.

Sigo la serie de artículos sobre el gnosticismo antiguo, del cual me interesan particularmente sus formas judía y cristiana. En lo que se refiere al cristianismo primitivo, se supone que durante un tiempo, tal vez no tan breve, las tendencias gnósticas se manifiestaron dentro de él sin causar mayor conflicto ni ser consideradas oficialmente como heréticas o merecedoras de ser combatidas.

Marción enseñando (Wikipedia)

A quienes se incorporan a estas alturas a la serie sobre el gnosticismo, les recomiendo encarecidamente tomarse un tiempo para examinar las seis entregas anteriores.

En cuanto a Marción (c. 85 –  c. 160), no es  sólo un heteredoxo en relación con el cristianismo oficial; él también se opone a muchas de las doctrinas propias del gnosticismo. Así, por ejemplo, no se inclinan sus enseñanzas a las fantasías mitológicas con que los gnósticos suelen ilustrar sus creencias acerca del origen de las emanaciones divinas y del cosmos, cuestiones que, por lo demás, no le interesan demasiado. No le fascina la idea de la chispa espiritual – la ´scintilla’ a que me referí en uno de los artículos anteriores – presente en el hombre como fuente de conocimiento trascendental o como vínculo con la divinidad, y afirma categóricamente, en armonía con el apóstol Pablo, que es la fe – y no el conocimiento (gnosis) – el vehículo de la salvación. El sincretismo gnóstico – esto es, la tendencia a obtener elementos de distintos ámbitos religiosos – no lo entusiasma. No es partidario de la interpretación alegórica del Antiguo Testamento, aplaudida tanto por los cristianos ortodoxos como por los gnósticos como herramienta que permite encontrar su coherencia con el Nuevo; defiende, por el contrario, su interpretación literal, que pone de manifiesto lo que él entiende como una radical y manifiesta oposición entre las Escrituras judías y el evangelio de Cristo. Por tales motivos, algunos especialistas discuten la procedencia de considerar a Marción entre los autores gnósticos.

Pero hay un aspecto en que Marción parece un gnóstico de verdad. Según Hans Jonas, el filósofo alemán estudioso del gnosticismo, es Marción el máximo exponente de la creencia gnóstica en un Dios Extraño, desconocido, extracósmico, ajeno a la creación, considerada ésta como obra del demiurgo, una divinidad inferior y opresiva, ansiosa de sacrificios y de exclusiva adoración. Es aquél el “Dios bueno y extraño, el Padre de Jesucristo”, del Salvador que ha de redimir a la humanidad, liberándola del peso de ser criatura y propiedad, en cuerpo y alma, del dios del mundo. Porque éste, identificado por Marción con el Yahvé del Antiguo Testamento, es quien mantiene al hombre recluido en su prisión terrenal. Este último es la antítesis del Buen Dios.

Cristo, según Marción, más que salvarnos del demonio, de la muerte, del pecado o de la carne, nos salva del mundo y de su dios “para convertirnos en niños de un Dios nuevo y extraño”. Y pues el Dios Padre de Jesucristo no tiene relación ni compromiso alguno con el hombre, criatura de un entorno tenebroso y ajeno´, Él envía a su Hijo al mundo solamente por amor para que rescate al hombre sojuzgado, lo adopte libremente y lo lleve “desde su tierra nativa, opresiva y miserable, a una nueva casa del padre”. No niega Marción al mesías prometido por el Antiguo Testamento, pero aclara enfáticamente que “él no tiene nada que ver con la salvación aportada por Cristo, la cual es acósmica en su naturaleza y no cambia el curso de los acontecimientos mundanos” – como pensaban los judíos que haría la venida del mesías -; “de hecho, sólo cambia las perspectivas de la vida futura del alma redimida y, a través de la fe e este futuro, su condición espiritual presente, pero deja al mundo a su suerte, es decir, a su eventual autodestrucción”.

Algo vamos entendiendo, según parece, del grado de heterodoxia que las enseñanzas de Marción tienen a la luz de un cristianismo anclado en las promesas del Antiguo Testamento. Según afirma Hans Jonas, sus doctrinas estaban dotadas de la fuerza necesaria para plantear en su momento un profundo desafío a la Iglesia en términos de orientarla a la formulación de un credo dotado de estabilidad.

Profundicemos en su doctrina de “los dos dioses”. De una parte está, en el cosmos, el artesano o demiurgo, el “gobernador de este eón”, la divinidad conocida y predicable, el “Dios de la creación”, de cuyas “insignificancias, debilidades e inconsistencias” da cuentas tanto la creación misma como el trato que el Dios del Antiguo Testamento dispensa en general a la humanidad e incluso a su pueblo elegido. De este Dios a lo más puede predicarse la “justicia” que le corresponde como dios de la Ley.

Pero no la bondad y no la misericordia, atributos que sí se encuentran presentes y en grado extremo, en el “Dios bueno y extraño, el Padre de Jesucristo”, extracósmico y oculto, el “desconocido”, el “imperceptible” e “impredicable”, el “otro”, el “diferente”, el “nuevo”, el dios del Evangelio.

No terminan aquí la peculiaridades de este tan polémico personaje religioso.  En el próximo artículo de esta serie seguiremos escudriñando en su enseñanza.

.
__________