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Antes de seguir con el examen de la impresionante obra de arte que es el retablo de Isenheim, quisiera, como entre paréntesis, hacer un par de comentarios. Un consejo, primero, para el viajero. Atención a estas maravillas que no se muestran en las pinacotecas de los grandes museos sino en lugares menos prominentes, en palacios o plazas, en capillas o conventos ubicados en ciudades no tan conocidas. Atención a no dejarse manipular por las agencias de turismo, expertas en viajes colectivos y en visitas guiadas. Por dejarnos llevar por el gusto masivo  y el prejuicio de la fama que se hace ver en tales situaciones, corremos el riesgo de perdernos lo mejor. Me ocurrió en una visita a Toledo, en que tuve la mala ocurrencia de unirme a un grupo de turistas.

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El Expolio

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Estábamos en la Catedral y el guía se deleitaba en extensas explicaciones acerca de estilos y técnicas arquitectónicas o de incidentes históricos sin la menor importancia, cuando recordé que en la sacristía se encuentra el Expolio del Greco, otro milagro del arte religioso, pintura también, como algunas del Altar, de connotación metafísica. Así, pues, me escapé de la pequeña multitud y me fui a la sacristía, donde me deleité sin apuro en la contemplación del cuadro, quizás el mayor tesoro artístico de la Catedral. Para el resto la pintura pasó casi desapercibida.

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Incluso en los grandes museos, hay pinturas de esta categoría que pasan un poco inadvertidas, sobre todo para la gran masa de turistas que acuden sólo a los lugares que placen o acomodan al guía. ¿Cuántos saben, por ejemplo, que no sean expertos en arte, de la Pietá de Avignon, ubicada en el Louvre? Supe de esta pintura por la Historia del Arte, de Élie Faure, donde la vi también por vez primera, en una estupenda reproducción que me deslumbró. Tuve luego la oportunidad de verla en el Louvre. Lo que no fue tarea fácil. A los guías no les sonaba para nada.  Mientras el gentío se aglomeraba alrededor de la Mona Lisa, de la Virgen de las Rocas y de otros  emblemas del Museo, me costó una larga caminata, un incierto subir y bajar escaleras y un asomarme a una y otra sala sin éxito, para al fin encontrar a mi Pietá en una remota sala en que todo el público era yo.

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Engerrand Quarton, La Pieta de Villeneuve-lès-Avignon (c. 1455)

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Esta pintura impresionó mucho a Lino Althaner. Tanto, que le dedicó un poema, publicado en su libro La hora violeta

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Ha quedado un fulgor en el rostro

que enmarca en oro puro la tarde dolorosa.

Es grande la aflicción

más no ignoran las manos suplicantes

y los ojos están ciertos en el llanto

que él no fue uno más

ni su vida y su muerte como todas.

Las cúpulas que brillan

el gozo profetizan

y canta cristalino el campanario.

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Esta vez sí que es cierto. A la próxima seguimos con el Altar de Isenheim.

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