humana, que dice de la misma intuición, de la misma inclinación o apertura a una realidad que se encuentra más allá del aquí y del ahora, tan distinta a la fugitiva contingencia, pero que es la que explica a la convicción mística el origen del cosmos y da sentido a la existencia humana.

Una característica suele unir de manera especial a los místicos. Es la tendencia a expresar un saber que parece trascender los dogmas y las historias sagradas con que los hombres suelen institucionalizar la espiritualidad  para transformarla en religión esclerotizada, definida de una vez y para siempre; un saber más profundo y por lo mismo más impreciso, menos susceptible de encerrarse en los artículos de un catecismo que pretende decirle al ser humano cuál es su fe.  Un saber inefable, que vacila al momento de querer revestir de atributos a la divinidad, y que, más aún, intuye en el mundo de lo divino una realidad tan sustancialmente distinta a la que conoce por las vías habituales de los sentidos y de la mente, que prefiere asociar esa esfera mejor con la Nada que con el Ser de que participan los entes, las criaturas y los eventos mundanos. Porque la realidad suprema no es una entidad. Es algo más. Es el origen y la razón del orden natural, como lo expresa, por ejemplo, el Tao Te King.
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William Blake – Los ángeles se aparecen a los pastores (wikipaintings.org)

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De allí proviene, precisamente, a mi entender, que haya más posibilidades de entendimiento real de la ciencia con la mística que con la religión. La mística es humilde. Reconoce que su visión, por profunda que sea, se refiere a lo sublime, sí, pero inexpresable. Que de lo que dice es de una realidad imposible de caracterizar o de expresar con claridad. El místico, me parece, suele referirse a los dogmas un poco a regañadientes. De allí que tenga una tendencia a violentarlos y a vérselas con los tribunales de la ortodoxia. Como se las vieron el Maestro Eckhart o Juan de la Cruz.

El científico también ha de ser humilde. Los hechos lo obligan a serlo. La ciencia está en proceso de cambio permanente. Lo prueban las visiones tan distintas del mundo que han tenido los filósofos presocráticos, Platón y Aristóles, más adelante Ptolomeo, luego Copérnico y Kepler, enseguida Newton, recientemente Einstein, ahora la física cuántica, y quizás también la nueva física que ha de estar siendo pensada en estos momentos. Y su búsqueda, a mi lego y modesto entender, no debería tener fronteras, como las que postulan los físicos o astrónomos positivistas. Es en esta ausencia de fronteras que la ciencia y la mística pueden darse la mano para avanzar en el camino a la Verdad: aquélla tal vez en que la materia y el espíritu son aspectos de una misma Unidad. Es lo que parecen entender hombres de ciencia tan eminentes como aquellos a que me he referido en los tres artículos anteriores de esta bitácora virtual -Wolfgang Pauli, Werner Heisenberg,  Erwin Schrödinger- y muchos otros.
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William Blake – El Juicio Final (wikipaintings.org)

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Seguiremos hablando de afinidades sorprendente entre la ciencia, la mística, la filosofía y la poesía.

Ejemplos del mundo inefable de los místicos auténticos, seguirán en las próximas entradas.

William Blake, el autor de las imágenes, era también un gran poeta y un visionario muy especial. Él no calza precisamente con lo dicho en estas notas, pues sí que tenía unos dogmas y unas visiones muy precisas de lo absoluto. Que eran, por si fuera poco, de su propia creación. Muchas de sus obras pictóricas son producto de su propia mitología, salpicada alguna vez de un poco de cristianismo. ¡Pero que era un genio, quién podría discutirlo!
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© 2012 Lino Althaner 

Ciencia y mística 2

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‘Es tan lúcido este misticismo, que es capaz de ver
más allá de numerosas oscuridades, cosa que
los modernos no podemos ni nos atrevemos a hacer.’

‘Jamás debería afirmarse que las tesis expuestas mediante

formulaciones racionales son los únicos presupuestos posibles
de la razón humana.’

Wolfgang Pauli,  
Premio  Nobel de  Física 1945

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Siguiendo el desarrollo comenzado en la entrada anterior, comienzo por recordar que, según Wolfgang Pauli, la física cuántica abre caminos a la posibilidad de descubrir relaciones de complementariedad entre concepciones del mundo tales como  las de Platón y los neoplatónicos; de los gnósticos y alquimistas antiguos y medievales; de la ciencia moderna; del misticismo y de la filosofía cristiana, para arribar a una concepción unitaria de la psique -el alma, la mente- y la materia.

Advierte y crítica Pauli la inclinación de la ciencia a considerar que el mundo no es más que su objetiva y múltiple materialidad,  en la cual la investigación encuentra un límite que no está permitido traspasar. Esta concepción excluye del ámbito del trabajo científico los intentos de indagar en las regiones del alma y del espíritu, por lo cual el investigador ha de evitar todo paso en esa dirección, so pena de ser calificado de poco serio o privado de la rigurosidad metódica que exige su labor.
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Afirma Pauli que esta posición, llevada al extremo, excluye la posibilidad de intentar una comprensión unitaria del mundo y de llegar a comprender el fundamento de tal unidad, que se impondría, tal vez a su juicio, sobre la aparente multiplicidad. La idea gnóstica de la unidad original y final de los opuestos, que tan emparentada se encuentra con la visión de los filósofos taoístas, no está al parecer ausente de su pensamiento. El intento de los alquimistas de referirse a los procesos materiales y psíquicos con un mismo lenguaje, también atrae su atención, viendo seguramente en esa posibilidad una intuición de que el espíritu mismo reside en la materia o, más aún, de que el espíritu y la materia no son, en esencia, sino una y la misma cosa.

Existe, pues, un intento de monismo psicofísico, que se hace presente tanto en la alquimia medieval como en la física moderna, la cual, a partir de los descubrimientos de Niels Bohr en el terreno de la física cuántica, intuye la existencia en la intimidad de la materia de realidades invisibles más profundas que las empíricamente determinables según el método científico tradicional. Una concepción semejante serviría para razonar seriamente con respecto a fenómenos de interrelación entre la psique y la realidad material observable, hasta hoy día explicados de manera  insuficiente     aquellos, por ejemplo, que es habitual incluir en el campo de la parapsicología o los que han solido ser entendidos como manifestación del principio de sincronicidad- como también para encontrar una razón de ser sólida a las formas instintivas de ideación a priori -derivadas del inconsciente- a que me referí en la entrada anterior. Además, permitiría profundizar en las investigaciones concernientes a la unidad del cosmos.

Con respecto a este orden cosmológico unitario, aún no plenamente formulable en términos científicos, Pauli se manifiesta especialmente escéptico con respecto a ‘la opinión de Darwin, sumamente extendida en la biología moderna, según la cual la evolución de las especies sobre la tierra habría tenido lugar únicamente a causa de las leyes físico-químicas, a través de mutaciones sobrevenidas al azar, y de sus efectos consiguientes. Pauli considera este esquema excesivamente estrecho, y apunta la posibilidad de otras conexiones más generales, que ni pueden encajar en el esquema conceptual general de las estructuras causales, ni puede tampoco ser adecuadamente descrito como azar. Una y otra vez encontramos en Pauli el intento de romper los senderos usuales del pensamiento, a fin de acercarse por nuevos caminos a la comprensión de la estructura unitaria del mundo.’
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Desde el punto de vista espiritual, estaba nuestro físico lejos de encajar en cualquiera de las religiones conocidas. Sin embargo, todavía más clara era al parecer su propensión a rechazar los ingenuos ateísmos al uso del racionalismo decimonónico. 

El mayor anhelo de Wolfgang Pauli era tal vez el de una realidad científica que, superando la estrecha división del conocimiento en compartimentos separados, proveniente también del positivismo heredado del siglo antepasado, lograra una síntesis capaz de conciliar la comprensión racional con la experiencia mística de la unidad. 

Según Werner Heisenberg, otro Premio Nobel de Física (1932), tal es ‘el mito, confesado o no, de nuestro tiempo’.

Un artículo de Heisenberg –La unión de lo místico y de lo racional– contenido en el libro Cuestiones cuánticas – Escritos místicos de los físicos más famosos (ed. Ken Wilber, Kairós, Barcelona, 1986), me ha resultado especialmente valioso para escribir esta entrada, tan relacionada con otras de este blog dedicadas a la filosofía oriental, a la alquimia y también a la mística de todos los signos espirituales..
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© 2012 Lino Althaner

Ciencia y mística 1

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Imposible alianza, se podría decir a primera vista, la de la razón científica con el espíritu místico.

El físico Wolfgang Pauli (1900-1958), hombre de excepcional brillantez intelectual y de una rigurosidad lógica a toda prueba, la creía, con todo posible, en el campo de su disciplina. Más aún, tenía él la poderosa intuición de que para alcanzar su máximo desarrollo, la tarea del físico no podía sino desarrollarse en compañía del espíritu inasible, de la energía escondida en la hondura del alma, tal vez en la inefable realidad en que viven las figuras arquetípicas del inconsciente.  También lo perturbaba la cerrazón de la ciencia a interesarse por las cosas escondidas, por lo misterioso que se halla más allá de las apariencias. La posición de Pauli no es, con todo, excepcional entre los físicos modernos. Sobre la presencia necesaria de la intuición  y de la visión mística en el desarrollo de la investigación epistemológica se han pronunciado también en forma positiva científicos tan importantes como Heisenberg, Planck, Eddington y Einstein, entre otros.

En esta oportunidad, sólo diré unas palabras sobre el pensamiento de Pauli, quien obtuvo el Premio Nobel de Física en 1945, por sus contribuciones científicas.
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Astrónomo – Albrecht Durer (wikipaintings.org)

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Tenía  Pauli, a juicio de su colega Werner Heisenberg, una importante virtud: la de compatibilizar una rigurosidad crítica y un marcado escepticismo, con un profundo interés intelectual por las áreas más oscuras de la realidad, aquéllas que escapan a los sentidos y a la razón, y por los insondables abismos de la mente y del alma humana. Así, pues, la penetrante claridad y minuciosidad de las formulaciones que planteaba con respecto a los problemas físicos, se veía agudizada por su persistente atención por procesos creativos espirituales para los cuales todavía no se ha hallado una explicación racional. Por otra parte, era Pauli tan escéptico que llegó a volverse escéptico de su propio escepticismo. Como resultado de ello se decidió a profundizar en el estudio de los factores del proceso cognitivo que preceden a una comprensión racional profunda.

Y así llegó, por ejemplo, a proponer la necesidad de moderar las concepciones puramente empiristas y materialistas del método de investigación, para hacer énfasis en la importancia de la intuición y del manejo de la atención en la estructuración de los conceptos e ideas -no necesariamente arraigados en la pura experiencia- necesarios para expresar una teoría científica.

Se convenció de la incapacidad de la pura lógica para explicar la relaciones entre las percepciones sensoriales y los conceptos teóricos, y relacionó con esa incapacidad el postulado de que en el cosmos existe un orden distinto al que muestran las apariencias, y que tal orden escapa a nuestras capacidades  racionales ordinarias. Tanto lo que se conoce por la percepción como lo que es accesible por medio del espíritu, ambos campos están sujetos a un orden objetivo. Así, pues el científico no ha de quedarse en la indagación de lo sensorialmente perceptible. Debe intentar avanzar más allá, para indagar en lo que reside tras las apariencias físicas, tal vez para darles sentido pleno.
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Esfera armilar

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Un dato importante para entender a Pauli concierne a su relación con Carl Gustav Jung, el psicólogo suizo, que tan profundamente se ocupó de la influencia en la mente y en la acción humana de las imágenes primigenias o arquetipos residentes no en la conciencia sino en la región inconsciente del alma, y que no son formulables plenamente en términos racionales.  Se trata de ‘imágenes dotadas de un poderoso contenido emocional y que no brotan a través del pensamiento, sino que son contempladas, por decirlo así, imaginativamente’.

La Idea platónica, reformulada por el neo-platonismo, resurge de alguna manera en el pensamiento de Pauli. Según él,  el placer experimentado al acceder a un conocimiento significativo determinado deriva, precisamente, de su conformidad con las imágenes preexistentes en su inconsciente, esto es, de la correspondencia de un objeto o de su comportamiento con la realidad de las Ideas.

Una etapa importante del pensamiento de Pauli es la que se desarrolla paralelamente al análisis que realiza, en compañía de Jung, de la obra de Johannes Kepler (1571-1630), el matemático y astrónomo alemán a quien se puede atribuir en gran medida la transformación de la astronomía, entonces todavía enrraizada en la antigua tradición cosmológica, en una disciplina del campo de la física matemática. Convertido a la teoría heliocéntrica copernicana, Kepler era un convencido de que Dios había creado el mundo conforme a un orden susceptible de ser entendido por la luz de la razón. Orden que se podía representar simbólicamente, a su entender, como un movimiento dirigido desde el centro de una esfera hacia la superficie externa por unas conexiones uniformes entre el punto central y todo el espacio alrededor, en el cual veía una analogía con la idea de la Trinidad. Es el símbolo de la Creación que, aunque de modo imperfecto, se hace presente en el mundo físico: ‘el sol en el centro de todo el sistema planetario, rodeado por los cuerpos celestes’, en armonía precisamente con el heliocentrismo.
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Jan Vermeer – Astrónomo (wikipaintings.org)

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Sobre esa base era Pauli de la convicción que el convencimiento de Kepler en la verdad del sistema copernicano derivaba tal vez en mayor medida de la aludida correspondencia simbólica y arquetípica que en los datos experimentales coincidentes. Y sostenía que la ciencia contemporánea surge precisamente de una fenomenología similar. Pues, análogamente, decía,

la mente parece moverse a partir de un centro interior hacia afuera, por un movimiento como de extraversión hacia el mundo físico, en donde se supone que todo sucede de modo automático, de manera que se diría que el espíritu abarca serenamente al mundo físico con sus Ideas’.

 ¿No podría decirse tal vez, en el espíritu de Pauli, que la mente serena, metódicamente disciplinada, va encontrando en la realidad externa la conformidad con las preconcepciones arquetípicas o Ideas que en la profundidad esperan a ser traídas a la luz?

Esta es una de las contribuciones del matemático alemán.

La otra dice relación con las posibilidades de la ciencia futura, una vez despojada del excesivo empirismo positivista que se inclinaba decididamente a excluir de su campo investigativo todo lo relativo al alma, al espíritu, a lo escondido detrás de las apariencias físicas externas.

Veremos en nuestra entrada próxima como en el pensamiento de Wolfgang Pauli pugnan por conciliarse, entre otras, las formulaciones filosóficas del idealismo platónico -originalmente orientado a la unidad entre materia y espíritu-  y la alquimia medieval -según la cual en el seno de la materia habita el espíritu a la espera de ser liberado- con los avances de la epistemología, de la psicología y de las ciencias en general, orientadas ahora vez por unos postulados que no excluyan la razonable cabida en la investigación a las cosas del espíritu, a las realidad anímicas.

Al misterio. A lo instrumentalmente imperceptible.

Al campo en que se hacen presente las visiones e intuiciones místicas. 

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© 2012 Lino Althaner

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