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Poco parece tener en común esta imagen de Arsenio el anacoreta – bello anciano de barba envidiable – con los dos libros que esperan sobre mi escritorio. Pero ya lo verán. La decadencia de lo humano, de Konrad Lorenz, y La obsolescencia del hombre, de Günther Anders, son los libros. El primero espera un comentario. El segundo espera a ser leído. El de Lorenz, premio Nobel de Medicina y Fisiología del año 1973, trata de los cambios increíblemente acelerados que experimenta  la civilización en las últimas centurias y de las crecientes y muy sufridas dificultades adaptativas del homo sapiens para asimilarlos sin sacrificar la esencia de su condición. El de Anders, el “filósofo de la barbarie” del magnífico siglo XX, se refiere al hombre oscurecido en el mundo de la técnica, que se afana como un loco que crece y produce y descubre y fabrica en forma acelerada sin imaginar las consecuencias de su hiperlaboriosidad y de su patológica inflación, que lo hacen desembocar en tragedias demenciales y autodestructivas. Una frase de Anders define al parecer la orientación de su pensamiento: “los residuos radiactivos son los símbolos de nuestra época”. Me imagino la negrura de su pronóstico.

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Se trata de libros que dicen cosas muy desagradables. Y yo no necesito que me estén recordando la caída creciente del hombre, que me temo de pronto que se haga decididamente vertical. Y aunque las impresiones que recibo en el mismo sentido son a veces un tanto provincianas y más bien de la rutina del diario vivir, no por ello, a mi juicio, son menos significativas.
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Comencemos por lo más pequeño. Los días en que hay un partido de fútbol en que la selección nacional disputa su paso a octavos de final en un torneo no muy importante y con un equipo de tercera categoría como rival, me acuerdo especialmente de la caída: para ser más preciso, cuando escucho el bestial griterío que provoca el gol del empate, y los bocinazos, y las celebraciones, y los destrozos posteriores. Y si gana la selección o llega a semifinales, la cosa se acerca todavía más a una simiesca pesadilla: entonces, es como si se abrieran los cielos y cayera sobre mí todo el peso de una funesta revelación.
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Les parezco exagerado. Porque algo parecido me ocurre cuando voy a un cine de la comuna de La Reina y me veo rodeado de monstruosos bebedores de pepsi-cola y degustadores de pop corn, familias enteras que mastican y tragan, en anómalo éxtasis, la quintaesencia de la chatarra, mientras trato de concentrarme en la película. Y cuando el espectáculo termina, cómo queda la sala convertida en un chiquero. Otro rayo negativo. En fin, se multiplican diariamente las revelaciones de este tipo: malas palabras, prisas y cacofonías. Garabatos y bocinas. Señales por doquier de fealdad y sinsentido. De hidalguía perdida, de nobleza tirada a la basura.
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Las protestas y las represiones, la inestabilidad de los mercados, el fracaso de los políticos, el descontento generalizado, el escepticismo  y el desencanto son menos provincianos. Se repiten en todo el mundo con parecidas características.
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¿En Libia o en Siria, qué se cuenta, y en la franja de Gaza, qué se sigue contando? ¿Qué opinan los millones, en Sudán, Etiopia y Abisinia, por ejemplo, que en la rutina del hambre se siguen muriendo? ¿Qué opinan los gobiernos y qué hacen? ¿Los cien hombres más ricos del mundo? ¿Qué hacen la ONU, la OTAN, el FMI, la OEA? Para los grandes problemas, soluciones de parche. ¿Qué cuentan los japoneses contaminados tras el desastre de Fukushima? Para las grandes dolencias, agua de las carmelitas. Y seguimos adelante, como si nada ocurriera. ¿Qué hacemos tú y yo,  en el instante peligroso, propio del mundo transformado.
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¿Quién vendrá en nuestro auxilio?
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Según mi amigo Carlos, la única posibilidad de salvación se halla en el fin de los tiempos, según él muy cercanos, que tendrían que manifestarse con todo el dramático movimento, la inigualable simbología  y la policromía del Apocalipsis de Juan. Es posible. Sus razones son buenas, aunque a mí no me parece que esa sea la única la alternativa.
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Concuerdo con él, sin embargo, en que no nos traerán la salvación ni los economistas ni los intelectuales. Ni tampoco los tratados ni las leyes y decretos que tejen las organizaciones globales y los gobiernos. Ni los préstamos de los bancos internacionales. Ustedes yo creo ya saben por qué. También estoy de acuerdo en que la salvación del hombre – del hombre neurótico y deprimido, esclavizado y olvidado de sí mismo, rabioso y sediento de la sangre y del espíritu de sus semejantes – no depende de ninguna institución.
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Tampoco de libros como éstos, el de Lorenz o el de Anders, por muy buenos que sean, porque ¿a quiénes moverán? Por clara que sea la prognosis en ellos razonada, ¿provocarán acaso alguna reforma significativa o alguna revolución? Las reformas siempre dejan las cosas un poco peor de lo que estaban. ¿Y de qué sirven las revoluciones, siempre bestiales y sangrientas, cuya estupidez ha quedado a la vista una y otra vez? ¿Serán capaces de provocar un cambio tan significativo en la conciencia colectiva? Si, por lo demás, la opinión pública o la conciencia de la humanidad están olvidadas de lo que importa de verdad.
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Pero hay otro recurso disponible. Lo tenemos al alcance de la mano, pero no es de tan fácil acceso.
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En la próxima entrada les hablo de él.

© 2014
Lino Althaner