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‘Algunos hombres poseen talento para ser mandarines -burócratas-, otros hay que por su recto proceder pueden servir de ejemplo a toda una comarca, y aún encontrarás quienes por su virtud pueden ganarse la benevolencia de un príncipe y la confianza de un estado entero. Todos ellos se tienen en alta estima …’

Pero Song Rong zi -sabio de Qi- no pudo menos que hacer mofa de ellos. ‘Song Rong zi ni tomaba ánimos de recibir general aplauso, ni se sumía en la tristeza por recibir general oprobio. Sabía asaz de bien fijar los límites que separan al yo interior de los quehaceres mundanos, y distinguir dónde está la honra y dónde el deshonor. ¡Eso era todo lo que sabía hacer! No se afanaba buscando renombre. 

‘Lie zi -filósofo taoísta- viajaba cabalgando el viento, con suma ligereza y grande habilidad. Al cabo de quince días estaba de vuelta. No se afanaba en buscar la felicidad. Con todo, y aunque no había menester de caminar, Lie zi al final seguía dependiendo de algo.

‘A quien es capaz de acomodarse a las leyes del Cielo y de la Tierra para, así, dominar las mutaciones de las seis energías cósmicas y poder viajar por el espacio sin límites, ¿fuérale aún menester depender de algo?

‘Por eso se dice: “El hombre perfecto no tiene yo, el hombre espiritual no tiene éxito, los grandes sabios no tienen renombre.’
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Zhao Wuzhao – Rights reserved – image from Fine Art Gallery (hk.com)

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Este texto del maestro Zhuang Zhou (1.1.1) revela claramente la poca consideración que la fama mundana y el poder merecen al sabio taoísta. Las galas, el aplauso y los honores ponen al hombre en mal camino, lo encadenan al deseo y a la vanidad, lo predisponen a perderse en el halago, el egoísmo, la consiguiente ilusión.  Para escapar de dicho encadenamiento el ser humano ha de ‘acomodarse a las leyes del Cielo y de la Tierra’, esto es al orden de la naturaleza, que es su propio orden.  Pues las partes del cosmos, según esta filosofía, son precisamente el Cielo, la Tierra y el Hombre.

Parece estar implícita en el texto una condición ineludible. Para poder ajustarse al orden natural de los seres, el hombre ha de ser capaz de superar la oposición entre su yo y la naturaleza. Ahora bien, sólo la percepción de la forma en que está integrado efectivamente a la naturaleza puede hacer que el hombre, reconociéndose a sí mismo, deje de insistir en afirmarse a sí mismo como criterio para medir las cosas. Mientras esto no ocurra, seguirán dominando en su existencia las erróneas percepciones sobre lo verdadero y lo falso, sobre el bien y el mal, en suma, sobre el contrarios que en su interacción dan movimiento al cosmos y dan sentido a sus cambios.

El sabio es indiferente al aplauso y a la condena. Fortalecido por su conciencia superior, iluminada, a todas las mutaciones se sobrepone y a todos los prejuicios y discriminaciones humanas.  Es un ser prodigioso e insondable el que ha llegado a identificarse totalmente con la Naturaleza, rompiendo para hacerlo con su propio yo. Posee las más altas cualidades morales, además de una inteligencia cultivada y de un justo talento.  Su poder es tal que domina, tal como dice el texto, las ‘seis energías cósmicas’, esto es, según algunos comentaristas, el Yin, el Yang, el Viento, la Lluvia, la Oscuridad y la Luz.

¿Tiene acaso los poderes de un taumaturgo? ¿No es acaso un santo?

Y aún así: no tiene yo, no conoce el éxito, no tiene nombre.

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© 2012 Lino Althaner