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Se pudo apreciar, en la serie de artículos que este blog publicó sobre la gnosis, que uno de los aspectos en que se manifiesta el espíritu gnóstico es la creencia en el ambiente de opuestos del todo irreconciliables a que se encuentra enfrentada permanentemente la vida humana. La verdad y la mentira, la libertad y la esclavitud, la luz y la oscuridad, son ejemplos de tales pares de opuestos, y de ellos hace Juan intenso uso para dar su visión del hombre y del cosmos en que le es dado habitar.

Rudolf Bultmann

Dejo de nuevo constancia que sigo cercanamente en esta parte al teólogo alemán Rudolf Bultmann, que trata del “dualismo gnóstico” de Juan en las páginas 430-431 de su obra “Teología del Nuevo Testamento” (Sígueme, 2001). Aparte de la Biblia de Jerusalén (Desclée de Brouwer, Bilbao, 1998), hago uso del Nuevo Testamento Griego-Español (Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1996).

Dios envía al mundo a su Hijo unigénito, no para juzgarlo sino para salvarlo. Aunque el mundo sería merecedor de juicio severo, porque, como se afirma en la primera Carta de Juan, está “entero  sumido en el mal” (5, 19). “Este mundo”, que se caracteriza por su oposición radical a Dios, necesita ser liberado del poder del mal. No es determinada época del mundo, ésta o aquélla, la que se opone a Dios, no son los tiempos, es el mundo en sí mismo el que se opone, constitutivamente, a Dios, el Padre de Jesús. Sin la venida del Hijo, el mundo, “este mundo” estaría perdido.

La esencia del mundo es la oscuridad. Pues “la luz  en las tinieblas brilla y las tinieblas no la acogieron” (1,5).  Estaba en el mundo (la luz), “pero el mundo no la conoció” (1,10). Pero esta oscuridad que es el mundo no debe ser entendida como una sombra extendida sobre el mundo o como el destino del mundo, sino, repito, como la esencia misma del mundo. En la oscuridad el mundo se encuentra a gusto: porque “la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (3, 19). Y amaron los hombres más la oscuridad porque están ciegos sin saberlo y sin querer tenerlo por cierto.

Recordemos a propósito el episodio de Jn 9, 39-41. Dice Jesús que “ha venido a este mundo para que los que no ven, vean; y los que ven se vuelvan ciegos”. Le preguntan los fariseos: “¿Es que también nosotros estamos ciegos?”Jesús les respondió: “Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís ‘Vemos’, vuestro pecado permanece”.

Si no fueran ciegos a la verdad, la reconocerían. Entonces Pilato reconocería que Jesús es el rey. Pues como el mismo Jesús le dice: “Yo para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio a favor de la verdad. Todo el que es de la verdad oye mi voz” (Jn 18, 37). También se manifiesta esta equivalencia entre la luz y la verdad en 8,31-33: “Si vosotros perseverareis en mi enseñanza, sois verdaderamente discípulos míos, y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”.

Trae Jesús al mundo la verdad, pues el mundo es la mentira. La verdad procura la libertad. Y la gracia. Pues como afirma Juan el Bautista en 1, 16-17:

“Pues de su plenitud todos recibimos, y gracia por gracia. Porque la ley por mano de Moisés fue transmitida; la gracia y la verdad por mano de Jesucristo”.

San Juan Evangelista (Correggio)

Él mismo es la verdad: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (14, 6). Y quienes no quieren escucharle, es porque descienden del diablo, es decir, de la mentira. Por ello no creen cuando Jesús les dice la verdad (Jn 8, 43-45). Y quien no reconoce a Jesús “es un mentiroso” (1 Jn 2,22).

Vamos apreciando, pues, cómo para Juan, similarmente a como ocurre en el gnosticismo, el mundo es oscuridad y es mentira. Es también esclavitud, en cuanto en él no impera la libertad. Y es muerte también, en cuanto es lo opuesto de la vida. Jesús en cambio es la luz, la verdad, es la gracia de Dios y la libertad para los hombres. Jesús es la vida.

Así habla Juan en su Evangelio y en sus Cartas.

Continúo con este mismo tema en la próxima entrada de esta serie.

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