Pero llega la hora (ya estamos en ella)
en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad,
porque así quiere el Padre que sean los que le adoren.
Dios es espíritu,
y los que le adoran,
deben adorar en espíritu y en verdad.

(Jn 4, 21-23)

Giovanni Segantini - Angel of Life (wikimedia commons)

Terminábamos nuestra entrega anterior (2.12.11) con las respuestas de Jesús acerca de la verdad o la esencia de la vida. Recordábamos que todas ellas -entre otras, aquellas en que el Revelador se nombra a sí mismo “la vid verdadera”, “el buen pastor” o “el pan de vida”- no tienen otro sentido que el de expresar que en él se encuentra lo que el hombre busca, lo que hace que las apariencias de vida se vuelvan vida de verdad en la plenitud que sacia todo deseo. Pero ello solamente ocurre si el hombre intuye primero y luego acepta, con todas sus consecuencia, su dependencia del Dios que regala la vida.La cuestión que se plantea enseguida es de la mayor importancia, según se verá. ¿Basta que el hombre se acoja con sinceridad al alero de la religión cristiana y se sienta seguro en esa condición, para que se pueda dar por satisfecho? No es necesariamente así, afirma Rudolf Bultmann. Pues existe el riesgo de que el hombre haga de la exigencia y  de la promesa de Dios una propiedad, carente de toda flexibilidad y de toda apertura a lo por venir, en el entendido que se halla definida rigurosamente por la ley -las Escrituras- y por la tradición.  Se puede hacer presente, así, la inconfesable pretensión de condicionar la libertad del mismo Dios al dogma religioso definido de una vez y para siempre.

En diversas oportunidades, Jesús hubo de reprender a sus contemporáneos por tal motivo. Una y otra vez, en efecto, les reprochó el cerrar las puertas a su revelación con el fundamento de determinados textos o tradiciones de la religión judía, dejando en evidencia que tal apego riguroso a las normas no era revelador de sabiduría sino, por el contrario, de total ignorancia. Una y otra vez les dijo: a Dios Padre vosotros no lo conocéis. Les dijo:

Me conocéis a mí y sabéis de dónde soy. Pero yo no he venido por mi cuenta; sino que es veraz el que me ha enviado; pero vosotros no le conocéis (7, 28).

… vosotros decís: ‘Él es nuestro Dios’, y sin embargo no le conocéis, yo sí que le conozco, y si dijera que no le conozco, sería un mentiroso como vosotros.

 ¿Qué quería decirles, en el fondo? – Él, mi Padre, está muy por encima de los textos y de las interpretaciones. Sed más humildes en vuestro acercamiento a la verdad última.  Y, no estéis tan seguros en vuestra religiosidad. Ella, que debería manteneros en la intranquilidad, abiertos al encuentro con Dios, os ha vuelto tan tranquilos como cerrados a su revelación. Vosotros no le conocéis. “Porque conocerle no significa concebir ideas … sobre él, sino reconocerle como creador y estar abiertos para el encuentro con él”.

Giovanni Segantini - Fruto de amor (wikipedia.org)


Para eliminar la molestia que Jesús les significa, se amparan, los contemporáneos judíos de Jesús, en su ley. Pero “la ley no es una entidad unívoca que pueda conferir seguridad”.  La ley se vuelve abuso cuando es empleada mañosamente para fines puramente humanos.  Lo que importa es indagar el sentido profundo y auténtico que encierra. No está sometida a las pretensiones de los hombres ni es propio de ella acomodarse a sus intereses.  Por encima de ella, el hombre debe guardar fidelidad y tener esperanza en la actuación de Dios, “la cual saca al hombre de sí mismo y lo sitúa mirando al futuro, al que debe permanecer abierto”.

La esperanza en la actuación de Dios no puede tampoco transformarse en dogmática con respecto al futuro, como hacían precisamente los judíos del tiempo de Jesús para cerrarle las puertas, con fundamento en que el Salvador no encajaba en el dogma mesiánico que ellos suscribían. La revelación trata de cosas más divinas que humanas. Es pervertir el supuesto conocimiento de la revelación, imaginar a lo divino como fenómeno cuyas características puede comprobar el hombre en virtud de sus criterios. Precisa a este respecto Bultmann que el misterio de la revelación sólo puede ser entendido si el hombre se despoja de la seguridad por la que él piensa que puede juzgar lo divino como un fenómeno constatable, invocando para tal efecto razones, criterios y pruebas mundanas. La fe está por encima de todo ello, por la simple razón de que el conocimiento de Dios está por encima de toda posibilidad humana. Como Jesús reiteradamente lo afirma: – A mí me conocéis -como hombre-, pero a Dios nadie lo conoce sino yo.

Por lo demás, la salvación que trae Jesús es “la puesta en interrogante, la negación del mundo” y su aceptación exige “el abandono de todos los deseos concebidos a escala humana” con respecto, por ejemplo, a una vida trascendente o a un futuro “reino de los cielos”. Las dudas sobre el particular no se encontrarán resueltas en los textos ni en las tradiciones o los comentarios, sino en el diálogo interno del ser humano con Dios.

¿Qué significa honrar a Dios? Antes que nada, según Bultmann, el reconocimiento por parte del hombre de su inseguridad y el consiguiente abandono de la falsa seguridad que el mismo se ha creado, para entregarse humildemente en las manos de Dios, sin pretensiones precisas de conocimiento. 

Estas verdades, que Jesús les decía a sus coterráneos, ¿no son también válidas para nosotros? ¿Cuando, de manera tan rigurosa, definimos circunstanciadamente las verdades divinas, reclamando poseer la verdad, no actuamos como pretenciosos ignorantes, similares a aquellos a quienes Jesús dirigía sus admoniciones? No es que con nuestras doctrinas e interpretaciones terminamos poniendo límites a la misma actuación de Dios en el mundo.

Giovanni Segantini - El amor es la fuente de la vida (wikimedia commons)

Las citas son del libro de Rudolf Bultmann Teología del Nuevo Testamento (Sígueme, Salamanca 2001).

~~~~~~~~~~

© Lino Althaner