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El retrato de un ser humano, la representación pictórica o escultórica de su cuerpo o de su rostro, es sólo una imagen de lo que representa. Pero lo representado, ese cuerpo o ese rostro, no son tampoco sino imagen de su forma ideal. El retrato es, pues, la imagen de una imagen, muy lejana a la auténtica realidad del individuo retratado. Con este fundamento, Plotino, el filósofo neoplatónico, se negó invariablemente a posar para un artista. Y decía al respecto, según testimonia Porfirio, su discípulo y biógrafo:

‘¿No basta con llevar esta imagen de la que nos ha revestido la naturaleza, acaso es preciso además permitir que dejemos tras nosotros una imagen de esta imagen, más duradera aún que la primera, como si se tratara de una obra digna de ser vista?’

La mera reproducción no es arte. Sólo merece nuestra atención la belleza de la forma ideal. Así, pues, solamente lo es aquél en el cual se revela  el modelo eterno y se descubre la idea cuya realidad sensible -un rostro o un cuerpo- es nada más que una imagen, un reflejo. El verdadero retrato debe, pues, superar la mera apariencia para alcanzar al verdadero yo, tal como es en sí mismo. Si el resultado es bello, que predomine en él la representación de la belleza interna, de tal modo que pueda decirse que la obra de arte reúne todo lo auténticamente hermoso que el artista ha podido encontrar en su modelo.
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Con arreglo a tal concepto, mucha de la pintura que responde al calificativo de realista podría ser un tanto menospreciada, si es que se limita a la mera representación superficial, al efectismo exterior, más no se preocupa de ahondar en las profundidades de su modelo, en la hermosura interna, en la riqueza psicológica, ni reproducir los ecos del alma del modelo. 

Pero excepcionalmente ocurre el portento. La representación puede ser realista hasta casi el extremo verista de la reproducción fotográfica. Sin embargo, unos toques magistrales en el tratamiento pictórico del rostro, de la mirada, del gesto de las manos y del cuerpo en su conjunto, nos transportan de alguna forma a otra dimensión. Y se agregan el movimiento sugerido, el color de la vestimenta, el entorno humano y paisajistico de la pintura, para decirnos no de mera y externa apariencia, sino que también del espíritu que pugna por aflorar y decirnos de algo todavía más verdadero pero oculto, que es lo que presta su hermosura a la representación.

Como en la flor del poeta místico Angelus Silesius:

‘La rosa que aquí
contempla tu ojo exterior
ya ha ella florecido
en el seno de Dios.’

(Die Rose welche hier/dein äusseres Auge sieht/sie hat von Ewigkeit/in Gott also geblüht)
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©  Lino Althaner
2012